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En todo el mundo, las personas que prestan asistencia
sanitaria en las zonas de conflicto arriesgan cada vez
más su
vida y es más difícil aún la situación
de quienes necesitan esa asistencia.
En el caótico distrito agrícola de Nad Ali
situado en la provincia sureña de Helmand en Afganistán,
un hombre herido de bala es trasladado al puesto de primeros
auxilios del CICR en Marja, donde el personal sanitario lo
atiende rápidamente y decide enviarlo en taxi al hospital
Mirwais en Kandahar ubicado a varias horas de distancia.
Después de pasar por caminos plagados de dispositivos
explosivos improvisados, desactivados temporalmente por los
insurgentes a pedido del CICR, el taxi debe detenerse en
un puesto de control de policía a la entrada de la
ciudad.
Se pierde tiempo en explicaciones entre el taxista y las
fuerzas de seguridad para saber si se envía al paciente
al hospital o si se le somete a interrogatorio. Un delegado
del CICR llama por celular al puesto de control: “Comprendemos
su preocupación por la seguridad pero por favor permita
al paciente recibir atención médica. Lo podrá interrogar
más tarde”.
Se deja pasar al taxi y el paciente consigue llegar al hospital.
No todos los heridos y los enfermos corren la misma suerte.
Algunos deben languidecer de dolor durante horas en el asiento
trasero del vehículo bloqueado en un puesto de control
para que el coche sea inspeccionado. Otros deben bajar del
coche y caminar o ser llevados cuando el camino está completamente
cerrado por razones de seguridad. Una muchacha murió poco
después de llegar al hospital regional de Kunduz en
el norte de Afganistán tras haber resultado herida
en una explosión en su pueblo. Su padre caminó una
hora para llevarla ya que el camino estaba acordonado por
las fuerzas militares.
La asistencia sanitaria amenazada
Estos impedimentos para llevar a los heridos y los enfermos
a las instalaciones sanitarias es una de las facetas de un
problema mucho más grande que se plantea en situaciones
de conflicto y agitación: la falta de seguridad que
rodea la asistencia sanitaria. En todas partes del mundo
son habituales los ataques contra las estructuras sanitarias,
el personal y las ambulancias, y los obstáculos que
se interponen para prestar ayuda a los heridos.
Los hospitales en Somalia y Sri Lanka son bombardeados;
en Libia y Líbano las ambulancias son blanco de las
balas; el personal sanitario en Bahrein es sometidos a juicio
por prestar auxilio a los manifestantes, y el personal sanitario
en Afganistán recibe amenazas de ambos bandos para
que no trabajen con “el enemigo” ni le presten
tratamiento. De Colombia a Gaza, pasando por la República
Democrática del Congo y Nepal, no se respeta la condición
neutral del personal, los establecimientos y el transporte
sanitarios ni por parte de quienes los atacan ni de quienes
los utilizan para conseguir algún beneficio militar.
Por lo general, el personal de la Cruz Roja y la Media Luna
Roja es el que más sufre esta falta de respeto al
carácter sagrado de la asistencia sanitaria. Socorristas,
médicos y conductores de ambulancias están
particularmente expuestos a la violencia ya que deben intervenir
en medio de la línea de fuego para atender a los heridos
y evacuarlos a un lugar seguro.
De 2004 a 2009, cincuenta y siete voluntarios del Movimiento
resultaron muertos o heridos en cumplimiento de su deber.
En su mayoría se vieron atrapados en el fuego cruzado
pero algunos fueron el blanco de ataques deliberados. El
conductor de ambulancia de una Sociedad Nacional de Oriente
Medio recuerda un momento terrible en 2009 cuando su ambulancia
se vio amenazada directamente: “No me cupo ninguna
duda de que un misil nos estaba apuntando”, relata. “No
sé con certeza si tenía la intención
de matarnos o advertirnos que nos mantuviéramos a
distancia, pero lo cierto es que estaba apuntando en nuestra
dirección”.
Esos incidentes son frecuentes pero nadie sabe cuánto.
Un estudio llevado a cabo por el periódico médico
The Lancet en enero de 2010 mostró que ninguna organización
nacional o internacional da una información sistemática
de las violaciones que se cometen contra la condición
protegida de los trabajadores y establecimientos sanitarios
en caso de conflicto y, por lo tanto, no se llega a entender
el alcance y magnitud del problema.
El CICR, después de hacer la misma comprobación
en 2008, emprendió un estudio en 16 países,
donde está documentando los ataques perpetrados contra
los trabajadores sanitarios, los pacientes y los establecimientos
de salud. El número es impactante, pero es aún
más increíble darse cuenta de que las estadísticas
representan tan sólo la punta del iceberg: no engloban
todos los costos que supone la inseguridad ya que los trabajadores
sanitarios dejan sus puestos, se agotan los suministros en
los hospitales y se pone término a las campañas
de vacunación. El problema es mucho más grave
de lo que se podía imaginar en un comienzo.
Respetar al personal sanitario
En agosto, el CICR inicia una campaña mundial titulada “La
asistencia sanitaria en peligro” para sensibilizar
sobre esta cuestión y alentar al personal de la Cruz
Roja y de la Media Luna Roja, a otros profesionales médicos,
a las fuerzas militares, a los gobiernos y a actores no estatales
a que mejoren la seguridad en torno a la asistencia sanitaria.
Esta cuestión también será esencial
en los esfuerzos diplomáticos que se desplegarán
en la XXXI Conferencia Internacional a fin de velar por el
respeto de los Convenios de Ginebra, en los que se confiere
protección a los heridos y los enfermos en los conflictos
armados, así como al personal y las estructuras necesarias
para garantizarla.
El CICR y las Sociedades Nacionales de muchos países
hacen lo posible por encontrar la forma de llegar a las personas
heridas y prestarles asistencia en situaciones de conflicto
armado y violencia interna, y de proteger las instalaciones
sanitarias. Se han adoptado algunas medidas en el frente
jurídico: difundir el derecho internacional humanitario
a los actores estatales y no estatales e informarles cuando
ocurren violaciones. Algunas de estas medidas son de carácter
físico, como proteger los hospitales con sacos de
arena y cubrir las ventanas con una película contra
explosiones de bomba, colocar una cruz roja o una media luna
roja en el techo y paredes laterales y enseñar técnicas
de acceso más seguro a los empleados de ambulancias,
mientras otras son innovadoras y su propósito es llegar
a los que se ven privados de la asistencia sanitaria. El
servicio de taxis en el sur de Afganistán es un excelente
ejemplo a este respecto (véase la página siguiente).
Por más éxito que tengan estas medidas, es
importante recordar que muchas de ellas no serían
necesarias si los beligerantes de todos los bandos respetaran
mejor las normas por las que se rigen los conflictos armados.
Incumbe más a los actores estatales y no estatales
la responsabilidad de respetar las normas que a los profesionales
de la salud los cuales deben hacer frente a las consecuencias
de vida o muerte que conlleva la violencia sobre el terreno. |

Soldados libaneses y una ambulancia de la Cruz Roja cerca de
la frontera sirio-libanesa.
Fotografía: ©Reuters/ Omar Ibrahim, cortesía de www.alertnet.org

Un afgano lleva a su hija herida a un hospital en Herat, Afganistán.
Fotografía: ©AFP PHOTO/Arif Karimi
Conclusiones del estudio del CICR en 16 países
En un nuevo informe del CICR se indica que en una investigación que duró dos
años y medio:
• 1.834 personas resultaron muertas o heridas en instalaciones sanitarias,
de las cuales 368 eran pacientes y 159 miembros del personal de salud;
• en 116 incidentes las instalaciones sanitarias resultaron dañadas
debido a una explosión;
• en 32 ataques las ambulancias fueron dañadas;
• las fuerzas armadas y otros grupos armados son responsables indistintamente
de estos ataques;
• todos los incidentes tienen graves efectos indirectos que menoscaban la
asistencia sanitaria para las personas que la necesitan.
Para consultar el informe (en inglés): www.icrc.org
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Médicos atienden a un civil herido de bala en una pierna,
en el hospital Medina apoyado por el CICR en Mogadiscio,
Somalia.
Fotografía: ©André Liohn/CICR

Una ambulancia
cerca de la línea de combate en Misrata, Libia.
Fotografía: ©Reuters/Zohra
Bensemra, cortesía de www.alertnet.org |
La
asistencia de salud en peligro
Atención médica
en medio del caos
La tarea de prestar asistencia sanitaria en el sur de Afganistán
se vuelve cada vez más peligrosa pero el hospital
Mirwais en Kandahar constituye un verdadero oasis en plena
zona de conflicto.
Con un rugido ensordecedor, dos cazas despegan del aeropuerto
de Kandahar. Entretanto, se puede escuchar el ruido ininterrumpido
de los helicópteros militares sobrevolando la periferia
de la ciudad. En la distancia, un dirigible suspendido sobre
las áridas montañas mantiene una vigilancia
permanente. La provincia de Kandahar, como la mayoría
de las zonas en el sur de Afganistán, es una zona
de guerra.
Desde el invierno pasado las fuerzas de coalición
han recrudecido su ofensiva en los distritos y provincias
que circundan Kandahar. En medio del fraccionamiento político
engendrado por la violencia y el caos, queda un solo lugar
donde todo el mundo puede recibir asistencia. El hospital
público de Kandahar apoyado por el CICR atiende a
todos los heridos y enfermos de forma gratuita.
Ubicado en un edificio sencillo de color verde oliva construido
en 1975 en pleno centro de Kandahar, el hospital Mirwais
atiende a las personas heridas a raíz del conflicto
pero, como cualquier otro hospital que presta servicios a
una población paupérrima, Mirwais procura también
ofrecer toda una gama de servicios, desde atención
materna hasta tratamiento de enfermedades infecciosas y cirugía
de emergencia para las víctimas de accidentes de tránsito.
Es una tarea dantesca. Al servicio de una población
de aproximadamente 4 millones de personas procedentes de
cuatro vastas provincias del sur del país, Mirwais
está rodeado por los combates que exacerban las emergencias
crónicas y limitan drásticamente el acceso
de las personas a la atención médica.
A menudo la gente debe caminar horas, incluso días,
con sus hijos a cuestas para evitar así los combates
o los puestos de control, o simplemente porque no pueden
costearse el transporte. Los que tienen lesiones graves,
entre ellos los heridos de guerra, pierden muchas veces un
tiempo valioso en las numerosas barricadas erigidas por las
partes beligerantes. La tarea de los servicios normales de
ambulancia se vuelve extremadamente peligrosa y por ello
se emplea a los taxistas, que conocen la zona como la palma
de la mano, para que trasladen a los heridos de guerra al
hospital.
“Los taxistas conocen mejor que nadie la región
y los caminos accesibles y es la ventaja que tienen”,
explica Alexis Kabanga, delegado de salud del CICR. “Sus
comunidades los emplean también con ese objetivo y
nosotros les extendemos una tarjeta de identidad del CICR
para que puedan cruzar los puestos de control del ejército
o de los talibanes”.
Los niños atrapados en el fuego cruzado
Los combatientes no son los únicos pacientes directamente
afectados por el conflicto. Recientemente tres niños
heridos durante bombardeos aéreos fueron atendidos
en la unidad de cuidados intensivos. Se ha untado sus rostros
y parte de su cuerpo con una crema blanca para aliviar lo
que a todas luces son extensas quemaduras.
En la misma habitación, una niña de cinco
años lucha por respirar después de haber sido
alcanzada en pleno pecho por una metralla. Su padre, un nómada,
no esconde su rabia. “Nuestra región está plagada
de minas de fabricación casera”, cuenta. “Tenemos
mucho miedo pues estamos todo el tiempo en los pastizales
con el ganado. Ruego a Dios para que nos traiga paz y seguridad”.
Ahmad Zai vive cerca de Qalat, la capital de la provincial
de Zabul, una región muy inestable. En cuanto a la
suerte de su hija, prefiere confiar en su religión. “Estamos
felices de que nuestra hija pueda ser atendida aquí,
pero la vida y la muerte están en manos de Dios”.
En general, las condiciones de salud han empeorado debido
a la inseguridad que afecta a la región. Muchos pacientes
que acuden a Mirwais sufren los efectos indirectos del conflicto:
malnutrición, deshidratación y enfermedades
causadas por la falta de higiene. Abdel Wasi viene de Penjwai,
distrito de la provincia de Kandahar, donde los combates
siguen arreciando. Corrió graves riesgos para llevar
al hospital en Kandahar a su hijo, que padece de diarrea
aguda, y sin tratamiento habría muerto de deshidratación.
Sorteando los combates, las minas y la posibilidad de ser
secuestrado, logró llegar a Kandahar justo a tiempo.
Pero muchos no sobreviven o no pueden efectuar el difícil
viaje hasta Kandahar. “Varios niños han muerto
porque no pudimos llevarlos al hospital. Se libran combates
todos los días”, dice quejándose Wasi.
En la unidad pediátrica, muchos niños deshidratados,
víctimas a veces de virus inofensivos, han llegado
en el último minuto.
“Hacemos todo lo que está en nuestras manos
para tratar a los niños, pero desgraciadamente algunos
mueren”, señala Rachelle Cordes, enfermera pediátrica
del CICR. “Lo terrible es que a veces estos niños
mueren de enfermedades fácilmente curables en los
países en desarrollo”.
Muchas veces los padres no pueden viajar porque temen verse
atrapados en la violencia, pero hay otros factores complejos
que también entran en juego. Algunos padres carecen
de los medios suficientes para costearse el viaje hasta los
servicios de salud. Otros no saben reconocer los primeros
síntomas de una enfermedad y los hay que no saben
qué servicios hay a disposición o ignoran cuestiones
importantes relativas a la salud como la mejor manera de
destetar a los lactantes.
Además de ser uno de los países más
pobres del mundo, Afganistán tiene una de las tasas
de analfabetismo más elevadas. El Dr. Sadiq, jefe
de pediatría considera que hay un vínculo entre
inseguridad, analfabetismo y propagación de enfermedades
y malnutrición en la región. “Las mujeres
a veces no saben que después de los seis meses de
edad sus hijos deben tener una alimentación sólida”,
precisa Sadiq. “A menudo esperan que tengan un año,
lo que es demasiado tarde. Con mucha frecuencia los niños
también padecen malnutrición”.
El calor, un peligro mortal
El clima también contribuye a deteriorar las condiciones
de higiene. Desde que empezaron a registrarse temperaturas
extremas a comienzos del verano, el número de admisiones
en la unidad pediátrica no ha cesado de aumentar.
Hay ya unos 120 niños registrados y, en una sola mañana,
Sadiq ha admitido a otros 31 nuevos pacientes. El 75% de
estos niños padece de diarrea aguda.
El calor, que alcanza los 40 grados durante el día,
junto con la falta de higiene crea condiciones propicias
para la reproducción de bacterias en el agua y los
alimentos, explica Benjamin Nyakira. El farmacéutico
del CICR ha observado un aumento notable del número
de infecciones bacterianas desde el comienzo de la primavera.
Felizmente el equipamiento de diagnóstico y los servicios
del hospital Mirwais se han ido mejorando gradualmente, lo
que permite tratar muy diversos casos.
Cabe citar el laboratorio, que el CICR ha ayudado a modernizar. “Antes
podíamos detectar sólo el 10% de las enfermedades,” asegura
Mohamed Nasser, un asistente de laboratorio. “Hoy gracias
al avance informático y a la ayuda del CICR, podemos
identificar al menos el 85% de ellas y hemos aprendido a
tratarlas mejor. Es realmente muy gratificante trabajar en
estas condiciones. Hoy nos sentimos verdaderamente útiles”.
A pesar de todos los problemas, el hospital Mirwais sigue
siendo para la mayoría de la población una
isla de esperanza en un país devastado por tres décadas
de conflicto. Trabajar en un entorno así puede resultar
mentalmente agotador, pero Barbara Turnbull, enfermera pediátrica
del CICR, no se arrepiente: “Vinimos aquí por
nuestra propia voluntad y adoro mi trabajo. Desde pequeña
siempre quise ser enfermera y además de la Cruz Roja”.
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Un hombre con su hijo, quemado y herido durante un bombardeo
aéreo.
Fotografía: ©Vincent Pulin
“Nuestra región está plagada
de minas de fabricación casera. Tenemos mucho
miedo pues estamos todo el tiempo en los pastizales
con nuestras ovejas. Ruego a Dios para que nos traiga
paz y seguridad.”
Ahmad Zai, un pastor nómada que vive cerca de Qalat, en la provincia de
Zabul
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Un taxi llega con pacientes, heridos a causa de los bombardeos
en su pueblo de Zhari, al hospital Mirwais, en octubre de
2010.
Fotografía: ©Kate Holt/CICR
“Hacemos todo lo que está en
nuestras manos para tratar a los niños, pero
desgraciadamente algunos mueren. Lo terrible es que
a veces estos niños mueren de enfermedades que
pueden curarse fácilmente en los países
en desarrollo.”
Rachelle Cordes, enfermera pediátrica del CICR
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La asistencia de salud en peligro
Arriesgarlo todo para
salvar vidas en el frente
de batalla en Libia

La valentía en el frente de batalla
Durante los sangrientos disturbios civiles desatados
en Libia, médicos, enfermeros, conductores de
ambulancias, así como voluntarios y colaboradores
del Movimiento han arriesgado su vida para salvar a
los civiles y combatientes de todas las partes en el
conflicto. Aquí, un hombre herido llega al hospital
en Misrata, ciudad costera situada en el este de Trípoli
Fotografía: ©André Liohn/CICR

Un trabajo peligroso
Llevar a los heridos y trasladarlos al hospital es un
trabajo extremadamente peligroso durante los intensos
combates. Omar Alhooty, de 19 años, ofreció sus
servicios voluntarios para conducir ambulancias durante
la lucha por Misrata, puerto estratégico para
las exportaciones de petróleo.
Fotografía: ©André Liohn/CICR

Ayudar a los heridos
En el departamento de ortopedia del hospital de Aljalaa, en la ciudad oriental
de Bengasi, la enfermera del CICR, Liv Raad, comprueba las lesiones de un paciente
que recibió disparos en ambas piernas. Raad integra las varias decenas
de delegados médicos que viajaron a Libia para ayudar al personal sanitario
local a luchar para hacer frente a las abrumadoras demandas.
Fotografía: ©Gratiane de Moustier/Getty Images para el CICR

Paradero desconocido
En el este de Libia, por lo menos cinco miembros del personal sanitario han desaparecido
a mediados de mayo: una indicación del gran riesgo que corren médicos,
enfermeros y otros profesionales de la salud para tratar a los heridos.
Un ejemplo es Reda Al-Mizaygri, un neurocirujano libio-estadounidense,
que fue visto por última vez el 16 de marzo, yéndose de Ajdabiya
en dirección a Bengasi en un coche privado.
Fotografía: ©André Liohn/CICR

Muertos en cumplimiento del deber
Un conductor de ambulancia llega al lugar
donde cuatro miembros del personal sanitario (un médico,
un conductor de ambulancia y dos enfermeros) perdieron
la vida en un ataque aéreo de la OTAN en la
carretera entre Ajdabiya y Brega. Abajo, un médico
vela a sus cuatro colegas.
Fotografía: ©André Liohn/CICR

El acceso es esencial
Los médicos del principal hospital de Al Baida, ciudad costera situada
en el este de Libia evalúan la radiografía de un hombre herido
de bala durante los combates librados entre rebeldes y las fuerzas de Muammar
el Gaddafi. A lo largo del conflicto, el acceso ha sido muy difícil para
los trabajadores sanitarios. En febrero, el CICR pudo enviar equipos médicos
a Bengasi en el este de Libia, pero sólo en abril logró acceder
a las zonas de conflicto en el oeste, Trípoli y Misrata.
Fotografía: ©Gratiane de Moustier/Getty Images para el CICR

El espíritu de los voluntarios de la
Media Luna Roja
Los voluntarios de la Media Luna Roja viven y trabajan
en muchas de las comunidades convulsionadas por los enfrentamientos.
Aquí, una voluntaria de la Media Luna Roja asiste
a una conferencia sobre cirugía de guerra dictada
por el CICR en el Centro Médico de Bengasi. Además,
los voluntarios iniciaron una campaña de donación
de sangre, recopilaron y enviaron suministros médicos
a las zonas afectadas, distribuyeron la ayuda suministrada
por la Federación Internacional y diversas Sociedades
Nacionales, ofrecieron apoyo psicológico y, en
colaboración con el CICR, ayudaron a las personas
a tener noticias de sus seres queridos. “El espíritu
de equipo de los voluntarios se ha extendido por toda
Libia”, dice Muftah Etwilb, responsable de Relaciones
Internacionales de la Media Luna Roja Libia.
Fotografía: ©Gratiane de Moustier/Getty Images
para el CICR
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