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¡No a las armas láser!

por Christina Grisewood

En septiembre del año pasado, gracias a la movilización de particulares y diversas agrupaciones, un arma nueva y repugnante fue objeto de rechazo mundial. Mediante una decisión que sienta un precedente histórico, los gobiernos reunidos en Viena prohibieron el uso y la transferencia de las armas láser que causan ceguera, lo que supone una gran victoria humanitaria. Aun así, la guerra dista de haber acabado.

En la novela Debt of Honor, el escritor Tom Clancy describe una escena en la que un grupo de agentes de la CIA en misión clandestina en Japón utilizan un aparato muy liviano, alimentado por pilas y que parece un equipo fotográfico, para enceguecer a los pilotos de un avión militar que se apresta a aterrizar; privados de la vista en un instante, pierden el control del aparato, que se estrella y se desintegra en medio de una inmensa bola de fuego. Muchos lectores habrán pensado que Clancy daba muestras de una imaginación desbordante, o que se había inspirado de La guerra de las galaxias. Desgraciadamente, no era así porque cuando publicó esa novela la realidad ya había alcanzado la ficción. A comienzos del decenio, las armas láser habían pasado de la fase de proyecto a la de ensayo, y poco faltaba para que comenzara la producción industrial.

El éxito de la campaña lanzada por el CICR y secundada por las Sociedades Nacionales y diversas ONG permite esperar que nunca se fa-briquen. En la Conferencia de Examen de la Convención de 1980 de las Naciones Unidas sobre Ciertas Armas Convencionales, los Estados Partes en dicha Convención aprobaron un nuevo instrumento de derecho humanitario que prohíbe la utilización de armas láser destinadas a causar ceguera.

Esta es la segunda vez en la historia en que, por motivos humanitarios, se prohíbe un arma antes de comprobar sus efectos en el campo de batalla. La primera fue la prohibición de las balas explosivas, en virtud de la Declaración de San Petersburgo de 1868. Además, es la primera vez que un instrumento de derecho humanitario prohíbe el uso y la transferencia de un arma.

 
 

¿Por qué?

Cabe preguntarse por qué motivos se optó por la prohibición de un arma en particular, sabiendo que en los arsenales del mundo sobran armas que matan y causan heridas en una escala cada vez mayor.

Uno de los criterios humanitarios para proscribir un arma es que provoque “daños superfluos o sufri-mientos innecesarios”, escasamente relacionados con los objetivos militares. La ceguera tiene carácter permanente y es mucho más debilitante que la mayoría de las demás lesiones bélicas. Dado que la vista proporciona entre 80% y 90% de los estímulos sensoriales del ser humano, la ceguera repentina deja a la víctima casi completamente incapaz de trabajar o de desenvolverse en forma independiente, y requiere una asistencia considerable, que por regla general no recibe en medio de la guerra. La tasa de recuperación de otras lesiones de guerra asciende a un 60% pero la ceguera causada por rayos láser es irreversible.

Ahora bien, éste no es el único argumento de peso para prohibir estas armas ya que por la facilidad de fabricación en gran escala, el pequeño tamaño, el peso reducido y el hecho de que no necesitan municiones, podrían convertirse en las armas preferidas de movimientos insurgentes, terroristas y criminales. Incluso quienes abogaban por el “uso legítimo” de las mismas no pudieron negar la siniestra posibilidad de que cayeran en “malas” mano.

Reseña de las armas láser que causan ceguera

Principios del decenio 1980: Comienzan a utilizarse armas láser que requieren muchísima energía y cuyo tamaño dificulta el transporte.

Fines del decenio 1980: Los avances en la técnica de acumuladores permiten fabricar fusiles láser portátiles, de manejo simple y baratos. Se experimentan funciones “antipersona” tales como causar ceguera permanente.

1986: Durante la XXV Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, Suecia y Suiza manifiestan inquietud por las armas cegadoras. Se pide que el CICR estudie el problema.

1989-1991: El CICR organiza cuatro reuniones de expertos para suscitar interés por el tema y recabar información. Posteriormente, recomienda que causar ceguera como método de guerra, sea prohibido por el derecho internacional.

1993: El CICR publica Armas que causan ceguera pero el tema sigue interesando poco.
Fines de 1993: Se decide convocar a una Conferencia de Examen de la Convención de 1980 de la ONU sobre Ciertas Armas Convencionales. El CICR emprende una campaña pública, secundada por las Sociedades Nacionales y muchas ONG.

Fines de 1994-principios de 1995: En las reuniones preparatorias de la conferencia, 25 Estados apoyan las propuestas de protocolo presentadas por Suecia y el CICR.

Primavera de 1995: Human Rights Watch informa que en los EE.UU. se están desarrollando 10 sistemas láser de posible uso antipersona. Una empresa china presenta un sistema láser portátil en dos exposiciones de armamentos.

1-9-1995: Frente a la preocupación de la opinión pública y la prensa, el Pentágono anuncia el cambio de postura de EE.UU. que hasta entonces se oponía a un nuevo protocolo.

25-9-1995: Comienza en Viena la Conferencia de Examen donde se aprueba por consenso el Protocolo que prohíbe el uso y la transferencia y de armas láser concebidas para causar ceguera permanente.

1996: Prosigue el esfuerzo por alentar a los gobiernos a ratificarlo y lograr que se aplique en los conflictos armados internos.

Victoria mitigada

Estos y otros argumentos predominaron en Viena, y el texto del Protocolo, si bien no fue tan categórico como lo hubiese deseado el CICR, se negoció en sólo dos de las tres semanas que duró la Conferencia.

“La conciencia pública respondió al llamamiento hecho en esta oportunidad, y lo hará de nuevo cuando se trate de lograr la aplicación de las normas generales del derecho humanitario”, dice Peter Herby, experto en control de armas del CICR. “Pero no hay que olvidar que pasaron casi 10 años entre el momento en que las armas láser cegadoras se consideraron cuestión de preocupación pública y la celebración de la Conferencia que las prohibió. La prohibición de las armas químicas se logró al cabo de 80 años. Son procesos muy lentos.”

Prohibir las armas láser que causan ceguera es un avance alentador, pero no hay que dormirse en los laureles. Los gobiernos han aprobado un nuevo protocolo internacional pero tienen que ratificarlo para que entre en vigor. Además, el acuerdo prohíbe el uso y la transferencia, pero no la producción de estas armas; por lo tanto, al igual que ocurre con las armas químicas y biológicas, el peligro subsiste, aun cuando el uso sea ilegal.

Tras la sutil definición de aquello que se ha prohibido exactamente se esconde otra dificultad. En un artículo publicado recientemente, Robin Coupland, médico cirujano del CICR, precisa que la prohibición de las balas dum-dum y de las armas que causan ceguera pone de manifiesto una falla fundamental de esta parte del derecho internacional. En ambos casos se ha prohibido la tecnología de un arma, pero no sus efectos sobre los seres humanos.*

En otras palabras, si se inventara una arma cegadora que recu-rriera a otra tecnología, el uso y transferencia de la misma serían perfectamente legales.

La Conferencia de Examen no llegó a prohibir otra arma perniciosa, la mina terrestre antipersona. En el momento de redactar este artículo, médicos, juristas, militares y expertos en comunicaciones están reunidos en Montreux, Suiza, para intercambiar informaciones sobre un nuevo centro de atención de la ética y la investigación médicas: los efectos de las armas en la salud.

 

Christina Grisewood
Redactora de la División de Publicaciones del CICR.

 


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