Ka vida, nada más. Siete de cada diez haitianos viven
con menos de dos dólares al día. Desde los barrios
pulcros y ordenados que dominan la capital, Puerto Príncipe,
el camino hacia la orilla del mar serpentea por entre los
barrios en ruinas, donde se hacina la mayoría de la
población en medio de una pobreza extrema, que parece
más visible y espantosa de día. Justo antes
de entrar en el suburbio de Cité-Soleil, hay que atravesar
un puesto de control de la MINUSTAH, Misión de Estabilización
de las Naciones Unidas en Haití. Los vehículos
blindados bloquean el paso y los soldados del batallón
brasileño, con ametralladoras en mano, vigilan las
entradas y salidas.
Al doblar a la izquierda se llega a la Ruta Nacional 1. A
un costado, los restos decrépitos de una gigantesca
zona industrial que funciona a ritmo lento y nuevamente los
blindados blancos, a cuya sombra rezan los soldados del batallón
jordano ante la mirada indiferente de los transeúntes.
Al otro costado, un muro largo, unas casas bajas de perpiaño
gris y unas cunetas perpendiculares que atraviesan Cité-Soleil
acarreando inmundicias y aguas servidas de los barrios altos.
Numerosos impactos de bala son la prueba de la violencia de
los combates que hasta hace poco tiempo libraban periódicamente
los cascos azules contra las pandillas criminales parapetadas
en el barrio popular. El retén de policía fue
saqueado e incendiado y sirve ahora de baño público.
Al doblar a la derecha, se llega por una callejuela a uno
de los barrios marginales más grandes del hemisferio
norte, donde perviven entre 200.000 y 300.000 personas, privadas
de unos servicios esenciales que las autoridades nunca han
sido capaces de prestar. Los contados funcionarios presentes
antes de que estallara la violencia han huido de un entorno
que se ha vuelto demasiado peligroso. En este submundo, aislados
del resto del país, sobreviven los habitantes sin policía
ni electricidad, o muy poca, sin alcantarillas, ni tiendas,
y con un acceso irrisorio a la atención de salud y
a la educación.
En un lugar llamado Quatre-Cercueils (cuatro ataúdes),
el suelo desaparece bajo una espesa capa de desechos. El agua
de lluvia, al no poder canalizarse, termina por formar unos
lodazales infestados de mosquitos, donde duermen unos enormes
puercos negros. Los niños se bañan en el canal
bajo un sol abrasador en medio de basuras y heces flotando.
Un hombre confiesa: “Miren el tugurio donde vivimos.
Si tuviéramos los medios no estaríamos aquí,
cuando uno no tiene nada, no es nadie, es menos que nada.
Quisiéramos que cambie Cité-Soleil, es todo
lo que pedimos, que cambie”.
Desde la elección de René Préval como
presidente en febrero de 2006, se percibe un cambio. En Cité-Soleil
y en la capital reina una tranquilidad relativa. La llegada
al poder de este antiguo primer ministro de Jean-Bertrand
Aristide es sinónimo de esperanza para la población
pobre que votó masivamente en su favor. Pero ésta
no ha olvidado a Aristide, y su partida en febrero de 2004
bajo la presión internacional la había disgustado
pues lo consideraba el defensor de sus intereses. En este
contexto, los soldados de las Naciones Unidas, destacados
allí para seguir el
proceso electoral que permitiría ofrecer una nueva
vía política al país, no fueron recibidos
con los brazos abiertos.
Casi de inmediato estallaron los enfrentamientos entre las
fuerzas de la MINUSTAH y los “quimeras”, los partidarios
más violentos del ex presidente, muchos de los cuales
pasaron a dedicarse a actividades netamente criminales, entre
ellas el secuestro, que se convirtió en una verdadera
industria. Las pandillas han logrado imponer su ley en Cité-Soleil,
sosteniendo a l mismo tiempo para algunos un discurso social
y reivindicativo en favor de los sectores populares. Los límites
entre lo político y lo criminal se han difuminado.
Los esfuerzos de la MINUSTAH por poner término a la
inseguridad han acabado en enfrentamientos con las pandillas,
ocasionando numerosos heridos y muertos entre la población.
En junio de 2004, el Comité Internacional de la Cruz
Roja (CICR) decidió capacitar y apoyar a los socorristas
de la Cruz Roja de Haití presentes en Cité-Soleil,
con el fin de poder evacuar a las víctimas de los combates
a las estructuras médicas más próximas,
en particular las de Médicos sin Fronteras. En 2005,
692 personas pudieron ser trasladadas en taxis locales convertidos
en ambulancias y protegidos temporalmente con el emblema de
la cruz roja.
Nadège Pinquière se encuentra delante del local
de la Cruz Roja de Haití. Esta socorrista de 23 años
ha participado en varias evacuaciones. El retorno a una calma
precaria no la tranquiliza del todo: “Dos de mis colegas
fueron heridos aquí mismo hace un año. Se encontraron
entre los soldados y las pandillas. Uno recibió un
balazo en la mandíbula y el otro perdió un dedo.
Es un milagro que no haya habido muertos”. Guarda un
momento de silencio y concluye con voz triste “Cada
vez que escucho un disparo, me empieza a latir muy fuerte
el corazón y comienzo a temblar”.
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En la periferia de la capital, Puerto Príncipe, unas
300.000 personas viven en Cité-Soleil, en su mayoría
en condiciones de extrema pobreza.
©DIDIER REVOL / CICR
Haití: las cifras de la desesperanza
Además de hallarse en la ruta de los ciclones,
Haití y sus 7 millones de habitantes deben hacer
frente a la escasez de agua potable y a una deforestación
casi general causada por la grave erosión del
suelo. Las catástrofes provocadas por el hombre
no son menores: en 2005, la organización Transparency
International en su estudio sobre los países
más corruptos del mundo ubicaba a Haití
en el lugar 155 sobre 159 naciones.
Esperanza de vida: 52 años
Personas afectadas por el VIH/SIDA: 280.000
Mortalidad infantil entre los niños varones:
128 por mil
Tasa de analfabetismo entre 15 y 24 años: 66%
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Una mujer encinta es evacuada por los voluntarios de la Cruz
Roja de Haití. El año pasado unas 700
personas, en su mayoría con heridas de bala o cuchillo,
se benefi ciaron de este servicio vital.
©DIDIER REVOL / CICR
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Preservar
un espacio humanitario
En parte gracias a los contactos sostenidos por la Cruz Roja
con los diferentes jefes de las pandillas, el CICR logró
poner en marcha un programa de agua y saneamiento desde diciembre
de 2004. La índole neutral y humanitaria de las actividades
de la Cruz Roja ha abierto las puertas que se habían
mantenido cerradas para otras organizaciones. “Nuestra
política es mantener el diálogo con todas las
partes involucradas en la violencia a fi n de preservar un
espacio humanitario”, asegura Pierre-Yves Rochat, ingeniero
encargado del programa. “En Cité -Soleil nos
han aceptado muy rápidamente. La neutralidad tiene
su lado bueno”, dice esbozando una sonrisa. El CICR
ha logrado incluso convencer a los servicios de gestión
de agua y recogida de basura de que vuelvan a trabajar en
el barrio.
En colaboración con asociados locales, el CICR emprendió
la limpieza de canales, la recogida de basura, la reparación
de unos cincuenta surtidores públicos de agua potable
y la rehabilitación de dos pozos perforados. En 2005,
los habitantes pudieron disponer de agua potable durante 250
días, una neta mejora con respecto al año anterior.
“Lo importante era proteger a las mujeres y los niños
que arriesgaban su vida yendo a buscar agua fuera del barrio”,
resalta Pierre-Yves Rochat.
Con todo, la reanudación de los servicios del Estado
en Cité-Soleil es aún demasiado tímida
para que el programa pueda funcionar sin la ayuda del CICR.
Cédric Piralla, jefe de delegación de la institución
en Haití, no pierde su pragmatismo: “Deberían
existir esos servicios públicos... claro, pero cuando
no los hay ¿quién queda? La Cruz Roja, desde
luego, no va a remplazar al Estado, ni pretende en absoluto
hacerlo, pero puede contribuir a salvar vidas, eso es seguro.
Y es lo que hacen los socorristas”.
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