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Una dosis de Compassion

 

Un corto período en prisión puede sentenciar a muerte a un preso si otro lo contagia de tuberculosis. En Azerbaiyán y Georgia, el CICR colabora con las autoridades para resolver el problema dentro y fuera de las cárceles, ofreciendo a los ex detenidos la oportunidad de liberarse de una enfermedad mortal.

RATI, DE 30 AÑOS, comparte un pequeño apartamento en un edificio de cuatro pisos sin ascensor con su hermano, su cuñada y sus tres sobrinos en Tiflis, la capital de Georgia.

En la entrada, un mugriento par de pantalones de deporte hace de felpudo. En el interior, una vieja estufa eléctrica puesta en el suelo trata de engañar el frío. El portalámparas en el cielo raso está vacío y uno de los niños es enviado donde el vecino para pedir prestada una bombilla.

Rati se sienta con un profundo suspiro y se nota que le cuesta respirar mientras habla. Como la bombilla nunca llega alguien saca una linterna a medida que comienza a anochecer.

“Fui a la cárcel por robo en 2007. Mientras estaba en prisión, empecé a expectorar sangre”, explica. “Llevó tiempo confirmar que era tuberculosis. Creo que probablemente contagié a otros antes de que fuera transferido al hospital carcelario para ser tratado.”

Las cárceles son un conocido caldo de cultivo de la tuberculosis debido a lo exiguo de las instalaciones, el hacinamiento, la alimentación deficiente y la falta de servicios médicos. Las personas que cumplen condena durante unos pocos años por delitos relativamente menores pueden verse finalmente sentenciados a muerte si contraen una de las cepas farmacorresistentes de la enfermedad mientras se encuentran encarcelados.

Un peligro para la sociedad

En el decenio de 1990, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética y de las infraestructuras médicas nacionales, el CICR descubrió que un número considerable de detenidos morían de tuberculosis en países como Georgia y Azerbaiyán.

En los últimos quince años, los delegados han estado colaborando con las autoridades locales de ambos países para frenar la propagación de este asesino silencioso entre los detenidos y ex convictos.

“Es un error pensar que la salud en la cárcel no tiene nada que ver con la salud pública en general”, señala Nikoloz Sadradze, especialista del CICR en tuberculosis, que trabajó en Georgia durante muchos años y ahora está radicado en Bakú, la capital de Azerbaiyán. “El personal y los guardias entran y salen de los recintos penitenciarios, las familias visitan a sus parientes detenidos y las personas que finalmente son liberadas regresan a la comunidad. Si no reciben medicación y no observan el tratamiento, se convierten en un verdadero peligro para la sociedad.”

El tratamiento para la tuberculosis farmacorresistente es largo, costoso, complicado y doloroso. Los pacientes deben tomar una mezcla de pastillas, polvos e inyecciones durante 24 meses y, en general, se sienten muy mal antes de comenzar a sentir una mejoría.

Los efectos secundarios, que incluyen una pérdida auditiva grave, problemas hepáticos y dolores estomacales, no ofrecen un gran incentivo para seguir el tratamiento, pero expertos y pacientes coinciden en que una saludable dosis de compasión y apoyo de parte de la familia y los amigos puede ser de gran ayuda no sólo para que los ex detenidos se recuperen físicamente, sino también para que rehagan su vida.

Observar el tratamiento

Nadie conoce mejor esto que Teymur de 32 años, que vive con su madre en un jardín infantil abandonado de la ciudad costera de Sumgait, en Azerbaiyán. Desplazado por el conflicto armado en Nagorno-Karabaj cuando tenía 13 años, fue encarcelado varios años después por fraude.

Hoy es la primera persona que completó con éxito un programa de seguimiento recién puesto en marcha para presos liberados, administrado por funcionarios de Azerbaiyán con el apoyo del CICR.

Al igual que en la vecina Georgia, los ex convictos en Azerbaiyán obtienen acceso a los medicamentos contra la tuberculosis farmacorresistente, que deben tomar seis días a la semana bajo supervisión médica. El CICR ofrece incentivos en forma de alimentos y paquetes con artículos de higiene, y visita a los pacientes cada mes.

“Era muy difícil estar enfermo en la cárcel. No tenía familia cerca y todos los días pensaba que me iba a morir; entonces comencé el tratamiento. La medicación me caía muy mal pero los médicos me convencieron de que observara estrictamente al tratamiento y estoy contento de haberlo hecho porque logré curarme”, explica Teymur.

Con una sonrisa tímida pero ufana trajina en la destartalada cocina preparando una taza de té. Mientras el agua hierve en la tetera en la antigua cocina a gas, Teymur ordena un par de pantuflas una al lado de otra y estira la colcha de su cama en el salón.

“Durante mucho tiempo, mi madre se ocupó de mí y ha estado a mi lado. Ahora, quiero obtener mi licencia como chofer de taxi y poder ocuparme de ella y fundar mi propia familia.”

“Mantengo la esperanza”

Al igual que en el apartamento de Rati, las luces tampoco funcionan en casa de Teymur. Por alguna razón no hay electricidad, pero ese día en particular eso no importa mucho.

Un rayo de sol atraviesa la polvorienta ventana mientras Teymur se acomoda la espalda sobre el cojín y saborea el té con un aire de optimismo cauto, sabiendo que tanto su terrible enfermedad como la prisión han quedado definitivamente atrá y el futuro se anuncia promisorio por el momento.

A unos 500 kilómetros de Tiflis, Rati abriga los mismos anhelos. No hace mucho terminó un período más corto y menos agresivo de antibióticos para el tratamiento de una tuberculosis tradicional, que duró en promedio unos ocho meses. Su mujer lo dejó mientras estaba en prisión y su hija vive ahora con ella en otra parte de Georgia. Así pues, la vida no es perfecta.

Pero como Teymur, Rati dice que él está agradecido de tener cerca a su familia y poder apoyarse en ella. Su deseo es poder recuperarse y ganarse la vida tan pronto como pueda.

“Lo único que anhelo es sentirme mejor, seguir adelante con mi vida, ver a mi pequeña más a menudo y nunca más contraer la tuberculosis”, asegura. “Mantengo la esperanza”.

Anna Nelson, CICR


Arrojar luz sobre la situación de personas como Rati podría debilitar los estigmas sociales que aíslan a los pacientes y los disuaden de someterse a un tratamiento adecuado.
©Zalmaï/CICR

 

 

 

 

“La medicación me caía muy mal pero los médicos me convencieron de que siguiera el tratamiento y estoy contento de haberlo hecho porque me he curado.”
Teymur, paciente y ex detenido

 

 

 

 

 


Rati ya no está detrás de las rejas y se ha curado de una tuberculosis tras un tratamiento de ocho meses.
©Zalmaï/CICR

 

 

 

 

 

 


Un preso en Azerbaiyán tomando el medicamento bajo el ojo atento de un médico de la prisión.
©Zalmaï/CICR

 

 

 

 

 


Condenado a cadena perpetua en Bakú, este preso y paciente tuberculoso aguarda una cirugía de pulmón.
©Zalmaï/CICR



 

“Es un error pensar que la salud en la cárcel no tiene nada que ver con la salud pública en genera ”
Nikoloz Sadradze,
especialista en tuberculosis
del CICR

 

 

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