Llevando
una bolsa con preservativos y jeringas, Sasha se dirige a
una parada de camiones frente a la entrada de la fábrica
Mittal Steel, la principal fuente de empleos de la ciudad
kazaja de Termirtau. Son las seis de la tarde, hora en que
los obreros terminan el trabajo. Dos mujeres se acercan nerviosas
a Sasha, que les entrega la bolsa.
En los últimos cinco años, Lena, de 29 años,
y Urla de 30, han vendido su cuerpo a los obreros de la fábrica
de acero por seis dólares estadounidenses. Aseguran
que tienen poca elección pues son heroinómanas
y están obligadas a mantener el hábito que les
cuesta unos 20 dólares el gramo.
“La prostitución”, suspira Urla, “es
como sumergirse en el barro. Se te pega a la piel y no sale
nunca más aunque te laves”.
Urla es seropositiva. Es una de las 20 mujeres con que conversará
Sasha en las próximas horas acerca de la práctica
del sexo seguro, el uso de jeringas limpias y la detección
de enfermedades de transmisión sexual.
Sasha, de 27 años, ex drogadicto y seropositivo, es
hoy en día formador en VIH para la Sociedad de la Media
Luna Roja de Kazajstán. Su experiencia personal y su
determinación de luchar contra la enfermedad han hecho
de él un acérrimo activista en los esfuerzos
de prevención de la Sociedad Nacional en Termirtau,
donde se registran los niveles más altos de infección
por VIH de Kazajstán.
La ruta de la heroína
Razones geográficas e históricas han conspirado
contra esta deprimida ciudad minera donde la mitad de sus
habitantes están desempleados. Tras el desmoronamiento
del comunismo a principios de los años noventa, muchos
obreros del acero que emigraron a Rusia y Ucrania volvieron
a Termirtau y numerosos son los que contrajeron el VIH durante
su estadía.
Y mediante las nuevas rutas para el tráfico de drogas,
que se han abierto desde Afganistán a través
de Asia central a Rusia y Europa después de la caída
del régimen de los talibanes, la propagación
del VIH debido al intercambio de agujas ha agravado la situación
en Termirtau. Hoy, 1.311 de los 180.000 residentes de la ciudad
son seropositivos, la tasa de infección más
alta del país.
Pero el problema no es particular de Termirtau. Kazajstán
tiene el índice más elevado de infección
de Asia central, y los casos se dan en todas sus principales
ciudades. En el decenio pasado, el número de personas
infectadas pasó de 548 a 6.616, aunque según
datos oficiosos esta cifra podría ser tres veces superior.
Las tres cuartas partes de las personas infectadas son consumidores
de drogas inyectables que intercambian las agujas, y en un
país donde hay unos 250.000 heroinómanos y 20.000
trabajadoras del sexo, muchas de ellas toxicómanas,
la Sociedad de la Media Luna Roja de Kazajstán centra
su prioridad en los programas de prevención del VIH.
Desde 2004, las Sociedades Nacionales de toda la región,
en Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán,
Turkmenistán y Kazajstán, han emprendido campañas
de prevención, información y difusión
del VIH. La educación entre pares ha resultado ser
el modo más eficaz para transmitir el mensaje.
La credibilidad de la calle
Según Sasha, su experiencia le otorga credibilidad
entre las personas a las que ayuda. “Fui imprudente”,
explica, “compartí agujas y tuve relaciones sexuales
sin protección y mira lo que me pasó. Contraje
el VIH cuando tenía 19 años. Pero estoy decidido
a evitar que los demás cometan el mismo error”.
Después de tres años como voluntario, Sasha
es uno de los primeros ex drogadictos en convertirse en formador
remunerado. Gana unos 75 dólares por mes, menos que
el salario medio en Kazajstán, pero le alcanza para
vivir.
Desde que la Media Luna Roja de Kazajstán comenzó
la educación entre pares en 2005, 56 trabajadoras del
sexo y dos ex toxicómanos se han convertido en voluntarios.
No son remunerados pero reciben artículos de aseo,
teléfonos móviles y tarjetas de Internet. Muchos
provienen de las empobrecidas ciudades situadas a lo largo
de la ruta de la heroína.
Kokshetau, inhóspita ciudad industrial en la frontera
con Rusia, ha luchado también desde el colapso del
comunismo. Sus habitantes viven en su mayoría en los
bloques de apartamentos de la era soviética.
Dima, de 30 años, que ha pasado más de la mitad
de su vida inyectándose heroína, ha logrado
salir de su miserable dependencia y hoy habla con orgullo
de su nueva condición como educador entre pares de
la Media Luna Roja.
Sin embargo, en estas ciudades pequeñas, donde todos
se conocen, las trabajadoras del sexo y los drogadictos prefieren
mantener en secreto incluso su labor como voluntarios.
Irina, de 37 años, que ha trabajado durante mucho
tiempo en las calles de Kokshetau, cuenta que se moriría
de vergüenza si su hija de 15 años llegara a saber
en lo que trabaja y por ningún motivo permitirá
que siga el mismo camino que ella.
En un ambiente determinado por el estigma y la discriminación,
es difícil incluso para los educadores entre pares
convencer a los interesados de que se hagan el examen de detección
o visiten los numerosos centros donde los consumidores de
drogas pueden recibir agujas y jeringas limpias.
El año pasado, la Media Luna Roja de Kazajstán
completó los esfuerzos del gobierno y ha instalado
sus propios centros de intercambio de jeringas para reducir
el daño que se pueden causar a sí mismos al
compartir las agujas.
A comienzos de este año, la Media Luna Roja de Kirguistán
estableció su primer centro de intercambio de agujas
en el país. “Hemos registrado a 61 usuarios,
aunque en promedio se produce una sobredosis por mes”,
indica la Dra. Svetlana Magizova. “La mayoría
prefiere que los visite a domicilio debido al estigma y al
temor que tienen constantemente a que los arresten”
Un 70% de las jeringas distribuidas en los centros de intercambio
de agujas son devueltas, señal del éxito de
una política que no favorece el consumo de drogas sino
que, por el contrario, reduce el daño que se están
causando a sí mismos los drogadictos.
Doble epidemia
A fin de detener el aumento de los casos de infección
por VIH, la Media Luna Roja de Kazajstán emprendió
este año proyectos piloto para enfrentar el problema
de la coinfección por tuberculosis y VIH. Según
la Organización Mundial de la Salud, la tuberculosis
mata a la mitad de las personas afectadas por el VIH en el
mundo, porque su inmunidad ha decaído y, por lo tanto,
son vulnerables a la infección. En Asia central, los
enfermos de tuberculosis pueden contraer también más
fácilmente el VIH pues muchos de ellos provienen de
grupos de alto riesgo como son los prisioneros, los consumidores
de drogas y los trabajadores del sexo. Si bien, el VIH aún
no ha agravado la epidemia de tuberculosis como en la vecina
Rusia, ni menoscabado los esfuerzos desplegados para luchar
contra ésta, el nivel de ambas enfermedades en Kazajstán
va en aumento.
La Sociedad Nacional kazaja está innovando en la lucha
contra la coinfección, mediante la creación
de equipos especiales de médicos, psicológos,
abogados y trabajadores sociales en Termirtau y Karaganda,
las ciudades más afectadas del país. La mayoría
de los 70 enfermos de tuberculosis que viven con el VIH son
ex presos, pues no hay que olvidar que esta región,
otrora famosa por el archipiélago Gulag, sigue siendo
conocida como el cinturón carcelario del país.
“En nuestras prisiones hay muchos tuberculosos”,
asegura Zoya Ruzhnikova, psicóloga de la Sociedad Nacional
kazaja. “Una vez que los prisioneros son liberados,
muchos interrumpen el tratamiento contra la tuberculosis y
pueden contaminar a la comunidad local”.
Según Zoya, uno de los aspectos más difíciles
de la lucha contra la coinfección es anunciar al paciente
tuberculoso que es seropositivo. La tuberculosis es una de
las primeras enfermedades que se contrae a medida que el SIDA
va ganando terreno y los pacientes normalmente mueren al cabo
de unos meses si no reciben un tratamiento antituberculoso
inmediato. En cambio, si son tratados, es posible prolongar
su vida cinco años o más. Desde que la tuberculosis
puede curarse con un tratamiento completo que cuesta unos
15 dólares por paciente, el tratamiento antituberculoso
es una de las estrategias de supervivencia más adecuadas
y más eficaces en función de los costos para
los seropositivos que no tienen acceso a una medicación
antirretrovírica.
Cambio de mentalidad
Trabajar con los drogadictos, los trabajadores del sexo y
las personas afectadas por el VIH, grupos en su mayoría
relegados por la sociedad, es una actividad reciente para
la Media Luna Roja de Kazajstán, y algunos colaboradores,
acostumbrados a ayudar a las personas vulnerables como los
huérfanos, los enfermos y los ancianos, deben ir adaptándose
a esta evolución.
En una reciente reunión regional, un miembro del personal
exclamó que Henry Dunant no fundó el Movimiento
para trabajar con los trabajadores del sexo, los seropositivos
y los drogadictos.
Aunque este tipo de oposición manifiesta no es frecuente,
Mariam Sianozova, trabajadora de salud de la Media Luna Roja,
reconoce que para muchos es un cambio de mentalidad radical
y que ha sido necesario emprender una serie de programas de
capacitación para ayudar al personal a comprender mejor
y satisfacer las necesidades de los grupos marginados.
Movilizar a los jóvenes
La Sociedad Nacional kazaja ofrece una tabla de salvación
a los que están acostumbrados al rechazo y al abuso.
Cuando Sasha dijo a su hermana que era seropositivo, ésta
le contestó que la gente como él debería
ir directo al cadalso, opinión que comparte su madre.
Luda, de 19 años, oriunda de la ciudad agrícola
de Tardy Kolgan, en el sudeste de Kazajstán, tiene
su propia historia de rechazo. Con profundas cicatrices en
los brazos, autoinfligidas en un momento de depresión,
trabajadora del sexo y drogadicta ocasionalmente, considera
que el voluntariado en la Media Luna Roja es dar un paso pequeño
por el camino hacia la respetabilidad.
Respaldada por su amigo Jameel, formador en VIH de la Media
Luna Roja, se dedica ahora a distribuir preservativos a las
otras chicas (algunas de las cuales tienen apenas 13 años)
que trabajan en los alrededores de los saunas y baños
de la ciudad.
Pero no sólo las trabajadoras del sexo son cada vez
más jóvenes. Rafael, un consumidor de droga
y voluntario, habla con rabia de los traficantes de drogas
que se dirigen a los escolares haciéndoles picar el
anzuelo con dosis de heroína gratuitas antes de cobrarles.
Mitos
Los jóvenes son los más expuestos a la infección
por el VIH, sea mediante las relaciones sexuales no protegidas
o el intercambio de agujas. Frente a una tasa de nuevas infecciones
superior al 60% entre los jóvenes de 15 a 29 años,
la Media Luna Roja centra principalmente su acción
de educación entre pares en esta categoría de
edad.
Más de 1.000 jóvenes en Kazajstán y
Kirguistán participan en la divulgación del
mensaje de prevención del VIH a otros jóvenes.
En escuelas y universidades, en las calles y en las discotecas,
los voluntarios reparten preservativos y dan información
sobre las enfermedades de transmisión sexual a jóvenes
a partir de los 14 años.
“Es importante que disipemos los mitos en torno al
VIH y al SIDA”, explica Myrza Moldobenova, de 20 años,
procedente de Bishkek, la capital kirguís. “Decimos
a la gente que no se contrae el VIH por compartir un cigarrillo
o un vaso de agua y siempre subrayamos la importancia de tener
sexo sin riesgo”.
A pesar de que Kazajstán y Kirguistán son países
culturalmente conservadores, especialmente en las zonas rurales,
los jóvenes voluntarios de la Media Luna Roja dicen
que el sexo ya no es un tema tabú. Centenares de soldados
de 16 a 18 años han participado en los programas de
educación entre pares.
Detener la propagación
Aunque el grupo que más riesgo corre de contraer el
VIH es el de los consumidores de drogas intravenosas, el número
de personas que se han contagiado a través del sexo
ha ido creciendo en los últimos diez años.
Además, según informaciones, 61 niños
han sido infectados a causa de sangre contaminada en un hospital
de Kazajstán
El creciente riesgo de que los jóvenes contraigan
el VIH en las relaciones sexuales o por el intercambio de
agujas ha hecho que dentro de la Media Luna Roja aumente el
temor de que se produzca un verdadero desastre a causa del
VIH.
Sasha está determinado a librar su propia batalla
contra el VIH no sólo para prolongar su vida, sino,
“para asegurarme de que hago lo más que puedo
para impedir que otras personas sucumban a esta enfermedad
que ha arruinado la vida de tantas personas jóvenes”.
| Claire
Doole
Periodista independiente radicada en Ginebra.
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