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Avanzar sin olvidar

“Es muy difícil seguir adelante, pero tengo que intentarlo”, dice Beate Mukanguranga, que a los 45 años continúa luchando para sanar las heridas causadas por el genocidio que devastó Ruanda en 1994. Mukanguranga sobrevivió a las matanzas que se prolongaron durante casi 100 días, pero al igual que muchas mujeres ruandesas, sufrió múltiples agresiones sexuales. El enorme y contradictorio desafío de seguir adelante sin olvidar lo que pasó hace dos décadas lo comparte con muchos de sus conciudadanos. “Tenemos que vivir juntos y perdonarnos para que podamos construir la nación”, dice Ildephonse Karengera, director de la Comisión Nacional de Lucha contra el Genocidio. El país ha progresado considerablemente desde 1994, pero la crisis está lejos de haber sido resuelta. “El reto humanitario más importante ahora no es étnico, sino económico”, añade Eric Ndibwami, de 46 años, voluntario de la Cruz Roja desde 1991, refiriéndose a la gran pobreza del país. Mientras Ruanda conmemora el 20 aniversario del genocidio que comenzó el 7 de abril de 1994, Cruz Roja Media Luna Roja preguntó a los ciudadanos y a los voluntarios locales de la Cruz Roja cuáles eran sus dificultades, sus esperanzas y sus aspiraciones. Texto de Anita Vizsy. Fotografías de Juozas Cernius.


Todos sufrieron por igual

Jean-Pierre Mugabo, 25, perdió a su madre durante los actos de violencia de 1994, mientras que su padre murió en prisión después de haberse visto implicado en las atrocidades. Hoy, Jean-Pierre se gana la vida trabajando a tiempo parcial para la Cruz Roja Ruandesa en un programa para ayudar a los huérfanos y a los niños vulnerables afectados por el genocidio. Actualmente el país atraviesa un período de estabilidad y confía en que las cosas van a mejorar. “Cuando el país está en paz, la gente también está en paz y puede servir como se debe a su país”, dice.


Fotografía: ©Juozas Cernius



Fotografía: ©Juozas Cernius

Alzar la voz por un futuro mejor

Durante los meses de violencia de 1994, miles de mujeres fueron violadas. Vestine Mukasekuru, de 35 años, fue una de ellas. La violaron varias veces, desde los 15 años, y ahora es madre de 4 hijos, dos de los cuales nacieron a consecuencia de las violaciones. El padre de su primera hija fue quien mató a toda su familia. “Yo lo conocía, era mi vecino. Cada vez que le daba la gana me iba a buscar”. (El segundo hijo nació después de ser violada por un soldado del gobierno). Hoy pertenece a una organización que ayuda a las víctimas de violación y a los hijos nacidos de ésta a sobreponerse al trauma. Gracias al asesoramiento de esta organización, es capaz de hablar de lo que vivió. “Le sucedió a la mayoría de nosotras, pero son pocas las que pueden hablar de sus vivencias”. A pesar de todas sus dificultades, incluso un tipo de discriminación inicial por parte de su propia comunidad porque tenía una hija del “enemigo”, Vestine es positiva : “Puedo vislumbrar un futuro mejor. Todo será posible gracias a la reconciliación”.


Pedir perdón

Innocent Habyarimana, de 55 años, es padre de 3 hijos y disfruta de la tranquila vida del campo. Durante el genocidio, participó en la violencia contra la población tutsi. Condenado por asesinato múltiple, pasó 9 años en la cárcel. Hoy, los remordimientos no lo dejan en paz y pidió perdón a los miembros de su comunidad. “Me sano a mí mismo haciendo amigos y ayudando a la gente a la que hice daño una vez”, dice Habyarimana y agrega que nunca volverá a pensar que las personas son fundamentalmente diferentes a causa de su origen étnico. “Somos todos iguales, nadie podrá convencerme ahora de lo contrario”.


Fotografía: ©Juozas Cernius



Fotografía: ©Juozas Cernius

Con cicatrices pero no destruida

Cuando se está con Jacqueline Gatari Uwamariya, de 27 años, cuesta imaginar que esta chispeante mujer vestida de colores, conocida por todos como “Shoushou”, haya sobrevivido a horrores inimaginables cuando era apenas una joven. Su familia fue asesinada y su casa reducida a cenizas cuando tenía solo 7 años de edad. Hoy mantiene una postura indestructible y demuestra que lo que pasó hace 20 años no la quebró. La Cruz Roja Ruandesa le proporcionó vivienda y la posibilidad de trabajar en una cooperativa ganadera generadora de ingresos. “La Cruz Roja me dio las bases para la vida y quería retribuirle”, dice. “Así que me ofrecí como voluntaria”. Luego entró a trabajar en la Cruz Roja y ahora vive en una casa nueva que construyó con sus propios ingresos.


Una nueva familia

“Nadie puede ayudarte sino tú mismo”, afirma Félix Uzabintywari, estudiante universitario de 25 años, que perdió a su familia durante el genocidio. Aunque la Cruz Roja Ruandesa le ayudó a comenzar de nuevo, pagando las cuotas escolares y facilitándole un hogar y algo de ganado, sabe que tiene que volar con sus propias alas. “La Cruz Roja es mi familia. Me han dado una oportunidad en la vida.” Ahora le toca a él estudiar mucho y aprovechar al máximo esa oportunidad. La tarea para los ruandeses de todas las etnias –añade– es aprender a ver la humanidad que hay en cada persona. “Si todos tenemos la misma sangre, ¿cómo podríamos ser diferentes?”


Fotografía: ©Juozas Cernius



Fotografía: ©Juozas Cernius

Seguir adelante

‘No puedo concentrarme en el dolor, porque me moriría mañana mismo”, dice sonriente Esperance Mukandemezo, de 62 años. “Debo ser feliz y vivir”. Voluntaria de la Cruz Roja desde 2006, el genocidio la dejó con la profunda necesidad de ayudar a los demás. Aun así –dice– perdonar totalmente es una opción que parece imposible. Mukandemezo vio cómo mataron a su marido, su madre y sus hermanas, y a muchas otras personas. “Es difícil convivir con gente que sabes que hizo algo malo” –dice- y agrega que la reconciliación es primordial. “Somos todos ruandeses, debemos vivir juntos... Los ruandeses están enfermos: tanto los perpetradores como los sobrevivientes. Todos sienten dolor: algunos por la pérdida y otros por arrepentimiento. Tenemos que encontrar el medicamento para sanar la enfermedad y el único remedio es la reconciliación”.

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