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Las mujeres ganan terreno en Rosario

‘Las personas somos diferentes, los derechos son iguales’, reza el eslogan de una campaña contra la violencia que ha dado a las mujeres de una ciudad de Argentina una nueva independencia.

Algo está cambiando en Rosario de la Frontera. “Las mujeres ya no aguantan más la cachetada, ahora esperan palabras, y, sobre todo, respeto”, asegura Silvia una de las 200 mujeres que participan en una iniciativa que lleva adelante la Cruz Roja Argentina en la comunidad de Rosario de la Frontera, ciudad de 28.000 habitantes ubicada en el norte de la Argentina.

Rosario de la Frontera es una ciudad sin cine ni transportes públicos y un tercio de su población vive por debajo del umbral de pobreza, pero hoy hay respeto.

Aunque no existen estadísticas oficiales sobre la violencia contra las mujeres en Rosario de la Frontera, ni para el conjunto del país, este fenómeno se extiende fronteras adentro. En América Latina, las tasas de crímenes y violencia son 6 veces superiores a las de otros continentes. Según el investigador español, Antonio Sáenz, entre el 30 y el 75 % de las mujeres de América Latina sufren violencia psicológica y entre el 10 y el 30 % son víctimas de violencia física.

La violencia contra las mujeres es un fenómeno extendido por todo el mundo. Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP), una de cada cinco mujeres será víctima de violación o de intento de violación a lo largo de su vida y una de cada tres habrá sido golpeada, obligada a entablar relaciones sexuales bajo coacción o maltratada de otra manera, por lo general por un miembro de su familia o un conocido.

La violencia mata y discapacita a más mujeres de 15 a 44 años que las que son víctimas de cáncer, y el número de mujeres cuya salud fue afectada por “la violencia es superior al número de víctimas de accidentes de tránsito y de paludismo”, según concluye un estudio de 2005 del FNUAP.

Rosario, cuyas fronteras comienzan a más de 1.200 kilómetros al norte de Buenos Aires, la capital nacional, fue elegida para un proyecto piloto sobre la violencia de género porque el fenómeno estaba extendido allí y la fi lial de la Cruz Roja tenía buenas relaciones con la comunidad.

Gabriela Luna, coordinadora del proyecto en la Filial de Rosario de la Frontera, recuerda cómo fue impulsada la propuesta: “Empezamos trabajando con un grupo de mujeres donde ya veníamos percibiendo problemas relacionados con la violencia. Primero organizamos talleres con las mujeres, hicimos un estudio diagnóstico, después continuamos trabajando con las organizaciones no gubernamentales, organizaciones gubernamentales y otras instituciones públicas como la Iglesia”. “Y todos terminamos admitiendo que era un tema presente y urgente del que nadie se estaba ocupando”, continuó.

En 2004, con el respaldo de la Federación Internacional y la Cruz Roja Sueca, la filial de Rosario de la Frontera dio inicio a la campaña “Las personas somos diferentes - Los derechos son iguales”.

La filial organizó actividades de sensibilización y reflexión en torno al problema de la violencia contra las mujeres, como talleres sobre sexualidad, conocimiento del cuerpo y emprendimientos laborales, prácticas deportivas, formación de profesionales y voluntariado, actividades artísticas de acercamiento a la comunidad como obras de teatro y talleres abiertos, y difusión en medios gráficos, televisivos y radiales de la ciudad.


Hoy las mujeres y muchachas de una ciudad de Argentina pueden ejercer sus derechos.
©GABRIELA BACIN / CRUZ ROJA ARGENTINA

 

Una situación dentro de la familia

Una situación dentro de la familia El proyecto se enmarcó en las prioridades estratégicas de la Cruz Roja Argentina y de la Federación Internacional.

“Nuestra misión consiste en aliviar el sufrimiento sin discriminación. Y la discriminación por atributos de género es uno de los factores más significativos de exclusión hacia las mujeres”, explica Fernando Casanova, Jefe de la Oficina Subregional de América del Sur de la Federación Internacional en Buenos Aires.

“En nuestras sociedades las particularidades ligadas al sexo -continúa Casanova- asignan a los hombres y a las mujeres distintas posiciones. Estas posiciones son valoradas de forma desigual y se articulan en un sistema de poder que ubica a las mujeres en niveles de subordinación en relación a los hombres”.

Gabriela Bacin, especialista en estudios de género y consultora de la delegación en Buenos Aires de la Federación Internacional, advierte que en la mayoría de los proyectos sociales se deja de lado la perspectiva de género.

“Es un asunto que pasa inadvertido, no se registra ni se investiga, sin embargo, una vez que se empieza a investigar se descubre que la realidad es brutal. Al principio intentamos abordar el tema con sutileza, sin hablar de violencia de género, pero cuando preguntamos a las mujeres cuáles eran sus principales problemas todas nos contestaron lo mismo: la violencia”.

Una evaluación reveló una asociación directa de los inconvenientes comunitarios con el maltrato físico y psíquico contra las mujeres en el ámbito conyugal, es decir, la agresión del cónyuge, explica Gabriela Bacin. “En todos los casos fue una experiencia frecuente, conocida, familiar y hasta propia. Una situación que sucedió dentro de la familia. Se describieron situaciones de aislamiento, internalización de los estereotipos de género y legitimación de una estructura de desigualdad jerárquica, así como situaciones de invisibilización de la violencia”.

Las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales de Rosario expresaron su preocupación por la violencia doméstica y aludieron a los esfuerzos para combatirla. Todos los integrantes de las organizaciones entrevistados durante la evaluación definieron la violencia doméstica como “uno de los mayores inconvenientes que encaran las mujeres en la comunidad junto con la desocupación, la desinformación y la falta de acceso a la educación”.

Dignidad para todos

Un año más tarde se produjeron profundas transformaciones entre las personas y las organizaciones involucradas en la implementación del proyecto.

Según aseguró Gabriela Luna, “el tema se instaló en toda la comunidad; hubo campañas de sensibilización y difusión de información, las organizaciones tomaron conciencia del problema y emprendieron una tarea conjunta que permitió tratar la violencia de género en toda la ciudad. Los organismos públicos contrataron personal idóneo, ahora hay dos psicólogas y dos trabajadoras sociales en los Servicios de Atención Primaria a la Salud. A nivel gubernamental se creó el Consejo de la Mujer, un espacio que nació como resultado de los talleres de formación que organizamos en la filial”.

Las mujeres también percibieron esas diferencias. “A nosotras nos cambió mucho el tiempo. Recuperamos nuestro tiempo y nuestro espacio. Antes las mujeres estábamos en la casa y nada más. Ahora cada una hace lo que quiere con su tiempo y, además, tenemos un espacio propio donde encontrarnos y organizarnos. Mejoró la comunicación en nuestras familias. Mejoró la relación con nuestras parejas, con nuestros padres y con nuestros hijos. Sabemos que es un problema de crianza y ahora educamos a nuestros niños para que no repitan nuestras historias o la de nuestros padres. Ya no nos sentimos desprotegidas como antes. Ya no se ve violencia en el barrio. Y ahora somos nosotras las que aconsejamos a las chicas para que no vivan lo que nosotras hemos vivido”, aseguró una participante que prefirió no dar su nombre.

La Federación Internacional y la Cruz Roja Argentina están analizando la experiencia de Rosario para extraer las enseñanzas pertinentes y ver si el programa se debería repetir en otras partes. Para Gabriela Bacin la experiencia de Rosario de la Frontera es un aprendizaje valioso y alentador para todo el Movimiento.

“Las intervenciones comunitarias de las Sociedades Nacionales no serán integrales hasta que no se trabaje sobre cuestiones de género y, en particular, la violencia de género. No se pueden dejar de lado los inconvenientes que afectan a la mitad de la población mundial. Aunque las necesidades básicas estén cubiertas, no hay dignidad si hay abusos, humillaciones, golpes o malos tratos. Cuando hablamos de dignidad para todos, queremos decir dignidad para mujeres y hombres por igual”, concluye Gabriela Bacin.

Nota: se han cambiado los nombres para proteger la
identidad de las personas.

 


©GABRIELA BACIN / CRUZ ROJA ARGENTINA

Florencia Gemetro
Periodista en Argentina.


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