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Cruzando fronteras

 

A medida que las fronteras se van cerrando y la migración se va criminalizando, el Movimiento intenta formular una estrategia aplicable a los migrantes sea cual sea su condición jurídica y prestarles socorro en todas las etapas de su peligroso viaje.

“Soy una mujer como cualquier otra con sueños que me gustaría realizar”, dice Rougui, una estudiante guineana de 20 años. “Era estudiante y lo dejé todo, incluso a mis dos hijos de 3 y 5 años.”

Rougui dejó su aldea en Guinea y atravesó Malí, Senegal y Mauritania antes de instalarse en la ciudad de Oujda, situada en la frontera oriental de Marruecos con Argelia, donde sigue buscando trabajo, aprendiendo el idioma y aclimatándose.

“Decidí partir de la noche a la mañana”, cuenta. “No es fácil sobrevivir, todavía no tengo trabajo, así que no tengo dinero para alimentarme. Está además el problema de la comunicación, no entiendo lo que me dicen y no tengo con quien conversar.”

En un mundo donde la movilidad no cesa de aumentar, la historia de Rougui se parece a la de millones de otras personas en todo el mundo que huyen de la pobreza, la guerra, la sequía o el hambre en busca de una vida mejor. Pagando a menudo cantidades exorbitantes para tomar itinerarios peligrosos, enfrentan la detención o una vida situada durante años en un limbo jurídico, y a veces también deben soportar la exclusión y la discriminación en sus nuevas comunidades mientras que muchas de esas personas son repatriadas a la fuerza o puestas simplemente en la frontera más cercana.

Las historias de los migrantes cuestionan la percepción común que se tiene en muchos países de destino, donde el tema de la migración suele describirse en los medios de comunicación como un episodio aislado, que ocurre en general en una frontera: una patera sorprendida por los guardacostas italianos, unos migrantes arrastrándose hasta la tierra firme en las Islas Canarias, un vagón de carga atestado de trabajadores rurales asándose al sol implacable de Texas.

Pero para los migrantes, estos episodios son tan sólo una parte de un azaroso viaje que con frecuencia parece interminable. El viaje de Kouamé Abaline, por ejemplo, comenzó hace cinco años cuando huyó de la guerra en su nativa Côte d’Ivoire a la edad de 15 años, pasando dos años en Malí y tres en Mauritania antes de establecerse en Marruecos. “En mi país no tenía ni estabilidad ni atención adecuada”, relata de sus años de adolescente. “Mi madre murió durante la guerra y mis hermanos y hermanas se habían ido todos a Malí.”

Hoy, en el entorno político posterior al 11 de septiembre donde todo gira en torno a la seguridad, el viaje de los migrantes se ha vuelto más peligroso que nunca a causa de la debacle financiera de 2008. “Debido a la opinión pública y a la crisis financiera, los países de destino son muchísimo más estrictos”, asegura Jean-Christophe Sandoz, especialista del CIC R en cuestiones de migración.”Pero ello no ha hecho disminuir el número de migrantes en los países más ricos, sino que los ha inducido a correr mayores riesgos.”

En África Occidental, los migrantes que utilizan las pateras para ir a las Islas Canarias se adentran mucho más en alta mar para evitar las patrullas marinas de Frontex, una fuerza de seguridad creada para proteger las fronteras externas de la Unión Europea.

“La gente está probando rutas cada vez más peligrosas a través del desierto”, añade Sandoz. En el pequeño pueblo remoto de Tin Zaouatène, por ejemplo, próximo a la frontera septentrional de Malí con Argelia, cerca de 1.000 migrantes, a menudo muy angustiados, procedentes de diversos países de África Occidental cruzan cada mes, algunos con destino al norte, otros devueltos desde Argelia. La Cruz Roja de Malí y el CIC R proporcionan a los viajeros desamparados atención médica, alojamiento, alimentos, transporte desde las inseguras zonas fronterizas o les ofrecen la posibilidad de hacer llamadas a su país.

Nuevos destinos

Estos relatos desmienten también el mito, a menudo sostenido en Europa y Estados Unidos, de que la migración se da exclusivamente del sur hacia el norte. De hecho, la migración desde los países del sur hacia los países de más altos ingresos del norte representa solamente un tercio de la migración mundial.

Los Estados de Oriente Medio y del Golfo ofrecen un buen ejemplo de migración sur-sur. En Yemen, en las costas del Golfo de Aden todos los años se encuentran cuerpos de migrantes procedentes de Somalia, Etiopía y Eritrea, cuyas embarcaciones atestadas zozobraron o fueron atacadas por piratas. En algunos casos, fueron empujados por la borda cuando los barcos guardacostas interceptaron a los traficantes. Los migrantes huyen de la guerra o desean encontrar un empleo en la Península Arábiga, un punto de destino para los trabajadores desde África Occidental hasta Filipinas.

En el Pacífico Sur, Australia atrae a [migrantes] provenientes de Afganistán, Burundi, Myanmar, Sri Lanka y ex Yugoslavia. El viaje de los migrantes puede durar años y los viajeros pueden terminar quedándose en algunos de los doce países que se encuentran en el camino. A muchos se los admite como refugiados mientras se encuentran en campamentos en el extranjero. Otros, que sobreviven a un azaroso viaje en alta mar, pueden ser instalados en un centro de detención para migrantes en la isla Christmas, territorio australiano situado en el Océano Índico, al sur de Indonesia.

En África del Norte, la labor ha estado dirigida a ayudar a las comunidades de migrantes a enfrentar el desempleo, la pobreza, la discriminación y la indiferencia de que a veces son objeto en su sociedad de adopción.

“En muchos países norafricanos, la migración se ha planteado sólo en términos de seguridad”, señala Ann Leclerc, jefa de la oficina regional de la Federación Internacional para África del norte. “La sociedad civil tiene un papel poco preciso en relación con la migración y (junto con la Cruz Roja y la Media Luna Roja) trata de esclarecer esa función con las autoridades locales a fin de prestar servicios eficaces atendiendo sobre todo a la vulnerabilidad derivada de la migración.”

Además de ofrecer servicios concretos –transporte, orientación, cursos, centros comunitarios– la Media Luna Roja Marroquí y la Media Luna Roja Tunecina iniciaron una campaña con el apoyo de la Federación Internacional y financiada por la Unión Europea para crear conciencia y cambiar mentalidades respecto de la situación de los migrantes entre las comunidades de acogida.

En el marco de la campaña, la Asociación Marroquí de Estudios e Investigación sobre las Migraciones llevó a cabo durante dos años un estudio que demostró que los migrantes subsaharianos se sienten marginados por una sociedad marroquí poco hospitalaria con los migrantes. En cambio, el 86% de los marroquíes que vive en contacto con migrantes opina que no hay racismo hacia los migrantes subsaharianos.

Las historias de Rougui y Kouamé son tan sólo una parte del esfuerzo por salvar las distancias culturales. Sus vivencias, como las de tantas otras personas, se han incorporado en un libro de recetas de cocina marroquí y de África Occidental. La publicación del libro coincide con la realización de un proyecto de cocina comunitaria en el que mujeres migrantes y mujeres marroquíes cocinan, comparten recetas y hornean pan juntas. En los próximos dos años, se prevé que la campaña se extienda a Libia y Argelia.

Enfoque regional

Pero el relato no se termina allí. Varias Sociedades Nacionales europeas y de África Occidental y del Norte, junto con la Federación Internacional y el CICR, tienen la esperanza de adoptar un enfoque regional más sistémico, favoreciendo la cooperación bilateral y regional y el intercambio de conocimientos sobre un tema que trasciende las fronteras nacionales.

Este fue uno de los objetivos que examinó una reunión regional que, el pasado mes de mayo, dio cita en Dakar (Senegal) a Sociedades Nacionales de África Occidental (Côte d’Ivoire, Gambia, Malí, Níger y Senegal), África del Norte (Libia, Marruecos y Túnez) y Europa (Bélgica, España y Francia). Las Sociedades Nacionales de la región, que ya han tenido que lidiar con la pobreza, el conflicto, la desertificación, la sequía y la enfermedad, no escatiman esfuerzos para afrontar el problema de una creciente migración, que se ha agudizado en lugares como Tin Zaouatène, donde los migrantes a menudo quedan desamparados en medio del desierto en un entorno sumamente inseguro.

“No hay indicios de que estas expulsiones en la frontera argelina vayan a cesar pronto”, asegura Mamadou Traoré de la Cruz Roja Maliense. “Por ello es indispensable hallar una solución adaptada a las necesidades particulares de los migrantes en esta zona hostil.”

Las Sociedades Nacionales, la Federación Internacional y el CIC R están prestando una serie de servicios de emergencia –desde primeros auxilios hasta servicios de restablecimiento del contacto entre familiares– pero no es suficiente. En la ciudad de Rosso (Senegal), cerca de la frontera con Mauritania, las Sociedades Nacionales senegalesa y española colaboran para brindar asistencia esencial a los migrantes expulsados desde la frontera de Mauritania. “La labor para asistirlos se realiza con carácter de urgencia porque los migrantes nunca se quedan más de cuatro a cinco horas”, señala Ibrahima Fall de la Cruz Roja Senegalesa.

Estas son sólo algunas de las respuestas. Teniendo en cuenta la falta de fondos y las diversas otras cuestiones que se deben atender, las Sociedades Nacionales de la región tienen por delante todavía un largo camino que recorrer antes de que puedan concertar un enfoque regional sostenible.

Un equilibrio delicado

Otro tema fundamental abordado en la reunión de Dakar fue el “delicado equilibro” que deben mantener las Sociedades Nacionales para cumplir de manera imparcial el cometido que les corresponde de asistir a los migrantes desamparados, independientemente de su condición jurídica, y desempeñar al mismo tiempo su función como auxiliares de los poderes públicos.

A veces los Estados solicitan asistencia durante la expulsión de migrantes, lo que plantea una disyuntiva ética y política difícil. En junio de 2010, la Federación Internacional emitió una nota en la que aconsejaba que, para evitar que las Sociedades Nacionales fueran percibidas como si apoyaran una medida coercitiva, debían, por regla general, abstenerse de prestar asistencia durante las operaciones de expulsión. En la nota se añadía que si las Sociedades Nacionales formaban parte de las políticas destinadas a promover o alentar el regreso, corrían el riesgo de perder la credibilidad y la confianza de las comunidades de migrantes y verse así imposibilitadas de asistir y proteger a las personas necesitadas. Además, en los países de regreso, la imagen [de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja] podría verse empañada.

Una Sola Sociedad Nacional europea ofrece socorro en los vuelos para las repatriaciones forzosas y otras Sociedades Nacionales la presionan para que cese esa actividad. Pero, ¿dónde deberían fijar el límite las Sociedades Nacionales? ¿Qué hay del “regreso voluntario”? Las naciones europeas han comenzado a promover esta noción, en la que los migrantes reciben asistencia y fondos si aceptan volver a su país de origen. Algunas Sociedades Nacionales europeas participan en este proceso o se ven incitadas a hacerlo.

Deberían resistirse a ello, afirma Catherine Stubbes, jefa de los servicios de búsqueda y migración de la Cruz Roja de Bélgica. “Cuando hablas con un migrante, debes mencionar de todas las opciones: regreso voluntario, asilo, situación irregular”, explica. “Deberíamos preocuparnos por fomentar la autonomía de los migrantes, y nuestro deseo es que sean ellos los que decidan, y no debemos tratar de influir en su decisión.”

“Independientemente de su condición”

En la Política mundial de migración de la Federación Internacional relativa a la migración se pide que se adopte “un enfoque imparcial e integral, que conjugue la acción inmediata en favor de los migrantes con necesidades apremiantes con la asistencia a más largo plazo y el fomento de su autosuficiencia. Por consiguiente, es importante que las Sociedades Nacionales estén autorizadas a trabajar con todos los inmigrantes y en favor de ellos, sin discriminación e independientemente de su condición jurídica.”

Es un equilibrio que tiene sus bemoles, sobre todo porque muchos países han promulgado leyes que disuaden a las organizaciones humanitarias de ayudar a los migrantes en situación irregular –incluso pidiéndoles que den cuenta de la presencia de éstos a las autoridades. A Sandoz, del CIC R, le gustaría que más países siguieran el ejemplo de Noruega, que acaba de promulgar normas por las que se permite a los trabajadores humanitarios asistir a los migrantes en situación irregular sin temor a ser perseguidos.

Con respecto a la opinión pública, a la que se suele apelar, sobre todo en un año electoral, el Dr. Steve Francis, responsable nacional de Relaciones con el Movimiento y Sensibilización para la Cruz Roja Australiana asegura: “Hace poco hicimos una encuesta que indicó que la población es mucho más comprensiva y receptiva respecto de la situación de los refugiados y los solicitantes de asilo que lo que era antes.”

Sin embargo, hay muchas ideas equivocadas sobre los migrantes, dice el médico, y “nuestra intención es sensibilizar de a poco a la población sobre la verdadera naturaleza de la migración y así combatir la discriminación y los prejuicios.”

Para colmo no existe una definición jurídica clara universalmente aceptada de lo que es un migrante. Las organizaciones humanitarias y de derechos humanos tienen la tendencia, basada en una larga tradición del derecho de los refugiados y del asilo, a categorizar a los migrantes en dos grupos principales: los que están “obligados” a emigrar a raíz de los desastres naturales, el conflicto o la persecución y los que se desplazan “por elección propia”.

Estas distinciones son cada vez más insuficientes e inadecuadas para guiar nuestra respuesta humanitaria, señala Thomas Linde, representante especial para la migración de la Federación Internacional, que promueve la adopción de un “enfoque integrador” en el que “las necesidades y vulnerabilidades de los migrantes prevalezcan sobre la categoría jurídica (o de otra índole) a la que pertenecen.”

Malcolm Lucard, redactor de Cruz Roja Media Luna Roja.

 

Los múltiples rostros
de la migración


Un hombre llora tras llegar a las Islas Canarias en España.
©REUTERS/ Borja Suárez, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 


Migrantes iraníes en un centro de detención de inmigración en la provincia de Java Oriental en marzo.
©REUTERS/Sigit Pamungkas, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 


Uno de los 65 migrantes que llegaron a la isla de Tenerife, España, en un bote pesquero.
©REUTERS/Santiago Ferrero, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 


Una trabajadora migrante mientras espera sus documentos para iniciar los trámites en Yakarta, Indonesia.
©REUTERS/ Beawiharta, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 

 

“Debido a la opinión
pública y a la crisis
financiera, los
países de destino
son muchísimo
más estrictos. Pero
ello no ha hecho
disminuir
el número de
migrantes en los
países
más ricos, sino que
los ha inducido
a correr mayores
riesgos”.

Jean-Christophe Sandoz
,
especialista del CICR en cuestiones de migración

 

 

 

 

 


Un hombre camina cerca de la frontera entre Marruecos y Argelia, no lejos de la ciudad de Oujda.
©
REUTERS/Rafael Marchante, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 

 

“Deberíamos
preocuparnos
por fomentar la
autonomía de
los migrantes,
nuestro deseo es
que sean ellos los
que decidan, y no
debemos tratar
de influir en su
decisión”.

Catherine Stubbes
,
jefa de los servicios
de búsqueda y migración
de la Cruz Roja de Bélgica

 

 

 

 

 


A unas 48 millas náuticas de las costas de Malta, 115 migrantes fueron interceptados el año pasado por las fuerzas armadas maltesas cuando su embarcación que iba a Europa desde África tuvo problemas.
©
REUTERS/Ho New, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 


Migrantes de Myanmar en un dormitorio donde se ve un retrato del rey de Tailandia, Bhumibol Adulyadej, en un asentamiento para minorías superpoblado cerca de Bangkok.
©REUTERS/Damir Sagolj, cortesía de www.alertnet.org

 



 

“Las necesidades y
vulnerabilidades
de los migrantes
prevalecen sobre la
categoría jurídica (o
de otra índole) a la
que pertenecen.”

Thomas Linde
,
representante
especial para
la migración en la
Federación Internacional

 

 


Hugo Leonel
©Catherine Godoy/CICR


José Hernández, de 24 años, en El Progreso, Guatemala. Este trabajador migrante perdió el brazo, la pierna izquierda y tres dedos de la mano izquierda en un accidente ferroviario en México en 2004 cuando se dirigía a Estados Unidos.
©REUTERS/Edgard Garrido, cortesía de www.alertnet.org

Una tragedia frecuente

Hugo Leonel tenía 15 años y ya trabajaba por su cuenta cuando decidió dejar Guatemala en busca de nuevas oportunidades en México. Para eludir un puesto de control de inmigración, Hugo y sus compañeros de viaje debían abordar un tren en movimiento, conocido como el “tren de la muerte”.

Tras caminar todo el día para encontrar el tren, los jóvenes corrieron para subirse. “Yo era el último”, cuenta Hugo. “Los otros lograron saltar al tren mucho antes y yo sólo pude asirme de la escalera y el tren me arrastró. Sólo rogué a Dios que tuviera piedad de mí si me iba a morir. Luego sentí un tirón que me arrojó al suelo.

“En el momento, no sentí nada. Quedé a la orilla de las vías; apenas alcanzaba a ver el tren. Me paré y cuando quise caminar, me caí. Allí me di cuenta de que el tren me había pasado por encima. Miré hacia abajo y vi que tenía el pie deshecho.”

Sus compañeros de viaje informaron que Hugo había sufrido un accidente cuando llegaron a la siguiente ciudad. Los oficiales de inmigración llegaron a recoger a Hugo y lo llevaron a un hospital público, donde fue atendido y llevado a un albergue. Dos años más tarde, al dejar el albergue, Hugo tenía que conseguir dos cosas: trabajo y una nueva prótesis, pues como explica Carlos Delgado, especialista del Fondo Especial del CICR para los Discapacitados, su primera prótesis le había quedado pequeña.

Desde entonces, ha trabajado en el campo, la construcción y limpiando en un cementerio local. “Sin la prótesis no puedo moverme y es muy difícil conseguir trabajo. Con la prótesis, es más fácil porque la gente me ve como una persona completa.”

La historia de Hugo Leonel ilustra un problema crónico en Guatemala, donde cerca de un millón y medio de personas vive con alguna forma de discapacidad y, como consecuencia, muchas de ellas viven en la extrema pobreza. El CICR y el Fondo Especial para los Discapacitados han desplegado actividades en el ámbito de la rehabilitación física en América Latina desde la década de 1980 y conocen muy bien el problema de los migrantes víctimas de accidentes de tren, situación cada vez más común en Nicaragua, Honduras y El Salvador.

Catherine Godoy, CICR

 

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