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Crímenes de guerra y castigos

La represión de los crímenes de guerra perpetrados en ex Yugoslavia incumbe en primer lugar al Tribunal Penal Internacional para ex Yugoslavia (TPIY) de La Haya, que se concentra en los casos más notorios. Sin embargo, desde hace algunos años se han constituido tribunales nacionales para reprimir los crímenes de guerra en Bosnia- Herzegovina, Croacia, Serbia y Montenegro, así como en Kosovo, completando así el trabajo iniciado en La Haya. El CICR visita con regularidad a las personas inculpadas y condenadas por esos tribunales y, en algunos casos, organiza visitas de familiares a los detenidos.

“Lo más difícil es acostumbrarse a la prisión... sobre todo cuando se es joven. Durante tres años, no vi a mi familia...”, relata Dragan de manera sobria y sin patetismo. Su historia se enmarca en la sucesión funesta de migraciones forzadas en ex Yugoslavia que han afectado principalmente a las comunidades albanesa, bosnia, croata y serbia. Como la mayoría de los serbios radicados en Croacia desde hace generaciones, la familia de Dragan se vio obligada a abandonar su hogar. El suyo quedaba cerca de Sibenik en la costa dálmata. Transcurría el mes de agosto de 1995, cuando el ejército croata dirigió la ofensiva bautizada “Operación Tormenta” en la “República serbia de Krajina”. Mientras su madre y su hermano huyeron de la región, Dragan y su padre se quedaron para combatir en las filas de las fuerzas paramilitares serbias. Fueron arrestados cerca de su pueblo y luego juzgados y condenados por un tribunal civil a 9 y 15 años de cárcel respectivamente por crímenes de guerra. Detenidos inicialmente en Split durante cinco años, fueron trasladados a una prisión en Lepoglava, situada al norte de Zagreb. “La guerra me separó de mi madre y mi hermano, estábamos muy preocupados por ellos hasta que supimos por un mensaje de Cruz Roja que estaban sanos y salvos en Montenegro”.

Al igual que numerosos exiliados de diversas comunidades de ex Yugoslavia, Dragan, liberado desde hace dos años, ha descartado la posibilidad de volver a su pueblo natal de Croacia. “Incendiaron nuestra casa, confiscaron el ganado y de todas maneras ¿quién tendría ganas de ofrecerme un trabajo allí?, dice con tono cansado. Dragan ya ha visto demasiado en su vida y no sabe mucho qué hacer de su futuro. A semejanza de muchos otros de sus compatriotas de un país hoy desaparecido, su juventud se consumió en las llamas de una guerra fratricida. Con dolores crónicos en las caderas y la espalda, se gana la vida con trabajos ocasionales, a veces como chofer en Belgrado. Su padre pudo ser trasladado recientemente de la cárcel croata de Lepoglava a la de Sremska Mitrovica en Serbia. Este traslado pudo concretarse gracias a los acuerdos de cooperación suscritos entre las autoridades de Croacia y las de Serbia-Montenegro, lo que permite a los presos que siguen cumpliendo su pena en Serbia que vean a sus familiares más a menudo dada la proximidad geográfica. Con la ayuda del tiempo, es grato comprobar que la confianza se va instalando de a poco entre los enemigos de ayer aun cuando el proceso es largo y laborioso.

Abierto bajo el reino de los Habsburgo a fines del siglo XIX, el vasto penitenciario de Sremska Mitrovica en Serbia alberga a unos veinte detenidos condenados por crímenes de guerra en ex Yugoslavia. Para su director Dusan Makovic, “las visitas de los familiares son esenciales para la estabilidad psicológica de los detenidos”. La frecuencia de los contactos entre familiares varía en función del trato dispensado a los reclusos, que puede dividirse en tres categorías diferentes, a saber: régimen cerrado, semiabierto y abierto. “Cuanto mejor sea la conducta del detenido, más facilidad se le da para que vea a sus familiares”, sintetiza el director.

El apoyo de la familia

“Jamás perdí la esperanza; sentía que mi hermano estaba vivo...” nos cuenta Vera con voz cálida pero un poco ronca a causa del tabaco. A fuerza de obstinación, esta muchacha encontró a su hermano Milan en 1997, entonces refugiado en Vojvodine tras haber dejado Petrinja, en Croacia, donde había combatido en el grupo paramilitar serbio de los “Boinas Rojas”. Milan fue procesado y condenado en 2000 a veinte años de prisión por crímenes de guerra contra civiles croatas. Cumple hoy su sexto año de detención en el penitenciario de Lepoglava en Croacia, que Vera conoce bien.

“En 2002, oí hablar de las visitas a los detenidos organizadas para las familias por el CICR. Desde entonces voy a ver a mi hermano menor hasta cuatro veces por año. Salimos de Belgrado a las cinco de la mañana en autobús, atravesamos la frontera serbo-croata como a las nueve y llegamos a la cárcel sobre el mediodía. Le llevo cigarrillos, ropa, periódicos”. Una vez allí, las familias, unas treinta personas venidas de Serbia, se encuentran en una especie de gran sala de clases donde los guardias están presentes. “No se habla ni de política ni de la guerra...”. Desde que su hermano fue condenado y encarcelado en Croacia, Vera ha hecho lo imposible por él y ha emprendido diversas gestiones en su favor esperando que algún día sea autorizado a seguir purgando su pena en Serbia, pero ese día parece aún lejano.

“Antes de visitarlo, me hago mil preguntas y luego cuando nos vemos, se desvanecen todas. Fuera de la salud, lo que cuenta es abrazarse, mirarse, tocarse la mano”. Una vez transcurridas las dos horas reglamentarias, las familias emprenden el camino de regreso a Belgrado adonde llegan alrededor de medianoche.

Agregada a la delegación del CICR en Belgrado, Biljana Zdravkovic coordina las visitas de las familias serbias a los detenidos en Croacia desde hace varios años. Este servicio humanitario facilita a los parientes el paso de la frontera entre Serbia y Croacia. Manifi estamente esta responsabilidad es un incentivo para Zdravkovic y le aporta su lote cotidiano de emociones. “Los detenidos viven esperando estas visitas, lo que les permite seguir adelante. Por otro lado, la mayoría de las familias viven con estrechez y no podrían darse el lujo de un viaje sin nuestra ayuda”. Zdravkovic, que se encarga de mantener el contacto entre los condenados y sus familiares, no escatima esfuerzos para tramitar las gestiones administrativas que ocasiona cada visita de familia, con la colaboración eficaz de las autoridades croatas. Al salir del apartamento de la sobrina de un preso, observa que “si las mujeres tienen esa fuerza de carácter aquí, es porque sin duda tuvieron que asumir todas las responsabilidades mientras los hombres se ocupaban de hacer la guerra”.


En la cárcel de Sremska Mitrovica en Serbia varios reclusos cumplen condena por crímenes de guerra cometidos en ex Yugoslavia.

 

 

 

 


Visita familiar en la cárcel de Lepoglava, Croacia.
©A. MONTANARI / CICR

 

 

 


Luchar contra la impunidad

Durante sus diez años de existencia, el Tribunal Penal Internacional para ex Yugoslavia
(TPIY) ha procesado a altos responsables acusados de crímenes que tuvieron lugar en todo el territorio de ex Yugoslavia mientras duraron los conflictos de los años noventa. En la prisión del TPIY, el CICR visita actualmente a unos cincuenta detenidos por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad o genocidio. Además, sus delegados siguen visitando a los detenidos condenados por el TPIY que cumplen sentencia en Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Italia, Noruega y Suecia.

Desde hace algunos años, la responsabilidad judicial, que en un principio competía únicamente al TPIY, se ha ido transfiriendo progresivamente a los tribunales civiles instaurados en los países de ex Yugoslavia. Hoy se cuentan más de 150 personas acusadas o condenadas por crímenes de guerra por esos tribunales. El CICR se ocupa del seguimiento de cada una de esas personas en los diversos lugares de detención en el territorio de ex Yugoslavia, principalmente en Bosnia-Herzegovina, Croacia, Montenegro, Serbia y Kosovo.

A fin de cuentas, lo que el TPIY y las instancias judiciales nacionales persiguen es poner coto a la impunidad en materia de crímenes de guerra y, al mismo tiempo, ampliar el ámbito de aplicación del derecho internacional humanitario y del derecho penal internacional.

Los nombres que aparecen en este artículo son ficticios.

Jean-François Berger
Redactor para el CICR de Cruz Roja, Media Luna Roja.


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