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Un equipo del CICR navega por el río Caguán
en Colombia para llevar asistencia médica a una zona
afectada por el conflicto.
En un pequ eño pu eblo ubicado en las márgenes
del río Caguán, los lugareños esperan
en fila
afuera de una construcción abandonada. Se trata
de un antiguo centro médico en ruinas, uno de los
muchos
que existen tanto río arriba como río abajo.
Se
ha improvisado en este centro un dispensario,
donde un equipo médico del CIC R trabaja en condiciones
muy precarias con una humedad ambiente del
100%. Al término de una jornada de 14 horas de trabajo,
el médico, Francisco Ortiz, ha atendido a casi 100
pacientes. Al día siguiente, que comenzará a
las cinco
de la mañana, él y sus colegas se trasladarán
al pueblo
siguiente, donde muchos más pacientes los estarán
aguardando.
Para entender lo que está haciendo un equipo médico
del CIC R en la cuenca del Amazonas, trabajando
en condiciones que muchos de los profesionales de la
salud del mundo desarrollado calificarían de imposibles,
es necesario navegar nuevamente río arriba hasta
donde comienza el viaje del equipo, el pueblito de
Cartagena del Chaira. Es donde termina la atención
de
salud a lo largo del río.
Cartagena tiene un hospital pero es de dimensiones
reducidas y está mal equipado. Los médicos
y el personal
enfermero trabajan largas horas y en condiciones
difíciles y aunque saben que las comunidades residentes
río abajo necesitan con urgencia asistencia de salud
han estado muy poco dispuestos a trasladarse a esas
zonas aisladas.
“Teme venir aquí”
Las razones están vinculadas con el persistente conflicto
armado que ha afectado a Colombia, décadas
de lucha en la que han intervenido grupos armados,
carteles de la droga y el ejército colombiano. Los
trabajadores
de la salud han enfrentado en los últimos años
cada vez más inconvenientes al realizar su trabajo
en el
terreno y esta es la mayor de una serie de debilidades
que afectan al sistema de salud de Colombia, especialmente
en las zonas rurales más alejadas.
“Estamos en una zona de conflicto”, explica el
delegado
del CIC R, Abdi Ismail, “y esto ha influido en la
presencia del gobierno, por lo tanto no hay asistencia
de salud”.
En cambio Ortiz sí va río abajo, aunque su
presencia
es posible únicamente, según cree, porque trabaja
para el CIC R. “El personal colombiano de salud pública
teme venir aquí”, dice, “y el ejército
a menudo no confía
en los equipos médicos, porque piensan que recaban
información para el enemigo”.
El CIC R empezó a realizar misiones médicas
en la región
porque no se prestaba ninguna atención médica
nacional o local a lo largo del río Cagúan.
Recientemente
se nombró a un médico para que trabajara a
lo
largo del río, que tiene 200 kilómetros de
largo, desde
un puesto de salud en Remolino. Tras largas y complicadas
negociaciones con todos los diferentes grupos
armados presentes en la zona, el equipo del CICR se
las arregla para desplazarse río abajo cada dos meses
para atender diferentes zonas de sus riberas. Con todo, estas
visitas tienen un valor enorme para los lugareños.
Aunque
el equipo del CIC R ha visitado regularmente
esta zona en los útimos años, no hay que dar
por sentado
el acceso a la misma. Como en todos los conflictos
armados, es importante mantener un diálogo fluido
con todos los actores armados y aun así puede suceder
que se restrinja el acceso en algunas zonas durante
ciertos períodos.
Pocas semanas antes de empezar la misión, se comunica
a los habitantes los días en que la misión
médica
estará de visita y, cuando los barcos del CIC R salen
río
abajo, la gente los va a esperar en las orillas. Algunos
tienen necesidades inmediatas: una mujer embarazada
con preclampsia o un muchacho de 17 años que
se hizo dos enormes cortes en el pie (que requieren doce puntos
de sutura) con un viejo tarro de aceite. En
la desgracia, la suerte que tiene el muchacho es que el
accidente sucedió el día de la visita del equipo
del CIC R.
Lo que está claro a medida que el equipo
médico
comienza a tratar a los pacientes es que a pesar de que
los más jóvenes y los más viejos son
especialmente
vulnerables, todos los residentes a lo largo de este río
viven con el temor de enfermarse o tener un accidente.
“No puedo hacer nada”
Cabe citar el ejemplo de Sandra y Ovidio. Esta joven
pareja ha caminado durante más de una hora a través
de la selva, con un bebé de siete meses en brazos,
pero
dejaron a sus otros dos niños en casa.
Me preocupa
todo el tiempo el hecho de que los
niños puedan enfermarse”, dice Sandra. “En
el pueblo
no tenemos absolutamente nada, ni dispensario, ni
médico, ni enfermera”.
“El Gobierno no
se preocupa por nosotros”, agrega
Ovidio. “Si tuviera un accidente, no podría
hacer nada,
lo único sería pedir protección a Dios”.
Su bebé sufre de diarrea y tos, afecciones menores
en teoría, pero el doctor Francisco Ortiz sabe que
podrían
ser fatales sin el adecuado tratamiento.
“Una enfermedad
que en un medio urbano se
controla fácilmente podría ser fatal en el
río Caguán.
Me preocupa mucho la situación de estas personas”,
afirma. “¡Es tan difícil para ellos ver
a un medico!..., Solo
lo ven cuando nosotros los visitamos y muchos de ellos
tienen enfermedades que pueden prevenirse o que
podríamos tratar si los examinamos a tiempo”.
Otro
ejemplo es Mercedes, madre de cuatro niños.
La última vez que el equipo de la Cruz Roja estuvo
de
visita la sometió a un control de rutina de cáncer
de
cuello de útero y dio positivo. El CIC R le da dinero
para
que realice el largo viaje río arriba y pueda recibir
el tratamiento
hospitalario que necesita con urgencia, pero
quizás ya sea tarde.
“La gente me dice aquí que
es como si no tuviera
derecho a enfermarse”, comenta. “No se considera
una
opción. Y sin embargo, las personas han decidido continuar
viviendo aquí, te siguen sonriendo y ofreciendo
una taza de té cuando las visitas”.
Imogen Foulkes Corresponsal de
la BBC en Ginebra, Suiza. |
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