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Consulter pour mieux protéger Kim Gordon-Bates |
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DE las montañas de Colombia a las
arenas de Somalia, en medio del
fuego de morteros en el Líbano y
en la nieve y el hielo de Bosnia y
Herzegovina, gente de todos los
estamentos se congregó para hablar de la
guerra y sus límites. Iniciada
oficialmente en octubre de 1998, la
campaña de investigaciones CICR-Greenberg,
Testimonios sobre la guerra,
fue avanzando en distintas partes del
mundo. Miles de personas de 13 países
entablaron debates y discutieron entre
ellas; otras tantas contestaron a un
cuestionario detallado o participaron en
entrevistas concienzudas. |
El cometido era recoger y analizar
un conjunto de opiniones inhabituales,
no sólo de las víctimas de la violencia
armada sino también de todas las partes
en un conflicto: miembros de las fuerzas
armadas, guerrilleros y combatientes
ocasionales. Durante meses se recaba-ron
«opiniones de personas comunes y
corrientes», que luego se cotejaron y se
sometieron a una rigurosa evaluación.
Este proyecto ambicioso, el primero en
su género, ha dejado su impronta, a
pesar de que el análisis de la enorme
cantidad de datos acopiados haya lleva-do
más tiempo de lo previsto y que
hasta la fecha no se haya publicado nin-gún
informe sobre uno u otro país.
Testimonios sobre la guerra
Niños y mujeres desplazados, todos con
recuerdos dolorosos, hablaron de su
temor durante la huida cuando los
ejércitos se aproximaban. Soldados
comprometidos con la causa se
conmovieron al hablar de las realidades
que conlleva ganar una guerra. Una
lesionada explicó lo que hace para
volver a edificar su vida. Periodistas y
colaboradores de ONG se interrogaron
para dar una interpretación práctica a
sus deberes durante la guerra. Integrantes de brigadas de autodefensa
y grupos de vigilancia revivieron la
pesadilla de intentar proteger sus casas.
Socorristas cuestionaron la validez de
tratar a los heridos cuando resulta
imposible curar comunidades divididas.
Todos hablaron emotiva y gráficamente
de sus experiencias de la guerra.
En este proyecto se utilizaron mode-radores
profesionales que presentaban
situaciones hipotéticas y pedían a los par-ticipantes
que explicaran cómo habrían
actuado. Por ejemplo, se les preguntaba
en qué caso infligirían un trato cruel a los
enemigos capturados; entonces, se pro-yectaba
una imagen reveladora de los
límites de violencia aceptables. Una liba-nesa
lesionada dijo: «Sólo queremos que
nuestros combatientes ataquen a los
suyos. Los ataques contra civiles nos han
hecho sufrir y no los aceptamos».
La encuesta caló tan hondo en el
alma de la gente que algunos testimo-nios
cobraron dimensiones de catarsis:
autores de asesinatos y violaciones
deploraron sus actos; ex soldados conta-ron
que habían embestido chozas con
vehículos blindados, asesinando niños a
su paso; civiles narraron el incendio de
sus casas y lo que implica tener que vivir
con terribles lesiones. No obstante,
estas experiencias fueron tan solo una
parte del proceso de hablar y escuchar.
En muchos lugares hubo relatos de
compasión y autocontrol. «Me dispara-ron
y me hirieron; yo conocía al que lo
hizo. Poco tiempo después, encontré a
ese hombre herido y tuve que ayudar-le»,
recuerda un joven participante
libanés. También hubo casos en que
soldados enemigos atravesaron las trin-cheras
para entregar el cadáver de un
hijo a su padre, y gente que intervino
para evitar que se torturara. Muchos
describieron con convicción el límite
que nunca superarían, porque supondría
atravesar la frontera que existe entre «el
ser humano y el animal». «A pesar de
que la prensa internacional insiste en
que somos tribus que se matan entre sí,
y a pesar de los asesinatos cometidos
por todos los bandos, aquí, la mayoría
de la gente desaprueba el principio de
ojo por ojo y diente por diente», explica
una mujer de Bosnia y Herzegovina.
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Las normas de la guerra
Paralelamente, la encuesta puso de
manifiesto los conocimientos o las
lagunas que tenían los participantes en
materia de derecho internacional
humanitario, patrón universal de lo que
es correcto e incorrecto en la guerra.
Un participante de Colombia lo explicó
muy bien: «El sufrimiento no es una
noción abstracta sino algo muy real que
puede dejar cicatrices indelebles. Los
Convenios de Ginebra fueron
concebidos para prevenir los excesos.
Los combatientes que infligen un dolor
desproporcionado comprometen la
posibilidad de que su victoria o su causa
sea reconocida». Un soldado de Bosnia
y Herzegovina declaró: «El enemigo
quería amedrentar a la gente,
cometiendo actos criminales contra los
civiles. Por ejemplo, si queman una casa
con los habitantes dentro, ello afectará
psicológicamente a los demás y los hará
huir. Si hubieran actuado de
conformidad con los Convenios de
Ginebra no hubieran conseguido
nada».
Ahora bien, conocer la existencia de
normas que trazan el contorno de una
conducta aceptable en la guerra y reco-gen
los valores de humanidad
esenciales, cimienta la esperanza de
muchos. Saber que hay una norma
representa un asidero para las víctimas,
incluso cuando esa norma se viola. Se
pueden perpetrar atrocidades, pero el
simple hecho de que se las considere
tales, y de que se hayan sancionado nor-mas
para evitar que se cometan, dice a
las víctimas que están en lo cierto.
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Kim Gordon-Bates
Funcionaria de prensa del CICR
¿Quienes fueron consultados?
Las consultas en los 16 países se dividieron como sigue: 11 países afectados por la guerra,
donde se llevó a cabo una consulta completa (grupos escogidos, cuestionarios y entrevistas
«concienzudas»), a saber: Afganistán, Bosnia y Herzegovina, Colombia, El Salvador, Filipinas,
Georgia-Abjazia, Israel y territorios ocupados, Líbano, Nigeria, Somalia y Sudáfrica; cinco países donde la población ha gozado de una paz relativa y cuyas opiniones permitirían proceder a un cotejo interesante con las de los primeros. En estos países Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia y Suiza se utilizó un cuestionario de base y se interrogó a la gente por teléfono o personalmente.
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