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Un interlocutor
indispensable Antara Sen |
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El nuevo estallido de hostilidades ha postergado una vez
más la posibilidad de encontrar una solución para el
conflicto de Angola. Tras 25 años de guerra civil,
3.000.000 de habitantes, casi la cuarta parte de la
población, han tenido que desplazarse. Para muchos de
ellos, el programa de búsquedas del CICR, que permite
volver a tomar contacto con parientes y reanudar lazos
entre familias separadas, es una chispa de esperanza. |
JOAQUIM se va abriendo camino
entre basuras, fogatas, bebés que
gatean y mujeres que se quitan
los piojos del cabello. Verifica el
número de las tiendas de campaña, pues
hay tanta cantidad que no es fácil
encontrar a quien se busca, sobre todo
porque las zonas no están claramente
delimitadas. Encuentra la tienda, pero
no a la persona: número correcto, zona
no. Prosigue la búsqueda, abriéndose
camino entre una multitud de ojos
curiosos y rostros ansiosos. Finalmente,
encuentra la tienda de campaña, pero la
persona que buscaba ha salido. «Déme
el mensaje, yo se lo entrego», ofrecen
varias voces al unísono, pero Joaquim
no puede hacerlo pues sería verdadera-mente
una pena que la persona en cues-tión
no lo recibiera.
En este campamento de desplazados,
situado en Coalfa, provincia de
Huambo, Joaquim es la voz de la
esperanza. Delegado de búsquedas del
CICR, representa el único vínculo entre
un marido y una esposa, una madre y
una hija, entre hermanos y hermanas,
entre miembros de una familia separada
por la guerra civil en la que está sumida
Angola desde hace un cuarto de siglo.
Él forma parte de un amplio sistema de
mensajería, gracias al cual, quienes
tuvieron que dejar su hogar y fueron
separados por balas y bombas pueden
reanudar lazos; saber si sus seres
queridos están vivos y donde se
encuentran.
Entonces, Joaquim pasa al número
siguiente. En este momento parece el
Flautista de Hamelín porque cada vez
lo sigue más gente. Su búsqueda lo
lleva hasta el interior del edificio de la
bodega de Coalfa que al igual que casi
todos los establecimientos de la región
ha cerrado hace algún tiempo. Desde
entonces, el edificio y el resto del
recinto se han convertido en un
campamento de desplazados. Cada día
cientos de personas huyen de sus casa
sin saber qué les deparará el mañana;
como no hay tiempo que perder
porque la mínima demora puede
significar la muerte, cada quien se sube
a cualquier vehículo donde encuentra
lugar y las familias quedan separadas.
En esta frenética carrera por la vida, no
queda tiempo para planificar el futuro.
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Entre los gigantescos embudos y
tuberías de la bodega, Joaquim sigue
buscando. «Marcellina K.» vocea entre
el gentío que lo rodea conteniendo
apenas la emoción. Hay un gran
movimiento y la mujer se acerca.
Lleva un año esperando este
momento, aferrada a una única
esperanza: encontrar a su marido.
Cuando estalló la guerra el año pasado,
estaba en su casa, en la ciudad de
Somba, y el marido había salido por
asuntos de trabajo. No pudo darse el
lujo de hacer planes para el futuro.
Acosados por las bombas y el fuego de
artillería, los más afortunados del lugar
se apiñaron en un camión y huyeron de
la única tierra que llamaban suya.
Marcellina estaba en ese camión con
sus dos hijitos. Desde entonces vive en
este campamento de desplazados y ha
estado tratando de encontrar a su
marido. Un día, después de muchos
meses, se enteró de
que él podía estar en el
campamento de des-plazados
de Lubango, a
400 kilómetros al sur
de Huambo. Sin
abrigar demasiadas
esperanzas, envió un
mensaje a través del
sistema del CICR, y
hoy, Joaquim está aquí
preguntando por ella. |
«Este es de su
esposo» dice el
delegado. En el rostro
asolado de Marcellina
se esboza una tímida
sonrisa, sus ojos se
iluminan con una
alegría que llega hasta
el alma cuando te mira
un instante para volver
a bajar los ojos
rápidamente y con-templar
la carta que
tiene en las manos. En momentos
como este no hay agradecimientos ni
cumplidos.
«¿Bien, que hará ahora?», le
pregunta Joaquim. «Ahora que él sabe
que estamos vivos, tal vez podamos
volver a estar juntos», dice ella como
en un suspiro. Ninguna certeza, ningún
plan. Cada paso en la vida de estos
deslocados de Angola es una sorpresa.
Alentado por la dicha de Marcelina,
un muchacho de su pueblo se abre
camino entre la gente. «Por favor, fíjese
bien, tal vez tenga un mensaje para mí,
Faustino S.», suplica. Busca a su padre
que vive en Luanda, la capital. Faustino
vivía con su padre que es chofer de una
empresa privada. Durante una corta
visita a Somba, estalló la guerra y tuvo
que huir; desde entonces no ha tenido
noticias de su padre. Actualmente, en
esta colonia de desplazados de la que no
puede irse porque carece de medios y
depende de la caridad de las
organizaciones humanitarias para
satisfacer las necesidades más
elementales de la vida; día tras día
aguarda recibir noticias de su padre; él
se lo llevaría de aquí y podrían reanudar
su propia vida. Pero Faustino no sabe si
su padre está vivo y sigue trabajando en
la misma zona. El año pasado, las cosas
cambiaron radicalmente en Angola. Los
combates han vuelto a cobrar vidas y
casas, han destruido ciudades y
obligado a cerrar empresas. Tal vez su
padre haya muerto.
En un país donde hay millones de
desplazados, una agencia de
búsquedas como la de CICR ofrece
esa chispa de esperanza que quizás un
día se convierta en la alegría de un
padre que anuncia orgulloso que ha
vuelto a reunir a su familia. Porque lo
que en todas partes se da por
descontado, como el placer de llevar
una vida familiar, de poder vivir con
el cónyuge o de criar a los hijos, a
menudo es un lujo en Angola. En los
seis primeros meses de 1999, se
recolectaron 2.147 mensajes en
colonias de desplazados y se
distribuyeron 1.636. Desde que la
guerra civil ha vuelto a asolar el país,
muchos centros de mensajes no
pueden trabajar libremente, y el
proceso requiere mucho tiempo y
esmero. Pero las recompensas llevar
a un niño de vuelta con sus padres,
dar noticias de un marido a su esposa,
o simplemente mantener viva la
esperanza de sobrevivir y el sueño de
volver a edificar la propia casa valen
sobradamente la pena.
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Antara Sen Periodista independiente, residente en Nueva Delhi. |
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