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Las nuevas armas biológicas:
¿Ciencia ficción o imperativo moral?
Dr. Robin Coupland

Los avances de la biotecnología podrían utilizarse para crear peligrosas armas biológicas. ¿Qué función puede desempeñar el Movimiento? «Cruz Roja, Media Luna Roja» abre el debate...

Era una de esas reuniones fortuitas; Estocolmo acogía la Semana Quirúrgica Interna-cional, de 1991. Acababa de presentar las últimas noticias del terreno sobre la cirugía de guerra y el tema poco conocido de las lesiones provocadas por las minas antipersonal. Un distinguido caballero de cabello cano se me acercó; lo conocía de nombre; ex cirujano militar, era el médico principal del Departamento de Defensa de un país nórdico.

Hablamos de diversos proyectiles y las heridas que causan. Al parecer, no le interesaba abundar en el tema. «¿Qué piensa de las nuevas armas biológicas?» La pregunta me tomó por sorpresa por-que ni siquiera las armas biológicas vie-jas son mi punto fuerte. «El avance de la biotecnología permitirá alterar determi-nadas características genéticas como la piel oscura, los ojos azules, o incluso determinados grupos étnicos.» Yo pensé para mis adentros, es pura ciencia fic-ción. «Es más, únicamente la Cruz Roja podrá hacer algo al respecto», concluyó mi interlocutor. Sonreí con cortesía y me guardé su tarjeta en el bolsillo.
En el viaje de vuelta al hospital del CICR en la frontera camboyano-tailan-desa, tenía que pasar por Ginebra. Recordando aquella conversación, pre-gunté quién se ocupaba de las inquie- tudes del CICR por los efectos de las armas. «Consulta con los juristas», me dijeron los colegas médicos «Armas genéticas, ¿qué son?», me preguntó el jurista. «Verdaderamente no lo sé, pero me han dicho que deberíamos hacer algo al respecto», le respondí y le expliqué lo poquito que sabía. «Ah, ¿quiere decir que se trata de un arma biológica?» Su rostro se iluminó: «Entonces, no se pre-ocupe, será prohibida a tenor de la Convención sobre las armas biológicas».

¿Ciencia ficción?
Estaba claro que el CICR no disponía de la pericia para «hacer algo» respecto a las armas genéticas o étnicas, si es que existían. Así pues, me pasé siete años preguntando lo mismo a expertos de biología molecular, manipulación genética y armas biológicas: «¿Es cierto que ya existe o pronto existirá la posibilidad de modificar características genéticas o étnicas mediante agentes biológicos?» Ingenuamente, tropecé con una maraña de intereses políticos, militares, jurídicos, científicos y comerciales. De cada cinco expertos consultados, cuatro consideraban que había motivo de preocuparse. Cito tres de las respuestas que recibí: «Mi gobierno está muy preocupado, pero no le puedo decir más»; «si aún no es posible, pronto lo será»; «sí, pero esta tecnología permitirá que la medicina dé pasos de gigante, y los intereses comerciales en juego son enormes».

Lo principal era saber si las bacte-rias, los virus o las toxinas manipulados podían utilizarse para modificar la estructura genética de determinados grupos humanos.

En una conferencia, un biólogo molecular y yo, borroneamos todo un mantel de papel con notas y diagramas, tratando de encontrar las medidas téc-nicas necesarias. Pero nos dimos cuenta de que en aquel momento resultaba imposible hacer algo; el resto de los expertos estaba convencido de que nunca sería posible crear esas armas y consideraba irresponsable el simple he-cho de interrogarse al respecto. ¡Gran dilema! Si no era posible, de nada servi-ría dar la alarma, pero si era posible, debíamos hacerlo. El problema es que no lo sabíamos. Ahora bien, indepen-dientemente del hecho de que fuera o no posible crear esa arma, debíamos tener en cuenta la responsabilidad que conllevaba decir que no era posible.

En 1996, el CICR organizó un sim-posio sobre el tema «El profesional de la medicina y los efectos de las armas», para examinar los deberes de los médi-cos más allá de tratar a los heridos. Dado que las armas biológicas y la ciencia médica están sujetas a superpo-siciones obvias, los profesionales de la medicina plantearon serias preocupa-ciones respecto a dichas armas.

La Asociación Médica Británica abundó en las cuestiones planteadas en este simposio e hizo un estudio en el que se preguntaba lo siguiente: los avances de la biotecnología, la manipu-lación genética y el conocimiento de la estructura genética, ¿permiten fabricar armas biológicas para alterar caracterís-ticas genéticas o grupos étnicos deter-minados? En el informe Biotechnology, Weapons and Humanity, publicado en 1999, se contesta a esta pregunta con un «sí» cauteloso, y se concluye lo que sigue: la profesión médica tiene el deber de plantear esta cuestión; la Convención sobre las armas biológicas debe ampliarse; debe adoptarse un pro-tocolo estricto y eficaz para verificar que los Estados cumplan con dicha con-vención, y es preciso establecer méto-dos de control, junto con las comunidades médica y científica, para garantizar que los conocimientos técni-cos que conllevan estos notables avan-ces científicos queden en manos de gente responsable.

A primera vista, la opinión de mi colega nórdico, según la cual «única-mente la Cruz Roja podrá hacer algo al respecto» parece no tener fundamento. ¿O acaso lo tiene? ¿Cuántos resultados obtuvieron los gobiernos y la comuni-dad científica en lo que se refiere a evi-tar que la tecnología destinada a mejorar la vida del ser humano fuera utilizada con fines bélicos? No muchos. Cada avance científico y técnico, de la química a la electrónica, pasando por la aviación y la física nuclear, ha sido uti-lizado en mayor o menor grado con fines bélicos. Los próximos avances científicos significativos se darán en los campos de la biotecnología y la mani-pulación genética y ya se barajan posi-bilidades de utilizarlos con esos fines.

Dr Robin Coupland
Cirujano y asesor del CICR sobre los efectos de las armas.

L'impératif moral
Imperativo moral En 1918, el CICR protestó por el uso de gas venenoso en la Primera Guerra Mundial, haciendo una declaración pública contra «una iniciativa bárbara que la ciencia tiende a perfeccionar». Respecto al uso de armas nucleares en la Segunda Guerra Mundial, el presidente del CICR declaró: «Su consecuencia inevitable es la exterminación pura y simple». Ahora bien, ¿es preciso que una arma sea utilizada antes de que se manifiesten inquietudes de orden moral? En julio de 1998, cuando se prohibieron las armas láser cegadoras, Cornelio Sommaruga, Presidente del CICR, dijo: «En el próximo milenio habrá que hacer frente a desafíos como el de las armas láser cegadoras. No tardarán en llegar nuevas tecnologías para causar daños al ser humano y se desconocen todos sus efectos. El papel primordial del derecho internacional humanitario es evitar que la humanidad padezca las peores consecuencias de sus capacidades técnicas».

En cuanto a las nuevas armas bioló-gicas, el Movimiento puede ayudar a establecer planes de emergencia para hacer frente a epidemias raras e impre-vistas. Pero en lo que se refiere a preve-nir el brote intencional de dichas epidemias, ¿no nos encontramos frente a una situación que supera el derecho nacional e internacional? ¿Quién dirá que los seres humanos hemos ido demasiado lejos? ¿Tendremos suficien-te sentido común como para impedir colectivamente que todo esto se nos escape de las manos? Dada la velocidad con que se avanza en estas ramas de la ciencia, ¿por qué no entablar el debate moral inmediata-mente? Invitemos a participar a perso-nalidades científicas y políticas, así como a dirigentes militares, morales y religiosos. «Únicamente la Cruz Roja podrá hacer algo al respecto». Tal vez, sea así. Quizá, el Movimiento tenga la estatura moral para lograr que políticos y científicos aprendan las lecciones sacadas de los capítulo más negros de la historia de la humanidad.






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