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EN una calurosa mañana de enero, el Hospital Universitario
de Juba, conocido más con el nombre de JTH, con una
capacidad de 500 camas, parecía más atareado
que de costumbre. Se había instalado un pabellón
de cuarentena para recibir una afluencia de posibles casos
de cólera. La pediatría y la consulta médica
estaban atestadas de gente y en la sala de urgencias, el personal
se afanaba atendiendo a las víctimas de un accidente
de autobús, el primero de varios ese día.
Observar a los pacientes languideciendo en camas de hierro
alineadas en deteriorados pabellones, mirar las nubes de polvo
que levantaban los limpiadores con sus escobas y sentir los
distintos olores humanos, era como estar ante las ruinas dejadas
por este conflicto en una sociedad ya paupérrima, mucho
después del cese de los combates.
Entre los pacientes del pabellón de cirugía
había hombres con heridas de bala y otro con una herida
causada por una lanza. Larisa, una mujer con una pierna amputada
postrada en una cama, se echaba perfume barato en el muñón
vendado y adornaba su cuello con un collarcito de cuentas
de colores. Al lado de ella, una mujer con su bebé,
heridos durante un enfrentamiento interétnico en su
pueblo.
En la pediatría abarrotada, las madres apretujadas
en las camas mecían a sus niños enfermos; otras
sentadas sobre mantas atestaban el suelo y era difícil
deambular sin pisar a los bebés postrados. En medio
de este caos, los niños con paludismo y diarrea yacían
inmóviles en mantas grises del ejército o sábanas
de algodón desteñidas, atados al gota a gota.
Los llantos irrumpían en medio del murmullo de voces.
Un solo enfermero estaba de turno, era Patrick, un estudiante
de primer año de medicina.
El CICR ha prestado apoyo al JTH en los últimos 14
años. Decenas de cirujanos, anestesistas, médicos,
enfermeros y administradores han trabajado aquí durante
este tiempo, ayudando a los casi 1.000 empleados sudaneses,
enseñando en la escuela de enfermería y brindando
asesoramiento administrativo. El CICR sigue abasteciendo al
hospital con todos los medicamentos, suministros médicos,
reactivos para el laboratorio y artículos no médicos,
como apósitos, guantes quirúrgicos, sábanas
y uniformes para el personal de enfermería.
Pero hoy, dos años después de finalizada la
guerra, el CICR ha comenzado a reducir paulatinamente su apoyo
y, en diciembre de 2007, traspasará la responsabilidad
del JTH al Ministerio de Salud del Gobierno de Sudán
meridional. El director del hospital, Samuel Salyi, opina
que será una tarea dantesca. “Roma no se construyó
en un día”, observa. “La gente sale de
una guerra y está traumatizada; los cambios son lentos”.
El Banco Mundial, mediante su fondo fiduciario de donantes
múltiples, ha comenzado a financiar la millonaria reconstrucción
y renovación del hospital. No obstante, no es tanto
la infraestructura sino los recursos humanos lo que más
preocupa a Salyi. “Los médicos de la diáspora
no saben todavía si regresarán al país”,
comenta con cierto tono decepcionado en la voz. En cuanto
a él, cuenta que cuando estallaron los combates en
1983, llevó a su familia a Uganda y él regresó
para trabajar en el hospital mientras duró la guerra.
Había un solo radiólogo. Añade “hoy,
las necesidades son crecientes, también la población
ha aumentado; efectuamos 30 rayos X por día”.
También teme que los más viejos como él
no sean reemplazados por personal más joven. “He
hablado con el gobierno”, observa, “y les pedí
que nos enviaran gente nueva; nosotros, los viejos no vamos
a durar eternamente”. Además, no hay que olvidar
que muchos empleados sobrellevan traumas emocionales debido
al conflicto y los embarga un profundo malestar. “Algunas
de nuestras enfermeras perdieron a su marido y están
criando solas a sus hijos”, explica sor Christine Akongo,
que lleva trabajando muchos años en el hospital.
El ausentismo es otro problema grave porque para completar
los bajos sueldos el personal tiene un segundo empleo o cultiva
alimentos para dar de comer a su familia. “La guerra
dañó el alma de la gente”, afirma la responsable
de proyectos del CICR, Louise Vuillermin, uno de los 15 delegados
extranjeros que trabajan actualmente en el JTH. El hospital
es administrado por el gobierno con el respaldo del CICR.
El equipo extranjero lo único que puede hacer es dar
ánimo a sus colegas sudaneses para que tomen en serio
su trabajo. “¿Cómo se puede motivar a
una persona que ha perdido toda esperanza?”, pregunta
con acierto Claire Gripton, enfermera quirúrgica.
En un entorno donde falta la cultura de la dedicación
al paciente, el más mínimo logro es un triunfo.
Por ejemplo, ver a una niña de 9 años, enferma
de tuberculosis, que después de un largo letargo, se
interesa por todo lo que la rodea, es una gran recompensa.
Saber que la mortalidad infantil en pediatría descendió
del 7 al 5% es un alivio. Observar el deleite en el rostro
de los pacientes cuando miran una representación improvisada
del “Rey León” es una gran alegría.
Patrick, de 21 años, trabaja en pediatría y
cuenta que decidió seguir una carrera médica
mientras participaba en campañas sobre el VIH/SIDA
estando en el exilio en Uganda. En 2005, regresó para
visitar a un padre que no había visto durante 15 años
y se inscribió en la escuela de enfermería del
JTH poco después. “Decidí volver y sentí
deseos de ayudar a la gente”.
En el ala de urgencias una multitud de personas aguarda su
turno a pesar de caer la tarde. A la sombra de una galería,
agoniza una anciana con la cabeza apoyada en el regazo de
su hijo. Las víctimas de otro accidente de autobús
esperan ser admitidas; bajo un árbol cercano, los familiares
de los pacientes revuelven la comida en ollas colocadas en
fuegos hechos al aire libre y se preparan para acampar y pasar
la noche. Al ver estas escenas íntimas al anochecer,
uno se acuerda de las bellas palabras de William Penn: “sólo
viviré una vez; por lo tanto, si algo bueno puedo hacer
o puedo ser amable con alguien, déjenme hacerlo ahora.
No puedo postergar ni pasar por alto ese momento, pues sé
que no volveré a pisar este camino”.
Es un homenaje digno para los muchos hombres y mujeres, delegados
del CICR y sudaneses, que han dado tanto de sí mismos
para ayudar a las víctimas de la larga guerra civil
de Sudán, y están ayudando ahora a que perdure
la paz. Quizás quepa concluir esta historia con las
palabras de una enfermera noruega, Turid Andreassen, al referirse
a su labor en el JTH, “al hacer este trabajo no sólo
se utilizan todos los conocimientos de enfermería,
sino también todas las aptitudes como ser humano”.
| Jessica
Barry
Delegada de comunicación del CICR.
Un cirujano del CICR realiza una operación de
rodilla.
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Hospital Universitario de Juba
©BORIS HEGER / CICR

Un cirujano del CICR realiza una operaciónde rodilla.
©BORIS HEGER / CICR
Prepararse para el futuro
• El Ministerio de Salud del Gobierno de Sudán
meridional está a cargo del JTH y prevé
contratar a una empresa para gestionar el hospital en
el largo plazo.
• El JTH ha sido financiado mediante un subsidio
gubernamental de 220 millones de dólares estadounidenses,
asignado al sector de la salud para los próximos
tres años.
• La contratación de especialistas para
las principales unidades (médica, pediátrica
y ginecológica) se ha completado con la designación
de médicos sudaneses.
• Las condiciones están reunidas ahora
para que el CICR se retire a fines de 2007. Hospital
Universitario de Juba.
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