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Las secuelas de la bomba atómica arrojada en Hiroshima, en agosto de 1945, es un testimonio escalofriante de las consecuencias humanitarias catastróficas de las armas nucleares. La total devastación es un recordatorio de por qué estas armas son inherentemente incompatibles con el derecho internacional humanitario, que exige que las partes contendientes protejan a los no combatientes, los trabajadores humanitarios y los heridos.
Fotografía: CICR

Prohibir las bombas

 

Sesenta años después de que dos bombas atómicas destruyeran Hiroshima y Nagasaki —y dos décadas después de terminada la guerra fría— quizás ha llegado el momento de reimpulsar el movimiento hacia la eliminación de las armas nucleares.

El sol de agosto caía a plomo mientras el aire quieto y pegajoso se llenaba con el canto ensordecedor de las cigarras. Eran apenas pasadas las ocho de la mañana y ya el día estaba terriblemente caluroso. En el patio de la escuela primaria de Koi, en el oeste de Hiroshima, el director decidió dar unos minutos de recreo a los sudorosos escolares.

Un grupo de niños estaba sentado a la sombra de ginkgos y cerezos en flor y de repente uno de ellos señaló hacia arriba un punto de plata en el cielo despejado y azul. “Un B-29”, gritó. Reiko Yamada, sentada con sus amigos en el borde de un cajón de arena para juegos, levantó la vista y escudriñó la extensión azul para ver el avión estadounidense.

“Al principio pensé que el avión se había ido, pero comenzó a dar vueltas y recuerdo que hasta pensé lo bella que se veía su estela de vapor”, relató. “Pero súbitamente hubo un destello blanco enceguecedor y al instante todo el mundo empezó a correr hacia el refugio antiaéreo de la escuela. Sentí la arena caliente en la espalda mientras corría y la explosión me tiró al suelo antes de llegar al refugio.

Luchando bajo las ramas de un árbol arrancado de raíz, Yamada de 11 años de edad, logró liberarse y descendió corriendo las escaleras del búnker atestado de gente. A pesar de que durante los momentos de desorientación no se dio cuenta, Estados Unidos acababa de largar la primera bomba atómica del mundo a 2,5 kilómetros al este, menos de un mes después de probar con éxito un dispositivo similar en el desierto de Nuevo México. Era el 6 de agosto 1945.

El Enola Gay dejó caer su carga mortal, que contenía 60 kilos (132 libras) de uranio-235, a las 8.15 de la mañana. A 580 metros (1.900 pies) sobre el centro de la ciudad que estaba repleto de personas que se dirigían al trabajo o a la escuela un lunes por la mañana, ‘Little Boy’ detonó.

Efectos destructivos
Un fulgoroso destello más brillante que el sol encegueció temporalmente a todos los que miraban en dirección de la explosión mientras una bola de fuego de calor, de miles de grados centígrados, instantáneamente vaporizó o carbonizó a casi todos los que se encontraban cerca del hipocentro. Al mismo tiempo, fueron liberados rayos de calor intenso y radiación y la explosión provocó una onda de choque de gran alcance que destruyó edificios que se encontraban a hasta 4 kilómetros (2,5 millas) de distancia. Una columna de humo blanco, que fue aumentando hasta alcanzar los 17.000 metros (55.770 pies), formó una nube gigante en forma de hongo sobre una ciudad en ruinas. Un manto asfixiante de humo y polvo convirtió el día en noche.

Yamada se dirigía hacia las colinas que rodean Hiroshima cuando empezaron a caer gotas negras y aceitosas de lluvia radiactiva. “Estábamos temblando y nos castañeteaban los dientes del frío que hacía”, recuerda la anciana de 77 años. “No sabíamos si estábamos temblando por el frío o por el miedo”.

Hasta 80.000 personas murieron en el acto por la explosión. Otras 70.000 sufrieron graves quemaduras y otras lesiones. Pero debido a la devastación sufrida en gran parte de la zona de Hiroshima, había pocas instalaciones y personal médicos para hacer frente a la catástrofe. Reinaba el caos.

De hecho, incluso antes de que Marcel Junod del CICR se convirtiera en el primer experto médico occidental en pisar Hiroshima tras el bombardeo, el CICR se había preguntado en una circular, de fecha 5 de septiembre de 1945, dirigida a las Sociedades Nacionales, si las armas atómicas eran lícitas: “Se ve sobre todo que, a causa de los progresos de la aviación y de los efectos cada vez más grandes de los bombardeos, las discriminaciones hechas hasta entonces respecto a categorías de personas que deberían gozar de una protección especial -principalmente la población civil respecto a las fuerzas armadas- se vuelven prácticamente inaplicables”.

No cabía duda de que los acontecimientos de agosto de 1945, así como numerosos otros incidentes ocurridos durante los seis años de la Segunda Guerra Mundial, habían dado paso a una nueva era de la guerra que tendría consecuencias graves para los Convenios de Ginebra y sus Protocolos, los tratados que establecieron las normas humanitarias de la guerra. Dado que el CICR centraba su acción en el humanitarismo, la organización estaba resuelta a garantizar la protección de la población civil durante los conflictos a través del derecho internacional.

Mientras que la XVII Conferencia Internacional de la Cruz Roja, reunida en Estocolmo en 1948, adoptó una postura incuestionable en contra de las armas nucleares, el mensaje central de la Conferencia Diplomática del año siguiente fue un tanto ambiguo. Aunque la Conferencia afirmó el principio de la inmunidad de los civiles en tiempo de guerra que se establece en el IV Convenio de Ginebra, la delegación de la Unión Soviética consideró que con eso no bastaba y pidió que se prohibiera el uso de las armas atómicas. La propuesta fue rechazada.

Apenas dos semanas después de la Conferencia, los soviéticos realizaron con éxito su primer ensayo nuclear. Una carrera armamentista moderna y letal había comenzado. Los años siguientes de la guerra fría se caracterizaron por cientos de ensayos nucleares (que también tuvieron graves consecuencias humanitarias), la fabricación de armas cada vez más poderosas y una expansión del llamado “club nuclear”.


“Hubo un destello
blanco enceguecedor
y al instante todo el
mundo empezó a correr
hacia el refugio antiaéreo
de la escuela. Sentí la
arena caliente en
la espalda mientras
corría y la explosión me
tiró al suelo antes de
llegar al refugio”.

Reiko Yamada
,
sobreviviente
de 77 años
de Hiroshima

Contrario a las normas
En los años siguientes a la caída del muro de Berlín — cuando la arriesgada política de la guerra fría tocaba a su fin — la comunidad internacional dio un giro y decidió contener la proliferación de armas nucleares. Las grandes potencias comenzaron a reducir sus arsenales mediante la adopción de los tratados sobre la reducción y la limitación de las armas estratégicas ofensivas (START I y START II).

A pesar de que diversos acuerdos, como el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares y numerosos tratados sobre la prohibición de los ensayos nucleares y el control de armas, han intentado reducir los arsenales, impedir la extensión del empleo de las armas y detener los ensayos nucleares, ninguno de estos pactos ha restringido el uso real de las armas nucleares.

Aunque las superpotencias nucleares han reducido significativamente sus arsenales —de alrededor de 60.000 ojivas a cerca de 22.000 hoy en día— el número de países del club nuclear ha aumentado. El poder destructivo de cualquiera de esas armas es muchas veces mayor que el de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

La comunidad internacional ha tratado de frenar esta proliferación mediante la aplicación de sanciones y una intensa presión diplomática. Pero en los últimos años, muchos integrantes de la élite diplomática y militar del mundo han sugerido que estos esfuerzos diplomáticos serían más eficaces si los países con armas nucleares tomaran medidas aún más audaces en favor del desarme final, un objetivo importante del tratado de no proliferación.

«Se ha comprendido que la única manera de detener esta tendencia a la proliferación es tener un proceso creíble que conduzca a la eliminación y prohibición de las armas nucleares», señala Peter Herby, jefe de la Unidad Armas del CICR.

“La atroz aniquilación de
miles de seres humanos
en condiciones de horribles sufrimientos es lo que nos
espera a todos si esta arma
llegara a utilizarse en un
conflicto futuro”.

Marcel Junod

Un héroe de Hiroshima

Mientras las carreteras se llenaban de figuras ennegrecidas que salían de la ciudad destruida, a cientos de kilómetros de distancia en Manchuria, una región controlada por Japón, un médico suizo de 41 años, visitaba a los prisioneros de guerra aliados. Marcel Junod (recuadro) se dirigía a Tokio para asumir su nuevo cargo como jefe de la delegación del CICR. Al llegar a la capital japonesa el 9 de agosto, no era consciente de lo que había sucedido en Hiroshima tres días antes y esa mañana en Nagasaki.

A finales del mes, un delegado del CICR, Fritz Bilfinger, se las arregló para llegar a Hiroshima. El telegrama que envió explicando la magnitud de la “atroz” devastación y los efectos “misteriosamente graves” indujo a Junod a ponerse en contacto con las fuerzas de ocupación aliadas y solicitar alimentos y suministros médicos para las víctimas de Hiroshima.

El 8 de septiembre, acompañando a un equipo especializado integrado por diez médicos estadounidenses y dos japoneses, junto con 12 toneladas de socorros, Junod emprendió viaje hacia el oeste de Japón. En un artículo titulado “El desastre de Hiroshima”, describió lo que vio cuando el avión pasó sobre el puerto de la ciudad: “El centro de la ciudad era como una mancha blanca, lisa
como la palma de una mano. No quedaba nada”.

Fue el primer médico extranjero que visitó la que fuera bulliciosa capital de la prefectura.
Junod, a quien Yamada denomina el “salvador de Hiroshima”, recorrió el paisaje apocalíptico.
“En medio de un amasijo indescriptible de tejas rotas, chapas herrumbrosas, chasis de máquinas,
coches quemados, tranvías descarrilados y líneas férreas torcidas, unos cuantos árboles apuntan con sus troncos quemados y desollados al cielo”, escribió. “A la orilla del río, los barcos estaban destripados. Aquí y allá, uno que otro edificio de piedra seguía en pie, rompiendo la monotonía”.

Uno de esos edificios  era el hospital de la Cruz Roja, situado a 1,5 kilómetros  (0,9 millas) del hipocentro. Seriamente dañado y desprovisto de gran parte del equipo, el hospital se vio inundado por 1.000 pacientes el día de la explosión; 600 murieron casi inmediatamente. Junod presenció muchas más escenas similares de desesperanza en otras partes.

Después de observar tanta destrucción y tanto sufrimiento  indiscriminados, a Junod no le cupo la menor duda de que había que prohibir las armas nucleares del mismo modo en que se había prohibido los gases tóxicos después de la Primera Guerra Mundial mediante el Protocolo de Ginebra de 1925.

“La atroz aniquilación de miles de seres humanos en condiciones de horribles sufrimientos es lo que nos espera a todos si esta arma llegara a utilizarse en un conflicto futuro.”

Varios ex líderes militares y hombres de Estado —miembros de la élite diplomática que en algunos casos eran acérrimos defensores de las armas nucleares durante su carrera—han hecho recientemente firmes declaraciones llamando a la reducción y la eliminación de los arsenales.

Estos llamamientos no se basan solamente en consideraciones de índole humanitaria. Dado que es muy oneroso mantener armas nucleares, muchos dirigentes políticos y militares cuestionan el valor de armas que no se pueden utilizar efectivamente —por razones políticas y morales— y con pocas probabilidades de que se elijan en la guerra asimétrica moderna.

“Consecuencias catastróficas”
Al mismo tiempo, gracias a los persistentes esfuerzos de sensibilización del CICR y de otros actores, se reconocen cada vez más los efectos de las armas nucleares. Uno de los momentos cruciales fue en mayo de 2010 cuando la Conferencia de Examen de los Estados Partes en el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares redactaron una resolución en la que la Conferencia “expresa (...) su profunda preocupación por las consecuencias humanitarias catastróficas de cualquier uso de las armas nucleares y reafirma la necesidad de que todos los Estados Partes actúen en arreglo al (...) derecho internacional humanitario”.

Estas palabras, aunque pueden parecer poco enérgicas frente al poder destructivo de las armas nucleares, tienen un gran significado porque por primera vez en la historia de este Tratado, los Estados signatarios han hecho un reconocimiento oficial del costo humano de las armas nucleares. “Hoy todos los Estados Partes en el Tratado han reconocido estas consecuencias humanitarias catastróficas y, al hacerlo, se asume una responsabilidad de actuar”, añade Herby.

Aunque la declaración de la Conferencia no dice claramente que las armas nucleares violan el derecho internacional humanitario (DIH), precisa Herby, “en cambio sí plantea la gran pregunta sobre la licitud de las armas nucleares, puesto que el DIH está específicamente destinado a prevenir las consecuencias humanitarias catastróficas que produce la guerra”.

Es un paso importante, ya que aún no hay un consenso jurídico definitivo que declare las armas nucleares incompatibles con el DIH. Aunque la Corte Internacional de Justicia en 1996  llegó a la conclusión de que el empleo de las armas nucleares “sería generalmente contrario a las normas del derecho internacional” el tribunal no estaba seguro de si su uso en casos extremos de legítima defensa sería ilícito o no.

Diplomacia nuclear
La declaración de los Estados Partes en el Tratado sobre la no proliferación no fue por casualidad. Al igual que gran parte del lenguaje contenido en los acuerdos internacionales, estas dos frases fueron el resultado de intensos esfuerzos diplomáticos desplegados por diversas partes, de forma independiente, para desarrollar un consenso entre los Estados Partes en el Tratado.

En los días, semanas y meses previos a la Conferencia de Examen de mayo de 2010 de revisión del Tratado, la delegación suiza en la conferencia elaboró y defendió ese lenguaje, mientras la consejera federal suiza, Micheline Calmy-Rey, pronunció un discurso en el que señalaba que las armas nucleares eran esencialmente ilegales en virtud del derecho internacional.

El discurso que Jakob Kellenberger, presidente del CICR,  dirigió al cuerpo diplomático de Ginebra apenas unas semanas antes de la Conferencia del Tratado de no proliferación se sumó al impulso renovado. Exactamente un año después de que Barack Obama, presidente de Estados Unidos, expusiera su visión de un mundo sin armas nucleares en un discurso pronunciado en Praga que marcó un hito, Kellenberger instó a todos los países a que se aseguraran de que los horrores de Hiroshima y Nagasaki nunca más se repitieran.

“El CICR hace hoy un llamamiento a todos los Estados y a quienes están en condiciones de ejercer influencia sobre ellos para que aprovechen de manera decidida y urgente las inigualables oportunidades de poner fin a la era de las armas nucleares”, declaró.

El presidente de la Federación Internacional, Tadateru Konoe, también ha denunciado en discursos similares que las armas nucleares son un “arma contra la humanidad”. A principios de este año, conversó de este tema (y de la respuesta del Movimiento a las emergencias nucleares, como Fukushima) en una reunión con el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, que también apoya el llamamiento en favor de un mundo libre de armas nucleares.

Un momento histórico
Aunque poco se ha informado de estos avances, está claro que esta cuestión ha cobrado impulso. “Estamos en un momento histórico, e incluso algunos dicen que es el último, para abordar decididamente este problema antes de que el genio salga completamente de la botella, antes de que más Estados y, potencialmente, grupos armados no estatales, dispongan de armas nucleares”, dice Herby.

La ironía es que la conciencia pública y la preocupación por las armas nucleares están en un punto bajo y se han desvanecido considerablemente desde la época de la guerra fría. “No hay en este momento un clamor público para que se eliminen las armas nucleares”, dice Herby. “La gente piensa que el problema se resolvió al terminarse la guerra fría, pero no es así. Sin embargo, ante la apatía pública, algo muy positivo está ocurriendo”.

La forma de aprovechar el momento, dice Herby, es ayudar a “configurar el entorno para disuadir a los Estados de que utilicen o adquieran armas nucleares, y prohibir su uso y eliminar las reservas existentes mediante nuevos acuerdos internacionales”.

Las Sociedades Nacionales pueden ayudar favoreciendo el diálogo y concientizando sobre las catastróficas consecuencias humanitarias de las armas nucleares y persuadiendo a sus gobiernos para que aborden la cuestión de las armas nucleares mediante la prevención y la eliminación.

Para algunas Sociedades Nacionales esto resultará más fácil que para otras. En algunos países, la cuestión nuclear está profundamente ligada a la identidad nacional y la política. Pero los que apoyan esta posición dicen que hay consenso en que las Sociedades Nacionales pueden desempeñar un papel centrándose únicamente en las consecuencias humanitarias de las armas y en los efectos que suponen para el DIH.

“Tenemos que difundir más ampliamente esta cuestión”, señala Herby. “Durante décadas, la tarea de sensibilización ha estado en manos de expertos en armas nucleares, grupos de reflexión asociados y ONG de la sociedad civil, la mayoría de los cuales carece de una amplia base de apoyo”.

“Intervención humana”
Ahora bien, las Sociedades Nacionales disponen de una amplia base. Un consorcio de Sociedades Nacionales (Australia, Japón y Noruega) ha emprendido una campaña internacional sobre el tema. La Cruz Roja Australiana está trabajando con jóvenes celebridades locales y los medios digitales, como por ejemplo un sitio web que demuestra los efectos de una explosión nuclear en una ciudad australiana calculando el número de amigos de Facebook que un usuario podría perder.

Preben Marcussen, asesor en política de la Cruz Roja Noruega, dice que la Cruz Roja y la Media Luna Roja, como organización humanitaria creíble, tienen la posibilidad de revitalizar una campaña internacional que alcanzó su punto máximo en la década de 1980. Y añade que “si la Cruz Roja y la Media Luna Roja se expresaran con más fuerza, se asegurarían de que la cuestión de las armas nucleares pasara a ser un tema humanitario urgente en el debate mundial y lograrían la presión política que el mundo necesita”.

El Consejo de Delegados, que se celebrará en el mes de noviembre, brindará también otra oportunidad para ejercer esa presión. De hecho, se prevé que apruebe una resolución que se presentará a la Conferencia Internacional.

La resolución es el resultado de las consultas mantenidas entre el CICR, las Sociedades Nacionales y la Federación Internacional en mayo de 2011 en Oslo (Noruega), en las que se presentaron los elementos de una posible resolución a 21 Sociedades Nacionales. Tras la reunión, organizada por las Sociedades Nacionales de Australia, Japón y Noruega, se celebraron consultas que sirvieron de base para el proyecto de resolución.

El proyecto que se presentará al Consejo de Delegados hace un llamamiento a los Estados para que “se aseguren de que nunca vuelvan a emplearse armas nucleares” y “prosigan de buena fe y lleven a su conclusión de forma urgente y con determinación las negociaciones sobre la prohibición del uso y la eliminación completa de las armas nucleares mediante un acuerdo internacional jurídicamente vinculante, basado en los compromisos y obligaciones internacionales existentes”.

También hace un llamamiento a todos los componentes del Movimiento para que “teniendo presente su compromiso común con la diplomacia humanitaria” participen “en las actividades de sensibilización destinadas al público general, a los científicos, a los profesionales de la salud y a los encargados de tomar decisiones, sobre las consecuencias humanitarias catastróficas que traería consigo cualquier uso de las armas nucleares” y participen, en la medida de lo posible, en un diálogo con los gobiernos y otros actores pertinentes sobre las repercusiones que ello supone para el DIH.

Se espera que la resolución siente las bases para proseguir el debate con los gobiernos y lograr compromisos de parte de éstos para seguir avanzando —quizás la adopción de un nuevo tratado sobre la prohibición y la eliminación de las armas nucleares.

 Esta meta puede parecer lejana. Sin embargo, los importantes logros obtenidos en relación con la prohibición de las municiones en racimo y las minas antipersonal muestran que la diplomacia y las campañas públicas pueden aportar cambios decisivos.

Yamada, la sobreviviente de Hiroshima que sigue haciendo campaña para la abolición de las armas nucleares con su grupo de sobrevivientes en Tokio, dice que tiene fe en la diplomacia. “Mientras las conversaciones vayan avanzando progresivamente, estoy segura de que algo se obtendrá... aunque tal vez yo ya no esté viva”, dice.

Nick Jones
Escritor y redactor independiente en Tokio, Japón.

 


El hospital de la Cruz Roja en Hiroshima no fue destruido por la bomba atómica pero resultó muy dañado. Fotografía: ©Cruz Roja Japonesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“[...] prosigan de buena
fe y lleven a su conclusión
de forma urgente y con determinación las
negociaciones sobre
la prohibición del uso y
la eliminación completa
de las armas nucleares
mediante un acuerdo
internacional jurídicamente vinculante, basado en los compromisos y obligaciones internacionales existentes”.

Extracto del proyecto
de resolución sobre
la eliminación de
las armas nucleares,
que se presentará al
Consejo de Delegados

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Conocido como el Domo de la Bomba Atómica, este edificio se salvó del bombardeo de Hiroshima a pesar de que estaba muy cerca de la explosión. Fotografía: Nick Jones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Estamos en un
momento histórico,
e incluso algunos
dicen que es el
último, para resolver decididamente
este problema”.

Peter Herby, jefe
de la Unidad Armas, CICR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Una parte del hospital fue preservada para recordar los efectos de la bomba y el papel que desempeñó el hospital en la tarea de salvar vidas. Fotografía: ©Nick Jones

 

 

 

 

 

Fotografía: ©Nick JonesEl hospital de la esperanza sigue atendiendo
a los sobrevivientes de Hiroshima

Hiroo Dohy (abajo) muestra un grupo de rocas ennegrecidas en un armario de madera y explica que esa masa fosilizada fueron alguna vez tejas. “Esto estaba a 350 metros [1.000 pies] del hipocentro y se fundió en una sola pieza”, explica.

En las vitrinas que cubren las paredes de la habitación sórdida en que consiste el museo del hospital de la Cruz Roja de Hiroshima se exhiben órganos humanos. En los frascos se ven trozos de huesos de fémur, médulas saturadas de leucemia, junto con hígados, pulmones y cerebros enfermos.

Todos ellos pertenecían a hombres y mujeres que, en la mañana del 6 de agosto de 1945, se encontraban en el centro de Hiroshima, yendo al trabajo, paseando, charlando con amigos. Cuando explotó la primera bomba atómica sobre la ciudad, recibieron altas dosis de radiación y la mayoría sufrió lesiones atroces debido a la bola de fuego y la onda expansiva.

Esas personas murieron de leucemia y diversos tipos de cáncer, lo que se explica de manera sucinta en inglés y japonés en las tarjetas colocadas junto a los frascos. “Autopsia Nº 84, 54 años, sexo masculino. Expuesto (1,0 kilometro). Leucemia mieloide aguda. Criptococosis. Fecha de la autopsia: 1 de febrero de 1959 “, reza una de ellas. Al lado hay una sección de un pulmón gris infectado.

La sala es hoy un crudo recordatorio de ese caluroso día de verano y de los efectos duraderos del arma que cayó de un cielo totalmente despejado.

A diferencia de la mayoría de los edificios situados cerca del hipocentro, el hospital de la Cruz Roja se mantuvo casi intacto. A pesar de que la onda de choque quebró los vidrios y destruyó gran parte del interior, la instalación logró salvarse gracias a su sólido diseño.

Naturalmente, cientos de víctimas con quemaduras y heridas horribles inundaron el hospital aquel fatídico día, muchos de los cuales murieron poco después. Marcel Junod, jefe de la delegación del CICR en Japón, llegó al hospital el 9 de septiembre. “Todo el equipo de laboratorio había quedado destruido y parte del techo se había derrumbado”, escribió en su diario.

Aunque el antiguo edificio se ha ido desmontando desde entonces (una parte del mismo está situado a la entrada del nuevo hospital), el hospital de la Cruz Roja y de los sobrevivientes de la bomba atómica se mantiene en el mismo lugar. En la entrada del hospital se puede ver un relieve de Junod, mientras que se erigió otro monumento en memoria del médico suizo en el Parque de la Paz.

“A mi entender, el hospital de los sobrevivientes de la bomba atómica es un símbolo y un apoyo psicológico para los sobrevivientes”, explica Dohy, el actual presidente de la institución, que nació en las afueras de Hiroshima, menos de un mes antes de que se arrojara la bomba atómica. “El tratamiento de la leucemia y el cáncer es el mismo que en otros hospitales, pero algunos sobrevivientes prefieren venir aquí”.

 El hospital atiende a más de 100 sobrevivientes (los hibakusha como se les conoce en japonés) como pacientes hospitalizados y alrededor del mismo número de pacientes ambulatorios por día. Desde luego, muchos de los miembros del personal del hospital son expertos en temas de salud relacionados con la exposición a la radiación y el hospital ha formado a numerosos médicos del extranjero.

Tras el accidente nuclear de Chernobyl en 1986, varios miembros del personal médico fueron enviados a Rusia, Belarús y Ucrania para prestar apoyo. Y sólo este año, 15 consejeros del hospital viajaron a la prefectura de Fukushima para ayudar al personal de la Cruz Roja tras el devastador terremoto y el tsunami que paralizaron una central nuclear allí.

Aunque definitivamente vinculado a la bomba atómica, el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima sigue utilizando ese legado para ayudar a los sobrevivientes y los que son víctimas de la energía potencialmente mortal que arrasó la ciudad una mañana de 1945.
Nick Jones

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