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Transformar la violencia
en Río de Janeiro

 

Es difícil transmitir un mensaje de respeto hacia los demás y frenar la violencia en una sociedad dominada por la exclusión y las desigualdades sociales Sin embargo, es lo que el CICR y la Cruz Roja Brasileña se han propuesto hacer con la policía y los jóvenes de las favelas.

Con 250 muertos al mes, la violencia cantes y la policía, es a ésta a la que se hace más responsable. No sin razón, puesto que las fuerzas del orden de Río tienen la poco gloriosa reputación de ser una las más violentas del mundo. “Esta violencia tiene un origen histórico”, explica Ignacio Cano, profesor de sociología en la Universidad de Río, “la policía fue creada en el siglo XIX para controlar a los grupos más pobres, los negros y los emigrantes, y golpear a los esclavos. Cuando un propietario consideraba que su esclavo merecía un castigo, lo llevaba a la policía que lo golpeaba y luego se lo devolvía. Esta tradición de violencia no ha evolucionado desde hace 200 años”.

Convencer a 38.000 policías

Las autoridades, presionadas por la opinión pública, han decidido tratar de cambiar esta tradición de violencia arraigada en la policía y aceptaron la ayuda del CICR. “El objetivo es introducir en las directivas de la policía normas de los derechos humanos aplicables al uso de la fuerza, conocidas también con el nombre de ‘principios humanitarios’”, explica Michel Minnig, jefe de la delegación del CICR para el Cono Sur de América Latina. A pesar de ser una idea sencilla, no es nada fácil ponerla en práctica. “Para la mayoría de los 38.000 hombres que componen el cuerpo de policía del estado de Río, los derechos humanos están para proteger a los delincuentes. Es muy difícil convencerlos, puesto que, en promedio, cada semana mueren dos policías bajo las balas de los bandidos”. El coronel Ubiratan de Oliveira, jefe de la policía de Río no parece desarmarse ante la inmensidad de la tarea que lo aguarda. “Los pocos policías que ya han comenzado a aprender los “principios humanitarios” y su respeto, son cada vez más selectivos a la hora de desenfundar sus armas; por lo tanto, hay esperanzas”.

Ignacio Cano se muestra menos optimista: mientras el objetivo de la policía se limite a hacer la guerra contra los narcotraficantes, será imposible aplicar los derechos humanos. Según el profesor universitario, la segregación, la exclusión, y las desigualdades han convertido la violencia en un modo de funcionamiento en todas las capas de la sociedad. Se necesitará tiempo, y mucho, para modificar un comportamiento cultural.

Por esta razón, el CICR también trata de dirigirse a los jóvenes de las favelas, que son los otros protagonistas en este contexto de violencia, y ello lo hace por medio de la escuela, las organizaciones no gubernamentales, e incluso la Cruz Roja Brasileña.

Otras armas para afrontar la violencia

Los jóvenes de las favelas se ven confrontados casi a diario con la violencia, que ya forma parte de su estilo de vida. Con mucha frecuencia no pueden ir a la escuela debido a los combates que se producen en la calle entre policías y narcotraficantes. Para hacer reflexionar a estos jóvenes sobre la violencia y sus límites, el CICR emprendió un programa educativo piloto en ocho escuelas de los barrios periféricos pobres de Río. “A través de este programa, lo que buscamos es que los alumnos se interesen más en los mecanismos que engendran la violencia y recapaciten sobre sus consecuencias. Hemos enseñado a los profesores la utilización de esta herramienta pedagógica que, para promover el análisis, se vale de textos, fotografías y vídeos de situaciones reales de conflicto armado o de violencia. La violencia ya no se debe percibir como un modo de comunicación. Aprender a dialogar y a respetar los derechos humanos o “principios humanitarios” puede contribuir a cambiar esta actitud en los jóvenes”, explica Michel Minnig.

Penha, situado a media hora en coche de las playas de Copacabana e Ipanema, es un barrio de tugurios en tal estado de deterioro que parecen abandonados a pesar de una sobrepoblación endémica. En la escuela local, los alumnos de 10 a 18 años participan en el programa del CICR. “Los resultados han superado nuestras expectativas. Los jóvenes muestran mucha atención e interés, incluso si las fotografías son de Rwanda, Camboya o incluso Viet Nam, hacen la conexión inmediatamente con su situación cotidiana”, asegura entusiasta María Teresa Pilz, profesora de historia, “los alumnos han aprendido a escuchar a los demás, a discutir con los demás y sobre todo a respetar opiniones que no son las suyas. También se ha despertado una gran solidaridad entre ellos. Por el momento es un éxito”.

Los estudiantes comparten el entusiasmo de su profesora: “El programa me ha permitido ver las cosas desde un punto de vista diferente, y en ese sentido ha cambiado mi vida”, señala Evelyne de 17 años. “Ahora tenemos otras armas para responder a la violencia, como la crítica o la reflexión. Si no cambiamos nuestra forma de pensar nunca podremos cambiar nuestra forma de actuar”.

No todos los habitantes de las favelas son traficantes

La escuela es un buen medio para llegar a los jóvenes pero no es suficiente. “En Brasil, 10 millones de jóvenes han abandonado la escuela a una edad temprana y no tienen acceso al mercado de trabajo; esos jóvenes se encuentran, pues, en situación de riesgo”, explica Ruben Fernandes, director de Viva Rio, una ONG que se ocupa de los jóvenes que han tenido problemas con la policía. “Hay que hallar otras formas para educarlos o ayudarlos a encontrar trabajo. Y esa es nuestra labor”.

“Formaba parte de un equipo que vigilaba las idas y venidas de la policía en nuestra favela. Era peligroso y tenía miedo. Un día me encontré con un amigo que me habló de Viva Rio. Me fui y ahora estoy haciendo una formación de periodista”, cuenta Fernando, de 21 años. “Escribo artículos para un sitio web que se llama Viva Favela. Por fin mi vida es normal. Creo que la aplicación de los derechos humanos por los policías es una excelente solución, pero antes es esencial que cambien su mentalidad. Por ejemplo, tienen que dejar de pensar que todos los habitantes de las favelas son traficantes de drogas”.

Para el CICR, las ONG son otra posibilidad para promover el respeto de los “principios humanitarios” entre los jóvenes. Pero antes de los derechos humanos están las víctimas de la violencia, a las que la Cruz Roja trata de prestar asistencia. “Trabajamos en estrecha colaboración con el CICR”, señala Luis Hernandez, presidente de la Cruz Roja Brasileña. El CICR nos ayuda a capacitar a los socorristas que se relacionarán con la población de las favelas para cumplir su labor humanitaria”.

“Este trabajo de la Cruz Roja Brasileña nos brinda la oportunidad de transmitir el mensaje sobre los límites de la violencia, un mensaje al cual son sensibles, sin duda alguna, los habitantes de las favelas, que suelen ser las primeras víctimas de esta violencia”.

Cambiar las mentalidades promoviendo el respeto de los derechos humanos y los “principios humanitarios” es un largo camino que, pese a todo, el CICR y la Sociedad Nacional han decidido recorrer con objeto de tratar de erradicar, sin violencia, la violencia que está socavando la sociedad brasileña.

Pierre Bratschi
Periodista independiente radicado en Buenos Aires.

 


Residentes mirando los impactos de bala en el vidrio de un automóvil en Río de Janeiro, 12 de febrero de 2007.
©REUTERS / BRUNO DOMINGOS, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 


 


Ruben Fernadez, director de Viva Rio.
©PIERRE BRATSCHI / CICR

 

 

 

 

 


Una clase en Penha, una barriada de la periferia de Río de Janeiro. Ruben Fernandez, director de Viva Rio.
©PIERRE BRATSCHI / CICR


 

 

Un mal endémico

Con 195 millones de habitantes y una superficie equivalente a la de Europa, Brasil es una potencia regional dinámica caracterizada por una violencia endémica, que se cifra en 40 000 homicidios por año Desde el 1 de febrero de 2007, se han registrado en Río 1 500 homicidios El gobierno acaba de emprender un programa de lucha contra la violencia llamado PRONASCI (Programa nacional de seguridad pública y de ciudadanía), con un presupuesto de cinco años que se eleva a 3 000 millones de dólares estadounidenses El programa prevé una política de prevención entre los jóvenes socialmente desfavorecidos, la formación de policías y un creciente esfuerzo por combatir la violencia policial y el crimen organizado.

 


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