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Los campos infinitos, tan prometedores en primavera, se
han tornado hoy grises y secos. Otro año de sequía
ha traído más hambre y privaciones a Moldova,
un país de 4,3 millones de personas en Europa oriental.
“Hace dos años todo era diferente”, cuenta
María Dragach, de 35 años y madre de siete
hijos cuya familia ha recibido asistencia de la Cruz Roja
de la República de Moldova. “Nuestra huerta
estaba llena de verduras y mi marido tenía un trabajo
en Chisinau, pero ahora la tierra no produce nada y tenemos
que ahorrar cada centavo para comprar los alimentos más
baratos y llegar a fin de mes”. María trató de
plantar verduras pero el sol abrasador de julio secó todo.
Hoy sus víveres consisten en dos repollos, papas
y zanahorias. Estos son los ingredientes para la sopa de
repollo (schi) que cocina diariamente a su marido George
y a sus hijos para ofrecerles un desayuno decente antes de
irse a trabajar a los campos. También comen pan casero.
Para la cena María les preparará repollo asado.
Todos los días comen lo mismo.
Período de escasez
El alforfón con cebollas es una comida más
nutritiva pero no se la pueden permitir muy a menudo. A veces
comen espaguetis con cebollas fritas “para darle un
poco de color”, según las palabras de María.
El aceite vegetal es caro, así que María lo
utiliza sólo en contadas ocasiones. El año
pasado la familia vendió la vaca que tenía
por falta de forraje y les queda un conejo, que probablemente
será el último trozo de carne que puedan comer
este año.
“Cuando estaba embarazada de mi último hijo”,
cuenta María Dragach, con su bebé de siete
meses en brazos, “tenía unas ganas locas de
comer pescado, no hay ríos ni mar en esta zona, y
no teníamos dinero para comprar en la ciudad. Imagínese
que mi cuñada vendió su collar de oro para
comprarme pescado. Le estaré siempre agradecida.”
En 2007, Moldova, el país más pobre de Europa,
fue afectado por la más grave sequía de su
historia reciente. La sequía asoló el 80% del
país y afectó gravemente al sector agrícola,
que constituye un quinto del producto interno bruto. Las
familias se vieron obligadas a vender o a sacrificar el ganado,
puesto que ya no podían costear el forraje para los
animales.
Este año, otra sequía provocó nuevas
privaciones. Las huertas se secaron y el precio de los productos
básicos tales como el arroz, la carne y el aceite
vegetal subió un 150% en los primeros cinco meses
de 2008. Hay menos trabajo y, para colmo, las inundaciones
arrasaron el norte de Moldova en julio. La Organización
de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura
(FAO) señala que Moldova es el único país
europeo que necesita ayuda alimentaria urgente. El Banco
Mundial advierte que el nivel de pobreza en Moldova podría
alcanzar el 41% en 2008.
“Todo sucede al mismo tiempo: la falta de forraje,
de animales, de leche, de carne, de trabajo”, asegura
María Dragach. “Nuestro hijo mayor no podrá ir
a la escuela en septiembre para hacer su último año;
tendrá que ayudar a su padre a sustentar la familia,
sino no veo cómo sobreviviremos.”
La familia Dragach estuvo entre las familias más
vulnerables que recibieron de la Cruz Roja de Moldova un
paquete de 30 kilos con arroz, alforfón, aceite vegetal,
dos latas de carne, azúcar, harina y aceite. La distribución
estaba destinada a 10.000 personas y las familias beneficiarias
debían ser las de muchos niños, las monoparentales
y las que tuvieran como integrantes personas discapacitadas
que vivieran en pueblos remotos. Eran los que estaban más
expuestos a la malnutrición.
Promover la resiliencia
María Dragach señala que el paquete les permitió completar
su dieta diaria, pero sólo duró dos semanas. “Traté de
economizar pero fue difícil mantener los víveres
fuera del alcance de los niños.”
En el director ejecutivo de la Cruz Roja, Vasile Cernenchi,
ve con preocupación la llegada del próximo
invierno. Las despensas están vacías y vaticina
tiempos difíciles. “El próximo invierno
habrá una aguda escasez de alimentos para las personas
más vulnerables, que no tendrán ni suministros
ni dinero para comprar víveres a causa del alza de
precios.”
La solución reside en los programas de seguridad
alimentaria a largo plazo, como destaca Edmon Azaryan, jefe
de la misión de supervisión de la Federación
Internacional en Moldova.
“Alimentos, forraje, ropa para niños, semillas,
dinero para el alquiler y los servicios comunitarios, maquinarias
agrícolas y fertilizantes son algunas de las necesidades
más acuciantes de la población rural del país”,
asegura.
En Moldova, como en otros países afectados por el
hambre, lo que se necesita con urgencia son programas para
promover la resiliencia de las comunidades. La Cruz Roja
y la Media Luna Roja han comenzado a ejecutar en muchos países
de África dichos programas que incluyen el suministro
de semillas, herramientas y fertilizantes (véase recuadro).
“A las personas más pobres y más marginadas
de Moldova la vida les resultaba ya sumamente difícil
antes de la sequía. Esta situación los ha llevado
al borde de la pobreza extrema”, señala Joe
Lowry, representante de la Federación Internacional
para Belarús, Moldova y Ucrania.
“Dado que muchas personas en edad activa, madres y
padres, han dejado el país, la responsabilidad de
cuidar a los hijos recae en los abuelos o son los propios
hijos los que deben valerse por sí mismos. Se trata
de una situación bastante alarmante en el año
2008, justo en la frontera con la Unión Europea. Pero
la mera caridad no es suficiente. La Cruz Roja de Moldova
requiere apoyo para ayudar a la gente a salir de la indigencia.
Para lograrlo estamos ideando soluciones nuevas y duraderas,
como la cría de ganado, la avicultura, la apicultura
y los microcréditos.”
Darle sentido a la vida
Nina Opaleva y Nadezhda Bobuh son conocidas por sus vecinos
como “las abejitas”. Estas mellizas de 72 años,
que viven en la capital moldova, Chisinau, sobrevivieron
al crudo invierno pasado gracias a la cantina de la Cruz
Roja.
“Sólo comíamos la sopa allí” explica
Nina. “Nos llevábamos el plato principal que
calentábamos después para la cena y el panecillo
lo dejábamos para el desayuno”.
Nina, ex vendedora de libros, y Nadezhda, ex enfermera,
mostraron al voluntario de la Cruz Roja de Moldova su despensa:
los estantes estaban llenos de frascos de vidrio vacíos
que en tiempos recientes y más felices estaban llenos
con las conservas para el invierno.
Economizan en todo lo que pueden. Cerca de la estufa hay
un haz de ramas que las hermanas recogen en el bosque cada
semana. Recogen agua del techo.
Sin embargo cada mes compran un saco de trigo que les cuesta
35 dólares estadounidenses para hornear pan y galletas
que comparten con sus vecinos de más edad.
“Cuando compartimos este pan casero le encontramos
el sentido a la vida”, asegura Nina.
| Rita
Plotnikova y Tatiana Plosnita
Rita Plotnikova es jefa
de comunicación de la Federación Internacional
en Budapest, Hungría, y Tatiana Plosnita, coordinadora
de programas de la Federación Internacional
para Moldova.
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