“Años
de ahorro para construir nuestra casa y en 30 segundos no
quedó nada”, cuenta Wartini, de 35 años,
madre de dos niños, en el pueblo de Sumber Mulyo, situado
al sur de Buntol, una de las zonas más afectadas por
el terremoto de 6,3 grados de magnitud que sacudió
la isla el 27 de mayo.
El pueblo quedó totalmente destruido por la catástrofe,
que dejó más de 5.000 muertos, 30.000 heridos
y 200.000 personas sin hogar en la isla de Java, donde viven
dos tercios de los 240 millones de habitantes con que cuenta
Indonesia.
Instalados ahora en las carpas donadas por la Media Luna
Roja de Irán, los habitantes de Sumber Mulyo empiezan
de cero.
“Recogemos todo lo que podemos utilizar”, precisa
Wartini, mientras se afana entre los escombros de su casa
en busca de ladrillos intactos, trozos de madera del techo
derrumbado y barras de hierro.
“En la cultura javanesa, la gente está acostumbrada
a ayudarse”, explica Achmer Albugis, de 54 años,
uno de los por lo menos 500 voluntarios de la Cruz Roja de
Indonesia que trabajaron día y noche después
de la catástrofe.
“Apenas supe lo del terremoto, contacté a algunos
amigos y decidimos venir”, cuenta Albugis, que viajó
200 kilómetros para colaborar en la labor de socorro.
Rápidamente los voluntarios fueron respaldados por
una masiva operación humanitaria coordinada por la
Federación Internacional, en la que tomaron parte por
lo menos 150 colaboradores internacionales dispensando tratamiento
médico y distribuyendo socorros como carpas, lonas
impermeables y agua potable.
Pero a pesar de la ayuda y de la extraordinaria capacidad
de autoayuda de la comunidad el seísmo ha dejado profundas
huellas.
“Todo el mundo gritaba y pedía auxilio. Había
nubes de polvo y el crujido de los techos era ensordecedor”,
recuerda Oom, meciendo a su hijo de cinco meses en la vecina
aldea de Jetis, donde de las 122 casas sólo 4 quedaron
de pie.
“Siento todavía el temblor y me da miedo de
que haya otro seísmo. Me cuesta dormir en la noche”,
prosigue. Varias réplicas registradas inmediatamente
después sembraron el pánico en toda la región.
Oom y su familia recibieron ayuda de los voluntarios locales
y de un dispensario móvil de salud gubernamental en
las primeras 48 horas. La Cruz Roja de Indonesia también
les distribuyó una carpa, paquetes con alimentos y
artículos de higiene y para bebés. |