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Urabá: Entre la espada y la pared

por Barbara Affolter

“Si por lo menos supiéramos que está muerto, podríamos velarlo en paz y enterrarlo. Pero esto...” Nidia, esposa de un campesino desaparecido, se enjuga las lágrimas. Desde hace dos semanas, ella y su vecina Teresa tratan desesperadamente de dar con el paradero de sus maridos, se-cuestrados por un grupo armado. Las esperanzas de encontrarlos con vida son prácticamente nulas. Pero hasta que no sepan lo que ha pasado no se darán por vencidas. Día tras día, rastrean los campos vecinos a la Finca, el caserío donde viven; han escuchado cada rumor y cada sugerencia que les hace la gente; han ido a ver a las autoridades y les han pedido ayuda para encontrar a sus maridos.

Acompañada por un delegado y un colega del CICR, visité Finca para recoger información sobre el caso y contribuir a la búsqueda de los desaparecidos. Euclides, un anciano de la aldea, nos contó lo que sucedió la noche del secuestro: “Estábamos muy cansados; ha-bíamos trabajado todo el día cortando bananas y nos fuimos a la cama temprano. Entonces entraron unos hombres armados y nos ordenaron tumbarnos en el suelo. Primero se llevaron a uno, y después al otro. No merecemos que nos traten así. No somos guerrilleros, y nunca nos hemos metido en la violencia. Todo lo que queremos es que nos dejen en paz, para criar a nuestros hijos y poder trabajar. Ya es harto duro vivir como vivimos.”

El CICR ha visitado la zona varias veces en los últimos meses. Nos hemos entrevistado periódicamente con los vecinos y les hemos hablado del derecho internacional humanitario, de las normas que deben aplicarse en caso de guerra y de los derechos de la población civil, que debe ser respetada por todos los grupos armados.
Algunas mujeres nos cuentan que sus maridos fueron acribillados por una banda armada procedente de una aldea vecina, controlada por los paramilitares; otras, que a los suyos los secuestró la guerrilla o alguno de los grupos que levantan barricadas en los caminos y se autoproclaman “justicieros”, y nunca más supieron de ellos.

La región se considera “roja”, es decir, controlada por la guerrilla. Toda persona que vaya a la ciudad, en zona de los paramilitares, aunque sea para comprar una herramienta, corre peligro de muerte. Desde el momento en que uno u otro bando pone a alguien en su lista negra, tachándolo de colaborador o de soplón, sus días están contados.

Los vecinos conocen al CICR y saben que pueden confiarnos cosas que no divulgaremos. Cuando alguien muere, el CICR ayuda a la familia con víveres durante un tiempo. También costea los gastos de mudanza de quienes temen por su vida. Además, presta ayuda de urgencia a los civiles víctimas de robos, y se esfuerza por tomar contacto con los grupos armados para convencerlos de respetar a la población civil.

En las últimas semanas, las fuerzas paramilitares han extendido su control hasta el camino donde están las viviendas de Nidia y Teresa, y están disputando a la guerrilla el control de la zona. No pasa día sin que alguien sea capturado o aparezca un cadáver a orillas del camino. La gente huye, y muchas aldeas parecen abandonadas. Casi todos se van sin avisar a nadie, y no hacen nada por encontrar a sus familiares desaparecidos. Son pocas las mujeres que, como Nidia y Teresa, no cejan en el esfuerzo.

Barbara Affolter
Delegada del CICR en Colombia.



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