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La cara de la humanidad

 

Hay miles de voluntarios que tienen el valor y la compasión para afrontar a uno de los mayores asesinos del mundo. Pero, ¿será suficiente para detener el ébola?

Osman Sesay no sabe cómo se contagió. Este hombre de 37 años tampoco recuerda su llegada al centro de urgencias de la Federación Internacional en Kenema (Sierra Leona), después de viajar durante cinco horas desde su casa en Freetown. Lo que sí recuerda es que se le acercaron unos miembros de la Cruz Roja, todos vestidos con indumentarias más bien imponentes. “Tenía miedo”, recuerda Sesay, el segundo paciente con ébola confirmado que llegó al centro. “Me trataron bien.”


Nuevos integrantes de los equipos de la Cruz Roja de Liberia encargados de sepultar en forma digna y segura a las víctimas del ébola siguen una formación en Monrovia, capital de Liberia. Dado el aumento del número de muertos por el brote, la Sociedad Nacional incrementó el número de estos equipos en Liberia.
Fotografía: ©Victor Lacken/Federación Internacional

Cuando llegó, Sesay estaba aletargado y tenía la mirada vidriosa típica de una persona infectada con la enfermedad mortal, que para entonces ya se había cobrado la vida de casi 2.800 personas en los tres países golpeados por el primer brote: Guinea, Liberia y Sierra Leona (el número total de muertos a la hora de ir a la imprenta este artículo superaba los 5.100, entre ellos las 8 personas fallecidas en Nigeria).

En el transcurso de dos semanas, Sesay vio que a 11 enfermos como él se los llevaron para ser enterrados. Mientras tanto, él seguía reponiendo fuerzas. “Me hablaron y me dieron medicamentos y alimentos”, relata Sesay, que se gana la vida vendiendo chatarra. “Ellos me cuidaron y me ayudaron a mejorar.”

A finales de septiembre, después de dos análisis de sangre negativos, Sesay se convirtió en la primera persona del centro de la Federación Internacional en haber sobrevivido al ébola. “No sé por qué me salvé cuando otros no lo hicieron —dice—. Pero me siento muy feliz de volver a casa.”

Ese mismo día, una niña de 11 años llamada Kadiatu, también ella uno de los primeros pacientes en llegar al centro de tratamiento de Kenema, fue dada de alta. Como estuvo en la zona de alto riesgo, Kadiatu pasó por la necesaria “ducha feliz”: un baño de cloro seguido de una ducha con jabón, para eliminar todo lo que pudiera quedar del virus. Sus ropas contaminadas fueron destruidas y se le dio ropa y sandalias nuevas.

Las historias de Sesay y Kadiatu dan esperanza de que, con el tratamiento, las personas pueden curarse del ébola. Pero esas historias son poco frecuentes y aisladas frente a este virus despiadado, para el cual no existe curación y que ataca los órganos de forma tan violenta que la persona infectada muere a causa de las hemorragias internas que provoca la enfermedad.

Los primeros síntomas se asemejan a los del cólera: dolor de cabeza, fiebre, diarrea, vómitos, y también a los que podrían darse normalmente en el caso de la malaria o la intoxicación alimentaria. Pero la gran ma yoría de las personas que contraen el ébola no viven más de unas pocas semanas. Muchos nunca llegan a un centro de tratamiento. Y casi todos los que sí llegan, las últimas imágenes de humanidad que ven son las de desconocidos que visten de pies a cabeza un traje de protección blanco.

Ni siquiera puede decirse que la historia de Sesay tenga un final feliz. “Me alegro de estar vivo, pero mi esposa y mis dos hijos gemelos de 3 meses murieron de ébola”, dice. “Tengo un hijo de 13 años y no sé si está bien de salud o no.”

La cara de la humanidad

Aunque envueltos en su “equipo de protección personal”, término técnico que se usa para llamar a la combinación de traje, botas, gafas protectoras y guantes quirúrgicos de goma que componen estos extraños trajes de astronauta, los trabajadores de la salud de este centro son tal vez la verdadera representación de la humanidad frente a este brote tan mortífero.

Esta indumentaria de otro mundo permite a personas como Brima Momodu Jr., de 28 años, brindar, de la mejor manera posible, a los pacientes una oportunidad de sobrevivir. Y a pesar de las barreras que la ropa de protección pone entre él y sus pacientes, este enfermero de salud comunitaria hace todo lo que puede para aliviar el sufrimiento de esas personas.

“Tenemos algunos pacientes que están muy estables—dice—. Pueden beber agua solos, se pueden mover de un lugar a otro y hablan un poco. En cambio, hay otros muy débiles. No pueden hacer nada solos, les cuesta mucho comer y hasta beber agua les resulta muy difícil.”

“Doy de comer a mis pacientes porque quiero que recuperen fuerzas”, continúa. “Dado que algunos de ellos se ensucian todo el cuerpo con heces, orina y vómito, tengo que lavarlos en la cama para que puedan sentirse limpios y mejor. Después de eso, les cambio la ropa.”

Durante las pausas, cuando no está en la zona de alto riesgo, Momodu puede quitarse la mascarilla, respirar profundamente el aire fresco y mostrar su rostro, reluciente de sudor después de 45 minutos dentro del sofocante equipo de protección. “Me siento afuera para tomar un poco de aire, descansar un rato y así mantenerme sano para atender bien a mis pacientes”, dice.

La salud de los cuidadores como Momodu es fundamental para detener esta enfermedad de rápida propagación. Pero lo que hacen es muy arriesgado, difícil, estresante y emocionalmente agotador. La ma yoría de los trabajadores de salud entrevistados dicen que se sienten seguros porque sus trajes de protección los cubren de pies a cabeza y porque siguen estrictamente los protocolos.

La zona de alto riesgo

Pero los peligros son muy reales. El ébola no se transmite por el aire, sino por contacto directo con el cuerpo y los fluidos corporales de la persona infectada. Por lo tanto, los trabajadores de salud nunca deben estar en contacto con la piel de un paciente, ni tampoco con el sudor o el vómito de este, ni siquiera con sus propios guantes. Esta protección es también vital cuando los pacientes tosen o estornudan.

Si un trabajador se percata de la más mínima rotura en su equipo de protección mientras se encuentra en la zona de alto riesgo, debe abandonar inmediatamente el área de tratamiento y quitarse la ropa de protección mientras es rociado varias veces con una solución de cloro.

Las agujas que los trabajadores de salud utilizan diariamente para tomar muestras de sangre es una de las cosas que mayor riesgo comportan. En la formación, se les insiste en el peligro de distraerse mientras toman muestras de sangre a los pacientes, una tarea habitual en la mayoría de los establecimientos de salud: la tasa de supervivencia entre los trabajadores de salud que se pinchan con una aguja infectada en un área de tratamiento de ébola es nula.

El más mínimo movimiento en falso, por lo tanto, puede ser fatal en un ambiente donde hay poca visibilidad, el tiempo es esencial y los pacientes no siempre controlan sus movimientos. Todos los procedimientos deben realizarse lentamente y con sumo cuidado.

Numerosos trabajadores de salud, tanto locales como internacionales, han contraído el ébola mientras trabajaban en estas condiciones y muchos han muerto. Con la amenaza del virus siempre presente, los trabajadores de salud vigilan constantemente su propia salud y la más leve fiebre o dolor de cabeza les produce una ansiedad considerable.

Superar el miedo

Los que manipulan cadáveres, tarea absolutamente necesaria para detener la propagación del ébola, enfrentan el mismo peligro. Como miembro de un equipo de gestión de cadáveres, Edward Sannoh, de 24 años, originario de Kenema, se ocupa de recoger los cuerpos de las personas fallecidas en la zona de alto riesgo y prepararlos antes de ser llevados a la morgue. “Lo más difícil de este trabajo es estar en la zona de alto riesgo —afirma—, porque no te puedes sentar, ni acostar ni tocar a tus compañeros de trabajo. Solo puedes tocar a la persona enferma si tienes que hacerlo, y nada más.”

Con tanta muerte alrededor, es palpable la sensación de miedo entre los pacientes y las comunidades que ya han perdido a muchos de sus integrantes a causa de la enfermedad. “La gente está muy asustada, por supuesto”, dice Sannoh. “E incluso ahora, la gente tiene miedo de algunos de los que trabajamos en este centro de gestión de casos.”

Pero Sannoh se mantiene impávido. “No me importa lo que diga la gente porque soy voluntario de la Cruz Roja y mi primer principio fundamental es el de humanidad. Así que estoy cumpliendo esta labor por humanidad. Quiero salvar las vidas de nuestros hermanos y hermanas. Ese es el principio número uno de la Cruz Roja.”

Sin embargo, el temor al ébola ha fomentado fuertes emociones en algunas zonas afectadas por la enfermedad y la amenaza que supone para los trabajadores de salud no es cuento. El 16 de septiembre, un grupo de hombres armados atacó a una delegación de control del ébola, integrada por personal de gobierno, salud, medios de comunicación y empleados de la Cruz Roja, mientras trabajaba en Womei, comunidad ubicada en el sureste de Guinea. Siete miembros de la delegación (entre ellos trabajadores de salud, funcionarios locales y periodistas) resultaron muertos. Dos siguen desaparecidos. Un colaborador de la filial de la Cruz Roja de Guinea fue herido de gravedad en el ataque.

Esa misma semana, en la ciudad de Forécariah, situada al sur de Conakry, la capital de Guinea, seis voluntarios del equipo de gestión de cadáveres fueron atacados por la población local. Uno de ellos resultó herido, mientras que los otros huyeron y se refugiaron en el bosque cercano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Mi primera semana ha sido una montaña rusa surrealista entre la vida y la muerte, la esperanza, la tristeza,  el dolor y la alegría. Cuando llegué al centro de Kenema, mi primera tarea fue supervisar cuatro entierros.”
Anine Kongelf, delegada de salud comunitaria de la Cruz Roja Noruega, que trabajó en Kenema, Sierra Leona, en septiembre y Octubre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Voluntarios de la Cruz Roja de Liberia desinfectan su ropa de protección tras haber recuperado el cuerpo de una víctima de ébola en su hogar en Banjor, Liberia. Fotografía: ©Victor Lacken/Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“No me importa lo que diga la gente porque soy voluntario de la Cruz Roja y mi primer principio fundamental es el de humanidad. Así que estoy cumpliendo esta labor por humanidad. Quiero salvar las vidas de nuestros hermanos y hermanas.”
Edward Sannoh, 24 años, voluntario de la Cruz Roja de Sierra Leona, originario de Kenema, una de las zonas más afectadas por el ébola

 

Una crisis mundial

Desde el comienzo de la crisis, personas como Momodu y Sannoh han estado en primera línea luchando contra este brote, que surgió en remotos distritos rurales  de Guinea y se propagó luego a Liberia y SierraLeona. Desde entonces, la enfermedad se ha extendido rápidamente y la aparición de casos en Nigeria, España y Estados Unidos dejó claro a los dirigentes mundiales que el brote era una amenaza no solo para África Occidental, sino para la salud del mundo entero.


Fuente: Organización Mundial de la Salud

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), al 14 de noviembre de 2014 habían contraído la enfermedad 14.386 personas, una cifra sin precedentes, y más de 5.400 habían muerto a causa de ella. Mientras tanto, el centro de control de enfermedades de Estados Unidos estimó que si el brote sigue avanzando al ritmo actual, el número de casos podría llegar a casi un millón y medio en enero de 2015.

A pesar de esto, ha resultado difícil movilizar una respuesta que siga el ritmo de propagación del ébola. Los sistemas públicos de salud en Guinea, Liberia y Sierra Leona, debilitados por años de conflictos prolongados, carecían de las instalaciones, el personal y los materiales necesarios para contener la enfermedad.

El ébola también ha señalado las graves deficiencias del sistema mundial establecido para abordar las emergencias de salud. Se sintieron las consecuencias de una serie de recortes presupuestarios y de personal dentro de la unidad de la OMS que se ocupa de las emergencias de salud, y muchas organizaciones humanitarias, con inclusión del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, carecían de la experiencia y los sistemas necesarios para responder de inmediato a las exigencias particulares de esta enfermedad sumamente violenta (aunque los voluntarios de las Sociedades Nacionales locales estuvieron entre los primeros en prestar servicios).

La excepción notable fue Médicos Sin Fronteras (MSF), que tiene una experiencia considerable con el ébola. No obstante, debido a que también carecía de los recursos humanos y financieros necesarios para asumir todo lo relacionado con el ébola por su cuenta, MSF ha impartido una formación esencial a los trabajadores de otras organizaciones, entre ellos a voluntarios y personal de la Federación Internacional y de las Sociedades Nacionales, ya que el Movimiento intensificó rápidamente su propia intervención.

Hoy en día, con el apoyo de la Federación Internacional, el CIC R y las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de Guinea, Liberia, Nigeria y Sierra Leona, más de 7.700 voluntarios han sido capacitados para realizar a nivel comunitario actividades de movilización social, apoyo psicosocial, gestión de cadáveres, búsqueda de contactos, traslado de enfermos y gestión de casos clínicos. La Federación Internacional también ha ampliado las actividades de preparación e intervención en caso de ébola a otros 14 países de África Occidental, hacia donde es más probable que se siga propagando la enfermedad. Desde que apareció el brote, la Federación Internacional ha desplegado a más de 169 colaboradores internacionales y ha emitido seis llamamientos de emergencia.

Mientras tanto, el CIC R, cuya presencia en África Occidental data desde hace ya muchos años a raíz de los conflictos que existen en esa zona, ha brindado diversas formas de apoyo técnico y material a través de sus delegaciones en Liberia y Guinea (su oficina de Sierra Leona se cerró en 2013).

Además el CIC R desplegó 20 colaboradores internacionales más en la región y reforzó su apoyo a las Sociedades Nacionales y a otras organizaciones asociadas en varios ámbitos que incluyen, entre otros, la atención médica, los aspectos forenses, la ingeniería, la seguridad económica, el agua y el hábitat, entre otros.

Pero muchos en el terreno dicen que hasta ahora la respuesta internacional sigue siendo insuficiente. “Necesitamos con urgencia más recursos”, afirma Friday Kiyee, miembro de uno de los equipos de gestión de cadáveres de la Cruz Roja de Liberia en Monrovia. “Sin gente en el terreno que organice, coordine y eduque, estaremos perdiendo el tiempo... Muchos de los hospitales cuentan con poco personal de salud, y los pacientes que necesitan otros servicios médicos no están recibiendo atención.”

Agrega que el servicio de salud local no da abasto. Se necesitan más centros de tratamiento, más camas, más equipos, más personal médico y más formación. A menudo, cuando se llama a una ambulancia para que recoja a un paciente enfermo, la unidad de tratamiento de ébola ya está completa y el paciente debe volver a su casa.

“Morirán en su casa —explica Kiyee— y en ese caso, las personas siguen en contacto con ellos hasta que se mueren y esas personas, a su vez, se contagian, de modo que el índice de mortalidad continúa aumentando.”

Costumbres que matan

Triste ironía es constatar que una de las principales causas de transmisión del ébola ha sido precisamente la humanidad que las personas han demostrado al atender a sus familiares enfermos y al ocuparse de sus cuerpos durante el entierro. En Sierra Leona, se tiene la costumbre de abrazar a los muertos como una forma de perpetuar el vínculo con los antepasados.

El contacto físico (abrazarse, tomarse las manos, dar un beso) forma parte de los gestos cotidianos de la gente en todos los países afectados. Uno de los mensajes que los trabajadores de salud dan a la población es que para salvar la vida hay que evitar tocarse. La Comisión Nacional de Guinea contra el ébola, de la que son miembros la Federación Internacional y la Cruz Roja de Guinea, reforzaron esta información con mensajes de texto que muchos guineanos recibieron durante la celebración en Guinea del Eid Al-Adhain, período sagrado  musulmán (conocido con el nombre de Tabaski en varios países de África Occidental).

“Los mensajes nos deseaban un feliz Tabaski y al mismo tiempo nos aconsejaban que, para detener la propagación del ébola, evitáramos tocarnos unos a otros durante el tradicional saludo”, explica Amadou, estudiante de medicina de Conakry. “Sé que es necesario, a pesar de lo extraño que pueda parecer no abrazar a mi familia durante el período del Eid.”

Desde el comienzo de la crisis, la cultura local ha desempeñado un papel importante. Muchas personas en África Occidental sospechaban que el ébola era producto de la brujería, mientras que otros temían que fuera una práctica vudú y, puesto que muchas personas recurren a los curanderos tradicionales, parte de la respuesta de salud incluyó tratar con curanderos tradicionales como Fallah James, de Kailahun, en el este de Sierra Leona, distrito duramente golpeado por la enfermedad.

“Cuando supe que puedes contraer la enfermedad por contacto directo, yo, como jefe de los curanderos tradicionales de este distrito dejé de atender a los pacientes”, cuenta James. “Y he estado aconsejando a mis colegas que debían hacer lo mismo por ahora, hasta que recibiéramos formación y la información adecuada acerca del ébola para no infectar a tantas personas en nuestra comunidad.”

La zona de “abstinencia”

Sin embargo, el miedo y el estigma no se limitan a África Occidental. A muchas organizaciones humanitarias les ha costado movilizar y desplegar a personal y voluntarios para que asuman esta arriesgada y difícil misión, debido en parte a los temores que se sienten en los países de origen entre colegas, amigos y familiares. Además, las personas que aceptan realizar esta misión con la Federación Internacional deben estar dispuestas a pasar por lo menos un mes sobre el terreno, seguido de un período de tres semanas en sus países para vigilar los síntomas.

Después de que a varios trabajadores de salud internacionales los pusieran en cuarentena al volver de misiones en África Occidental, el Movimiento instó en forma oficial a los gobiernos a que permitan y faciliten el desplazamiento de los trabajadores de salud hacia y desde África Occidental. “El estigma o la discriminación de los trabajadores de la salud –incluido su aislamiento sin ninguna base científica– inevitablemente redundará en una crisis de recursos humanos en momentos en que necesitamos personas calificadas”, reza la declaración.

Anine Kongelf, de la Cruz Roja Noruega, decidió recientemente asumir el riesgo y se inscribió para efectuar una misión en Sierra Leona porque pensó que su experiencia en la búsqueda de personas expuestas al cólera en Haití y en el trabajo con comunidades sería útil para seguir la pista del ébola.

“Trabajé en relación con la epidemia de cólera, pero no hay comparación con esto”, comenta Kongelf, cuya labor en Sierra Leona consiste en efectuar la coordinación con otras organizaciones para ayudar a localizar a las personas que corren el riesgo de contraer la enfermedad, las que reciben cuidados, las que se han curado y las que han muerto y han sido enterradas, a fin de supervisar todas las medidas adoptadas con respecto a las personas infectadas. “Es una tarea que no se parece a ninguna otra.”

Poco después de su llegada, escribió en un blog: “Mi primera semana ha sido una montaña rusa surrealista entre la vida y la muerte, la esperanza, la tristeza, el dolor y la alegría. Cuando llegué al centro de Kenema, mi primera tarea fue supervisar cuatro entierros.

La triste realidad es que las tumbas irán aumentando a medida que el centro admita a más pacientes, y algunos de ellos van a perder la batalla contra el virus. Ese día, uno de los cuerpos pertenecía a un niño de 8 años.”

Y no son solo las personas que trabajan directamente con los pacientes las que corren peligro. Garth Tohms, voluntario con la Cruz Roja Canadiense, es otro de los reclutados recientemente. Tohms, fontanero de profesión, consideró que su experiencia y entrenamiento con materiales peligrosos en el ejército canadiense sería útil en su trabajo como experto en agua y saneamiento para apoyar el centro de tratamiento de urgencias de Kenema. Comenta que incluso las tareas más elementales, como reemplazar una válvula, pueden volverse muy complicadas en la zona de alto riesgo.

“Las gafas son lo peor ya que se empañan rápidamente, lo que reduce el tiempo que podemos estar adentro”, señala.

“How de body?”

Para darle un toque de humanidad a su trabajo, Tohms avisa desde afuera a los pacientes que va a entrar y, cuando es posible, hace un par de bromas. “Así saben quién pasa caminando al lado de ellos y les habla a través de la mascarilla”, escribe. “No puedo imaginar lo que debe ser para ellos ser llevados ahí y quedar acorralados en áreas cercadas rodeados por personas vestidas como extraterrestres que caminan por todos lados.”

Tohms y otras personas dicen que también están impresionados por el sentido de humanidad que ven todos los días entre las personas que están enfermas o muy estresadas y asustadas. A pesar de las denuncias de violencia contra los trabajadores de salud, asegura que muchos aquí valoran su trabajo y a menudo se encuentran con lugareños que les sonríen y les dan el tradicional saludo: ”How de body?”

Sue Ellen Kovack, una canadiense que regresó recientemente a Cairns (Australia) después de pasar un mes en el centro de tratamiento de Kenema dice que le impresionó la resiliencia de las personas que sobreviven a este brote sin precedentes.

“Tuvimos una encantadora señora Lucy en el hospital, que perdió a su marido y a todos sus hijos con esta enfermedad. Sin embargo, cada mañana me saludaba con una enorme sonrisa y me preguntaba cómo estaba yo, si había dormido bien. ’How de body?’, preguntaba. Me esperaba encontrar una enfermedad devastadora en los cuerpos, pero no esta resiliencia. Me parte el corazón ver por lo que está pasando gente como Lucy.”

Los sobrevivientes

Se puede percibir la misma resiliencia en los sobrevivientes. Saa Sabas, uno de los primeros en sobrevivir a la enfermedad en Guinea, se contagió mientras cuidaba a su padre enfermo. Después de ser trasladado al centro de tratamiento del ébola, establecido por MSF en Guéckédou (Guinea), se recuperó y regresó a su casa, pero tuvo que soportar la estigmatización por parte de sus vecinos. “La gente me evitaba incluso cuando les mostraba el certificado en el que me daban de alta”, recuerda.

Saa Sabas, ahora voluntario de la Cruz Roja de Guinea, visita las comunidades y sensibiliza a sus conciudadanos sobre cómo prevenir la propagación de la enfermedad, mitigar algunos miedos comunes y disipar rumores. “Yo soy uno de ellos y puedo hablarles en un idioma que entiendan”, asegura. “¿Quién está mejor situado que yo para hablarles del ébola?”

Estos sobrevivientes son la prueba irrefutable de que es posible vencer esta enfermedad. Como recuerda uno de los trabajadores de salud que se ocupó de Kadiatu, la niña de 11 años: “Cuando salió, estaba limpia, descontaminada y sana y salva. Se dio media vuelta para despedirse de Haja -otra paciente infectada que la había cuidado allí adentro- y atravesó la doble valla color naranja.

“Hizo un último ademán de adiós a los demás pacientes antes de salir caminando del centro por última vez, y alguien le preguntó: ‘How de body?’

“‘Bien’, contestó ella, y por primera vez en semanas, lo decía en serio.”

Cristina Estrada, Katherine Mueller y Malcolm Lucard
Katherine Mueller es responsable de comunicaciones de la Federación Internacional para la zona de África. Cristina Estrada es funcionaria principal de la Federación Internacional encargada del control de calidad de las operaciones. Malcolm Lucard es redactor responsable de Cruz Roja Media Luna Roja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Aquí, en la zona de bajo riesgo del centro de tratamiento del ébola de la Federación Internacional en Kenema (Sierra Leona), los trabajadores hablan de su labor diaria. La zona de alto riesgo está dividida en áreas para los casos sospechosos, los casos probables y los casos confirmados y los trabajadores deben realizar sus tareas protegidos completamente con un equipo especial. Fotografía: ©Katherine Mueller/FederaciónInternacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“No puedo imaginar lo que debe ser para ellos ser llevados ahí y quedar acorralados en áreas cercadas rodeados por personas vestidas como extraterrestres que caminan por todos lados.”
Garth Tohms, voluntario de la Cruz Roja Canadiense especialista en agua y saneamiento que trabaja en Sierra Leona

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Para ayudar a detener la propagación del ébola, los voluntarios de la Cruz Roja de Guinea visitaron las poblaciones y se reunieron con los habitantes a fin de lograr un cambio de actitudes y prácticas que podían contribuir a la transmisión del virus. Fotografía: ©Moustapha Diallo/ Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Kadiatu, de 11 años, fue el tercer caso de ébola confirmado que llegó al centro de tratamiento recientemente abierto y dirigido por la Federación Internacional en Kenema (Sierra Leona). A finales de septiembre fue uno de los primeros pacientes del centro de Kenema dado de alta. Fotografía: ©Katherine Mueller/Federación Internacional

 

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