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Buen pertrecho es el derecho

por Donald Dochard

Los soldados son un público especial sobre todo cuando se debate sobre la manera de lograr que la guerra sea más humana.

Se atribuye a Napoleón la opinión de que la guerra es “ocupación de bárbaros”. Si bien hay que reconocer que hablaba con conocimiento de causa, no cabe duda de que la frase hoy sacaría de quicio a la mayoría de los mandos militares: las normas actuales de reglamentación de los medios y métodos de guerra indican claramente que el pensamiento militar contemporáneo es muy complejo.

Dichas normas figuran en los Convenios de Ginebra y los Protocolos adicionales, y las Convenciones y Declaraciones de La Haya; la respon-sabilidad de hacerlas respetar incumbe a los Estados que elaboraron y firmaron estos instrumentos.

En calidad de “guardián” de los citados documentos, el CICR recuerda constantemente a los Estados las obligaciones que los vinculan, y les presta asistencia para que se doten de medios para cumplir sus deberes. La institución dispone de una unidad que se dedica exclusivamente a enseñar derecho internacional humanitario (DIH) a las fuerzas armadas de todo el mundo, sensibilizando al personal castrense, desde el oficial de alto rango al soldado raso.

 

 

Jerga militar

La unidad a la que nos referimos es la División de Difusión para las Fuerzas Armadas (DFA), que enmarca su actividad en el contexto más amplio de promover el DIH y los principios humanitarios pero que aplica un método muy particular en el caso de los militares, utilizando un lenguaje adaptado al de sus interlocutores, haciendo hincapié en que son profesionales que cumplen órdenes que emanan del Estado, y que la capacidad de ejecutarlas en forma ordenada y controlada los distingue de los demás, lo que en último término, redunda en su propio beneficio.

“El oficial que no cumple las disposiciones del DIH viola normas jurídicas aprobadas por las autoridades de su país y que fueron incorporadas al ordenamiento jurídico nacional”, dice el mayor Paul Muggleton, delegado de difusión para las fuerzas armadas, destacado en los Balcanes.

A fin de estar doblemente seguros de que el mensaje se transmita como corresponde, todos los delegados del CICR ante las fuerzas armadas son a su vez oficiales.

“Obviamente, nuestra meta pri-mordial es que las fuerzas armadas respeten a civiles, prisioneros y heridos, evitando sufrimientos y destrucciones innecesarios. No lo negamos”, dice Aleardo Ferretti, subjefe del DFA en la sede del CICR. “Pero cuando les presentamos nuestros argumentos, evitamos el sentimentalismo que consiste en decir ‘miren a estas pobres víctimas inocentes’, y decimos: ‘un soldado profesional hace las cosas de esta manera’.”

Ventaja estratégica

La idea de que especialistas de la acción humanitaria impartan formación sobre derecho de guerra a los soldados puede resultar contradictoria, pero desde una perspectiva militar tiene cabal sentido. Todo comandante que se precie de su dotes tácticas tratará de respetar las leyes de la guerra, aunque solo sea porque sabe que aplicando algunas normas humanitarias se obtienen otras tantas ventajas en el plano militar.

Los delegados del CICR recuerdan a los oficiales superiores de todo el mundo que las operaciones militares que violan la ley de la guerra refuerzan la voluntad de resistencia del enemigo, y que, inversamente, los combates controlados y con propósitos claros son el único medio de evitar el caos. Además, transgredir las normas puede empañar por años la reputación internacional del vencedor.

En The Transformation of War (1), Martin van Creveld se refiere al derecho de guerra explicando que: “Su función primordial es proteger a las propias fuerzas arma-das... Para lanzarse en un conflicto armado con algunas posibilidades de vencer, hay que disponer de la cooperación de hombres experimentados que trabajen en equipo. Cooperación u organización solo son viables si los combatientes se sometan a un código de conducta común.

“Los verdaderos líderes militares que conozco saben que maltratar civiles es contraproducente para los soldados”, dice Paul Muggleton. “También saben que reservando un trato humano a los prisioneros, aumentan las posibilidades de que sus propios hombres sean tratados correctamente cuando caigan en manos del enemigo. Una vez que se empiezan a usar tácticas sucias, la guerra se transforma en una seguidilla de represalias, se da rienda suelta a la ira y el odio extremos y las operaciones se rigen por irracionales deseos de venganza”, añade.

 
 

Instruir a tiempo

Así como el soldado ha de entrenarse oportunamente para saber manipular las armas exactamente, también tiene que entrenarse para saber tratar a los civiles, los heridos y los prisioneros.

Las normas deben aprenderse mucho antes de que comiencen las hostilidades, a fin de que oficiales y soldados reaccionen ante cada situación de conformidad con el derecho humanitario. De ahí la importancia de que la enseñanza del DIH forme parte de los programas de adiestramiento militar, desde sus primeros niveles; el CICR presta asistencia a un número creciente de países para que apliquen sistemáticamente los programas de formación preparados por el DFA.

Los dividendos

Este planteamiento ¿surte efecto? Sí, y mucho, en la medida en que los combatientes sean soldados de un ejército regular. Desgraciadamente, los combatientes de la mayoría de los conflictos más feroces tienen escasa formación militar o carecen de ella. Aumentan en forma alarmante los conflictos en que elementos armados incontrolables e incluso civiles toman parte en las hostilidades; en tales circunstancias no es raro que se cometan las peores atrocidades. Al dislocarse los ejércitos tradicionales, el CICR debe dar pruebas de imaginación e iniciativa para encontrar planteamientos adecuados a las nuevas realidades y mantener vivos los ideales humanitarios que nacieran hace más de un siglo en un campo de batalla.

 
(1) The Transformation of War, Martin van Creveld, The Free Press, Nueva York, 1991

Donald Dochard
Redactor de la División de Publicaciones del CICR.

 


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