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Mujeres y niños Mujeres y niños desvalidos 
Grace Chepkwony
El 7 de agosto de 1998, hubo un atentado con bomba en la zona comercial de la ciudad de Nairobi, en el que murieron más de 200 personas y otras 5.000 resultaron heridas. Casi un año después de la tragedia, muchos kenianos siguen debatiéndose con las secuelas, en particular, 800 niños que perdieron a uno o ambos progenitores.


Pour ces orphelins,
l'avenir est bien sombre
WINNIE WAMBUI está sentada en la puerta de la vivienda de chapas y tienen a su hijo de tres meses en brazos. Su futuro es sombrío. Madre a los 16 años, no sabe de donde sacará el dinero para comprar la leche del próximo biberón. ¿Cómo hará para subvenir a las necesidades básicas del bebé? ¿Podrá alimentarlo y mandarlo a la escuela?
Las circunstancias le son adversas. Winnie desertó las aulas el año pasado cuando quedó embarazada; poco tiem-po después, su madre, que aseguraba el sustento de la familia, murió en la explosión. El padre de su hijo está en el paro y apenas le ayuda; el resto de su familia tiene sus propios problemas. Alicia, la hermana mayor, también está sin trabajo y se necesita dinero para pagar la matrícula de Carolina, la menor, que tiene siete años. Sin expe-riencia ni perspectivas de trabajo, Winnie tendrá que criar sola a su hijo.

Sin embargo, todo no está perdido porque esta madre adolescente y sus hermanas benefician del programa completo de asistencia social y médica de la Cruz Roja de Kenia, destinado a los más afectados por la explosión de la bomba. Iniciado poco después del aten-tado, este programa cuenta con el apoyo de la Federación y abarca: distri-bución de alimentos a las familias de los fallecidos; consejos y orientación para quienes quedaron traumatizados; ayuda a ciegos y discapacitados para que aprendan a desenvolverse en su nueva condición; formación profesional para viudas y otros familiares que se queda-ron sin ingresos, y pago de las matrículas de tres años para los niños que perdieron a sus padres y cuya edu-cación se ve comprometida.

El drama de las víctimas de tierna edad
El atentado afectó a personas de todas las edades, pero dejó una impronta imborrable en la vida de 800 niños. La muerte de uno de los progenitores, o de los dos, les traumatizó y les privó de ese apoyo esencial para su desarrollo social, emocional e intelectual. El caso de Calvin Biko, siete años, y Michael Ngeto, cinco, ilustra la espantosa situación en que se encuentran todos estos niños. Su madre murió de enfermedad en julio y su padre un mes después en el atentado, así pues se quedaron solos en un mundo hostil. Las posibilidades eran pocas y, tuvieron dejar Nairobi, donde habían nacido, para ir a vivir con un tío al oeste del país.

Comida, instrucción, amor y cuidados son las necesidades inmediatas de estos niños. Anthony Gitahi, trabajador social de la Cruz Roja, dice: «Los niños como Calvin y Michael se han vuelto sumamente vulnerables después de la explosión y si no se les ayuda, caerán en problemas mucho mayores. Algunos tal vez se sientan totalmente desorientados porque se encuentran en una situación que les es ajena y con gente que probablemente acaban de conocer».
Volver a empezar
La pobreza es el mayor problema que aqueja a estos niños. La explosión arruinó carreras y dejó a muchas familias sin sustento. Los dos hijos de Esther Kaswii permanecen en la casa porque no pudo pagar la matrícula de la escuela. Antes trabajaba en un bar donde ganaba el equivalente de 54 dólares por mes, pero unas esquirlas de los vidrios que volaron en la explosión le lastimaron los ojos. Su vista resultó seriamente dañada y, por ese motivo, perdió el trabajo.

En 1997 se divorció y desde entonces vive con sus padres en Matopeni, un barrio marginal. Necesita dinero para pagar la matrícula de sus hijos; los 28 dólares por trimestre que debe pagar por cada uno de ellos -Eugene de seis años y Hedson de tres- quizá resulten irrisorios para otros, pero para ella representan una fortuna. Su padre está jubilado y no puede ayudar la. Ella no tiene ninguna fuente de ingresos y toda la familia depende de lo que gana su madre vendiendo legumbres y verduras. Los alimentos de la Cruz Roja, dice, nos han permitido mantener la familia a flote.
Aun así, Esther no ha perdido las esperanzas, ya que gracias al programa de formación profesional de la Sociedad de Ciegos de Kenia, financia do y secundado por la Cruz Roja, está adquirien do calificaciones. «Es como volver a empezar por que tengo que irme adaptando a mi nueva condición», comenta.

En Dandora, una zona de bajos ingresos al este de Nairobi, Nancy Wanjiku Kinuthia y sus hijos se debaten con un montón de problemas. Cuando su mari do murió en la explosión, ella estaba esperan do su octavo hijo que nació en noviembre; una boca más y una situación financiera desastrosa. «La bomba nos dejó sin sustento por que era mi marido quien mantenía a la familia y todos dependíamos de él para sobre vivir», explica.

También seña la que estos últimos tiempos sus hijos se enferman más seguido, lo que atribuye al bajón de su nivel de vida que repercute en el estado de salud. El seguro de enfermedad para la familia, del que beneficiaba su marido, fue anulado cuando él murió. La ayuda de la Cruz Roja le hubiera permitido respirar por un tiempo, pero ella buscaba soluciones duraderas para sus problemas. Quería hacer un curso de formación profesional y poner su propio negocio. Entonces, al igual que otras viudas, se inscribió en el programa de formación de la Cruz Roja y ya tiene en vista un pequeño negocio.
Superar el trauma
El impacto psicológico que tuvo la explosión en los niños preocupa enormemente a la Cruz Roja. Muchos están traumatizados por haber perdido a sus padres y las condiciones en las que viven no les ayudan. Susan Mutungi, otra trabajadora social de la Cruz Roja, comenta: «Los familiares se acercaron a nosotros en busca de orientación para desenvolverse con los niños traumatizados. Los que perdieron a sus padres sufren muchísimo. Las terribles imágenes que vieron en televisión tal vez hayan agravado sus problemas».

David Maina, un niño de la calle que estaba cerca del lugar donde explo tó la bomba, perdió la mandíbula y toda vía está en tratamiento. Tiene enormes dificulta des para contar las escenas dantescas que presenció y el recuerdo de la potente explosión le ha deja do una fobia del ruido. Pero él está en buenas manos por que vive en el hogar bautista para niños de la calle de Naro Moru, en Kenia central, y va a la escuela. La Cruz Roja pagará su matrícula y suministrará su comida. «Quiero ser médico», dice David muy confiado.

Grace Chepkwony
Funcionaria de información de la Federación, residente en Nairobi, Kenia.





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