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¿A favor de lo major o contra lo peor?

por Gilbert Holleufer

Las organizaciones humanitarias ¿deberían admitir que la guerra forma parte de la condición humana o empeñarse en promover la paz universal?

Hoy en día, la moralidad política en el ámbito internacional parece orientarse claramente en favor de la paz. La guerra ha sido tipificada delito y ha quedado proscrita por la Carta de las Naciones Unidas pero ello no ha impedido la proliferación de conflictos armados en los últimos 50 años. En el plano cultural, también parece predominar un rechazo de la opinión pública a la guerra por motivos morales: actividad, esencialmente ilegítima y condenada por las normas internacionales que se asimila automáticamente a la barbarie y a la inhumanidad por excelencia.

 

 

¿Un ejército humanitario?

Movidas por el loable deseo de poner fin a un mal tan viejo como el mundo, las fuerzas armadas internacionales se empeñan en restaurar la paz en algunos regiones. Independientemente de los méritos que tengan las misiones de pacificación, subsiste una cuestión ética fundamental: ¿Se puede pretender seriamente oponerse a las armas por las armas sin que ello implique tomar partido, y sin que la misma búsqueda de la paz universal se convierta en una nueva fuente de violencia? Sabido es que el paradójico concepto de “fuerzas armadas de paz” ejerce día tras día una tensión cada vez mayor en la elasticidad de la lógica militar internacional. ¿Cuándo se llegará al punto de ruptura?

La neutralización provisoria de estas contradicciones tal vez obedezca al hecho de que para justificar estas intervenciones siempre se invoque el pretexto humanitario. Al fin y al cabo, la versión militar de la asistencia humanitaria ¿no responde a una admirable preocupación por la eficiencia?

Promoción de la dignidad humana

En rigor, el código de conducta huma-nitaria no fue previsto para resolver conflictos sino para reglamentarlos. La fuente y el objeto del misho no es el acto de paz sino el acto de guerra, en cuyo contexto - más que en cualquier otro - el fin justifica los medios y el ser humano es particularmente propenso a la barbarie. Partiendo de la premisa de que hasta en nuestros días la guerra forma parte de la condición humana, el código de conducta humanitario se interesa más por abordar la inhumanidad que por denunciar la injusticia. En otras palabras, el modelo que preconiza es un paradigma de dignidad humana y no de justicia.

Una rápida mirada a la historia y a la evolución de las civilizaciones permite percatarse de que si la práctica de la guerra consiste en dar rienda suelta a la violencia, siempre se ha tratado de ponerle freno. En todas las latitudes siempre han existido códigos de conducta, o códigos de honor, que han permitido establecer la diferencia entre los actos de guerra y la barbarie. El derecho humanitario y la jurisprudencia del tribunal de La Haya son las manifestaciones jurídicas de estos códigos éticos más aceptadas en el mundo entero.

 
 

Valores para poner coto a la barbarie

Hoy, desgraciadamente, somos testigo de una radicalización de la violencia perpetrada por grupos cada vez más atomizados, proceso alimentado por el tráfico de armas, que reposa en un simple principio de mercado: la oferta crea la demanda. La violencia escapa paulatinamente al control de los Estados y al ámbito de los acuerdos u otros instrumentos jurídicos que se supone han de reglamentarla.

Habida cuenta de lo antedicho, el Movimiento, donde se experimenta un profundo sentimiento de impotencia, debe recordar más que nunca, los valo-res éticos que le son propios y que se fundan en el respeto de la dignidad humana. Tales valores no fueron concebidos para lograr lo mejor sino para evitar lo peor; han sido fuente de inspiración del derecho humanitario y forman parte del acervo cultural de todos los pueblos. El Movimiento que ha logrado dar a estos valores su expresión más apropiada y completa, tiene también el deber de adaptarlos a las circunstancias.

En un mundo caótico, donde el Estado de derecho ya no es suficiente y donde ningún proyecto político suscita unanimidad, tal vez haya llegado el momento de imprimir una dimensión más “política” al llamamiento formulado en favor del respecto incondicional de la dignidad humana en medio de la violencia. No se trata de que el Movimiento comience a dictar sentencias, pero tal vez haya llegado la hora de que se comprometa decididamente y promueva valores a los que deberían adherir no sólo los Estados, sino también todos los instigadores y los mani-puladores que hoy mueven los hilos de la guerra.

De hecho, podría decirse que los acontecimientos de estos últimos años exigen que el Movimiento reafirme los valores sobre los que se fundó y promueva un amplio debate en toda la comunidad mundial. Último centinela de la frontera que separa lo humano de lo inhumano, debe mantener resueltamente el diálogo con todas las partes implicadas en actividades violentas, puesto que si la guerra cae definitivamente en el abismo de la barbarie extrema, todos pagaremos las consecuencias, y a partir de entonces no habrá ni guerra ni paz.

Gilbert Holleufer
Consejero en investigación y desarrollo de las comunicaciones el CICR.



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