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Fue en Grecia en abril de 1941 donde Frank y John, ambos
enrolados con el Cuerpo de Señales 1 de Australia,
fueron capturados por las tropas alemanas. John fue llevado
a Corinto, un campamento de prisioneros de guerra de “tránsito”,
donde vio a sus hombres por última vez y por primera
vez tenía contacto con los delegados del CICR. “Trajeron
consigo diversos socorros, entre los que elegí un cepillo
de dientes, una caja de fósforos y una camisa de dormir
que me llegaba hasta las rodillas”, se rememora John.
“Estaba agradecido por los dos primeros artículos,
pero me sentí aliviado de que ya no tenía mi
cámara ¡porque así no estaba obligado
a fotografiarme con ese atuendo!” Las raciones en Corinto
eran escasas, pero gracias a la generosidad de los lugareños
que pasaban alimentos a los prisioneros de guerra a través
del vallado del campamento, John pudo mantenerse en buen estado
de salud.
Desde Corinto, John fue trasladado al campamento de prisioneros
de guerra de Salónica, donde se encontró nuevamente
con Frank. Permanecen vívidos los recuerdos de ambos
en Salónica, o en el ‘campamento del horror’
como le llaman ellos: “Los chinches eran enormes y la
comida escasa.” Sin embargo, su tiempo juntos fue breve,
pues poco después que John llegara, fueron trasladados
a campamentos diferentes, adonde llegaron en el mismo medio
de transporte: unos camiones de animales donde apiñaron
a los prisioneros como ganado.
Frank describe el viaje como “cinco días infernales”.
“Hacía calor, y para respirar disponíamos
tan sólo de un intersticio cubierto de alambre”,
relata. “Había poca comida y nos deteníamos
sólo para tomar agua y hacer nuestras necesidades.
Casi todo el mundo sufría diarrea, y sin ningún
medio sanitario a disposición el hedor era insoportable.”
Extremadamente débil, al borde del colapso e infestado
con piojos, Frank llegó finalmente a Stalag XVIIIA
en Wolfsberg, Austria. Allí permaneció durante
12 meses en condiciones espantosas y presenció imágenes
que hoy describe como “la falta de humanidad del hombre
con el hombre.”
Trabajos forzados
La vida de Frank no mejoró a pesar de otro traslado,
esta vez a Groppenstein, un antiguo campamento de la juventud
nazi. Allí fue sometido a trabajos forzados en un equipo
de obras que se encargaba, entre otras tareas, de romper piedras
con picos y palas. El trabajo era extenuante, los días
interminables y la inclemencia del invierno hacían
la vida aún más difícil. Para Frank y
los demás prisioneros de guerra, la llegada de paquetes
de la Cruz Roja en el campamento era como “un rayo de
luz en una triste y oscura parte del mundo.”
Desde Groppenstein, Frank fue enviado a Stalag XVIIIB, en
Spittal, Austria. Panadero de profesión, le dieron
un trabajo en la cocina. Sin embargo, un acto de sabotaje
lo mandó a un calabozo de ladrillo durante 21 días,
tras lo cual tuvo que trabajar en una cantera acarreando piedras.
La pesada labor y las duras condiciones hicieron sus estragos
obligándolo a pasar largos períodos en el hospital
de Spittal. Aunque Frank volvió a sus labores en la
cocina, su salud siguió empeorando y, a principios
de 1944, por recomendación del CICR y con su asistencia,
fue repatriado a Inglaterra, y de ahí a Australia.
El viaje de John a Oflag VB en Alemania tomó más
tiempo que el de Frank, pero tuvo más suerte, pues
los soldados alemanes permitieron que las puertas del camión
de animales permanecieran abiertas. Las vituallas suministradas
para el viaje eran escasas, y sin los víveres donados
por las comunidades, los prisioneros de guerra habrían
llegado a su destino en un estado aún peor. “Los
lugareños hicieron lo que pudieron para ayudar a los
prisioneros de guerra, y esto fue especialmente cierto en
Kraljevo, Serbia, donde tiraron pan, vino, tortas, huevos
y azúcar a los camiones” relata John; fue como
el “maná caído del cielo”.
Desde Oflag VB, John fue enviado a Oflag VIIb, y fue desde
allí donde, a mediados de abril de 1945, con el avance
de los Aliados, a él y sus compañeros les ordenaron
salir del campamento y los forzaron a caminar durante ocho
días hasta Stalag a VIIA en Moosburg. “Fue increíble,
pero durante todo el recorrido los paquetes de la Cruz Roja
no faltaron”, recuerda John. “Esto nos ayudó
a mantener el ánimo y a seguir adelante.” El
28 de abril de 1945 en Moosburg, la guerra terminó
para John, cuando los tanques estadounidenses cruzaron las
puertas del campamento.
Hogar dulce hogar
En Australia, John, hoy con 87 años, se instaló
en Melbourne con su última esposa, Nancye, con quien
tuvo dos hijos. Los estudios realizados durante su tiempo
de prisioneros de guerra le permitieron cumplir una vieja
ambición: trabajar como ingeniero de comunicaciones
en el Departamento del Director General de Correos. Alentado
por su familia, John relató sus vivencias durante la
guerra y publicó, My little war (Mi pequeña
guerra), en 2006.
Frank, de 92 años, regresó a Melbourne, su
ciudad natal y con su esposa Clarece tuvo cinco hijos. Antes
de jubilarse, trabajó en la industria alimentaria y
ocupó el cargo de edil durante 33 años. En 1981,
fue galardonado con la Medalla de la Orden de Australia en
reconocimiento de sus servicios prestados a la comunidad.
Al explicar hoy por qué sintieron que “tenían
una deuda” con la Cruz Roja, Frank y John afirmaron
que gracias a la ayuda de la Cruz Roja lograron sobrevivir.”Si
no hubiese sido por esas personas y sus paquetes con alimentos,
yo y probablemente muchos otros, no habríamos podido
regresar a casa,” asegura Frank. Las visitas de los
delegados de la Cruz Roja para verificar las condiciones en
los campamentos fueron también importantes. “Estas
visitas realmente levantaban el ánimo a los prisioneros”.
Durante esos momentos difíciles, el contacto mantenido
con sus familiares a través de los mensajes de Cruz
Roja les ayudó a no desanimarse aunque hubo un período,
al principio, durante el cual no pudieron dar noticias a sus
familias. “Esto les causó a nuestros seres queridos
una profunda angustia, y se pueden imaginar su alivio cuando
recibieron los mensajes de Cruz Roja anunciándoles
que estábamos vivos y bien”, explica Frank. Por
consiguiente, resulta lógico que la donación
que hicieron Frank y John a la Cruz Roja se destine a reagrupar
familias separadas por conflictos o desastres en todo el mundo.
Recapacitando sobre lo que vivieron en ese momento, John
y Frank confiesan que hay escenas que hubiesen preferido no
ver nunca: hombres cayéndose muertos ahí donde
estaban, con sus cuerpos estragados por el hambre y la enfermedad.
“Aún tiemblo cuando pienso en lo ocurrido cuando
empezaron a llegar los prisioneros rusos. Su debilitamiento
y su estado eran tal que muchos murieron no bien descendieron
de los camiones”, recuerda Frank. Estos recuerdos siguen
siendo dolorosos, y les resulta más fácil hablar
de la bondad demostrada a los prisioneros de guerra por la
gente común y la camaradería entre los reclusos,
por ejemplo el compartir los alimentos que tenían —incluso
el contenido de sus paquetes de la Cruz Roja.
Prestar asistencia humanitaria a los prisioneros de guerra
australianos durante la Segunda Guerra Mundial fue una de
las principales tareas de la Cruz Roja Australiana, y el Secretario
General, Robert Tickner, dice que el gesto de retribuir al
Movimiento “es a la vez conmovedor y magnánimo”.
La amistad que nació entre Frank y John en Salónica
en 1941 es más fuerte que nunca, y están en
contacto a menudo.
| Pauline
Wall
Delegada de comunicación del CICR en Sydney.
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Frank Cox (en cuclillas), prisionero de guerra repatriado,
en Trafalgar Square, Londres, 1944.
©FRANK COX / CRUZ ROJA AUSTRALIANA

De izquierda a derecha, Frank Cox, John Crooks y Robert Tickner,
Secretario General de la Cruz Roja Australiana, el 12 de julio
de 2007.
©CRUZ ROJA AUSTRALIANA

Recepción de paquetes de la Cruz Roja en el campamiento
de Spittal en Austria, 1942.
©CRUZ ROJA AUSTRALIANA
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