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Georgia
el relato
de tres mujeres |
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que Georgia se independizó en 1991,miles de familias
han quedado desarraigadas y destrozadas debido a las
tensiones causadas por las aspiraciones secesionistas
de Abjasia y Osetia del Sur. La conmovedora historia
de tres mujeres atestigua el sufrimiento que ha soportado
esta gente. |
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GALINA
Las llamas envolvieron la casa. Galina se salvó de
milagro. A pesar del pánico, trató desesperadamente
de volver al edificio en llamas para rescatar algunos recuerdos—documentos,
fotos— de una vida feliz pasada en Abjasia desde 1969
hasta la devastadora guerra de 1992-1993. Otros intentaron
retenerla, pero luchó, llorando, hasta que los últimos
pedazos de muro se derrumbaron y todas sus pertenencias quedaron
reducidas a cenizas.
Galina comenzó así una nueva vida. Casi no
recordaba nada de su pasado. Alguien la llevó a un
pequeño lugar en las afueras de Sujumi y le dijo que
podía vivir allí. “Los dueños han
huido”, le contaron. “Si vuelven, lo único
que debes hacer es irte”. La casa tenía árboles
frutales, una huerta y macetas de flores. Al menor ruido de
avión o explosión de bombas, le entraba el pánico.
Una vez terminada la guerra, Galina empezó a tener
algunos recuerdos de manera confusa. Los médicos le
diagnosticaron estrés, trauma, depresión y amnesia
parcial. Galina se dio cuenta de que la guerra había
hecho pedazos su vida. Deambulaba por las calles en ruinas
de Sujumi buscando en vano algún rostro que le fuera
familiar y hacía labores domésticas para ganarse
la vida. Pero sus esfuerzos por acordarse de su pasado fueron
infructuosos.
Pero resulta que Galina aún tenía familia en
Kazajstán, donde creció, estudió y se
casó. En 1969, la joven pareja se mudó a Abjasia,
donde el marido de Galina, un albañil de oficio, trabajaba
en la construcción de una planta hidráulica
en las márgenes del río Inguri. Vivían
en la ciudad de Primorskoye, y Galina tenía un empleo
en una granja avícola industrial. En 1985, se instalaron
en Sujumi pero las cosas no resultaron como esperaban y el
marido se volvió solo a Kazajstán. Cuando las
tres hijas de la pareja—Ira, Valia y Tania— crecieron,
también se fueron para reunirse con su padre y proseguir
sus estudios en Kazajstán. Galina estaba contenta de
que sus hijas estuvieran educándose. Desde luego, se
sentía sola pero tenía su trabajo, sus amigos
y vecinos. Luego estalló la guerra con el cortejo de
horrores que supone y el incendio de su casa.
Recientemente una mujer que trabaja para el CICR tocó
a la puerta de la casa donde estaba viviendo entonces y le
preguntó “¿Es usted Galina Rakhmanova?
Hay unos parientes suyos que la andan buscando”. Durante
todos esos años desde 1992, sus hijas, su madre y su
hermana la buscaron por todas partes y efectuaron una solicitud
de búsqueda a la Media Luna Roja de Kazajstán.
Liana Abidzva, de la misión del CICR en Abjasia, emprendió
una serie de gestiones para verificar si la anciana que vivía
en la pequeña casa oculta por la vegetación
era de verdad la persona que estaban buscando. Después
de hablar con sus familiares por teléfono, Galina intercambió
noticias con ellos mediante los mensajes de Cruz Roja. Se
obtuvo una copia del certificado de nacimiento, destruido
en el incendio, y Galina fue autorizada finalmente a regresar
a Kazajstán para reencontrarse con su familia y rescatar
los recuerdos perdidos.
Liliana Jakovleva
Periodista en Sujumi. |

©CICR
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LIUBA
“¿Quién sabe cuántas vidas han
quedado destruidas por el conflicto entre Georgia y Abjasia,
cuántos sueños malogrados?”, se interroga
Liuba, de 47 años, que se refugió de la violencia
en la ciudad guarnición de Senaki. “Vivíamos
bien antes”, añade con tristeza.
La familia de Liuba no es ajena a los horrores de la guerra.
Su marido luchó y fue herido cerca de la localidad
de Gumista en Abjasia. “Milagrosamente pudimos escapar
y llegar a Tiflis con nuestros tres hijos a cuestas. El menor
tenía apenas dos años. Pensamos que las dificultares
pronto se acabarían pero la desgracia nos perseguía.
Hace ya 13 años que mi marido murió y me quedé
sola con los niños. Ni siquiera tenía medios
para enterrarlo. Unos soldados tuvieron la amabilidad de hacerlo”,
recuerda con lágrimas en los ojos.
“Tuve que criar a mis tres hijos sola. Guiga ahora
tiene 21, es boxeador, atleta innato, y ha participado en
varias competiciones europeas. Formaba parte del equipo de
boxeo de la academia donde estudiaba. Era buen alumno y obtuvo
varios honores por sus logros académicos y deportivos.
Ahora está casado y vive en Tiflis, donde trabaja contratado
para el ejército georgiano. En cuanto a mi nuera, que
viene de una familia acomodada, está estudiando medicina.
La pobreza me lleva a veces a tener ideas suicidas, pero luego
pienso en mis hijos, recuerdo por todo lo que hemos atravesado,
me tranquilizo y redescubro las alegrías de la vida.
“David, el segundo, está cursando la secundaria
y dice que sólo se casará con una chica de Sujumi.
Creo en Dios y cuento con su ayuda. Esta guerra no tiene sentido.
Los georgianos y los abjazos siempre han convivido sin problema.
El personal del correo donde yo trabajaba era plurinacional
y éramos un equipo muy unido. Mañana, jueves,
es el día en que se reparten los mensajes de Cruz Roja.
La semana pasada, escribí uno así que espero
tener respuesta y poder pasar así una semana sin preocuparme”.
Eka Minjoraia
Delegada del CICR en Zugdidi, Georgia. |

©CICR
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VALENTINA
La vida es dura para innumerables personas que han tenido
que huir del conflicto entre Georgia y Abjasia y asentarse
en diferentes pueblos de los distritos de Mingrelia y Alto
Svanetia. Valentina, oriunda de Abjasia, fue separada de su
familia y vive ahora en Senaki. Su antigua vida parece un
sueño lejano.
“Solíamos cosechar hasta 12 toneladas de tangerinas
y una tonelada de hojas de tabaco. Las vacas que teníamos
pesaban más de una tonelada cada una y producían
20 litros de leche diarios. Fabricábamos enormes cantidades
de queso”, cuenta Valentina.
Valentina era costurera en Sujumi. “Ganaba entre 100
y 150 rublos por mes haciendo vestidos de novia. Trabajé
en la fábrica durante 25 años y nunca tuve problemas
con ninguno de mis colegas. Cuando estallaron los enfrentamientos,
pensamos que durarían sólo un par de días.
Han pasado 13 años y todavía no podemos regresar
a nuestro hogar. Entonces mi hija tenía cuatro años.
Como Sujumi se encontraba bajo los bombardeos y en llamas,
huimos dejando atrás todas nuestras pertenencias. Tuvimos
que cruzar el paso de Chuberi-Sakeni a pie. En el camino,
apresaron a mis padres y a mi hermano.
“En Senaki, nos dieron dos habitaciones en un hotel
en desuso. La Cruz Roja nos proporcionó colchones y
artículos para el hogar. Luego, me trajeron una máquina
de coser, lo que me permitió hacer ropa y cambiarla
por azúcar, pan, tomates y otros alimentos. Ahora vendo
ropa usada pues voy perdiendo la vista y ya no puedo coser.
“Me mantengo en contacto con mi hermano en Abjasia
por medio de los mensajes de Cruz Roja. Mis padres también
viven allí a pesar de que su casa fue quemada.
“¿Qué podemos hacer? No somos responsables
de lo que sucedió, pero somos los que sufrimos las
consecuencias. Se dice que el tiempo sana todas las heridas
y eso es lo que espero”.
Eka Minjoraia
Delegada del CICR en Zugdidi, Georgia. |

©CICR
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En muchos edificios quedan las señales de los combates
librados en Sujumi en 1992-1993.
© VLADIMIR POPOV / CICR
CIC |
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