En
el norte de Bangladesh, una madre pasa sentada toda la noche
sin conciliar el sueño porque teme que le pueda ocurrir
algo a su hijo pequeño. Kamrunn Nahar, de 35 años,
tiene dos niños y vive en el pueblo de Bashalia, que
quedó totalmente anegado durante 15 días en
agosto. “No quiero irme a dormir porque tengo miedo
de que cuando me despierte a mis hijos se los haya llevado
el agua”, explica.
No es la única persona que siente temor. En todo el
norte de Bangladesh, padres desesperados tratan de enseñar
a sus hijos los peligros de jugar en las aguas sucias. Para
aquellos que han huido de las devastadoras inundaciones en
botes o balsas la angustia es todavía mayor.
“No sabíamos lo que estaba sucediendo cuando
el agua comenzó a llegar. Los niños estaban
asustados pero al mismo tiempo les encanta jugar en el agua”,
cuenta Munjary, de 45 años, en el poblado de Maijhaly.
“Toda las madres tratan de mantener a sus hijos con
ellas. Uno de mis nietos, que tenía apenas un año
y medio, se cayó al agua y murió”.
Para los millones de padres angustiados, muchos de los cuales
lo han perdido todo, enseñar a sus hijos a temer al
agua es una experiencia extraña y contradictoria.
Muchas de las localidades afectadas están situadas
en las márgenes de los ríos y los niños
disfrutan jugando y nadando en el agua desde muy temprana
edad.
“Es difícil retener a los niños en la
casa y pedirles que no se acerquen al agua. El riesgo es permanente
en esta zona ribereña y los niños han sido criados
en torno al agua y jamás se les enseñó
a mantenerse distante de ella. Se les enseñó
a nadar para que un día salgan a pescar. Protegerlos
ahora resulta difícil”, añade Munjary.
Mientras los niños juegan felices en el agua, otro
peligro los acecha. Para Jobed Ali, de 26 años y su
esposa de 19, Rokia, la desesperación diaria continúa
mientras cuidan a su hijo pequeño, Rahim, de 3 años.
“Nuestro hijo se enfermó después de caerse
en las aguas anegadas. Le vino fiebre, tos, dolor de cabeza
e ictericia. Nos refugiamos en la escuela pero no había
suficientes alimentos, así que volvimos a casa. Nuestro
pequeño va mejorando lentamente”.
Para atender a las necesidades sanitarias esenciales de la
población en las regiones afectadas, la Media Luna
Roja de Bangladesh, con el apoyo de la Federación Internacional,
se preparó para prestar servicios básicos de
salud a 350.000 personas durante ocho meses. Esto incluyó
el envío de 15 equipos médicos móviles
con medicamentos esenciales.
El objetivo es garantizar que los niños enfermos,
como Rahim, obtengan el tratamiento adecuado y evitar que
se enfermen los demás niños y adultos.
A medida que las aguas inmundas van retrocediendo, comienzan
a surgir, en toda su extensión, los numerosos riesgos
sanitarios que acarrea la contaminación.
Una vez más las personas vulnerables son las más
afectadas y están mal preparadas para luchar contra
la constante amenaza de contraer enfermedades. “Hemos
visto a muchas personas tomar agua del río, lo que,
obviamente, es muy peligroso”, asegura Ahmad Sami, responsable
de programas de la Federación Internacional.
Pero ante la magnitud de la tarea es más fácil
decir que hacer. Toda la región afectada está
sumida bajo una gruesa capa de lodo y muchas personas han
pasado varias horas, incluso días, con el agua hasta
el pecho. “El barro está por todas partes, donde
uno mire”, asegura Kamrunn Nahar.
Las repercusiones de esta situación son evidentes
para muchos niños que han contraído enfermedades
epidérmicas contagiosas.
“Mi hijo de 16 meses se agarró esta enfermedad
debido al agua”, señala Chamilly, de 20 años.
“No logramos conseguir medicamentos y le estoy aplicando
un tratamiento homeopático. Pero sufre mucho pues le
duele y le pica y al rascarse se va extendiendo la infección”.
En los poblados el agua potable escasea dado que las principales
fuentes de agua potable y los pozos entubados están
anegados, por lo tanto ya no son salubres.
“Casi todas las letrinas en las zonas afectadas fueron
arrastradas o destruidas a causa de la fuerza de las aguas
y las aguas servidas se extendieron por todas partes”,
explica Sami. “Según las noticias que escuchamos,
los casos de diarrea en los hospitales no han cesado de aumentar”.
En el marco de la ampliación de sus actividades, la
Media Luna Roja de Bangladesh y sus asociados han comenzado
a construir 350 pozos entubados y 4.500 letrinas para las
familias afectadas. Mientras se reparan las fuentes de agua,
la Media Luna Roja está distribuyendo tabletas potabilizadoras
y ha movilizado a equipos de voluntarios locales para que
enseñe a la población algunas nociones de higiene
básicas.
“Las tabletas potabilizadoras permiten evitar que sigan
los contagios mientras reparamos las numerosas fuentes de
agua dañadas”, puntualiza Sami.
Sin agua corriente y sin acceso a las letrinas, los lugareños
se hallan frente a una terrible disyuntiva. “Conocemos
la situación. Sabemos que el agua está contaminada
y que no tenemos que beberla, pero muchas veces no nos queda
más remedio. ¿Qué más podemos
hacer?, deplora Nazma Khanman, de 30 años, que vive
en Bashalia con su marido y sus dos hijos.
| Becky
Webb
Responsable de medios de comunicación y relaciones
públicas en la Cruz Roja Británica.
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©REUTERS / RAFIQUAR RAHMAN, CORTESÍA
DE www.alertnet.org

Una mujer con su hijo después de recibir socorros de
la Media Luna Roja de Bangladesh en Munshibazar.
©REUTERS / RAFIQUAR RAHMAN, CORTESÍA
DE www.alertnet.org
Asia y el Pacífico bajo las aguas
En julio y agosto, la Federación Internacional
hizo llamamientos de emergencia por un valor superior
a los 40 millones de francos suizos para ayudar a más
de 5,3 millones de víctimas de las inundaciones
en Bangladesh, China, la República Democrática
de Corea, Nepal y Pakistán. En total, más
de 230 millones de personas se vieron afectadas por
las inundaciones en la región de Asia y el Pacífico.
El desastre azotó también a Camboya, Filipinas,
India, Indonesia, Myanmar, Tailandia y Viet Nam.
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