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Los iraquíes sumidos
en la desesperación

 

Más de cinco años después de estallar la guerra en Iraq, la situación humanitaria en la mayor parte del país sigue siendo preocupante. Las condiciones de vida, pese a la mejora en la situación de seguridad, continúan degradándose, dejando a millones de personas al borde de la desesperación.

En los últimos meses, la seguridad general en Iraq ha mejorado bastante pero sigue siendo relativa. Aunque el número de incidentes de seguridad ha descendido en un 60% en comparación con 2006 y 2007, el miedo y la vigilancia siguen rigiendo la vida de los iraquíes.

En Baquba, al norte de Bagdad, en el verano de 2007, vi a Layla Jaafar, de 35 años, madre de dos hijos, llorar a su hermana menor que había muerto de cáncer. “La envidio porque se ha liberado de esta vida”, fueron sus palabras entonces. Debido a las condiciones de seguridad y a las restricciones impuestas a la libertad de movimiento, se celebró una ceremonia funeraria rápida, y los pocos familiares y amigos presentes la enterraron sin los rituales de usanza y sin poder decirle un último adiós como acostumbran hacerlo los iraquíes a sus seres queridos.

No se han publicado cifras oficiales de las bajas civiles desde la invasión en 2003. En el encono de la violencia en 2006 y durante la mayor parte de 2007, la cifra de decenas de muertos diarios se articuló y se difundió ampliamente en los medios de comunicación. Decenas de cuerpos no identificados yacían tirados en las calles de Bagdad y otras ciudades importantes; algunos eran dejados insepultos por el temor y la renuencia de los civiles a acercarse a ellos o enterrarlos. Se establecieron emplazamientos funerarios especiales para los cadáveres no reclamados, mientras que los demás restos mortales son depositados en fosas comunes dentro y fuera de las grandes ciudades.

Cientos de miles de hombres y mujeres iraquíes han visto por dentro un lugar de detención. Los que han sido liberados hablan de los malos tratos y de la crueldad que padecieron, por ejemplo en la cárcel de Abu Ghraib en Bagdad.

Deterioro de las condiciones de vida

Pese a la seguridad “relativa” imperante hoy en día, las condiciones de vida no cesan de deteriorarse. Para un país que ostentaba el mejor sistema de salud de la región, la situación sanitaria actual es desesperante, pese a que el presupuesto se multiplicó por 60 entre 2002 y 2005. Enfermedades que habían desaparecido desde hace mucho tiempo, como la tuberculosis y el cólera, han hecho su reaparición y la drogadicción está en aumento. La malnutrición infantil crónica ronda el 20% y sólo el 70-80% de la población tiene acceso al agua potable y a las distribuciones generales de alimentos. Estas cifras no tienen nada de sorprendente cuando se sabe que sólo el 40% de la población tiene empleo y más del 30% vive justo en el nivel de pobreza o por debajo de él.

La inseguridad y una campaña deliberada de intimidación, secuestros y matanzas contra los médicos, el personal docente y otros profesionales han dado lugar a una fuga masiva de cerebros. La mano de obra en el sector médico ha descendido un 50%. Según diversos informes, hasta 3.500 profesores han sido secuestrados, matados o desplazados, y sus asistentes han tenido que hacerse cargo de sus tareas docentes. Entre los estudiantes, las matrículas y la asistencia han acusado un fuerte descenso, y las mujeres representan cerca del 70% de los que han dejado sus estudios.

Incluso las cifras más optimistas muestran un déficit anual del 46% en la electricidad generada, lo que significa que Bagdad no tiene más de dos horas de suministro eléctrico al día. La restricción de electricidad a no más de 10 amperios, ha obligado a las familias a adoptar prácticas alternativas y a reducir su nivel de vida. Algunas familias, para completar el suministro nacional, compran electricidad a las empresas privadas a un costo de unos 100 dólares estadounidenses por semana, lo que es un verdadero lujo para la mayoría de las familias iraquíes.

Los exiliados

El desplazamiento de un quinto de la población iraquí, sea en el interior o fuera del país, se considera con mucho una de las crisis humanitarias más dramáticas del mundo. Las condiciones de vida para quienes han buscado refugio en el extranjero son difíciles, su vida es una lucha continua por la supervivencia. Pocas personas entienden lo que les sucede, y están cada vez más sumidos en la desesperación. Es más, la asistencia que les brindan la comunidad internacional y los países de acogida no cubre sus necesidades básicas. Carecen de un acceso adecuado a la salud y a la educación y sus ahorros se están agotando. Están olvidando sus aptitudes y calificaciones, o en el mejor de los casos, las utilizan parcialmente, mientras que en Iraq es palmaria la falta de profesionales en los puestos clave. Los desplazados internos sobreviven a duras penas: tienen un acceso limitado o no tienen acceso al agua potable, la electricidad, los alimentos, la asistencia de salud, la educación y otros servicios básicos. La incertidumbre diaria hace estragos tanto física como mentalmente.

Recientemente en Bagdad, Waleed Ahmed, un comerciante de 42 años, me describió alegremente lo que para él ha significado el mejoramiento de las condiciones de seguridad. “Manejé tranquilamente hasta mi casa con mi mujer y mis hijos a las 20.30, después de visitar a unos parientes. Durante los 15 minutos de viaje, atravesamos cuatro puestos de control, lo que es todo un logro, ya que tal viaje era totalmente impensable el año pasado o el año anterior.” Después de un sorbo de agua, prosiguió: “no hemos tenido ni electricidad ni agua en los dos últimos días, ni tampoco combustible para echar a andar el generador o el coche.” Después de un breve momento de reflexión, describió su situación actual diciendo “Damos gracias a Dios”. Advirtiendo mi sorpresa, el vecino de al lado citó un proverbio iraquí: “Muéstrale la muerte para que acepte la fiebre.”

Dr. Nasir Ahmed Al-Samaraie
Ex embajador iraquí y asesor del CICR en Ammán.

 

 


Parientes reclaman el cuerpo de un civil, asesinado durante los enfrentamientos, a la morgue de un hospital en Sadr City, en Bagdad, 23 de abril de 2008.
©REUTERS / KAREEM RAHEEM, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 


Niños, heridos en un ataque con bomba, son atendidos en un hospital de Bagdad, 18 de junio de 2008.
©REUTERS / MOHAMMED AMEEN, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

Apoyo incesante

Presente en Iraq desde 1980, el CICR amplió el alcance de sus operaciones en el país en 2008.
La asistencia a la población civil afectada por el conflicto incluye socorros de emergencia, apoyo a hospitales que atienden emergencias en gran escala, ayuda para mejorar la atención de salud y mantenimiento de la infraestructura básica de agua y saneamiento.

El CICR también apoya los centros de rehabilitación física en Iraq, asiste a los civiles desplazados y ha iniciado programas de apoyo a los medios de subsistencia para ayudar a las personas desfavorecidas a obtener cierto grado de autosuficiencia.

Las actividades de protección se centran en las personas detenidas o internadas por las fuerzas multinacionales o las autoridades iraquíes; ello incluye el mantenimiento del contacto con sus familiares con el apoyo decidido de la Media Luna Roja de Iraq.

 


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