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En un día bochornoso, un equipo
de la Cruz Roja de Tuvalu salió con rumbo a Funafala,
un islote situado a 45 minutos por barco del principal atolón,
Funafuti. Las ocho familias que viven en Funafala no tienen
otro medio de comunicación con el mundo exterior. Si
hay un ciclón, una ola de tormenta, o alguna emergencia
médica, están totalmente aislados.
En Funafala, la Cruz Roja de Tuvalu
facilita el teléfono satelital que funciona con energía
solar y enseña a los residentes a utilizarlo. Juntos
elaboran un mapa de los peligros (como la dirección
de dónde llegan normalmente las tormentas) y discuten
sobre los recursos que tiene la comunidad para enfrentar dichos
desastres.
En paraogramas conexos, los voluntarios
visitan a los ancianos o a las personas con discapacidades
y se preocupan de su bienestar; la Cruz Roja, que es una Sociedad
Nacional en formación, ha determinado qué personas
pueden necesitar ayuda para ser evacuadas en caso de desastre.
Los voluntarios plantan pandanos en
la costa, recogen la basura y enseñan a los niños
lo que es el medio ambiente. Cerca de la sede de la Cruz Roja
de Tuvalu hay un contenedor con mantas, láminas y bidones
con capacidad para 20 litros de agua.
La preparación es esencial.
Las tormentas más frecuentes y más devastadoras,
la erosión, la sal en las huertas de hortalizas, las
aguas subterráneas contaminadas y el aumento del nivel
del mar son una realidad en esta pequeñísima
nación del Pacífico de 10.000 habitantes dispersos
en nueve islotes situados a apenas 5 metros del nivel del
mar.
Tataua Pese, responsable de la gestión
de desastres y el cambio climático en la Cruz Roja
de Tuvalu, dice “hay muchas formas para ayudar a la
gente a quedarse y ver el futuro. Si queremos ayudar a la
próxima generación a apreciar la belleza de
las islas, lo mejor es que sigamos trabajando; no renunciemos
y no nos vayamos a vivir a otros países.”
Rosemarie
North
Redactora para la Federación Internacional de
Cruz Roja, Media Luna Roja. |
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