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Huéspedes inesperados

 

Temiendo regresar a sus hogares, los desplazados del norte de Malí han encontrado apoyo entre las comunidades del sur. Pero a las familias de acogida no les alcanza lo poco que tienen y a menudo su situación es tan precaria como la de las personas a las que reciben.

A los desplazados que se han instalado en Mopti, región situada en el centro de Malí, tras huir de la violencia desatada en el norte del país, los une una historia común a pesar de tener cada uno sus propias vivencias: dejaron sus hogares y tierras a las que estaban profundamente arraigados, prácticamente con lo puesto. Si bien algunos se alojan en campamentos, la mayoría de ellos ha preferido quedarse con familias de acogida en diversos municipios y localidades.

La tristeza es palpable por todas partes. Las personas, traumatizadas por lo que han vivido y visto y completamente desarraigadas, no saben cuándo volverán a sus hogares o si alguna vez podrán hacerlo.

Boubacar Traoré, técnico calificado, fue uno de los primeros en establecerse en Mopti. A los 57 años, se vio obligado a salir de Hombori, su ciudad natal, para evitar que los grupos armados lo reclutaran a la fuerza. Ahora vive en un campamento de desplazados en Sévaré, en el barrio de Wailirde, que significa “vertedero”.

Tras haber huido con su esposa y sus diez hijos, Traoré llegó a Mopti exhausto y sin un céntimo vintén. Después de unos días de deambular, él y su familia se instalaron en el campamento hace aproximadamente un año. Sin posibilidades de ejercer su oficio de mecánico, hoy sigue sin trabajo. “No hago nada aquí. Incluso si quisiera ponerme a trabajar de nuevo como mecánico , sería complicado porque nadie me conoce”, insiste. “Dependemos únicamente de la ayuda. No es suficiente, pero es mejor que nada”.

No hay suficiente comida

Por más difícil que sea la situación de Traoré es mucho mejor que la de los que viven con familias de acogida, muchas de las cuales siguen recuperándose de los efectos de la crisis alimentaria que afectó al país en 2012. Las familias de acogida no dan abasto y no pueden hacer frente a las necesidades de sus huéspedes inesperados.

En su casa de Medina Coura, Malick Maiga ha hospedado a más de 70 personas. Para este camionero, que debe mantener a una familia con 13 hijos, alimentar tantas bocas no es cosa fácil. Pero no puede darles la espalda. “Estos parientes han llegado aquí sin un peso, no los puedo echar a la calle”, dice Maiga. “El principal problema es la comida. No hay suficiente”.

Según el gobierno, el hambre ha alcanzado niveles de crisis en la región norte de Kidal y es un problema crítico en las regiones de Tombuctú y Gao.

La Cruz Roja Maliense se ha encargado de suministrar a las familias de acogida alimentos y tiendas de campaña. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la Sociedad Nacional y otros actores humanitarios, las necesidades de las poblaciones afectadas por la crisis son enormes. Miles de personas siguen desplazadas y viven en condiciones muy precarias, sin agua, alimentos ni letrinas.

La seguridad sigue tambaleando debido a las operaciones militares y los incidentes causados por minas. Es difícil operar en un contexto como este, por lo que muchas organizaciones humanitarias han limitado sus intervenciones. La Cruz Roja Maliense, por medio de su red de voluntarios en todo el país, es una de las pocas organizaciones que continúa prestando asistencia vital a las personas necesitadas.

A finales de abril de 2013, había más de 300.000 desplazados, de los cuales el 50 por ciento buscaba refugio en los países vecinos. Sigue siendo una prioridad el acceso a los servicios básicos, tales como alimentos, agua potable, vivienda, atención de salud y educación.

“Conseguir comida para mis huéspedes inesperados es una lucha cotidiana. Si se enferman me toca pagar la consulta y los medicamentos, dice Sidiki Samaké, que hospeda a más de 40 desplazados en una casa que alquiló en Mopti, a pesar de ser él mismo desplazado.

“Queremos volver y vivir en paz. Mira en qué condiciones estamos aquí”, dice. Al igual que Samaké, miles de personas del norte quieren regresar. Pero como es difícil predecir con certeza el futuro es prematuro decir cuándo ocurrirá eso.

“Tenemos casas de barro, y durante la última temporada de lluvias todo se derrumbó. Cuando no estás en tu casa, incluso tu vecino se puede llevar una puerta y un trozo de madera para construir o reparar su casa. Hoy cuando volví a mi casa, no pude dormir porque se habían llevado todo”, añade Samaké.
 
Se están elaborando planes para garantizar que la ayuda esté disponible cuando las personas regresen al norte. La Cruz Roja Maliense hizo una evaluación de las necesidades, y conforme a los resultados, la gente necesita de todo: alojamiento, agua, alimentos, atención médica y apoyo para restablecer sus medios de subsistencia.

“Uno de los nuevos aspectos prioritarios de nuestra labor será establecer un programa de asistencia y apoyo a los retornados en el norte”, dice Mamadou Traoré, secretario general de la Cruz Roja Maliense. “Para lograr esto, sin embargo, vamos a necesitar el apoyo de todos. Las necesidades son demasiado grandes para que lo hagamos solos”.

Moustapha Diallo
Responsable de información de la Federación Internacional


Malick Maïga
Fotografía: ©Moustapha Diallo/Macina Film/IFRC


 

 

 

 

“Esta gente
llegó
aquí sin
un peso, no
los puedo
echar a
la calle”.

Malick Maïga,
camionero en
Mopti (Malí), ha
hospedado a más
de 70 personas
pero al mismo
tiempo hace todo
lo posible por
mantener a
su mujer y sus
13 hijos.

 

 

 

 

 



Refugiados procedentes de la ciudad maliense de Hombori posando en su alojamiento privado de Bamako, capital de Malí, en septiembre de 2012. Según Naciones Unidas, más de 450.000 personas huyeron de su hogar y muchos de ellos se alojaron temporalmente en viviendas particulares en el sur del país.
Fotografía: ©Simon Akam/REUTERS


 

 

 

 

 



Un representante de la Federación Internacional conversando con mujeres desplazadas en Mopti.
Fotografía: ©Moustapha Diallo/Macina Film /Federación Internacional

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