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Tormentas olvidadas

 

En Galveston (Texas), se registró el desastre natural más mortífero de Estados Unidos: el huracán de 1900, que se cobró la vida de más de 6.000 personas. Hoy, esta ciudad, construida en una isla, sigue siendo propensa a los embates de los huracanes. Tras  Katrina e Ike, ¿se ha pasado por alto la recuperación tan necesaria de la ciudad?

EL 12 de septiembre de 2008, exactamente 108 años y cinco días después de la “Gran Tormenta” de 1900, la isla de Galveston, situada frente a las costas de Texas, cerca de Houston, recibió el embate frontal de Ike. La tormenta de categoría 2 y 966 kilómetros de ancho cruzó el Golfo de México con una trayectoria similar a la de su histórica predecesora. Ike dejó el 75% de los edificios y las calles de la isla tapados por varios metros de agua salada marrón, y sin servicios de ningún tipo. La situación era tétrica. La ciudad-puerto más antigua de Texas estaba devastada física y psicológicamente, y su actividad económica se interrumpió repentinamente.

Durante unos días, al menos en Houston y los alrededores, se mostraban día y noche en las noticias imágenes de la isla inundada, sus casas en llamas, las estructuras de madera de la costa formando pilas en las calles. Unos 40.000 evacuados miraban desde sus cuartos de hotel, refugios y casas de familiares en el continente buscando destellos de vida, y esperaban que les dijeran cuándo podrían volver a sus casas para empezar los trabajos de mitigación.

Cerca de allí, la península de Bolívar, donde viven unas 30.000 personas en temporada alta, había quedado prácticamente sin edificios ni árboles, sus puentes destruidos y el ferry que la une con Galveston fuera de servicio.  Las pequeñas poblaciones del interior situadas a lo largo de los canales y ríos que desaguan en la Bahía de Galveston también sufrieron inundaciones y pérdidas masivas de viviendas.

Durante unos días Estados Unidos estuvo pendiente del desastre producido por Ike y recordando la devastadora llegada de Katrina a Nueva Orleans y la costa del Golfo de Mississippi apenas tres años antes. El presidente George W. Bush y los ex presidentes George H. W. Bush y Bill Clinton visitaron la isla para hacer un reconocimiento de los daños junto con un tropel de ávidos fotógrafos. Pero el 15 de septiembre, la atención de los medios se volcó hacia un desastre de índole totalmente distinta, cuando el banco Lehman Brothers quebró dejando al sistema bancario y de inversión de Estados Unidos en cuidados intensivos y a la economía en un prolongado estado de emergencia.

Galveston pasó a ser noticia vieja y se la dejó recuperándose fuera de la vista y del pensamiento de la gran mayoría de los estadounidenses. Estaban en juego miles de millones de dólares en daños, la falta de seguridad con respecto a la supervivencia de los principales empleadores de la ciudad y un debate interno que subsiste sobre el tipo de ciudad en que se convertiría Galveston una vez que las aguas se retiraran y empezara la recuperación. El histórico puerto marítimo, con sus ricos tesoros arquitectónicos y su escuela de investigación y formación en medicina de nivel mundial, tiene fama de tenaz supervivencia frente a la adversidad y ahora está encarando su reconstrucción y la definición de sí mismo por segunda vez en poco más de un siglo.

La Cruz Roja local entra en acción
Entre los edificios que quedaron bajo las aguas  estaba la sede de la filial de la Cruz Roja en el condado de Galveston. El personal de la Cruz Roja Americana que se encontraba en el local se apresuró a apilar cosas en los muebles más altos, pensando que se juntarían unos pocos centímetros de agua, circunstancia nada extraordinaria en esta isla de costa baja, y se fue a Houston a esperar que pasara la tormenta.

Antes de irse, ayudó en las tareas de evacuación, indicando a los habitantes de la isla los autobuses que debían tomar para ir a los refugios de San Antonio y Houston. Cuando regresó al local, todo estaba tapado por más de un metro de agua, incluso una carta de la fundadora de la Cruz Roja Americana, Clara Barton, que se había guardado con mucho cuidado. El calor del final del verano y la humedad de los edificios cerrados produjo un moho que destruyó todo lo que contenían muchas plantas bajas de Galveston, entre ellas la de la Cruz Roja.

Sin dejarse intimidar, Mari Berend, directora ejecutiva de la Cruz Roja del condado de Galveston, que había asumido su cargo apenas seis semanas antes, se puso a trabajar con un personal integrado por cuatro personas, un puñado de voluntarios locales y una cuadrilla de cientos de voluntarios procedentes de las regiones vecinas y de todo el país. Distribuyeron alimentos y agua y comenzaron la tediosa tarea de revisar toda la isla buscando calle por calle sobrevivientes y evaluando los daños.

“[La Cruz Roja] tenía acuerdos de alojamiento con 12 edificios de la ciudad”, dijo Berend. “Al día siguiente de la tormenta no había uno en condiciones de ser utilizado”. Unos 15.000 habitantes de la isla no habían hecho caso de las órdenes de evacuación dadas por Lyda Ann Thomas, la alcaldesa de ese momento, o no habían podido irse por falta de transporte. Se necesitaban refugios con urgencia.

Berend y el personal se albergaron en el edificio de una vieja escuela y en colaboración con el grupo de trabajo de Texas (compuesto de voluntarios del Ejército de Salvación, la Cruz Roja y el grupo masculino de la Iglesia Bautista del Sur) repartieron alimentos a los isleños desamparados mediante 400 unidades móviles que recorrieron toda la localidad.

En el jardín de una escuela del centro de Galveston,  se instaló una carpa, organizada por las autoridades de la ciudad, la filial de la Cruz Roja del condado de Galveston y la Cruz Roja Americana, que sirvió de alojamiento temporal para más de 800 personas.

“Remitimos a la población a los servicios correspondientes y seguimos proporcionando alimentos y alojamiento”, dijo Berend, hasta que una declaración federal de emergencia trajo a la Agencia Federal de Gestión de Emergencias de Estados Unidos, para que se hiciera cargo del socorro y condujera la recuperación de la localidad. Ahora, Berend está empeñada en rehacer su cuerpo de voluntarios que, según afirma, pasó de tener 447 voluntarios certificados y entrenados a 39 después de Ike, disminución que se atribuye a la rápida despoblación de la isla después de la tormenta.

Una página del pasado
La Cruz Roja Americana cobró mucha importancia en la historia de Galveston gracias a la gran labor de socorro que realizó después de la tormenta de 1900, cuando Clara Barton, con 78 años de edad, viajó de Washington D.C. a Galveston para encabezar la distribución de socorros. Barton tomó como centro de operaciones un almacén de cuatro pisos que aún existe y quedó impresionada por lo que encontró en la isla arrasada: más de 6.000 personas muertas, carradas de cadáveres que se enterraban en el mar inútilmente porque la marea los devolvía a tierra, incontables huérfanos y personas sin hogar, y zonas residenciales reducidas a escombros. Hasta el día de hoy la Gran Tormenta es el desastre natural más mortífero de la historia de Estados Unidos.

Barton escribió: “El mar, pasada la furia, se había retirado lentamente. Los edificios más sólidos se mantenían erguidos a medias sin techos y tambaleantes testimoniando lo que había sido una vez el carácter de una ciudad floreciente”.

Con la ayuda de Barton, se logró que generosos filántropos de todo el país aportaran grandes donaciones  de dinero en efectivo y de suministros. Las lugareñas, inspiradas por Barton, participaron en la determinación de cuestiones relativas a políticas públicas y a la salud pública. La isla había perdido 12.000 habitantes (el 32% de su población), pero la ciudad reparó rápidamente su puerto de aguas profundas y emprendió uno de los mejores proyectos de construcción del país. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos levantó todos los edificios que sobrevivieron en la isla, rellenó el terreno para darle más altura y construyó un rompeolas de hormigón de 27 kilómetros para proteger la isla de futuras tormentas. La recuperación de una ciudad destruida casi por completo fue un milagro.

Exigiendo futuro
Cuarenta meses después del huracán Ike, la isla de Galveston se ha recuperado por así decirlo, pero tiene todavía mucho camino por delante. Ya desaparecieron las montañas de escombros de las calles de la ciudad. Los propietarios de viviendas que tenían seguro las han reconstruido y los comercios han reabierto sus puertas. Las suaves brisas marinas siguen soplando en la isla, torciendo el vuelo de las gaviotas y los pelícanos, y las viejas mansiones del extremo oriental de la isla, muchas de las cuales sobrevivieron a la tormenta de 1900, se mantienen en pie como testigos de los cambios caprichosos del tiempo y la fuerza brutal de la naturaleza.

La Facultad de Medicina de la Universidad de Texas resultó muy dañada y estuvo a punto de que la cerraran porque más de la mitad de su personal se había marchado. Pero pudo ser rescatada tras una lucha política entre el consejo directivo de la Universidad y un político de la isla, el representante Craig Eiland, que devolvió a la institución toda la financiación estatal y garantizó su permanencia en la isla por el futuro previsible.

Pero a los habitantes de menos ingresos no les ha ido tan bien. Cuando Ike destruyó los cuatro proyectos de viviendas públicas, la ciudad tomó la decisión de demolerlas en vez de reconstruirlas. Miles de trabajadores y personas de edad que habían tenido que abandonar sus casas, afroamericanos en su mayoría, no tuvieron a donde volver. Y aunque la ciudad recibió financiación más que suficiente de las arcas federales para reponer las viviendas de acuerdo con las directrices de la ley de 1968 relativa a la vivienda justa, la autoridad de vivienda de Galveston y el ayuntamiento no llegaron a ninguna decisión acerca de cómo, dónde y cuándo reconstruir. Joe Jaworski, alcalde de Galveston, admitió que predomina un sentimiento de frustración sobre este asunto. Pero también señaló que muchos otros aspectos entran en juego, entre ellos el derecho de cada habitante a recibir ayuda pública y el clima político.

Sin embargo, lo importante del debate es saber cómo se definirá la ciudad en el futuro: ¿como una localidad dependiente del turismo, con un gran número de trabajadores que viajen al continente donde se pueden pagar una casa o como la ciudad de clase trabajadora que ha sido durante mucho tiempo, que depende de los muelles, el puerto y el centro médico y de sus trabajadores para sostener la economía local?

Por toda la isla hay barrios que aún tienen casas podridas que han sido abandonadas y la ciudad carece de personal que haga la denuncia y las demuela. Pero la principal preocupación de Jaworski es la disminución demográfica registrada después del huracán, que sitúa el número de habitantes de Galveston por debajo de los 50.000, con el riesgo de quedar descalificada como pequeño distrito urbano sujeto a financiación federal en materia de transporte y educación.

“Hay un sentimiento de pérdida en la comunidad”, admitió, “un temor de que no nos repondremos. Pero prefiero verlo de otra manera. Hemos tocado fondo y tenemos que hacer cambios”.

Trevor Riggen, director principal de los servicios de respuesta en casos de desastre de la Cruz Roja Americana, pasó tres semanas en Galveston en 2008 después del huracán y ayudó a coordinar la respuesta de emergencia. Dice que Galveston es representativa de una cantidad de localidades de Estados Unidos que sufren pérdidas demográficas y de muchas otras índoles después de un desastre.

“La pregunta es: ahora que han visto los efectos de un desastre natural como el huracán Ike, ¿cómo se organizan para enfrentarlos en el futuro?”, dice Riggen.

La Cruz Roja Americana recomienda asociarse con empresas, iglesias, escuelas y centros comunales a nivel local con la finalidad de enseñar a la población a ser resilientes.

Para eso ha ideado un nuevo servicio (Ready Rating) que ayuda a empresas y organizaciones a medir su nivel de preparación en casos de desastre.

Un criterio, por ejemplo, es hacerse la siguiente pregunta: si su empresa u organización tiene una sede central y queda destruida ¿cómo realizará sus actividades y llegará al público? No es una pregunta hipotética sino una verificación basada en la experiencia de localidades como Galveston.

Para Riggen, ayudar a las empresas y las organizaciones locales a subsistir es clave para ayudar a la población a recuperarse. “Hemos visto qué importancia tienen estos centros de gravedad, estos centros de capital social en una comunidad como Galveston. Son los recursos en que se confía. Nuestra tarea es ayudarlos a crear instrumentos para responder o recuperarse”.

Combatir la pobreza y el deterioro también exige tiempo y voluntad. Jaworski menciona la complacencia que había en Galveston antes de Ike, por la que se dejaba a los pobres vivir en guetos. Ahora, el alcalde  está liderando un movimiento para que se construyan barrios en los que se mezcle la población de diversos niveles de ingresos y las viviendas de la gente de ingresos bajos se diseminen por toda la ciudad.

“Digo: basémonos en las virtudes de este lugar, hagámoslo tan asequible y hermoso que la gente lo vea y se pregunte: ‘¿por qué no estoy viviendo allí?’”

Kathryn Eastburn
Escritora residente en Colorado, Estados Unidos.


Un habitante de Galvestone mira lo que quedó de la casa rodante donde vivía antes del huracán Ike en septiembre de 2008.
Fotografía: ©REUTERS/Carlos Barria, cortesía de www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En este mapa se muestra la trayectoria del huracán Ike y de muchas tormentas que han azotado a los países del Caribe y la costa del Golfo de los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

“[La Cruz Roja] tenía acuerdos de alojamiento con 12 edificios de la ciudad. Al día siguiente de la tormenta no había uno en condiciones de ser utilizado”.
Mari Berend
,
directora ejecutiva de la filial del condado de Galveston de la Cruz Roja Americana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Esta foto fue tomada tras la gran tormenta de 1900, que destruyó gran parte de Galveston (Texas) y se cobró la vida de aproximadamente 6.000 personas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“El mar, pasada
la furia, se había retirado lentamente. Los edificios más sólidos se mantenían erguidos a medias sin techos y tambaleantes testimoniando lo que había sido una vez el carácter de una ciudad floreciente”.

Clara Barton,
fundadora de la
Cruz Roja Americana

 

 

 

 

 

 

 


Clara Barton, undadora de la Cruz Roja Americana

 

 

 

 

 

 

 

“La pregunta es: ahora que han
visto los efectos
de un desastre natural como el huracán Ike, ¿cómo se organizan para enfrentarlos en
el futuro?”

Trevor Riggen, director principal
de los servicios
de respuesta en
casos de desastre
de la Cruz
Roja Americana

 

 

 

 

 

 


Voluntarias de la Cruz Roja ayudan a una anciana a instalarse en un refugio en Galvestone en 2008.
Fotografía: ©William Pitts/Cruz Roja Americana

 

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