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Entrevista:
Cornelio Sommaruga
Jean-François Berger
Cornelio Sommaruga
timonel del CICR durante 12 años

En vísperas de su partida tras 12 años de presidencia del CICR, ¿qué pregunta quisiera que le hicieran? ¿Cómo lograr que se respete mejor el derecho internacional humanitario?

¿Qué opina de las numerosas violaciones de ese derecho? ¿Considera que habría que actualizar los Convenios de Ginebra?

Creo que ese formidable patrimonio de la humanidad no debería tocarse. Lo más importante es el respeto de ese derecho, respeto que requiere que los medios políticos y la opinión pública tomen conciencia de su existencia, así como quienes deben ocuparse de aplicarlo, en primer lugar, las fuerzas armadas y las fuerzas policiales.

Ello no quita que el Derecho internacional humanitario pueda enriquecerse mediante acuerdos puntuales como por ejemplo el protocolo que prohíbe la utilización de armas láser cegadoras o el Tratado de Ottawa contra las minas antipersonal. La difusión de los principios fundamentales y del derecho internacional humanitario ha de ser prioritaria para todo el Movimiento.

El Movimiento, y más precisamente el CICR, ¿debería ir más lejos en lo que se refiere a las armas?
El grave problema al que debemos hacer frente hoy en día es la disponibilidad de las armas y sus consecuencias para la población civil, tema sobre el que el CICR acaba de hacer un estudio. El Movimiento debe seguir atendiendo a estos temas, contribuyendo principalmente a responsabilizar a los gobiernos que facilitan la transferencia de armas sin asegurarse que su utilización sea conforme al derecho internacional humanitario. Como ve, el Artículo 1 de los Convenios, en el que se pide respetarlos y hacerlos respetar, también se aplica a la exportación de armas.

A su juicio, ¿cuáles han sido los giros esenciales que han caracterizado su presidencia?
En primer lugar, hay que destacar la evolución del CICR en términos cuantitativos de personal, presupuestos y número de delegaciones. En cuanto a la calidad cabe mencionar los cambios operados en la formación de personal, la mejor integración de colaboradores de las Sociedades Nacionales en nuestra institución, y el proyecto Avenir tiene por objetivo reformar el CICR. Huelga decir que la caída del muro de Berlín en 1989 ha influido en todo ello, al igual que sus consecuencias inesperadas, es decir, la multiplicación de conflictos. En este nuevo entorno internacional, la ONU ha iniciado más operaciones de mantenimiento de la paz y, en algunos casos, de imposición de la paz. Por último, la enorme sorpresa de 1999 en Kosovo, donde hemos visto una alianza militar defensiva que, por primera vez en su historia, desplegaba una acción contra un Estado soberano para hacer respetar los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

¿Este auge de las actividades del CICR obedece al aumento de conflictos en el mundo?
No lo creo, la causa primordial reside en la necesidad de llegar a todas las víctimas, en un momento de la historia en que nuestras posibilidades de acción se han ampliado a regiones donde no teníamos acceso durante la guerra fría, empezando por la URSS.


Más de una vez ha tomado posición contra «la coartada humanitaria» y el derecho de injerencia, ¿ha cambiado de opinión al respecto?
No. Sin embargo, debo puntualizar que la «coartada humanitaria», que surgió a principios de la década de 1990 casi simultáneamente en Somalia y Bosnia y Herzegovina, es una práctica de determinados Estados que han incitado a actuar a las organizaciones humanitarias, principalmente las de la ONU, para hacerse proteger por los cascos azules. Considero que esta práctica no propicia la solución de problemas políticos ni la creación del espacio humanitario que debería permitir que quienes tiene el consiguiente mandato puedan llegar a todas las víctimas. En cuanto al derecho de injerencia, me molesta que se invoque un derecho de injerencia «humanitaria»; a menudo, esta noción se ha presentado como una intervención armada exterior para prodigar asistencia humanitaria, lo que es problemático de por sí y difiere de la intervención militar en una situación determinada que entra en el campo de ius ad bellum y, por ende, no me corresponde comentar.

A la hora de la mundialización y del repliegue de identidad, ¿en qué medida los valores humanitarios son universales?
Los valores éticos de los principios fundamentales del Movimiento y de los Convenios de Ginebra se inspiran de distintas tradiciones y corrientes religiosas. Evidentemente, el derecho internacional humanitario se concibió en una región que pertenece al mundo judeocristiano, pero también sé que el respeto de la dignidad humana está en el corazón de todas las civilizaciones.

¿Tiene algún pesar?
Me pesa no haber logrado hacer más por las víctimas, en particular, facilitar nuestro acceso directo a ellas. También hubiera querido crear una suerte de «pasaporte CICR» que nos permitiera perder la identidad nacional, ligándonos más a la institución que a una personería jurídica que garantiza su independencia. Asimismo, me pesa que la cooperación entre los componentes del Movimiento, en particular la Federación, se haya reforzado tan tarde, es decir, en Sevilla en 1997. Además, durante mi presidencia he visitado un centenar de Sociedades Nacionales, lo que es insuficiente porque el Movimiento cuenta con 176.

¿Piensa que ha cometido errores?
Indudablemente, como todo el mundo. No obstante, corresponde a los demás juzgar. Tal vez en algún momento haya hablado demasiado a los medios de comunicación, tomando posición públicamente, lo que hubiera podido complicar nuestras actividades... Esa es una paradoja de mi presidencia pues creo haber contribuido a suscitar mayor interés de esos medios por el CICR.


Interview by
Jean-François Berger

Entrevista de
Jean-François Berger Redactor del CICR de Cruz Roja, Media Luna Roja.

¿Cuáles fueron los momentos más difíciles de su presidencia?
La pérdida de colaboradores. Pienso sobre todo en los delegados asesinados en Bosnia y Herzegovina en 1992, y en Burundi y Chechenia en 1996.

Infatigable embajador de la causa humanitaria, se prodiga enormemente.¿Cómo ha hecho para mantener ese ritmo desenfrenado durante 12 años?
Por suerte mis padres me dotaron de una sólida constitución física y psíquica. Mi entorno familiar también me ha ayudado mucho a digerir los choques importantes relacionados con mi misión. El CICR, comenzando por el personal, también es una gran estímulo en lo que se refiere al compromiso.

¿Cuáles son para Ud. las principales fuerzas y flaquezas del Movimiento?
Las fuerzas residen en las Sociedades Nacionales, principalmente en el compromiso de sus miembros voluntarios y profesionales en el terreno. Las flaquezas, la falta de rigor en materia de finanzas y la politización de algunas Sociedades Nacionales, lo que plantea un reto al CICR pues debe ayudarles a conservar su independencia.

La «supervisión» que incumbe al CICR y la Federación respecto a las Sociedades Nacionales, ¿se cumple verdaderamente?
Los instrumentos estatutarios existentes son satisfactorios, pero la aplicación de disposiciones jurídicas debe aún consolidarse a pesar de los avances y las correcciones registrados desde hace unos 10 años. Es preciso tratar con objetividad y rapidez cada situación problemática.

A su juicio, ¿cuáles son las prioridades de acción del Movimiento en los 10 años venideros?
Soy optimista por naturaleza. De ahí que para mí, las perspectivas del Movimiento estén a la altura de las enormes necesidades de las víctimas de conflictos armados y catástrofes naturales. El éxito y la eficiencia del Movimiento dependen estrechamente de las personas llamadas a dirigirlo. Por lo tanto, es importante que sus dirigentes estén motivados por los mandatos que se les encarga llevar a buen puerto; honestidad, profesionalismo y creatividad deben ser el núcleo de su quehacer.

—¿Qué proyectos tiene para el futuro, sobre todo en el campo humanitario?
Dejaré el CICR y la Cruz Roja. Tengo previsto algunos proyectos pero todavía es muy pronto para hablar de ellos.

 






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