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Sobrevivencia de una refugiada

por Var Hong Ashe

Var Hong Ashe inició su larga marcha de refugiada en 1975, cuando escapó de Camboya a Tailandia junto con sus dos hijas. Pasaron meses huyendo por bosques sembrados de minas y trampas, corriendo el riesgo de ser violadas, despojadas de sus pertenencias o atacadas por animales salvajes. Entonces no se imaginaban que la tortuosa y peligrosa travesía que habían emprendido era sólo la primera de las numerosas dificultades que afrontarían en el futuro.

Después de haber soportado cuatro años de esclavitud y hambre bajo el régimen de los jemeres rojos, temiendo cada día por nuestras vidas, llegar a la frontera y ser recibidas por los socorristas fue como realizar un sueño. Me sentí aun más protegida cuando nos llevaron al campamento de refugiados donde recibimos algunas provisiones y nos asignaron un alojamiento. Pero nuestra euforia se desvaneció muy pronto. ¿Iban a permitir que nos quedáramos en Tailandia? La idea de que quizás nos enviarían de vuelta a Camboya me resultaba insoportable.

A pesar de los esfuerzos desplegados por las organizaciones humanitarias, la vida en el campamento era muy dura y, de alguna u otra forma, todos sufríamos física y psicológicamente. Había que resolver los problemas de la falta de alimentos y agua potable, la deficiencia de las instalaciones sanitarias, el hacinamiento, la promiscuidad, las amenazas a nuestra integridad, el tedio y los trastornos de orden emocional.

Las mujeres estábamos muy inquietas por el bienestar de nuestros hijos. En el campamento los niños estaban desnutridos y expuestos a diversas enfermedades de la piel por la falta de higiene. Al no tener las actividades correspondientes a una escolaridad mínima, sufrían de aburrimiento crónico.

En cuanto a los hombres, muchos se comportaban agresivamente por la falta de ocupación y las precarias condiciones de vida. A raíz de ello, el estado de ánimo de muchas madres iba de la resignación a la desesperanza, la agresividad o la depresión. Al respecto, la compañía y los consejos de los colaboradores de las organizaciones humanitarias fueron de una valor inestimable.

Algunas mujeres, que carecían de medios para obtener ingresos propios, o que tenían niños u otros parientes a cargo, tuvieron que prostituirse para poder completar la dieta cotidiana.

Otras superaron las dificultades desempeñando varios oficios. Las más
osadas, salían clandestinamente del campamento y se procuraban diversas mercancías, corriendo el riesgo de ser baleadas o violentadas por los guardias.

La amenaza de ser devueltas a Camboya no dejaba de atormentarme. Afortunadamente, caí enferma y fui trasferida junto con mis hijas a otro campamento donde recibí tratamiento médico. Mientras estábamos allí, el resto de mi grupo fue repatriado a Camboya. Con el tiempo, muchos murieron. Para no correr la misma suerte, nos ocultamos en el nuevo campamento y permanecimos allí hasta que abandonamos Tailandia.

Gracias a los notables esfuerzos de varios socorristas, que hicieron todo cuanto pudieron a pesar de las contradicciones que se planteaban entre las consideraciones de orden político y los principios humanitarios, mis hijas y yo fuimos finalmente autorizadas a instalarnos en el Reino Unido. Sé que mi deuda hacia ellos es enorme, pues les debemos la vida.

Fuimos acogidos cordialmente por la comunidad, y para mi tranquilidad, las niñas comenzaron a ir a la escuela, pero instalarse en otros país e integrarse a una nueva sociedad implica adaptarse a otro estilo de vida. La calidad de nuestra existencia cotidiana había mejorado, pero no estaba preparada para hacer frente a la xenofobia: “Márchense, aquí no les queremos”, me dijo una vez una mujer, lo que me causó una gran mortificación.

En todos esos años de refugiada me he sentido acosada por la inseguridad y perseguida por pesadillas que se repiten sin cesar. No creo haber recuperado el ánimo que tuve una vez, pero mi vida ha vuelto a tomar un curso más o menos normal.

Var Hong Ashe
Autora del libro From Phnom Penh to Paradise que es un éxito de venta.

 


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