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Imágenes conmovedoras

por Nik Gowing

Se suele pensar que los reportajes en directo de desastres como los de Bosnia, Somalia o Ruanda propician la voluntad de “hacer algo” e influyen en la formulación de la política exterior. Nik Gowing entiende que no es así.

Sería lógico que las imágenes horrendas y sobrecogedoras que llegan a nuestros televisores en tiempo real incitaran a los gobiernos a “hacer algo” para prevenir o poner fin a los enfrentamientos. Pero políticos, diplomáticos, militares y funcionarios gubernamentales repudian lo que consideran el poder emotivo y tendencioso de las imágenes. Por lo general, la imagen les inspira desconfianza e instintivamente, cuestionan los reportajes de la televisión, tachándolos de triviales, poco documentados, incompletos y, por ende, en absoluto fidedignos. De ahí que tomen tan a mal las presiones explícitas que los empujan a “hacer algo”, y se empeñen en contrarrestarlas.

 
 

Falta un paradigma claro

Algunos colegas cuestionan las conclusiones del estudio que realicé en la Universidad de Harvard.1 Hace poco uno me dijo secamente: “Por supuesto que nuestras imágenes sacuden a los gobiernos y no les dejan otra alternativa que hacer algo”. Tenía razón. La relación entre la imagen y la política es compleja y embarazosa, a menudo contradictoria, y sigue una trayectoria incierta que impide conjeturar.

No se puede negar que las imágenes en directo de ese verdadero “tiro de pichón” durante la batalla de Mutla Gap, al final de la guerra del Golfo, de la deplorable situación de los kurdos que debieron refugiarse en el sur de Turquía, y de los padecimientos de la población de Srebrenica, incidieron en laa reformulación de políticas: George Bush ordenó la suspensión de la ofensiva aliada; John Major exigió la creación de una “zona de refugio” para los kurdos; y los países no alineados y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, conmovidos por el horror de las imágenes, crearon una “zona segura” en Srebrenica.

Muy a menudo se confunde la capacidad técnica que tiene la televisión de ofrecer rápidamente imágenes no procesadas con la influencia que ejerce en los políticos, y que no es tal. Una cosa es dar informaciones útiles y gráficas en tiempo real, y otra, inducir cambios de política.

En determinadas ocasiones de lo que he denominado “pánico político” - como los casos del bebé Irma, en agosto de 1993, o de la crisis del cólera de Goma, en julio de 1994 - los gobiernos “hacen algo”. Pero no se trata de cambios fundamentales de políticas, sino de reacciones reflejas y tácticas para hacer ver que se está actuando, cuando en realidad, la voluntad política y el interés nacional a mediano y largo plazo es hacer lo mínimo posible.

Claro ejemplo de ello fue la operación de asistencia humanitaria en la ex Yugoslavia. Los funcionarios de gobiernos occidentales reconocen sin ambages que supuso una respuesta paliativa. Sí, hubo una política. Sí, se “hizo algo” y las organizaciones humanitarias acogieron encantadas la atención que les reservó la televisión, ayudándoles a superar la escasez de recursos. Ello no quita que dichas operaciones fueran producto de la vergüenza de los políticos, antes bien que de la voluntad de “hacer algo” para poner fin a la guerra.

Poder y voluntad política

Ministros y diplomáticos occidentales no se engañan; saben que no tienen la capacidad de detener una guerra mientras los beligerantes estén dispuestos a proseguir las hostilidades. Después de todo, la guerra es un aspecto, a veces inevitable e ineludible de la actividad humana. La mayor movilidad que procura la tecnológia a los equipos de televisión modernos ha hecho aumentar considerablemente la audiencia internacional de los conflictos armados, generando lo que dado en llamar “el supermercado de las guerras en vídeo”: una proliferación sin precedentes de reportajes de guerra, cuyo interés informativo suele ser mediocre. Ahora bien, la abundancia de secuencias vídeo de gran dramatismo no significa en modo alguno que “se hará algo”. Los reportajes de televisión en cuanto indicadores de alerta temprana de conflictos armados plantean los mismos problemas que los demás indicadores disponibles. En un mundo donde es de buen tono hablar de “prevención” y “prioridad”, dichos indicadores solo son útiles si los gobiernos o las organizaciones internacionales con peso político tienen la voluntad y el interés nacional de intervenir. Por lo general no es el caso. Tal como ha quedado fehacientemente demostrado en los casos de la ex Yugoslavia, Ruanda, Burundi y Chechenia, quienes se proponen perpetrar genocidios o apoderarse de territorios son muy hábiles a la hora de engañar y fingir. La información televisada es un factor de complicación, no de definición.

En realidad, mucho queda por reflexionar respecto del “hay que hacer algo”. Aun cuando las operaciones humanitarias llevadas a cabo en Bosnia, tras los primeros reportajes televisados, salvaron vidas, muchos sostienen que contribuyeron a prolongar la guerra, al complicar la dinámica natural del conflicto. En la región fronteriza de Ruanda y el Zaire, las operaciones humanitarias institucionalizaron la criminalidad y la existencia de feudos controlados por los llamados señores de la guerra. En Goma, la presencia de la televisión legitimó los campamentos de refugiados; campamentos, que según opinan hoy las organizaciones humanitarias, no tendrían que haber existido.

En la práctica, las imágenes televisadas de la miseria humana en Goma ocultaron la impotencia de las potencias occidentales que durante tres meses siguieron las matanzas por la televisión y respaldaron las resoluciones de las Naciones Unidas. Pero dichos países adolecieron de voluntad política o capacidad logística para transportar en avión hasta las zonas de combate, a los 5.500 soldados prometidos por la ONU. Las secuencias que mostraban a las excavadoras enterrando a víctimas del cólera en fosas comunes, avergonzaron a los gobiernos occidentales, que entonces intervinieron tardía e inadecuadamente.

 
 

El caso de Chechenia

En octubre de 1995, tuvo lugar en Londres un acto conmovedor, que vino a confirmar los malentendidos más corrientes en cuanto a esta supuesta relación de causa a efecto. Los informativistas más destacados de la televisión británica se reunieron en un cine para rendir homenaje a la labor rara vez reconocida de los corresponsales de guerra independientes.

Bosnia, Chechenia, Ruanda, Afganistán, Sudán, Cachemira... se proyectaron reportajes de gran calidad sobre casi todos los conflictos, porque tratándose de conflictos armados, las grandes empresas y agencias informativas recur1ren cada vez más a reporteros y camarógrafos independientes.

El premio instituido en memoria de Rory Peck, muerto en un tiroteo frente a la emisora de TV Ostankino de Moscú, en octubre de 1993, reconoce esta nueva realidad, y las dificultades financieras que experimentan las familias de los reporteros muertos o lesionados.

El premeio se atribuyó por primera vez a una compilación de cinco minutos, filmada en Gorzny por Farzhad Kerimov. En medio del terror y la desolación, el camarógrafo azerí filmó con maestría el reportaje televisado más convincente, dramático y emotivo que se haya hecho sobre la guerra en Chechenia. A diferencia de otro excelente reportaje finalista, filmado por Nigel Chandler, a las secuencias de Farzhad Kerimov no se había superpuesto comentario alguno y se proyectaron tal como habían sido filmadas. Cinco minutos de pánico, destrucción y desamparo: cadáveres calcinados de soldados rusos, siluetas de niños y animales muertos, explosión de obuses y destrucción de los edificios, tan patentes que era como estar allí.

Pero las imágenes de Farzhad, las de Nigel, y el material del resto de mis colegas de ITN, BBC o la agencia de noticias Sky, no incidieron mínimamente en la política de los países occidentales. En el mejor de los casos, tal vez perturbaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo de algunos funcionarios occidentales particularmente sensibles. Eso fue todo.

En el caso de Chechenia, como de tantos otros conflictos armados, las imágenes de la televisión no influyeron en absoluto. Las matanzas y la guerra prosiguieron, y apenas fueron objeto de alguna condena. Los intereses nacionales de las grandes potencias no está en juego como para justificar que se haga algo y, por ende, nada se ha hecho.

Nik Gowing
Destacado presentador de noticias en TV y analista de política exterior.



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