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Desarollo y supervivencia

por Deborah Eade

Asistencia y desarrollo son términos que suelen emplearse juntos, pero que en realidad definen procesos que se han diferenciado excesivamente, a juicio de Deborah Eade, especialista en estas materias. Partiendo del supuesto que los métodos de gestión de la asistencia humanitaria a menudo perjudican a los destinatarios, hace un ferviente llamamiento para recuperar la índole genuinamente humanitaria de la asistencia, y para que ésta sea una inversión en aquellos a quienes debe beneficiar.

La ayuda de emergencia sigue aumentando. Incluso en los organismos que consideran que el desa-rrollo es la única vía para prevenir crisis, las asignaciones presupuestarias para programas de socorro comienzan a predominar por primera vez en medio siglo. Este cambio de tendencia no obedece a un aumento de la asistencia a raíz de “catástrofes naturales” sino a una mutación de la índole de las emergencias.

Actualmente, hay en el mundo unos cincuenta conflictos armados en 1960 había solo 10. El 90% son conflictos internos, y la aplastante mayoría de las víctimas son civiles que no combaten. En el pasado decenio, cerca de 2 millones de niños murieron en la guerra, y 6 millones perdieron su hogar. Vivir en medio de conflictos armados, que las Naciones Unidas han denominado “emergencias complejas”, es el pan cotidiano de millones de seres humanos, de Angola a Guatemala, y de Bosnia a Sri Lanka. La situación ha adquirido tal gravedad que algunos organismos que en los años 1970 preconizaban una atención prioritaria al desarrollo, hoy asignan más de la mitad de su presupuesto a las actividades de socorro en medio de los conflictos armados.

 

 

El desarrollo retrocede

Al mismo tiempo, los pedidos de ayuda que se presentan a las instituciones de desarrollo no gubernamentales son hoy más urgentes y cuantiosos que nunca. Cada vez es más frecuente pedirles que presten servicios públicos, porque a raíz de la deuda externa, los gobiernos se ven obligados a recortar los gastos sociales. Para centenares de millones de personas, estos recortes han significado la pérdida de los modestos progresos alcanzados en decenios anteriores.

La aplicación de medidas de austeridad tan drásticas ha acentuado las diferencias entre ricos y pobres. A pesar de que existe un consenso internacional en cuanto a que el desarrollo no es sólo un derecho fundamental, sino también una necesidad humana básica, los frutos los sigue cosechando una ínfima minoría. El Secretario General de las Naciones Unidas hizo notar recientemente que una quinta parte de la población del mundo se reparte apenas un 1,5% de los ingresos, y que sigue ensanchándose la brecha que separa al 20% superior de la escala de ingresos de la población mundial del 20% inferior.

De ahí que los organismos de asistencia internacional se encuentren frente a una clase de emergencia más incidiosa, es decir, situaciones en las que el apoyo que tiene la gente para asegurar su subsistencia es tan precario, que al menor traspié se precipita en un abismo de pauperización y marginación del que quizás nunca podrá escapar.

Romper el molde

En los primeros años del decenio de 1980, huyendo de la cruenta guerra civil que asolaba El Salvador, millares de campesinos pobre y analfabetos se refugiaron en Honduras. Unos 9.000 organizaron el campamento de Colomoncagua, a 5 km de la frontera.

Desde el comienzo, los refugiados se esforzaron por minimizar su situación de dependencia. Al cabo de algunos meses, seis sastres experimentados habían organizado la recuperación de la ropa usada que recibían en donación, y con dos máquinas de coser y materiales donados por un organismo dependiente de la iglesia local impartían cursos de corte y confección a los demás refugiados. Nueve años después, en el campamento se fabricaban toda clase de prendas, inclusive ropa interior, sombreros y calzado, los talleres contaban con 150 máquinas y daban trabajo a 240 personas.

Esta modalidad de desarrollo también se ha aplicado en una amplia gama de actividades - construcción, carpintería, hojalatería, fabricación de hamacas, mecánica, alfabetización, administración, horticultura y atención de salud así como en la enseñanza y las técnicas de comunicación.

Cuando llegó el momento de regresar a El Salvador, en 1990, esta comunidad de refugiados contaba con 350 auxiliares de salud y más de 400 maestros e instructores.

Estos resultados se alcanzaron a costa de grandes esfuerzos. Desde un principio los refugiados insistieron en que su supervivencia dependía de otros factores que el bienestar material. Ocuparse del futuro de su comunidad era esencial para conservar la dignidad y emprender el camino que querían recorrer en la vida. Para muchas organizaciones de ayuda internacional, esta concepción contradecía sus propias prioridades y métodos de trabajo. Acostumbradas a establecer ellas mismas los programas de asistencia, eran incapaces o no tenían la voluntad de delegar responsabilidades de gestión en los “beneficiarios”. Algunos otros donantes insistieron en separar la asistencia de lo que consideraban fomento del desarrollo: les parecía legítimo dar ropa usada a los refugiados en lugar de telas para la confección.

Según la idea subyacente en este enfoque, para tener derecho a la ayuda humanitaria los refugiados debían continuar siendo dependientes y marginados, noción que la comunidad de Colomoncagua puso en tela de juicio y erradicó. Cabe preguntarse porqué la asistencia sigue pautas que tienden a debilitar la voluntad de la gente y a despojarla de los limitados medios de que dispone para conducir su propia vida.

Matices destructores

Las diferencias conceptuales entre desarrollo y asistencia tienden a ocultar los grandes escollos que debe sortear la acción humanitaria. En las instituciones humanitarias, por lo general, hay dos clases de actividades: Los programas de ayuda de emergencia que se caracterizan por su gran rapidez, presupuesto elevado, gran publicidad y envío de materiales y personal de un punto al otro del globo; y los programas de ayuda para el desarrollo, que implican largas investigaciones para determinar las aspiraciones reales de la gente común, cuya puesta en práctica se suele dejar para cuando la vida vuelva a su curso normal. Los donantes contribuyen a reforzar este estado de cosas al insistir en que se distingan, según criterios a menudo arbitrarios, las actividades de “socorros de urgencia” y las actividades de “rehabilitación” o “desarrollo”.

Todo ello nutre el mito de que los seres humanos se pueden clasificar en categorías bien precisas, en las que cada nivel es superior al anterior. Esta noción contribuye a que los organismos de asistencia consideren a las personas en cuestión “destinatarias” de la ayuda, ante bien que artífices de su propia recuperación. Así se encubre el hecho de que mujeres, hombres y niños viven diferentemente las consecuencias de las crisis, y que, por ende, sus necesidades y prioridades tal vez no coincidan. De ahí que los organismos de ayuda se concentren en “grupos vulnerables”, en lugar de atacarse a los factores que determinan la mayor vulnerabilidad de los mismos.1 Esta concepción implica que hay algo “normal” o aceptable en la situación a la que se supone la gente debe volver antes de iniciar el “desarrollo”. También implica que los socorros de urgencia suelen distribuirse de tal manera que se menoscaba a los seres humanos, tratándoles de “víctimas” más que de supervivientes y privi-legiando a unos en detrimento de otros: a la larga los débiles son más vulnerables que antes.2

A su vez, la falsa distinción entre desarrollo y asistencia permite que gobiernos e instituciones financieras internacionales consideren que las crisis son un mal pasajero y no una consecuencia lógica de las políticas que han aplicado. Millones de personas viven hoy en una situación de emergencia permanente; por lo tanto, cualquier intervención - por ejemplo, un programa de asistencia mal preparado - puede equivaler al empellón que los precipite al abismo. Precisamente porque la vulnerabilidad guarda estrecha relación con las condiciones sociales y económicas, las actividades de socorro deben realizarse con perspectivas de desarrollo.

 
 

El futuro es hoy

Contrariamente a lo que se suele suponer, esta fórmula no se limita a establecer si los programas de asistencia son a corto, mediano o largo plazo. Significa, sobre todo, que se ha de trabajar pensando en el futuro mientras se resuelven problemas del presente. Ya se trate de donar suministros, tales como víveres y medicamentos, de impartir formación a los trabajadores de la salud, o de denunciar violaciones de los derechos humanos, la ayuda de urgencia siempre tiene efectos a largo plazo que se advierten de inmediato. Por lo tanto, los organismos humanitarios no deben preocuparse sólo de aquello que aportan sino también de la manera en que lo hacen. Su contribución debería evaluarse conforme a la preparación de la gente para superar los peligros que amenazan la supervivencia y el bienestar futuros.

Los organismos de ayuda humanitaria en gran medida reaccionan a situaciones complejas ante las cuales no basta la contribución individual. Así, algunos prestarán una atención prioritaria a tratar de influir en las políticas internacionales, y otros harán hincapié en sus competencias técnicas. Que entre los distintos organismos humanitarios haya un grado de diversidad es inevitable y a menudo provechoso. Lo esencial es que toda asistencia se funde en el conocimiento de los intereses a largo plazo de los beneficiarios de la ayuda. El derrotero de la asistencia de urgencia debería ser el desarrollo de la propia capacidad de la gente para superar la adversidad.

El cometido primordial de los valores humanitarios es aliviar el sufrimiento. Por consiguiente, las organizaciones humanitarias han de ocuparse indefectiblemente de abogar por aquellos cuyos derechos han sido conculcados, cuyas necesidades se ignoran y a cuyas voces se hacen oídos sordos, ya sea debido a la guerra, a la pobreza o a la exclusión. Estos organismos no debe-rían limitarse a reparar daños, sino ocuparse de la prevención de las crisis, promoviendo el derecho al desarrollo que tiene cada ser humano.

Deborah Eade
Redactora de la publicación trimestral Development in Practice, trabajó nueve años en actividades de asistencia humanitaria y de-sarrollo en México y América Central. Junto con Suzanne Wiliams escribió The Oxfam Handbook of Development and Relief (1995).



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