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En Filipinas, el CICR tiene por objetivo mejorar las condiciones
de detención a través de la reforma del sistema
judicial, la mejora de la atención de salud y el restablecimiento
del contacto entre familiares, servicio a cargo de la Cruz
Roja de Filipinas.
En un deteriorado edificio del siglo XIX, construido originalmente
por los gobernantes coloniales españoles en el corazón
de la capital filipina, Manila, cerca de 4.000 reclusos varones
se amontonan en un espacio diseñado para 1.800 personas.
Enclavada entre los centros comerciales y una estación
de metro, la prisión de “Old Bilibid”, que
significa simplemente “antigua cárcel”,
es el principal centro de detención de Manila.
En uno
de los 14 dormitorios, cuyas paredes de concreto están
cubiertas por un techo de chapa corrugada, la coordinadora
adjunta de protección, Kirsty Macdonald, hace una visita
a Ruben*, un detenido de seguridad (designación dada
a las personas imputadas por delitos relacionados con los conflictos
internos del país), que lleva en la cárcel más
de cuatro años y que sigue en espera de un juicio.
En
los dormitorios se han improvisado unos compartimentos construidos
con madera contrachapada y cartón. El hacinamiento es
tal que solo algunos presos tienen acceso a ellos, por lo general
los que tienen cierto poder o dinero.
Ruben durmió en
el suelo de uno de los pasillos durante dos años y solo
recientemente logró ahorrar suficiente dinero para comprar
su propio compartimento, donde apenas le cabe el colchón.
“Lo
peor”, explica Macdonald, “es que la cárcel
está construida en una zona baja, así que cada
vez que llueve, se inundan los dormitorios”. Los reclusos
que gozan de cierto poder o tienen dinero consiguen compartimentos
en el piso superior, pero otros, como Ruben, no tienen otra
opción que estar en la planta baja y a menudo les toca
lidiar contra el agua que empapa colchones y ropa.
La visita
a Ruben es un ejemplo de las actividades habituales que lleva
a cabo el CICR en favor de los detenidos en todo el mundo.
Los delegados le hacen preguntas sobre sus condiciones de vida,
los contactos que tiene con su familia y el progreso de su
proceso ante los tribunales, tema respecto del cual Ruben se
siente cada vez más frustrado.
Llamado a la acción
Sin embargo, las actividades de
Macdonald no concluyen con la visita a Ruben, pues en los últimos
años el CICR ha ampliado su campo de acción y
emprendido una ambiciosa y amplia iniciativa titulada “Llamado
a la acción”. La idea es sencilla: mejorar las
condiciones de vida en las cárceles filipinas y ayudar
a agilizar los procedimientos judiciales para que los detenidos
no tengan que esperar años antes de que se pronuncie
un fallo.
Pero es una tarea compleja y desalentadora. Hoy Macdonald
también se reunirá con el director de la cárcel,
Ruel Rivera, para hablar sobre la instalación de un
sistema de drenaje que permita reducir las inundaciones y abordar
luego un tema mucho más delicado: el tiempo durante
el cual los reclusos permanecen en “Old Bilibid”.
Las estadísticas son asombrosas. De 3.986 detenidos,
solo 210 han sido procesados y condenados. Los otros siguen
esperando la vista o la conclusión de su causa. Un hombre
lleva allí 17 años y aún no ha recibido
la sentencia. Por lo general, los tiempos de espera pueden
variar de cinco a diez años.
Los retrasos son una fuente
de frustración no sólo para los internos, sino
también para el director Rivera, que debe manejar una
cárcel superpoblada, simplemente porque el sistema judicial
es lento e intrincado.
Las causas pasan de mano en mano: policía,
fiscales, tribunales y vuelta a empezar. Algunos funcionarios
a veces hasta desconocen el tiempo que la persona lleva detenida
y todos se sienten abrumados por la desmedida acumulación
de causas. Por ello, el CICR, junto con funcionarios penitenciarios
y jueces, también está trabajando en un grupo
destinado a identificar a los detenidos con más años
de cárcel y tratar de que sus procesos no se demoren tanto. “A
veces”, dice Macdonald, “lo que falta es solo un
documento que debe llevarse al tribunal competente”.
Un día en el tribunal
Ese día, el objetivo de
Macdonald es ayudar a encontrar algunas soluciones en este
complejo sistema jurídico nacional. Después de
la visita a la cárcel, se dirige a la oficina de la
jueza Marlo Magdoza-Malagar, que se encarga de coordinar los
tribunales metropolitanos de Manila y quizás tenga la
posibilidad de acelerar algunos de los procesos más
lentos.
Apenas entró en la oficina de la jueza situada
en la alcaldía de Manila, a la delegada le quedaron
claras las dificultades que enfrenta la jueza. En la sala contigua
a su oficina, varios empleados auxiliares están sentados
en unos escritorios estrechos detrás de una gran cantidad
de papeles apilados. Un par de computadoras anticuadas no parecen
adecuarse al trabajo con tal cantidad de expedientes.
En la
oficina misma de la jueza Malagar, el panorama es similar.
Es un espacio pequeño sin ventanas, donde no hay un
centímetro cuadrado que no tenga expedientes. Sin embargo,
la jueza se siente optimista. Después de ponerse en
contacto con varios tribunales de Manila, sobre todo para agilizar
los procesos más lentos, señala que varios de
ellos le respondieron el mismo día; ella cree que es
un excelente progreso.
“Debemos cooperar si no no avanzamos”,
dice Malagar, una acérrima defensora del llamado a la
acción. “Estamos hablando de una reforma total
del sistema [judicial], así que la tarea es enorme”.
“Mi marido se está poniendo viejo”
En otra
zona de Manila, en la sede de la Cruz Roja de Filipinas, los
familiares de los detenidos buscan apoyo emocional y económico
tras años de espera.
Aquí las madres pueden hablar
con los consejeros sobre las dificultades de arreglárselas
solas y pueden recibir apoyo económico para pagar los
viajes a menudo largos hasta las cárceles donde sus
esposos, hijos o hermanas se encuentran detenidos.
Entre los
que se reunieron en el edificio de la Cruz Roja figura Ami*,
una mujer con siete hijos, cuyo marido lleva 12 años
detenido. El hijo menor de Ami nació cuando su padre
estaba encarcelado y todos sus hijos, dice, “siempre
me preguntan cuándo lo van a liberar”.
Con la
ayuda de la Cruz Roja de Filipinas y el apoyo del CICR, Ami
se las arregla para visitar a su marido cuatro veces al año;
un largo viaje que le lleva un día entero.
La mujer
llora mientras pregunta si hay algo nuevo sobre su caso. Ella,
como tantos otros familiares de detenidos, ha recibido escasa
información de las autoridades y, a pesar de que ha
oído que el juicio de su marido ha finalizado, ni ella
ni su marido han sabido nada acerca de un veredicto o una fecha
de liberación.
“Nos contamos anécdotas”,
dice de sus visitas a su esposo, “y yo le doy noticias
de los niños”.
“Pero”, continúa
con cansancio, “mi marido se está poniendo viejo”.
Imogen Foulkes
Corresponsal de las Naciones Unidas para
la BBC en Ginebra, Suiza.
*Nombre ficticio.
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En la sección de los hombres de
la vieja cárcel de Manila, cerca de 4.000 presos viven
en un espacio destinado a 1.800 personas.
Fotografía:
©L. Piojo/CICR
“Debemos cooperar si
no no avanzamos. Estamos hablando de una reforma
total del sistema [judicial],
así que la tarea
es enorme”.
Marlo Magdoza- Malagar,
jueza del Tribunal Metropolitano de Manila. |
Una misión que va evolucionando
Este método holístico para propiciar
condiciones carcelarias más humanas para todos
los detenidos es tan solo un ejemplo de cómo
ha ido evolucionando el enfoque del CICR a lo largo
de las décadas.
La Institución comenzó las visitas a
detenidos e internados civiles hace casi 100 años
y su derecho de visitar a los detenidos durante los
conflictos armados fue reconocido oficialmente en los
Convenios de Ginebra de 1949.
Tras los conflictos de poder acaecidos durante la
Guerra Fría, la índole de la guerra cambió,
lo que trajo consigo un aumento cada vez mayor de los
conflictos internos o no internacionales, y los delegados
del CICR tuvieron que visitar cada vez con más
frecuencia a personas detenidas por razones de seguridad
que compartían el mismo espacio que los presos
acusados de delitos de derecho común.
En Filipinas, por ejemplo, donde el CICR comenzó a
trabajar hace más de 50 años, su principal
cometido era visitar a los detenidos acusados de participar
en los conflictos internos que se han librado en el
país. Medio siglo después, esta labor
sigue siendo uno de los mayores esfuerzos que despliega
el CICR en el país, donde visita a unas 700
personas detenidas por razones de seguridad y presta
apoyo a sus familias.
Debido a que estos detenidos por razones de seguridad
se encuentran en las cárceles civiles, donde
un cálculo moderado sitúa a la población
carcelaria total en 130.000 presos, resultó rápidamente
evidente que el CICR tenía que ocuparse también
de la población carcelaria en general.
“Íbamos a visitar a cinco o seis detenidos
de seguridad en una cárcel con una población
de 4.000 reclusos”, explica el coordinador de
protección del CICR, Sébastien Bourgoin “y
nos dimos cuenta de las condiciones espantosas que
tenía que soportar todo el mundo, sin importar
los motivos de su detención”. |
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