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Recomponer  los ánimos

 

Mientras Japón inicia el largo proceso de limpieza y reconstrucción tras el tsunami ocurrido en marzo, la población también comienza a curar las heridas internas.

Parecía que los violentos movimientos iban a durar para siempre. Los muebles se rompían contra el suelo mientras de los armarios caían objetos haciendo un ruido que se sumaba a la cacofonía reinante. “Se me hizo eterno y creí que nunca iba a parar”, dice Hitomi Asano hablando del terremoto.

Viviendo en un país tan propenso a los sismos como Japón, Asano había experimentado ya muchos terremotos, pero ninguno como el del 11 de marzo a las 2.46. Entre el ulular de las sirenas que anunciaban el tsunami, Asano, una mujer de 50 años, salió a buscar a su hija de 10 años que estaba en la escuela de Ishinomaki, a cinco minutos de la casa.

Asano afirma que, pese a las advertencias, no creyó que el mar fuera a alcanzar nunca su casa situada a más de 1 kilómetro de la costa.

“Corrimos para arriba y diez segundos después de que llegáramos al primer piso irrumpió el tsunami”, cuenta sentada en el gimnasio de la escuela de su hija, uno de los veinte centros de evacuación instalados para sobrevivientes en la región. “El agua llegó hasta el techo de la planta baja. Mi automóvil quedó destruido.”

Ishinomaki sufrió embates particularmente duros. La que fuera una ciudad costera llena de vida, con un marco de verdes montañas, ahora evoca imágenes de la Hiroshima destruida en agosto de 1945. En la prefectura de Miyagi solían vivir 160.000 personas; muchas trabajaban en la industria pesquera y en las fábricas de celulosa. Se confirmó la muerte de casi 3.000 de ellas y un número similar permanece desaparecido.

Esa primera noche glacial en el balcón del primer piso de su casa dañada fue muy solitaria para Asano y su hija. “Yo estaba escuchando la radio cuando empezaron las réplicas una tras otra”, cuenta Asano. “No había sonidos, no había luz, estaba todo oscuro. No sabía qué estaba pasando”.

De lo físico a lo psicológico

Como en la mayoría de las calamidades de esta magnitud, la respuesta humanitaria se centra inicialmente en proporcionar asistencia en el aspecto físico. La Cruz Roja Japonesa desplegó de inmediato equipos médicos para las ciudades afectadas y envió mantas y otros socorros muy necesarios.

Consciente de la importancia de la atención psicológica después de un desastre, la Cruz Roja Japonesa también organizó y envió equipos de profesionales del campo psicosocial para ayudar a los sobrevivientes traumatizados. Los primeros trabajadores llegaron al Hospital de la Cruz Roja de Ishinomaki tres días después del terremoto. A mediados de mayo, había 289 trabajadores del ámbito psicosocial ofreciendo atención y apoyo en las zonas más afectadas. (En total, alrededor de 8.000 empleados de la Cruz Roja, entre ellos médicos y enfermeros, han recibido capacitación psicosocial en Japón).

A fines de abril, Mayumi Oguri, enfermera de la Cruz Roja Japonesa, llegó al centro de evacuación donde vivía Asano con otros 300 habitantes del lugar. (En las tres primeras semanas posteriores al desastre había 1.800 personas viviendo en el mismo espacio.) Oguri es jefa de un equipo de apoyo psicosocial procedente de Nagoya compuesto por tres personas que relevó a otro grupo en esa tarea.

Sentada en el piso cubierto por la tradicional estera de paja tatami del gimnasio de la escuela, Oguri dice que su equipo evalúa el estado mental de las personas albergadas en el centro caminando y conversando, escuchando y ofreciendo oportunidades de mantener conversaciones más privadas. También observan si hay signos reveladores de estrés postraumático como insomnio, regresiones, irritabilidad y aislamiento.

Según Oguri, los niños y los ancianos son especialmente vulnerables. “En este momento estamos asistiendo a una tendencia general en algunos niños a imitar lo que pasó en el tsunami y hasta hacen cuenta de que entierran personas”, dice la enfermera de 41 años. “Forma parte del proceso de hacerse cargo de la situación y la actuación no es para preocuparse. Los padres tienen que demostrar que protegerán a sus hijos y les darán paz espiritual. Los niños deben poder llorar si quieren y no tragarse sus sentimientos”.

Debajo de la superficie…

Si bien el mundo se ha maravillado de la resiliencia y el estoicismo de los japoneses ante el desastre, pueden generarse problemas debajo del exterior aparentemente imperturbable de algunos japoneses, especialmente en los hombres, en una cultura que encomia a quien soporta el dolor sin quejarse.

“Los hombres tienden a sentirse responsables de proteger a sus familias y por eso se exigen demasiado y no tienen posibilidad de aflojar su tensión”, explica Oguri. “Nunca expresan sus sentimientos en público, así que trato de tener pequeñas charlas con ellos. Después busco un lugar privado en el que puedan hablar más y expresar sus sentimientos sin que otros los vean”.

Pero parece que la sociedad japonesa se está volviendo más consciente de los peligros que encierra reprimir las emociones. En la pared del refugio hay un cartel en el que el gobierno de la prefectura da a conocer un número telefónico al que pueden recurrir quienes tienen pesadillas, accesos de cólera o depresión. Asano, que ha sido designada encargada del refugio, dice que es consciente de la importancia de facilitar la comunicación entre los evacuados.

Explica que las “paredes” de cartón que separan los espacios personales de los evacuados en el gimnasio tienen la finalidad de permitir la intimidad y la interacción. “Entre las familias siempre hay una persona mayor sola, a la que se ponen tabiques más bajos para que puedan hablar fácilmente con las personas de ambos lados”, dice. “Con buena comunicación, sentimos menos estrés y estamos menos preocupados”.

Mientras Asano habla, un grupo de niños anuncia que es hora de llenar de agua los w.c. portátiles que están afuera. Enseguida jóvenes y viejos forman una cadena y empiezan a pasarse baldes de agua. Dicen los especialistas que estas actividades, así como la hora de las comidas y los entretenimientos organizados, ayudan a fortalecer la idea de comunidad.

La importancia de la rutina

Nana Wiedemann, psicóloga encargada del Centro de Información sobre Apoyo Psicológico de la Federación Internacional en Copenhague, Dinamarca, dice que asignar tareas a los sobrevivientes da sentido a su situación, igual que introducir algunos elementos familiares en la vida cotidiana.

“Sería esencial establecer algún tipo de rutina”, explica. “Desde luego, esta no es una situación normal, pero cosas como preparar las comidas, jugar con los niños, cuidar a los ancianos y participar en la definición de las necesidades del grupo y en la manera de satisfacerlas son importantes.”

En el centro, las personas suelen despertarse a las 5.30 de la mañana. Algunas se dirigen al trabajo por calles llenas de escombros y de automóviles y botes dados vuelta, mientras otras van a sus casas a salvar pertenencias o empezar las reparaciones.

El gobierno japonés se propone tener a todos los evacuados alojados en viviendas temporales para fines de agosto. Andrew Grimes, psicólogo clínico radicado en Tokio, asegura que esta medida será importante para mejorar la salud mental. “Los que están viviendo en centros de evacuación tienen factores de estrés suplementarios porque carecen de intimidad”, afirma. “Entonces puede ser más difícil quejarse y compartir los sentimientos y consolarse mutuamente”.

La Cruz Roja Japonesa dice que continuará sus actividades en el campo psicosocial hasta fines de junio antes de decidir si es necesario que sus equipos sigan desplegados. Oguri dice que es fundamental continuar la evolución de los evacuados aun después de que se muden a sus viviendas temporales y mantenerles una atención sanitaria y mental complementaria.

Grimes está de acuerdo: “Un aumento en el número de personas que sufren de depresión y abuso del alcohol en la zona de desastre puede ser atendido a tiempo”.

Por lo que respecta a Asano, no sabe aún si volverá a vivir en su casa porque tiene miedo de que vuelva a ocurrir un tsunami. Por ahora, sigue ocupada en ayudar a las demás personas del centro a remendar sus vidas. “Quizá trabajo duro porque no quiero recordar ese día o tener pesadillas”, comenta, antes de irse a organizar el entretenimiento de la noche.

Nick Jones
Periodista independiente en Tokio.


Kazuko Hiraushi y su marido Yoshidaka guardan un minuto de silencio en memoria de las víctimas en un centro de evacuados cerca de una zona devastada en Rikuzentakata, en el norte de Japón, en marzo.
Fotografía: ©REUTERS/Kim Kyung-Hoon, cortesía de www.alertnet.org



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“En este momento estamos asistiendo a una tendencia general en algunos niños a imitar lo que pasó en el tsunami y hasta hacen cuenta de que entierran personas”
Mayumi Oguri,
de 41 años,
enfermera de
la Cruz Roja
Japonesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo estaba escuchando la radio cuando empezaron las réplicas una tras otra. No había sonidos, no había luz, estaba todo oscuro. No sabía qué estaba pasando”.
Hitomi Asano,
de 50 años, sobreviviente del tsunami y terremoto del 11 de marzo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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