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Es una tarde calurosa en Makohliso, pueblo situado a unos
300 kilómetros al sur de Harare, capital de Zimbabwe.
A pesar de estar en la temporada de lluvias, una racha de
calor arrasa este país pobre de África meridional,
donde todos sus habitantes esperan que las lluvias traigan
buenas cosechas, fuente de subsistencia para muchas personas.
Pero en Zimbabwe las difíciles condiciones climáticas
no son el único problema.
A unos tres kilómetros del camino principal, a lo
largo de un estrecho sendero, se encuentra la casa de Isaac
Masvanike. En la entrada hay seis tumbas, que le recuerdan
lo que puede provocar la pandemia del SIDA.
Isaac es minero y después de 22 años se jubiló
por causa de enfermedad. En 2005, fue diagnosticado seropositivo
y fue admitido en el hospital. “Me sentía muy
mal. El médico pidió a mi familia que rezara
porque me quedaban menos de 24 horas para vivir”, cuenta.
“El médico me aconsejó sin rodeos que
me hiciera la prueba de VIH y que me preparara para aceptar
mi condición”, confiesa. Ese fue un momento decisivo
en la vida de Isaac, y quedó inmediatamente bajo tratamiento
antirretrovírico para disminuir la progresión
del virus.
Sólo el 8% del aproximadamente millón y medio
de personas que viven con VIH en Zimbabwe tienen acceso al
tratamiento antirretrovírico. El sobrino de Isaac paga
alrededor de 21 dólares estadounidenses por mes a un
centro médico privado para conseguir los medicamentos
para su tío. Hoy Isaac es un hombre fuerte y con suficiente
salud para mantener y educar a sus cuatro hijos.
Isaac es un ejemplo de cómo la vida puede cambiar
cuando hay conocimiento, asegura Priscilla Makambe, voluntaria
de salud de 36 años de la Cruz Roja de Zimbabwe, que
visita semanalmente a Isaac.
“Para mí Isaac es un milagro”, confiesa
Priscilla. “Llegué aquí cuando estaba
postrado en la cama. Cuando miraba a sus hijos siempre me
ponía a llorar”, añade. “Isaac perdió
peso pero su capacidad para enfrentar la realidad y aceptar
su condición le ayudó enormemente a seguir adelante.
Es realmente una historia conmovedora”.
Priscilla atribuyó parte del mérito del cambio
de vida de Isaac a un innovador curso que siguió para
voluntarios comunitarios, titulado prevención, asistencia
y apoyo en materia de VIH, cuyo objetivo es ayudar a las personas
seropositivas, sus familiares y los encargados de cuidarlos
a recuperar fuerzas. Iniciado en 2006, el curso fue concebido
por la Federación Internacional, la Organización
Mundial de la Salud y el Servicio de Información y
Difusión sobre VIH y SIDA de África meridional,
en consulta con las redes de personas que viven con VIH. El
Ministerio de Salud y de Bienestar del Niño de Zimbabwe,
el Consejo Nacional para el SIDA, CONNECT (organización
de bienestar social), el Centro(proyecto relativo al VIH)
y las Sociedades Nacionales de Kenya y Zimbabwe pusieron en
práctica el curso.
El material del curso se está traduciendo a 16 idiomas
y el programa se pondrá en práctica en nueve
otros países de África meridional y de otras
regiones del mundo.
Priscilla cuenta que el curso le permitió conocer
mejor las necesidades de las personas que toman medicamentos
antirretrovíricos, los cuales son suministrados por
los gobiernos, las organizaciones de ayuda o empresas privadas.
Si bien ya estábamos alentando a las familias a que
adoptaran una higiene adecuada y una dieta equilibrada antes
de asistir al programa de formación, hemos aprendido
ahora que necesitan tener una alimentación adecuada
antes de ingerir los medicamentos”, observa la voluntaria.
“Pero es aún más importante asegurarse
de que los pacientes estén en paz con ellos mismos
y de que sepan que es más benéfico para ellos
que sus familiares conozcan su condición para poder
recibir la asistencia y el apoyo que merecen”.
Dada la presión que supone para los servicios públicos
zimbabwenses, los seropositivos deben contar con el apoyo
de sus familiares y vecinos. Pero para ello es imprescindible
dar a conocer su condición. Isaac asegura que el programa
le ayudó a ser más abierto con su mujer.
“Es útil para ambos porque ella es seronegativa
y yo soy seropositivo. Usamos preservativos sin ningún
problema porque entendemos nuestra situación. La gente
creía que sólo los trabajadores del sexo utilizaban
preservativos”. Añade que es importante que las
parejas se hagan la prueba juntos o por lo menos que revelen
su condición para ayudarse mutuamente a evitar riesgos
y permanecer sanos.
“Cuando me siento mal es mi mujer la que me cuida y
eso hubiese sido un problema si no supiera la causa de mi
estado”.
Isaac destaca también que tomar sus medicamentos antirretrovíricos
periódicamente es esencial para minimizar las infecciones
y mejorar su calidad de vida.
“El encargado de prestar asistencia de la Cruz Roja
destacó la importancia de atenerse a los horarios para
la ingesta de remedios. Algunas personas los tomaban ocasionalmente
y otros solían compartir los medicamentos con sus amigos.
Mi mujer me ayuda muchísimo en eso y siempre me recuerda
la hora de la toma”, comenta Isaac y añade que
eso le ha permitido mantenerse lo bastante fuerte para trabajar.
“Espero vivir suficientes años para ver a mis
hijos terminar sus estudios”.
Priscilla señala que hay un manual de ocho capítulos
que ayuda a los voluntarios a responder más rápidamente
sobre cuestiones como tratamiento, atención paliativa,
atención para quienes prestan atención, asesoramiento,
nutrición y vida positiva.
“El manual es una referencia y una herramienta muy
útil. Cuando necesitamos responder a preguntaslo consultamos”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado
el respaldo al curso, que es el primer programa de formación
sistemática para cuidadores en materia de VIH, como
una norma internacional. “Este manual es único
porque se centra en los pacientes y se basa en la comunidad,
está conectado con servicios de salud, enfermería
y clínicos y proporciona un nexo entre el programador
comunitario y las organizaciones implicadas en la labor de
lucha contra el VIH y el SIDA”, explica la Dra. Evelyn
Isaacs, de la OMS.
“La herramienta se aviene también con el principio
de acceso universal a la prevención, la asistencia
y al tratamiento, definido en los Objetivos de Desarrollo
del Milenio, lo que cambiará a la larga la dinámica
de la epidemia en todos los países del mundo”.
La jefa de la delegación regional para África
meridional de la Federación Internacional, Françoise
Le Goff, observa que el manual será un complemento
de la mayor disponibilidad de medicamentos antirretrovíricos.
“La disponibilidad de la terapia antirretrovírica
va cambiando la forma de los programas de atención
domiciliaria, que ya no se centran en ayudar a la gente a
morir con dignidad sino a vivir positivamente”, explica.
“Esta herramienta no podía llegar en un momento
más oportuno porque potencia la autonomía de
las personas con VIH, los cuidadores y los familiares que
brindan asistencia y apoyo y aumenta el respaldo a su labor
humanitaria”.
Cerca de Isaac vive Tendai, de 32 años, madre de dos
hijos, que se enfermó en 2003. En 2004 se le diagnosticó
una tuberculosis. Tendai vive con sus padres y diez huérfanos
dejados por cuatro hermanos y hermanas que murieron. La vida
ha sido una lucha para Tendai y su madre, de 70 años,
que tuvo que vender algunos animales de tiro para comprar
alimentos, lo que redujo los ingresos que obtenía la
familia de las actividades agrícolas.
En el pasado, Tendai sólo tomaba sus medicamentos
cuando se sentía enferma. Pero el voluntario encargado
de brindar asistencia le explicó que tenía que
tomar los remedios periódicamente.
Hoy ha vuelto a ir al mercado y se siente con fuerzas suficientes
para vender mangos y ayudar así al sustento de su familia.
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Tapiwa Gomo
Delegado de información regional para África
meridional.
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