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A medida que el mundo se va tornando cada vez más
urbano, la violencia en muchas ciudades alcanza cotas de
epidemia. Los conflictos crónicos en algunos lugares
hacen que la vida diaria en ellos sea como estar en una
zona de guerra. Con la rápida urbanización
va cambiando el entorno para la violencia, lo que pone
constantemente en jaque a quienes prestan ayuda y se empeñan
en prevenir los conflictos.
EN MORRO DOS MACACOS, un barrio marginal del norte
de Río de Janeiro, dos pandillas de narcotraficantes
rivales se enzarzaron en un intenso tiroteo. Los equipos
de policías, provistos de armas automáticas
y vehículos blindados recorrieron calles ajetreadas
y callejones laberínticos. De repente, un helicóptero
que sobrevolaba el lugar fue alcanzado por las balas y el
piloto herido en la pierna perdió el control del aparato
que se estrelló y ardió en llamas matando a
dos oficiales. En las calles aledañas retumbaba el
eco de las armas automáticas, el humo manaba espeso
de unos autobuses incendiados y los residentes huían
despavoridos a sus casas.
La urbe brasileña no está en pie de guerra
pero en ciertos barrios pareciera que lo estuviera. Las pandillas
armadas controlan el territorio en muchas favelas,
o barrios marginales de Río, y entre sus integrantes,
la policía y las milicias se producen tiroteos frecuentes.
En 2008, unas 5.000 personas fueron asesinadas y en algunos
de los barrios más violentos, el sufrimiento de la
gente puede compararse al de un conflicto armado.
Tras el incidente del helicóptero, el periódico
brasileño O Globo calificó la situación
de “La guerra de Río”. En el cotidiano
británico The Guardian, Oderlei Santos, portavoz
de la policía militar de Río, respondió diciendo: “Nuestras
operaciones sólo cesarán una vez que estos
criminales sean capturados, arrestados o muertos en combate.”
La espiral de la violencia
En todo el mundo, la violencia urbana está aumentando
en forma alarmante y con ello el sufrimiento que acarrea.
Varios factores entran en juego. Los centros urbanos registran
un crecimiento sin precedentes debido al incremento demográfico
natural y a la migración del campo a la ciudad. Según
numerosos informes, más de la mitad de la población
mundial vive en las zonas urbanas y el crecimiento de casi
toda la población mundial en los dos próximos
decenios tendrá lugar en las ciudades de los países
en desarrollo.
Mil millones de personas viven ya en barrios marginales.
Dada la falta de trabajo, muchos recurren a maneras informales,
incluso criminales, de supervivencia. El floreciente comercio
internacional de drogas permite comprar armas cada vez más
sofisticadas, desde rifls de asalto semiautomáticos
hasta granadas lanzadas por cohete.
Los servicios estatales ya no llegan a muchos barrios marginales
debido a la inseguridad. Los niños con escaso acceso
a la escolarización o sin ella son reclutados en las
pandillas. La densidad demográfica elevada, la diferencia
de clases, las comunidades heterogéneas, la xenofobia,
la marginación, la brutalidad policial y el hacinamiento
en las cárceles, todos son factores que atizan la
espiral de la violencia. El índice de homicidios supera
a veces el número de muertos de los conflictos armados.
“Ya pasó el momento de preguntarnos si se trata
de un fenómeno real o no, lo tenemos ante nuestros
ojos”, asegura Pierre Gentile, jefe de la Unidad Población
Civil del Departamento de Actividades Operacionales del CICR. “La
pregunta que cabe hacerse ahora es hasta qué punto
deberíamos intervenir.”
En todo el Movimiento crece la exigencia de que se haga
más: tanto en favor de las víctimas atrapadas
en el fuego cruzado del conflicto urbano como para prevenir
mejor la violencia urbana, yendo a la raíz del problema.
La XXX Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja celebrada en 2007 puso a la violencia urbana
en el centro de los debates, lo que llevó a la Federación
Internacional a elaborar un proyecto de estrategia mundial
relativo a la prevención, la mitigación y la
respuesta en caso de violencia (2010-2020).
Entre tanto, las Sociedades Nacionales han emprendido programas
y proyectos que van desde la enseñanza de primeros
auxilios a la resolución de conflictos, el desarrollo
de la autoestima, la formación de nuevas aptitudes,
así como otras estrategias destinadas a prevenir o
reducir la violencia urbana de manera duradera.
El asunto es más delicado para el CICR, que tiene
el cometido de actuar en conflictos y otras situaciones de
violencia. Si bien tiene el mandato, que le confieren los
Estados en el ámbito del derecho internacional humanitario
(DIH), de actuar en los conflictos armados, la Institución
también tiene derecho a intervenir en lo que se denomina “otras
situaciones de violencia”. Ello le brinda la oportunidad
de responder cada vez que pueda aportar algo gracias a su
perfil internacional, su experiencia, su independencia y
su neutralidad.
Granjearse el respeto
Hace seis años cuando se incorporó como jefe
de la delegación regional del CICR en Buenos Aires,
Michel Minnig quedó impactado por la violencia reinante
en las favelas de Río de Janeiro y observó lo
mucho que se asemejaba esa violencia por la magnitud y la
dinámica, a los casos de conflicto armado con los
que el CICR se suele topar: grupos armados organizados que
controlan territorios bien delimitados, hostilidades abiertas
regulares con armas de uso militar, y consecuencias humanitarias
graves para las víctimas. Minnig fue uno de los primeros
que propuso una acción del CICR destinada a “restablecer
cierta normalidad” en las vidas de los habitantes cariocas.
Así pues, en diciembre de 2006, la organización
puso en marcha con carácter experimental un proyecto
en los barrios más miserables. Durante más
de un año el CICR, la Cruz Roja Brasileña y
otras asociaciones locales estuvieron colaborando en la parte
más desdeñada, más compleja y más
peligrosa de esas favelas.
“Comenzamos impartiendo formación en primeros
auxilios a los residentes de esas comunidades para que todos
pudieran ver la labor que estábamos desempeñando”,
cuenta Minnig. “De a poco nos fueron aceptando, ahora
podemos llegar un poco más lejos, abordar problemas
más graves y ser respetados, hemos dejado de ser el
blanco de las pandillas, de la policía o del ejército.”
Desde 1998, el CICR colabora con la policía y las
fuerzas armadas de Brasil, capacitándolos para que
integren en su labor las normas de los derechos humanos y
los principios humanitarios.
Pero lograr que las pandillas de Río entiendan los
derechos humanos plantea a los trabajadores humanitarios
una dificultad totalmente nueva. Las pandillas no persiguen
un objetivo político manifiesto, ni tienen interés
evidente en derrocar un gobierno. Sus motivos principales
son hacer dinero vendiendo drogas y controlar el territorio
para alcanzar libremente sus objetivos. Ahora bien, ¿qué hay
en esto que determine una intervención del CICR?
La Institución para intervenir no se basa en el análisis
de los motivos de la violencia sino en las necesidades humanitarias
que ésta causa, explica Angela Gussing, directora
adjunta de Actividades Operacionales, encargada de asuntos
internacionales y política.
“La acción de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja nunca se ha vinculado con la motivación de los
conflictos”, explica. “Nunca nos hemos dicho
que intervenimos porque éste es un motivo noble y
el otro no lo es. Se trata de violencia, de violencia organizada
y, como tal, provoca consecuencias en el plano humanitario;
procuramos aliviar esas consecuencia y evitar que ocurran
o que vuelvan a ocurrir.”
Ahora bien, el modo de proceder se adapta a la situación
específica. En Río de Janeiro, el CICR junto
con los voluntarios de la Cruz Roja Brasileña de las favelas,
atienden a las necesidades humanitarias (vacunación,
prevención de las enfermedades de transmisión
sexual, tuberculosis y formación en primeros auxilios)de
todos aquellos que suelen no tener acceso a los servicios
básicos de atención de salud.
“Para poder entrar en la favela tomamos el
dengue como programa vector capacitando y entrenando a la
comunidad”, señala Felipe Donoso, jefe de la
delegación del CICR en Río de Janeiro.
Los programas ayudan al CICR a granjearse la aceptación,
crear redes comunitarias y comenzar a ayudar a la gente a
hallar salidas a la violencia. “Algunas personas en
las favelas son sumamente vulnerables”, dice
Donoso. “Por lo tanto, la pregunta es ¿cómo
pueden integrarse en los sistemas para que puedan recibir
asistencia y tener la posibilidad de no convertirse en una
víctima—o un actor— de la violencia armada?
No todos en el CICR están convencidos de la necesidad
de ocuparse de la violencia urbana. Jacques de Maio, director
de Operaciones para Asia meridional, se pregunta si este
tipo de acción desvía a la organización
de su cometido principal.
“En un país en situación de paz, donde
el derecho internacional humanitario no es aplicable, donde
no se da una situación de violencia armada que ofrezca
condiciones para que el CICR preste servicios de manera convencional,
cabría preguntarse: ¿sobre qué bases,
según qué criterios y de qué manera
el CICR debería utilizar sus recursos y su credibilidad
institucional”, explica. “Ello podría
crear cierta incongruencia con nuestra labor general y llevarnos
a utilizar recursos que podríamos destinar a otras
actividades que guarden consonancia con nuestro cometido
fundamental en otras regiones del mundo.”
En general, se está de acuerdo en que es necesario
decidir caso por caso las posibles intervenciones y definir
objetivos claros antes de que el CICR tome parte en cualquiera
de esas operaciones. Debe haber una necesidad humanitaria
clara que resulte de una violencia armada organizada y la
violencia debe ser de índole recurrente y no esporádica.
Cabe hacerse algunas preguntas importantes: ¿qué dinámica
tiene la violencia? ¿hay grupos organizados que ejercen
un control sobre una zona o sobre la población? ¿hay
jefes con los que el CICR puede entablar un diálogo? ¿tenemos
ya una presencia en el terreno?
“Estamos estableciendo criterios de intervención”,
indica Pierre Gentile. “Además de la idea de
que la violencia debe tener cierto grado de organización,
las consecuencias que conlleva también deben ser graves.
Luego es necesario hacer distinciones según el país, ¿se
ha instaurado ya un mecanismo eficaz que permita a las autoridades
supervisar y controlar la situación? ¿Aportaríamos
algo realmente? El CICR no debería tratar de estar
en todas partes inmediatamente, sino solamente donde podemos
ser útiles.”
El aspecto jurídico también es complicado. ¿Las
confrontaciones armadas periódicas entre la policía
o las fuerzas armadas y las pandillas pueden considerarse
un conflicto armado no internacional y debería aplicarse
el derecho internacional humanitario? En principio, el consenso
general es “no”; es una situación que
no incumbe al DIH, y su aplicación podría incluso
resultar perjudicial. Por ejemplo, se legitimaría
el hecho de matar a rivales en calidad de “combatientes” y
se podrían causar algunos daños colaterales
cerca de los enfrentamientos, una perspectiva peligrosa en
los confines de un entorno urbano.
Pero no siempre es fácil trazar una línea
divisoria precisa. Algunas situaciones son tan agudas que
precisan la intervención de unidades del ejército
o de las fuerzas de policía para combatir a los grupos
armados organizados, ya que todos los bandos están
provistos de armas sumamente sofisticadas. Viene al caso
citar la guerra contra los cárteles en las ciudades
mexicanas situadas a lo largo de la frontera con los Estados
Unidos. En este caso, ¿cuál es el mejor marco
jurídico para proteger a la población afectada? ¿El
derecho de los derechos humanos? ¿El derecho internacional
humanitario?
Para las personas afectadas por este tipo de violencia urbana
armada, poco importan esas distinciones jurídicas,
los efectos suelen ser los mismos. Se mata, se hiere o se
hace desaparecer a familiares y amigos. Las personas son
desplazadas y los servicios básicos se ven interrumpidos.
Estas necesidades humanitarias esenciales y urgentes son
las que imponen la respuesta.
Agua a cambio de sangre
Río de Janeiro no es el único sitio donde el
CICR ha reaccionado ante la violencia urbana que no alcanza
a ser calificada de guerra. A lo largo de los años,
ha habido muchos casos de golpes de estado, que a menudo
tienen lugar en las capitales, o de agitación social
recurrente que engendran el tipo de necesidades humanitarias
a las que procura responder el CICR. Por ejemplo, entre 2004
y 2007, tras la expulsión del ex presidente Jean-Bertrand
Aristide, el CICR y la Cruz Roja de Haití acudieron
en auxilio de las víctimas de la violencia en Puerto
Príncipe.
Las pandillas habían sembrado entre la población
de los barrios marginales, como Cité Soleil y Martissant,
un clima de terror mediante el secuestro, la violación
y la tortura. La situación era tan terrible que el
CICR decidió llevar a cabo un plan para mejorar la
disponibilidad de agua potable en los barrios de tugurios
y colaborar con la Sociedad Nacional en las actividades de
primeros auxilios y evacuación de víctimas.
Olivier Bangerter, asesor del CICR especializado en grupos
armados, asegura que la operación representa un ejemplo
idóneo de la manera de tratar con las pandillas. Destaca
asimismo que entablar una discusión con los jefes
de las pandillas no es difícil, pero es totalmente
distinto mantener una conversación con grupos de oposición
en un conflicto armado. “Aquí no se trata de
DIH”, dice. “Se discuten cuestiones que no tienen
que ver con la amenaza sino que contribuyen a cambiar las
cosas, como el respeto de la Cruz Roja y la misión
médica.”
El CICR y los jefes de las pandillas haitianas se pusieron
de acuerdo sobre ciertas reglas: no dañar ni amenazar
al personal de la Cruz Roja, dar salvoconductos al personal
y los vehículos de la Cruz Roja y no tocar a los heridos,
aunque pertenezcan a una banda rival. Tal como lo explica
Bangerter, las pandillas también sacaban provecho
de la relación. Como sus familias vivían en
los mismos barrios, se beneficiaron del acceso al agua potable
y a los sistemas de evacuación médica. “No
hubo incidentes graves”, dice. “Se produjeron
algunos fallos en el sistema, pero durante tres años
se obtuvieron resultados bastante buenos con gente considerada
totalmente fuera de la ley”.
La infraestructura fue esencial para la operación
en Haití. Dada la inseguridad reinante en Cité Soleil,
la Central autónoma de agua potable, CAMEP, no podía
operar ni mantener el servicio y el agua potable era casi
totalmente inexistente. Durante casi tres años, el
CICR instaló una nueva red de bombeo y, a medida que
fue creciendo la confianza, la CAMEP pudo ir tomando progresivamente
el control del sistema. Robert Mardini, jefe de la Unidad
Agua y Hábitat del CICR, asegura que un primer paso
importante fue restituir el abastecimiento de agua. “Nos
ayudó a que nos aceptaran en Cité Soleil y
permitió que el CICR desplegara otras actividades
como la protección de los civiles.”
Sin embargo, es una tarea delicada. Por ejemplo, a veces
las pandillas ejercen presión sobre los socorristas
para que lleven al hospital primero a sus miembros. Pero
Jude Celloge, coordinador de un puesto de primeros auxilios
de la Cruz Roja de Haití que presta servicios en Cité Soleil,
dice que la mayoría de la gente que él conoce
acepta ahora que la Cruz Roja es neutral y ayuda a la gente
de todos los bandos.
“Esta mañana llevamos a cinco personas al hospital,
cuatro de ellas con heridas de bala”, dijo a un equipo
de reporteros del CICR en agosto de 2009. “La gente
es realmente muy cooperadora porque cuando no estaba la Cruz
Roja, muchas personas fallecieron por falta de asistencia.”
Amy Serafin, escritora independiente radicada
en París. |

Río de Janeiro, favela de Pavão. Oficiales
de las fuerzas especiales de la policía militar
durante una operación de seguridad en la favela.
©Nadia Shira Cohen

La violencia urbana hace
muchos estragos entre las familias y
comunidades. Flores en memoria de un
hombre asesinado por integrantes de
una pandilla en Glasgow, Escocia.
©REUTERS/David Moir, cortesía de
www.alertnet.org
“De a poco nos
fueron aceptando,
ahora somos
respetados y ya no
somos el blanco
de las pandillas, la
policía o el ejército.”
Michel Minnig,
ex delegado regional
del CICR para
América Latina

Familiares (izquierda) velan a un ofi cial de policía
militar ejecutado mientras hacía la vigilancia en
un bar local. En promedio, cada semana mueren en Río
tres ofi ciales de policía.
©Nadia
Shira Cohen/CICR

En las favelas de Río de Janeiro, los voluntarios de
la Cruz Roja Brasileña, reclutados entre la comunidad,
ofrecen primeros auxilios, vacunación y otros programas
de educación para la salud con el fi n de llegar a
los barrios plagados de violencia.
© Patricia
Santos/CICR
“Esta mañana
trasladamos a cinco
personas al hospital,
cuatro de ellas
con
heridas de bala.”
Jude
Celloge,
coordinador de primeros
auxilios,
Cruz Roja de Haití

Un hombre en un centro de rehabilitación de drogas
en Hefei, en la provincia de Anhui, situada en el este de
China. Las pandillas armadas introducen crecientes cantidades
de drogas en China, donde los campesinos que emigran a las
ciudades en busca de trabajo se han convertido en el nuevo
blanco.
©REUTERS/Jianan Yu, cortesía
de www.alertnet.org
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