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Sanciones asfixiantes
La vida en Irak tras nueve años de sanciones
Julie Bassam
Tras la guerra entre Irak e Irán de 1980-1988, la guerra del Golfo de 1991 y nueve años de sanciones comerciales impuestas por la ONU la economía iraquí desfallece. Los ataques aéreos de EE.UU. y Gran Bretaña siguen exacerbando la situación y el país experimenta la peor sequía de las últimas décadas. El CICR ha decidido incrementar la asistencia médica y las actividades de suministro de agua y saneamiento.

La fetidez que impregna los alrededores del centro de salud de Fudhailiya, suburbio pobre de Bagdad, es intolerable, un tufo penetrante se desprende del hervidero de aguas negras e inmundicias provocado por la temperatura canicular. El hedor invade el interior destartalado de este local en ruinas donde hace tanto calor como afuera. No logro ver al doctor en medio del enjambre de mujeres vestidas de negro que forcejean para ser examinadas y recibir medicamentos.

Las paredes y techos descascarados, los pisos desnivelados y los ventiladores rotos saltan a la vista. Los niños clavan los ojos en el visitante pero su mirada es indiferente. Hay unos pocos enseres herrumbrados y muebles desvencijados pero ningún equipo médico. Más allá está el refrigerador donde se guardan las vacunas que durante los prolongados cortes de
electricidad se colocan en una caja fría provisional.

Cuesta creer que diez años atrás, Irak contaba con una de las infraestructuras más modernas y el nivel de vida más alto de Oriente Medio. Entre 1960 y 1980, el segundo productor mundial de petróleo puso en marcha ambiciosos proyectos y programas de desarrollo. Disponía de un sistema de atención de salud moderno y complejo que comprendía hospitales edificados a la occidental donde se utilizaba tecnología de vanguardia. Por todo el país se construyeron centrales de bombeo y purificación del agua. A principios de la década de 1990, Irak reunía muchas características de la sociedad moderna: dependencia de la tecnología y los alimentos importados e interdependencia de las diversas ramas de actividad económica.

Por lo tanto, no es de extrañar que la infraestructura del país haya sido tan vulnerable a los efectos de las sanciones comerciales. Hoy en día, la población, y en particular los doctores, los técnicos y los docentes, deben encarar problemas propios al tercer mundo para los cuales no están preparados. Los salarios son paupérrimos, dos dólares por mes, y la gente se ve obligada a vender sus pertenencias para sobrevivir: primero el coche, luego los electrodomésticos, los muebles y hasta los libros.

 

 

Hospitales y centros de salud
Al igual que en la guerra, los más débiles y vulnerables son quienes más sufren debido a las sanciones, es decir, los niños, las mujeres embarazadas, los ancianos y los enfermos. A pesar de la motivación y la alta calificación de los médicos, la atención en hospitales y centros de salud ha descendido a niveles deplorables. El director del hospital universitario Al Karama, en el centro de Bagdad, que cuenta con 400 camas y es uno de los 18 hospitales de remisión del país, afirma que lo único que sigue en pie es la labor de los médicos. El edificio se viene abajo; la planta de tratamiento de aguas servidas ha dejado de funcionar hace años, no tiene jabón, desinfectantes, jeringas ni vendas y disponen de unos pocos instrumentos de diagnóstico. Sólo pueden utilizar dos de los 12 quirófanos e incluso allí faltan hasta bombillas, el suministro central de oxígeno está roto y tan solo unos pocos aparatos de anestesia siguen funcionando. Tampoco tienen calmantes, en particular, los que se utilizan para el tratamiento postoperatorio.

Convencido de la acuciante necesidad de intervenir, el CICR ha iniaciado algunos proyectos en el sector de la salud y procede a ampliar sus programas de agua y saneamiento. La institución se propone rehabilitar los edificios de 10 hospitales y 20 centros de salud de todo el país y dotarlos del equipo médico y quirúrgico esencial. También llevará a cabo programas de atención primaria de salud para ayudar a los doctores con la metodología de gestión y enseñanza.

 

 

La peor sequía desde 1932
Las gigantescas instalaciones para tratar el agua bombeada del Tigris y el Eufrates están en un estado calamitoso tras nueve años de escasez de eletricidad, repuestos, sustancias químicas y fondos. A ello se suma la peor sequía de hace varios decenios. Hacia mediados de 1999 los pluviómetros regristraban 50 mm, es decir, 5% del promedio anual de precipitaciones. Las consecuencias para la agricultura y el suministro de agua potable pueden ser desastrosas.

El CICR, que desde 1991 hasta la fecha ha contribuido a rehabilitar 155 de las 1.500 plantas de purificación de agua, inició un plan de emergencia en mayo de este año ampliando las estructuras de toma de agua para que el bombeo no se interrumpa a pesar del bajo nivel de los ríos. También suministrará clorina en polvo para los sistemas de suministro de agua de las zonas rurales.

Además, el CICR ha decidio satisfacer rápidamente algunas de las necesidades no previstas en el programa de petróleo por alimentos. Aún así, se tiene el convencimiento de que la acción humanitaria no puede substituir la economía de un país; nunca podrá satisfacer todas las necesidades de 22 millones de personas ni asegurar el mantenimiento de la infraestructura, tan importante en términos de salud, que se está desmoronando en todo Irak.

Julie Bassam
Julie Bassam es redactora de la división de recursos externos del CICR.





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