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Paso mortal

La región del Mediterráneo —la frontera de Europa con África— se ha vuelto una de las rutas migratorias más peligrosas, que se cobra centenas, posiblemente miles de vidas por año.

Fodé Camara, de 41 años, natural de Guinea-Bissau, tuvo suerte porque tomó la ruta “fácil” hasta las Islas Canarias (España) cuando aún estaba abierta. Un viaje por mar de exactamente 100 kilómetros desde el Sáhara occidental hasta Fuerteventura, la isla más cercana a África. “Partimos a las cinco de la mañana y a las siete de la tarde estábamos en España”, recuerda.

Cuando acostaron, la policía española trató de averiguar quién era el timonel de la patera, pero nadie habló porque los traficantes de personas a veces por la mera acusación de serlo pueden pasar cinco años en la cárcel si son condenados por los tribunales españoles.

Cuando comenzó la ola de inmigración, cuenta Gerardo Mesa Noda, presidente de la filial de Fuerteventura de la Cruz Roja Española, algunos traficantes, presas de pánico, forzaban a los pasajeros a tirarse por la borda cuando divisaban tierra.

Para Mesa Noda, banquero jubilado y un hombre a carta cabal profundamente humano que mantiene un cuidadoso registro de las llegadas de migrantes y las muertes confirmadas, la desesperación de que es testigo semana tras semana es ante todo una medida de la crisis en África. “El mundo debe saber lo que está sucediendo aquí”, afirma. “La gente no arriesga su vida porque sí”.

En cierto sentido, Fodé Camara ya había comenzado a forjar su camino a Europa. “Pasé dos años en Marruecos tratando de juntar dinero para el viaje”, relata. “Tuve suerte porque me contrató una productora de películas estadounidense que llegó a Marruecos”. Eso fue en 2001; no ha visto a su familia desde hace siete años.

Este guineano aprendió el español durante su estancia en las islas Canarias pero hoy se encuentra a la espera de una decisión judicial, lo que le impide buscar trabajo; sin embargo, conforme a la ley española, no puede ser devuelto a Guinea-Bissau porque no existe un acuerdo de repatriación bilateral con Madrid. Oficialmente no es ni refugiado ni solicitante temporal de protección humanitaria. Lo único que desea es trabajar en España.

Muerte en el agua

Magat Jope, electricista senegalés de 34 años, pidió prestado 1.100 dólares a su madre para subirse a un barco de migrantes con destino a las islas Canarias a comienzos de este año, pero no corrió igual suerte. Como muchos miles de africanos, la adopción de medidas drásticas contra la migración ilegal desde el Sáhara occidental lo obligó a pasar por una ruta más larga y más peligrosa para arribar a las Canarias a través de Mauritania (y más recientemente incluso de Senegal).

Los migrantes zarparon de Nouadhibou, el puerto más septentrional de Mauritania, a bordo de cayucos y recorrieron una primera y difícil etapa de 500 kilómetros costeando el Sáhara occidental antes de adentrarse en el Atlántico en dirección de Gran Canaria y Tenerife.

Según informó desde Mauritania Kevin Sullivan, corresponsal del Washington Post, el barco agujereado de Jope fue interceptado por el guardacostas marroquí y remolcado de vuelta al puerto mauritano. Algunos pasajeros nadaron hasta la orilla y corrieron para no ser repatriados.

Jope supo después que otros amigos habían muerto ahogados después de que el cayuco en que viajaban con unos 30 inmigrantes a bordo se hundiera en la noche. La muerte en el agua, como tituló Sullivan el incidente, mantuvo atareados a comienzos de este año a los sepultureros de Nouadhibou.

“Es muy peligroso”

Durante todo el año 2005, los potenciales migrantes africanos afluyeron sin cesar a Nouadhibou, ciudad abierta y cosmopolita por tradición, cuya población pasó de 90.000 a unos 100.000 habitantes.

El padre Jerome Otitoyomi Dukiya recuerda que a principios del año pasado, un hombre joven entró corriendo entusiasmado a su oficina con la noticia de que un grupo había logrado llegar a Las Palmas en un cayuco. El misionero nigeriano, que trabaja en Nouadhibou desde hace cuatro años, puede, dada su posición, evaluar la magnitud de la crisis humanitaria en torno a esta migración irregular. Nadie puede avanzar cifras exactas pero “siempre hay información”, asegura a Cruz Roja, Media Luna Roja en una entrevista telefónica desde Nouadhibou.

“Lo primero que hacen es tratar de contactar a alguien para decir que han llegado”, explica. “Luego la noticia corre por toda la ciudad. Es muy peligroso y muy arriesgado. ¿Se da cuenta de cuántas personas hemos perdido?”

Son cada vez más

Ahmed Ould Haye de la Media Luna Roja de Mauritania, utilizando información de diversas fuentes, entre ellas las españolas, indica que unos 1.200 migrantes han perecido en el mar en un lapso de cinco meses desde noviembre de 2005.

Según nuevos informes de las islas Canarias, donde en los cinco primeros meses de 2006 llegaron muchos más migrantes que en todo el año 2005,
una de cada tres pateras procedentes de Mauritania se perdió en el mar. El Padre Jerome, frustrado ante la imposibilidad de medir debidamente esta tragedia, por su naturaleza misma, añade que el número podría ser mucho más elevado.

En los primeros meses de 2006, las tragedias en alta mar han abundado tras comenzar el éxodo de Mauritania. El único barco de salvamento que posee la empobrecida nación encontró una patera que había zarpado aparentemente del puerto sureño mauritano de San Luis, a 600 kilómetros de las costas canarias. Había pasado dos semanas en el mar. De las más de 40 personas a bordo, la mitad había perecido.

Rickard Sandell, especialista en migración del Real Instituto Elcano de Madrid, una organización de investigación, afi rma que la frontera entre Europa y África se ha convertido en “uno de los pasos migratorios más peligrosos”.

En tierra firme, la Cruz Roja Española y la filial de Nouadhibou de la Media Luna Roja de Mauritania establecieron un programa de asistencia humanitaria para los migrantes detenidos por las autoridades en un centro recién construido. Tres delegados españoles y 15 voluntarios de la Media Luna Roja proporcionaron asistencia médica, un servicio gratuito de llamadas telefónicas, así como agua, comidas calientes, mantas, estuches de higiene y ropa.

“Muchos migrantes han sobrevivido a accidentes en el mar”, cuenta Jaime Bará Viñas, jefe de la filial de África de la Cruz Roja Española, que estuvo en Mauritania a comienzos de este año. Las Sociedades Nacionales reconocen que es necesario brindar asistencia humanitaria, pero nadie desea crear un incentivo para que más migrantes irregulares se lancen en un viaje que podría serles fatal.

“Estas personas no son delincuentes”, arguye Bará. “Muchos no son más que jóvenes que aspiran a un futuro mejor. Algunos son elegidos por su propia comunidad para hacer este arriesgado viaje”.

Las Sociedades Nacionales, especialmente las del Magreb, tienen que pensarlo bien antes de intensificar sus servicios humanitarios básicos a favor de los migrantes.

Trato más justo

Helene Lackenbauer, especialista en cuestiones de migración de la Federación Internacional, afirma que los subsaharianos no se han beneficiado en absoluto de la importante inmigración que se ha registrado a la Unión Europea en el pasado decenio. En el caso de España por ejemplo, se estima que el número de migrantes internacionales ha pasado de poco más de un millón en 1995 a cerca de 4,8 millones en 2005, o el 11,1% de la población según cifras de las Naciones Unidas.

“Los países ricos siguen haciendo una cuidadosa selección de los migrantes”, afirma, “y eligen solamente a profesionales en tecnología de información de la India o a personal médico de África. Paralelamente, los migrantes irregulares sin capacitación en algunos países sostienen sectores enteros como la agricultura, la construcción y el servicio de preparación de comidas, por un salario que es inferior al que obtendrían si se regularizara su situación”.

Lackenbauer desearía que hubiese más programas laborales destinados a los trabajadores subempleados procedentes de las regiones que proporcionan el grueso de los migrantes del mar de la zona del Mediterráneo. Así podrían solicitar un permiso de trabajo, en lugar de arriesgar su vida cruzando el mar en unos barcos inservibles para la navegación. Ello permitiría garantizar también la observancia de sus derechos fundamentales en los países de acogida”.


Un migrante desmayado en la playa de Gran Tarajal a su llegada a Fuerteventura, una de las islas Canarias.
©REUTERS / JUAN MEDINA /
CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

“Muchos de ellos no son más que jóvenes que aspiran a un futuro mejor. Algunos son elegidos por su propia comunidad para hacer este arriesgado viaje”.

 

 

 

 

 

 

 


Una mujer con su bebé en brazos en una ambulancia en la isla de Fuerteventura después de que el barco en el que viajaba fuera interceptado por las autoridades.
©REUTERS / JUAN MEDINA /
CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

 

“El mundo debe saber lo que está sucediendo aquí. La gente no arriesga su vida porque sí”.

 

 

 

 

 

 

 


Socorristas ayudando a un inmigrante atrapado en una patera cerca de la isla canaria de Fuerteventura.
©REUTERS / JUAN MEDINA /
CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

Alex Wynter
Periodista y redactor en el Reino Unido.

 

La Cruz Roja Italiana en Lampedusa

La minúscula isla italiana de Lampedusa, situada en la zona central del Mediterráneo, más cerca de Túnez que de Sicilia, es otro emplazamiento clave de la crisis que rodea a la migración irregular en la región.

Aquí también en 2006, el número mensual de migrantes irregulares ha sido superior al del año pasado.

En 2004 y 2005 Italia fue acusada de incumplimiento de la Convención de 1951 sobre el estatuto de los refugiados por haber deportado de Lampedusa a los migrantes del mar sin siquiera esclarecer si alguno de ellos era refugiado. Roma desmintió. Lo que pasó exactamente en Lampedusa no fue verificado de manera independiente puesto que la isla fue cerrada a las organizaciones humanitarias. Pero en febrero de este año, la Cruz Roja Italiana, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y la Organización Internacional para las Migraciones fueron autorizadas a abrir una oficina conjunta en el centro de acogida temporal del gobierno situado en el pequeño aeropuerto de la isla.

No tener adonde ir

Allí las enfermeras de la Cruz Roja Italiana se ocupan ahora de las mujeres y los niños en el centro, encajonado entre la pista de aterrizaje y una hilera nítida de olivos, higueras y viñas. La valla enclenque de alambradas que rodea el perímetro no disuadiría a nadie de escaparse, pero el problema es que en Lampedura, con una superficie de 3 kilómetros de ancho por 11 de largo, no hay adonde ir.

En un austero cuarto, Ajana, procedente de Ghana, recuerda los mareos que tuvo tras un día pasado en el bote que compartió con otros diez africanos. Cerca de ella, sentada en la cama, está Gifi, que subió a la embarcación a pesar de sus 38 semanas de embarazo.

Ninguno de los ghaneses sabe con certeza quién conducía la pequeña embarcación que los llevó a Lampedusa. Pero Ajana recuerda que cuando se despertó con el sonido de un helicóptero guardacostas italiano, los otros pasajeros decían que después de haber divisado tierra, dos de los traficantes –que al parecer eran egipcios– se pasaron a una segunda embarcación que traían de remolque, y dieron media vuelta.

Dilema humanitario

Los socorristas de África del Norte y de las islas italianas convienen en que los trafi cantes en esta parte del Mediterráneo están mucho mejor organizados de lo que estaban hace dos años. Hay razones para creer que la mortalidad puede disminuir.

Antonieta Maltese, jefa adjunta de la filial de Agrigento de la Cruz Roja Italiana en la costa sureña de Sicilia y encargada de las enfermeras voluntarias que trabajan con los migrantes que llegan, ha observado que éstos están relativamente en buen estado de salud.

“Hace meses que no utilizo el gota a gota”, comenta Stefano Valentini, de Médicos sin Fronteras (MSF). Este médico de Lampedusa se ocupa de atender a los migrantes recién llegados en el embarcadero de los guardacostas y, como Gerardo Mesa Noda, de llevar un cuidadoso registro de las llegadas.

Se sospecha que los traficantes están utilizando embarcaciones más grandes para cubrir la mayor parte del trayecto desde Libia, y luego, para recorrer el último tramo hasta la costa italiana, pasan a los migrantes a botes más pequeños que son demasiado frágiles para ser devueltos.


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