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El soñador y
el constructor

 

Separados por el nacimiento de un movimiento humanitario

`Tutt i fratell i’, todos hermanos. Estas son las palabras repetidas por las mujeres de Castiglione que auxiliaron a los heridos en el campo de batalla de Solferino, descritas posteriormente por Henry Dunant, y que simbolizaron los albores de la Cruz Roja. Sin embargo, la ironía fue que los dos principales artífices de lo que se convertiría en la mayor organización humanitaria del mundo sentían todo menos amor fraternal entre ellos.

Mucho se ha escrito sobre Solferino y sus numerosas víctimas, así como sobre la presencia de Dunant en el campo de batalla, pero poco se conoce de los siguientes episodios que jalonaron la historia de la Cruz Roja. Este año, en el que se celebra el centenario de la muerte de Dunant y de Gustave Moynier, cofundador de la Cruz Roja, nos brinda una ocasión para rememorar sus vidas y hacer una evaluación histórica de los muy diversos aportes que hizo cada uno de ellos.

Esos episodios ocurrieron después de que la obra de Dunant, Recuerdo de Solferino, pasara por las manos del héroe de la guerra de Sonderbund (el conflicto civil que desgarró a Suiza en el siglo XIX), el general Dufour, y, sobre todo, por las del robusto, austero, susceptible y tenaz abogado llamado Gustave Moynier. Protestante y nieto de un maestro relojero, Moynier fue una figura interesante. Este abogado contrajo matrimonio con la hija de un rico banquero, lo que le permitió tener suficiente dinero para consagrar su vida a una serie de actividades filantrópicas.

A diferencia de Dunant, hombre impetuoso y poco práctico, Moynier era sagaz, concienzudo y muy trabajador. Muy pronto, a fin de llevar adelante las ideas de Dunant, se formó un grupo de trabajo, que se denominó Comité Internacional para el Socorro de los Heridos, del que Dufour fue presidente, Moynier vicepresidente y Dunant secretario. Otros dos miembros, médicos de profesión, completaban el grupo: Louis Appia, un hombre un tanto melancólico, y el introvertido y gracioso Théodore Maunoir. Con 35 años, Dunant era el más joven. Tanto él como Moynier declararían, en repetidas ocasiones, que Dios los había inspirado.

En realidad, los tiempos eran propicios para impulsar sus ideas. Sin perder del todo el sello de la austeridad calvinista, la ciudad de Ginebra del decenio de 1850 bullía de ideas filantrópicas y un espíritu humanitario ferviente animaba a sus habitantes que se consideraban conservadores ilustrados. Por otra parte, los ministros de guerra de los países europeos expresaron el deseo de limitar los males de la guerra y debatir formas de arbitraje. Las propuestas de Dunant, humanas aunque moderadamente pacifistas, sintonizaban a la perfección con las corrientes piadosas y utilitaristas de la época.

El 23 de octubre de 1863 los hombres de Estado de toda Europa se reunieron para firmar resoluciones que solicitaban un código de conducta humanitario en la guerra, la aprobación de un emblema, el envío de personal médico voluntario al campo de batalla y el establecimiento de comités nacionales para asistir a los servicios sanitarios del ejército. Tal como diría más tarde Pierre Boissier, historiador oficial de la Cruz Roja, no hicieron nada para acabar con la guerra pero habían reducido su imperio sobre la humanidad.

Sin embargo, en el intervalo, Dunant exasperó a Moynier porque no consultó con sus colegas la cuestión de la neutralidad y porque se despreocupaba de los procedimientos formales.. En los primeros escritos de la Cruz Roja, cuesta encontrar alguna alusión a la relación personal entre los dos hombres pero se siente en Moynier una profunda irritación con los modos de proceder poco prolijos de Dunant. Las ocasionales evasivas de éste y su falta de atención a los detalles ofendían el alma honrada y puntillosa de Moynier.

En 1864, los negocios de Dunant se derrumbaron y se declaró en bancarrota. No tuvo otra opción más que presentar su renuncia, que fue aceptada, con cierta celeridad, por Moynier. Ni él ni ningún otro miembro del Comité dieron muestras de caridad o compasión por Dunant quien, si bien pagó sus deudas, sufrió la posterior humillación de ser juzgado por el tribunal que sentenció que había “estafado deliberadamente” a sus colegas. También quedó arruinado. Posteriormente Dunant escribiría: “Me equivoqué de camino por una imaginación ardiente, una naturaleza demasiado entusiasta y un carácter demasiado confiado.”

Dunant dejó Ginebra y durante los años siguientes siguió muy de cerca el movimiento de la Cruz Roja en pleno auge, mientras que Moynier se dedicaba a poner las ideas de ambos en un marco coherente, preciso y jurídicamente vinculante, haciendo todo lo posible al mismo tiempo por borrar toda mención del nombre de Dunant de la historia de la institución. Durante los 40 años siguientes, como presidente, convocó reuniones, transformó resoluciones en convenios, trabajó en proyectos y tratados y mantuvo correspondencia con las nacientes sociedades y hombres de Estado desde Washington a San Petersburgo.

En 1887, Dunant se refugió en Heiden, un balneario ubicado en el cantón de Appenzell, en el este de Suiza, rodeado de huertos. Cinco años después se retiró allí definitivamente a un hospital residencial donde pasaba los días escribiendo sus memorias y cavilando amargamente sobre el pasado. Pero luego, tal como Moynier lo había temido quizás, un joven periodista emprendedor reconoció a Dunant y rescató el relato del ermita visionario olvidado difundiéndolo por todo el mundo. Los visitantes llegaron a rendirle homenaje, y afluyeron cartas, honores y pensiones. Pero para Moynier lo peor estaba por ocurrir. En 1901, saludado como “el fundador de la Cruz Roja”, Dunant compartió el primer Premio Nobel de la Paz con el pacifista Frédéric Passy; Moynier se esforzó en vano para que se lo incluyera. Se dijo que al llegar a la vejez, a Moynier le costó aceptar que a un hombre que él consideraba inescrupuloso se le hubiera podido ocurrir una idea que él había llegado a creer propia.

Dunant y Moynier fallecieron en 1910, a pocos meses de intervalo. La historia no ha sido amable con el rígido Moynier, mientras que Dunant, calificado de héroe y mártir, ha sido celebrado en innumerables biografías, memorias, documentales e incluso novelas. Poco después de su muerte, Moynier cayó en el olvido. Tuvo que pasar casi un siglo para que se diera el merecido reconocimiento al hombre que, con su perseverancia y determinación, convirtió el sueño de Dunant en realidad.

Caroline Moorehead, autora de Dunant’s Dream: War, Switzerland and the History of the Red Cross. Su obra más reciente se titula Dancing to the Precipice: The Life of Lucie de la Tour Du Pin, Eyewitness to an Era (Harper, 2009).


Photos ©CICR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tuvo que pasar casi
un siglo para que
se diera el merecido
reconocimiento al
hombre que, con
su perseverancia
y determinación,
convirtió el sueño de
Dunant en realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Haciendo historia

Este año varios acontecimientos históricos y exposiciones ahondan en la relación que mantuvieron estos dos fundadores del Movimiento y al papel que desempeñaron. Del 21 de septiembre de 2010 al 23 de enero de 2011, en el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se expondrá: Henry Dunant + Gustave Moynier — Un intenso combate Para más información sobre otros eventos, consúltese
www.dunant-moynier.org

 

 

 

 

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