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Las personas desaparecidas
Una tragedia oculta

 

La incertidumbre con respecto a la suerte que han corrido sus seres queridos es la dura realidad que soportan innumerables familias a raíz de los conflictos armados o de la violencia interna. Queda mucho por hacer para resolver este acuciante problema humanitario y ayudar a las familias a enfrentar el trance.

Guliko Ekizashvili vio por última vez a su hijo, Besarioni, hará unos 15 años, cuando se enroló para luchar en la guerra en Abjazia. En su modesta casa ubicada en la periferia de Tbilisi, Georgia, una de las paredes está tapizada con fotos del apuesto joven que desapareció pocas semanas antes de cumplir 22 años. A sus padres se les comunicó que la mayoría de los miembros del batallón al que pertenecía había muerto y que él se encontraba en el hospital con una herida en la rodilla. Tomaron el avión para ir a verlo pero no estaba allí.

El esposo de Guliko se unió a la lucha y ella salió a pie para buscar el cuerpo de su hijo. Fue de pueblo en pueblo mostrando su foto. Durmió en los banquillos de las paradas de buses y comió fruta de los árboles. “Hubo rumores de que algunos hombres habían sido tirados por un acantilado en Tsugurovka. Fue el único lugar donde no pude ir”, relata esta madre que nunca perdió las esperanzas y cuyo sufrimiento es más profundo que nunca.

Hay innumerables historias como la suya en todo el mundo (véase p. 7). Las víctimas, civiles o militares, pueden haber sido asesinadas en ejecuciones masivas y tiradas en fosas comunes, como sucedió tan a menudo en los Balcanes. Pueden estar bajo arresto domiciliario o haber sido secuestradas en la calle. Algunas desaparecen mientras huyen de los combates o son separadas de sus familias. Pueden estar detenidas en lugares secretos o haber sido asesinadas en cautiverio. Muchas son soldados caídos y sus cuerpos simplemente quedan abandonadosen el campo de batalla.

Entre la incertidumbre y la esperanza

Es una tragedia para la persona que desaparece, pero para las familias es una tortura interminable, pues suponen que sus seres queridos están muertos pero no pueden hacer el duelo por falta de pruebas, y esperan un milagro — una prisión secreta o una nueva vida en el extranjero. Muchos dedican años, y los ahorros de toda una vida, a una búsqueda inútil. El dolor se suma a la pobreza, ya que a menudo las personas desaparecidas son el sostén de la familia y las mujeres quedan a cargo de ésta. Muchos niños de estos hogares se ven obligados a abandonar la escuela. Para colmo, la situación suele ser una pesadilla burocrática, puesto que en algunos países pueden pasar años antes de declarar oficialmente muerta o ausente a una persona. Entre tanto, los familiares no pueden efectuar ninguna gestión legal o de otra índole (herencia, venta, volver a contraer matrimonio o realizar funerales).

En los Convenios de Ginebra y sus Protocolos adicionales se estipula claramente que está prohibido hacer desaparecer personas y que los familiares deben ser informados sin demora acerca de un pariente detenido, herido o fallecido. Sin embargo, lo que ocurre es tan antiguo como la guerra. “Durante mucho tiempo, la gente lo consideró como un problema sin esperanza alguna”, comenta Pierre Krähenbühl, director de Actividades Operacionales del CICR en Ginebra. Esta mentalidad cambió en los años noventa cuando Yugoslavia se desmoronó y más de 20.000 personas desaparecieron en Europa; sus familias reaccionaron con una fuerza inesperada. En 2003 el CICR acogió una conferencia excepcional en Ginebra que reunió a expertos gubernamentales y no gubernamentales del mundo entero, en la que se reafirmó que las personas tienen derecho a saber lo que ha ocurrido a sus seres queridos.

Pero ¿qué medidas pueden adoptarse concretamente? La acción comienza por la prevención. En una guerra internacional, ambas partes en conflicto deben establecer oficinas para que suministren información sobre los detenidos o las personas fallecidas, y para que restituyan los restos mortales. Puede llevarse un registro de los civiles más vulnerables y se alienta a los soldados a llevar placas de identidad.

Si una persona es dada por desaparecida, el CICR y las Sociedades Nacionales tienen un sistema de solicitudes de búsqueda que los familiares pueden rellenar con los datos de la persona, las circunstancias de la desaparición, los testigos y otros detalles pertinentes. Esta información se somete a las partes en el conflicto y se utiliza también durante las visitas a las prisiones. Identificar a un detenido puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. “Desde el momento en que sus datos son registrados hay mucho menos probabilidades de que sean ejecutados”, asegura Krähenbühl.

El caso de Nepal

Los esfuerzos de búsqueda y el registro de datos de prisioneros fueron un éxito relativo en Nepal, donde los civiles estuvieron atrapados durante 10 años en una sangrienta insurgencia , en la cual los rebeldes maoístas se oponían a las fuerzas gubernamentales. Muchos lugareños fueron hechos prisioneros y el CICR visitó a casi 7.000 detenidos. “La mayoría de ellos sobrevivió”, señala Jean-Paul Corboz, coordinador de protección en Katmandú.


Sin embargo, más de un año después de la firma de un frágil acuerdo de paz, cerca de mil nepaleses siguen desaparecidos. Alrededor de la cuarta parte de estas
personas desaparecieron en el empobrecido distrito rural de Bardiya

De los Balcanes al Cáucaso septentrional, pasando por Bagdad

En los años noventa se desencadenaron los conflictos en ex Yugoslavia, durante los cuales desaparecieron miles de personas. Hasta hoy, el CICR tiene más de 17.000 personas registradas como desaparecidas durante dichos conflictos. En Croacia, más de 2.500 personas siguen desaparecidas tras los conflictos armados ocurridos entre 1991 y 1995. En Bosnia y Herzegovina, más de 10 años después de terminada la guerra, aún no se ha esclarecido la suerte de más de 14.000 personas, de las cuales 5.500 fueron dadas por desaparecidas en Srebrenica. En Kosovo, 2.047 personas de todas las comunidades han sido declaradas desaparecidas por sus familiares. Sus nombres, junto con los de las personas desaparecidas en Bosnia y Herzegovina, figuran en el Libro de los Desaparecidos, distribuido ampliamente en la región; éste puede encontrarse en el sitio web: www.familylinks.CICR.org.

“Obtener respuestas de las autoridades para las familias supone una firme voluntad política de la que suele carecerse, “principalmente por temor a las diligencias judiciales y al imperativo de seguridad y estabilidad política que prima sobre el derecho de las familias a saber lo que ha ocurrido a sus seres queridos”, destaca Bertrand Kern, encargado del CICR para facilitar el diálogo entre las autoridades de Belgrado y Pristina sobre la cuestión de los desaparecidos en Kosovo.

Según fuentes oficiales iraquíes, entre 375.000 y un millón de personas siguen desaparecidas a causa de la guerra entre Irán-Iraq (1980-1988). Desde la guerra en Iraq en 2003, decenas de miles de personas buscan a sus familiares. Entre 2006 y junio de 2007, unos 20.000 cadáveres fueron depositados en el Instituto Médico Forense de Bagdad, menos de la mitad de las personas han sido identificadas. Los cuerpos no reclamados son enterrados en diferentes cementerios de la ciudad.

En enero, el presidente del CICR, Jakob Kellenberger, hizo un llamamiento a las autoridades rusas para que apoyaran la labor de esclarecer la suerte de unas 1.200 personas que han desaparecido desde 1999 en el Cáucaso septentrional, región desgarrada por la guerra, en particular en Chechenia.

En un país asolado por la pobreza, estos son los más pobres entre los pobres. Y casi en todos los casos el que desaparece es el sostén de la familia. Una mujer llamada Sabita Nepali presenció cuando un grupo de hombres arrastró a su esposo hasta el bosque con los ojos vendados y las manos atadas a un palo; lo golpearon de tal manera que apenas podía caminar. La conmoción sufrida por esta mujer hizo que se le cortara la leche y su bebé se murió de inanición. Hoy vive en una choza miserable con su madre y su otro hijo.

En Katmandú, el CICR está haciendo todo lo posible para tener respuestas y compensación para las personas como ella, pero es un proceso de negociaciones lento. Los delegados se empeñan en que las autoridades y las fuerzas de seguridad conozcan el derecho internacional humanitario. En junio de 2007, el Gobierno nepalés estableció una Comisión sobre Personas Desaparecidas, que aún debe ceñirse a las normas jurídicas internacionales.

Lento pero no seguro

El conflicto entre Georgia y Abjazia estalló en 1992 y un alto el fuego le puso fin en 1993. La paz es frágil y las hostilidades no se han resuelto del todo. Se calcula que hay actualmente 1.800 georgianos desaparecidos y 135 abjazios, mitad militares y mitad civiles. Casi todos los restos humanos se encuentran en territorio abjazio, donde tuvieron lugar los combates, pero el asunto ahora es saber dónde se encuentran exactamente los cuerpos. Cada parte tiene una comisión encargada de los desaparecidos pero apenas se comunican entre ellas, y ningún caso se resolverá mientras ambas partes no decidan compartir información sobre el lugar donde se encuentran las fosas.

En Georgia, la mayoría de las personas desaparecidas son los hijos, no los esposos, y es particularmente difícil aceptar la muerte de un hijo. Keti Apridonidze, que trabaja en la oficina del CICR en Tbilisi, se acuerda de cuando acompañó a 20 familias a rezar. “En la Iglesia ortodoxa se prenden cirios en dos lugares, dependiendo de si la persona está viva o muerta. La mitad del grupo prendió cirios en el lugar de los muertos y la otra en el lugar que los vivos.”

Probablemente la mayoría esté muerta. El CICR está persuadiendo a las autoridades de ambas partes a que negocien, y preparando el terreno para un eventual avance en las exhumaciones. Ha financiado la recopilación de datos ante mortem de las familias para compararlos con los datos post mortem cuando se desentierren los cuerpos y ha organizado cursos de formación para los especialistas forenses locales.

Es un proceso lento, pero es esencial intentar cerrar un capítulo para personas como Guliko Ekizashvili, cuyo principal objetivo en la vida es hoy volver a Abjazia y bajar al fondo del acantilado en Tsugurovka. “Aunque encuentre un esqueleto, no me importa”, dice tristemente. “Sólo deseo que me devuelvan a mi hijo.”


Amy Serafin
Periodista independiente radicada en París.


Quince años después del conflicto entre Georgia y Abjazia, 1800 georgianos y 135 abjazios siguen desaparecidos.
©AGNES MONTANARI / CICR

Mantener el contacto es esencial en caso de guerra, migración o desastre

Para la mayoría de las personas es esencial mantener el contacto con sus familiares y saber dónde y cómo están. Pero ese contacto puede romperse brutalmente cuando los familiares son separados y privados de noticias a causa de un conflicto armado, una situación de violencia, un desastre natural o en caso de migración. El Movimiento hace todo lo posible para asistir a las víctimas de esta situación a través de su servicio excepcional de restablecimiento del contacto entre familiares. Se trata de una serie de actividades cuyo objetivo es prevenir la separación y la desaparición de personas, restablecer y mantener el contacto entre los familiares y averiguar el paradero de las personas dadas por desaparecidas. Estas actividades a menudo van acompañadas de apoyo psicológico, jurídico y material a las familias afectadas, programas de reasentamiento y reintegración y servicios de protección social. Asimismo, incluyen la adecuada manipulación y la identificación de los restos humanos por parte de médicos forenses. Después del tsunami en el sur de Asia en 2004, por ejemplo, la Cruz Roja Indonesia recuperó 60.000 cadáveres; sus voluntarios y delegados del CICR buscaron en campamentos de personas desplazadas, registrando mensajes “estoy con vida”. Todos los datos recopilados sobre las personas desaparecidas y los sobrevivientes fueron publicados en un sitio web creado a tales efectos.

 


Una familia nepalesa recibe por medio de la Cruz Roja noticias de un pariente desaparecido durante más de un año y medio
©JON BJORGVINSSON / CICR

 

 


Parientes de personas desaparecidas de Srebrenica buscando pruebas en el “Libro de pertenencias” del CICR
©SANALA BAJRAMBASIC / CICR

 

 


El CICR y la entonces Cruz Roja de Serbia y Montenegro crearon este afiche para la primera edición del Libro de los Desaparecidos en Croacia (1991-1995).

 

 


Afiches de menores no acompañados se mostraron en muchos campamentos y pueblos de Darfur.
©VIRGINIE LOUIS / CICR

 

 

La agonía de la incertidumbre

El tiempo pasa pero no se apacigua el dolor de tantos familiares de desaparecidos en todo el mundo. El CICR, a menudo en cooperación con la Sociedad Nacional interesada, trabaja en el asunto en decenas de países de África: Angola, Côte d’Ivoire, Eritrea, Etiopía, República
Democrática del Congo, Namibia, Somalia, Sudán y Zimbabwe; Asia y el Pacífico: Filipinas, Indonesia, Nepal, Pakistán, Sri Lanka y Timor-Leste; Europa: Armenia, Azerbaiyán, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Chipre, Ex República Yugoslava de Macedonia, Federación de Rusia, Georgia y Serbia (Kosovo); América: Argentina, Chile, Colombia, Guatemala, Haití y Perú; Medio Oriente y África del Norte: Irán, Irak, Jordania, Kuwait y Marruecos.

Durante la XXX Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, celebrada en Ginebra del 26 al 30 de noviembre de 2007, los participantes aprobaron la resolución 3 titulada “Reafirmación y aplicación del derecho internacional humanitario: preservar la vida y la dignidad humanas en los conflictos armados”, en la que se recuerda la prohibición de las desapariciones forzadas y el derecho de toda las personas privadas de libertad en relación con un conflicto armado a gozar de las garantías fundamentales establecidas por el derecho internacional humanitario. Detrás de estas disposiciones, miles de vidas están en juego.

 

Dolorosa restitución

Tras décadas de angustiosa espera, algunas familias en
Chipre comienzan a recibir los restos mortales de sus seres queridos desaparecidos.

xLA mujer se inclina hacia su marido, a quien no había visto por más de treinta años, y le susurra: “Has vuelto a nosotros, te hemos estado esperando.”

Ya no hay más respuestas ni esperas. La mujer conversa con los huesos que quedan de este hombre que fue asesinado en 1974 durante una de las sangrientas olas de violencia que estragaron a Chipre en la segunda mitad del siglo pasado.

Se inclina a besar el cadáver y con una seña llama a sus tres hijos, todos de unos cuarenta años, para que se recojan a su alrededor. Los hombres, olvidando su estoicismo, sollozan sin ocultar su pena.

Estos conmovedores momentos ocurrieron en julio de 2007 en un laboratorio de Nicosia, en la desmilitarizada “línea verde” que divide la isla en dos.

Se trata de la primera restitución de restos humanos a sus familias que tuvo lugar gracias a la labor del Comité de Personas Desaparecidas (CPD) patrocinado por las Naciones Unidas. El Comité tiene una lista de casi 2.000 personas desaparecidas: 502 chipriotas turcos y 1.493 chipriotas griegos. Varios cientos de ellos desaparecieron en 1963-64, durante la violencia intercomunitaria, y otros en 1974, después de la intervención militar turca.

La violencia ha cesado pero, según las Naciones Unidas, la desconfianza y la animosidad persisten entre las comunidades insulares y no se ha registrado ningún avance para una solución política. El CPD, establecido en 1981 mediante un acuerdo entre las dos partes, está integrado por un representante de cada comunidad y un tercer miembro designado por el Secretario General de las Naciones Unidas. Su única tarea es esclarecer la suerte que han corrido las personas desaparecidas en esos turbulentos años. Pero durante dos décadas, con el escaso apoyo político de las autoridades de ambas partes, el Comité se limitó a producir listas de personas cuyo paradero se desconocía y normas de procedimiento.

“La política ha cambiado”, asegura Ahmet Erdengiz, alto funcionariode la administración turco-chipriota y asistente del miembro oficial del CPD de su comunidad. “La labor realizada desde 1981 fue ardua y necesaria, pero no dio resultados en el terreno.”

La situación mejoró después de la intervención de Kofi Annan en 2004 y, desde entonces, el Comité ha establecido un proyecto para localizar, exhumar e identificar los restos de las personas desaparecidas y restituirlos a sus familias. Hasta el momento, se han exhumado en la isla los restos de 320 personas, de las cuales 57 han sido formalmente identificadas y, a comienzos de septiembre, los restos fueron devueltos a sus familias para ser sepultados.

Kudret Özersay recibió recientemente los restos de su padre, Hüseyin, que fue hecho prisionero tras los enfrentamientos en su pueblo en 1974. Kudret era un bebé de pocos meses.

“Después de que comenzó el conflicto en el norte, se produjeron enfrentamientos entre grupos de chipriotas turcos y de chipriotas griegos en nuestro pueblo”, cuenta.
Hüseyin y otras cinco personas fueron capturados
y nunca más se supo de ellos.

La madre de Kudret se mudó con sus tres hijos al norte y siempre esperó ansiosamente tener noticias, quizás su marido seguía en cautiverio. Pero después de que el Comité iniciara indagaciones, se confirmó la noticia de una fosa común en las cercanías de su pueblo, desvaneciéndose así las esperanzas.

Después de la identificación formal por los expertos del Comité, Kudret tuvo que ir para reconocer el cuerpo de su padre. “Fue increíble”, relata, “por primera vez en mi vida pronunciaba la palabra ‘papá’...”.

Panayiotis Hadjipandeli, sacerdote de la Iglesia ortodoxa, vio por última vez a su padre antes de ser detenido, después de que las fuerzas turcas sitiaran su pueblo en el noreste de Chipre. En 2005, se encontraron los restos de su padre entre varios cadáveres exhumados en una fosa común abierta en las inmediaciones del pueblo. La identificación se completó en 2007. “Desde que enterramos a mi padre, hemos sentido alivio porque sabemos dónde se encuentra”, afirma Panayiotis. “Ahora vamos todos los días a su tumba y prendemos una vela.”

Hay en las dos comunidades una poderosa necesidad de dar a los muertos una sepultura decente. Se reconoce que las familias de ambas partes experimentan el mismo dolor y la misma aflicción.

“Tenemos a psicólogos que trabajan con ambas comunidades, ayudando a las familias a aliviar su dolor”, señala Christophe Girod, el “tercer miembro” del CPD y ex delegado del CICR. El CPD empezó a funcionar en 2004. Se localizaron las fosas comunes; los testigos, que son anónimos, fueron entrevistados; los equipos de científicos de ambas comunidades, respaldados por expertos de Argentina*, han estado excavando tumbas y exhumando restos.

Los huesos son trasladados al laboratorio antropológico del CPD en Nicosia para su identificación. Se analizan las muestras de ADN y se comparan con el ADN de las familias. Las instituciones médicas tanto del norte como del sur han participado en el proceso, pero los resultados finales son autenticados en el Instituto de Neurología y Genética de Chipre en Nicosia.

A medida que el proceso va cobrando impulso y se van conociendo los resultados, se presentan más testigos, un elemento fundamental ya que muchos de ellos alcanzan una edad avanzada.

La misión del CPD excluye toda investigación penal, a fin de concentrarse en su papel humanitario. El problema de las personas desaparecidas ha sido objeto de discusión en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero algunos chipriotas temen que la acción judicial pueda atizar las pasiones comunitarias y poner en peligro la labor del CPD.

Esta cuestión es particularmente espinosa porque el proyecto se cita como un ejemplo de colaboración entre ambas partes. Se tiene además la impresión de que el proyecto es vulnerable a cualquier cambio en el clima político.

Las familias insisten en que es necesario proseguir la labor. Un griego chipriota cercano a las familias dice que la población de ambas comunidades tiene derecho a saber la verdad sobre lo que ha sucedido.

También se pide que el pasado no se olvide: “debemos decir a nuestros hijos la verdad y aunque no nos guste forma parte de la historia de la isla”, asegura un turco chipriota.


Nicolas Sommer

Editor web del CICR.

* Equipo Antropológico Forense Argentino, reconocido por su especialización en la materia.


El dolor une a las familias a ambos lados de la línea divisoria chipriota.
©Manolis

 

 

 

 

La Cruz Roja en Chipre

La Cruz Roja Chipriota, establecida conforme a la legislación nacional, no había sido reconocida ni admitida en el Movimiento en el momento de la intervención de los turcos en 1974. Desde entonces, no ha podido extender sus actividades a todo el país y se formó un grupo de la Media Luna Roja en el norte. No obstante, la Cruz Roja Chipriota no ha cejado en su labor de apoyo a las personas vulnerables. Esta y otras actividades en respuesta a desastres locales y problemas sociales le han permitido prepararse para afrontar situaciones como la ocurrida en 2006 cuando los voluntarios de la Cruz Roja Chipriota ayudaron a decenas de miles de personas que huían del conflicto en Líbano y llegaban por barco a Larnaca y otros lugares.

 

 

 

 

 


©Turgut Vehbi

 

 

 

 

 

Una larga lista de espera

En los años sesenta y setenta, el personal del CICR en Chipre recibió una abrumadora cantidad de solicitudes procedentes de familias desesperadas por saber qué había ocurrido con sus seres queridos. En 1974, junto con la Cruz Roja Chipriota, el CICR tramitó una montaña de mensajes de Cruz Roja y solicitudes de búsqueda: unos 50.000 sólo en agosto. Gracias a sus visitas a los pueblos y lugares de detención y a la difusión diaria de nombres en la radio, muchos familiares obtuvieron noticias de sus seres queridos. El CICR sigue apoyando la labor para averiguar el paradero de las personas desaparecidas mediante el asesoramiento y la formación por sus propios especialistas forenses. El ‘tercer miembro’ del Comité sobre Personas Desaparecidas siempre es propuesto por el CICR y su nombramiento está a cargo del Secretario General de las Naciones Unidas.

 

 

 


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