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El legado de Chernóbil

por John Sparrow

Diez años después, las secuelas del desastre nuclear proyectan una siniestra amenaza sobre la región contaminada. A falta de diagnÓsticos oportunos, siguen muriendo niños de cáncer, el estrés crónico es endémico y los servicios de asistencia sanitaria están en crisis.

“Mientras espera su turno, Nina Pyshnyak de 10 años muesta su alegría habitual, jugando y bromeando con los camaradas de clase. En Staroye Selo, aldea del norte del país, es día de control médico en el laboratorio móvil de la Cruz Roja de Ucrania.

Unas horas más tarde, Galina, su madre, se esfuerza por aceptar lo que acababan de decirle: El escáner de ultrasonido ha detectado un nódulo en la tiroides de su hija. Nina no ha tenido mayores problemas de salud, salvo algunos resfríos, y este es su primer reconocimiento médico. En espera de nuevos exámenes, Galina teme que se trate de un cáncer de tiroides, enfermedad que ha segado la vida de varios niños de la zona y reza con la esperanza de que se haya diagnosticado a tiempo.

El diagnóstico precoz es esencial en la zona contaminada por Chernóbil, pues el cáncer de tiroides es curable, a condición de que el bocio, los quistes, la tiroiditis y otras afecciones que pueden desencadenarlo sean tratados a tiempo. Desgraciadamente, diez años después, mientras el mundo sigue agitándose y polemizando sobre las consecuencias de la catástrofe, los niños mueren por falta de un diagnóstico oportuno.

 

 

Un asesino acecha

Persisten muchas dudas en cuanto a las consecuencias reales de Chernóbil en la salud de la población de las zonas vecinas, del resto de Ucrania, de Belarús y de la Federación de Rusia. Por una parte, ha habido exageraciones y sensacionalismo, al tiempo que otros aspectos se han subestimado provocando tragedias. Sea como sea, la mayoría de los expertos coinciden en que el marcado aumento del cáncer de tiroides, sobre todo en los niños, es una consecuencia directa de la contaminación atómica. En una conferencia de la OMS, celebrada en noviembre pasado, se dieron a conocer datos estadísticos que muestran que esta afección tiene una incidencia 100 veces superior a la registrada antes de 1986, lo que se imputa fundamentalmente a la iodina radioactiva que la explosión del reactor diseminó en la atmósfera.

En las comarcas rurales pobres, como Staroye Selo, las familias temen por sus hijos, sobre todo por falta de exámenes rigurosos e información fidedigna. Cuando la atareada unidad móvil de diagnóstico visitó la aldea en febrero pasado, la comunidad fue sometida al primer examen masivo y detallado después de la catástrofe. El caso de Nina no fue el único, 7 de los 300 niños examinados en tres días, presentaban problemas de tiroides.

El profesor Pierre Pellerin, experto francés de reconocida autoridad en materia de radiaciones, contratado por la Federación y, el Dr. Jean-Pierre Ravel, Asesor de salud en caso de socorros de esta última, efectuaron una misión en la zona, durante la cual recogieron las inquietudes de los aldeanos. “El país es vastísimo, las comunidades están muy dispersas y los recursos del Ministerio de Salud se han reducido en estos tiempos de crisis”, observa el Dr. Revel. “La red de asistencia sanitaria presenta deficiencias, lo que explica que muchas comunidades sean desatendidas, o simplemente ignoradas. Esto es inquietante, ya que cabía esperar que 10 años después del accidente, todos los habitantes hubiesen sido examinados, por lo menos una vez.”

El Dr. Pellerin, por su parte, ha hecho un llamamiento para que se tomen medidas inmediatas. “Los casos de cáncer deben ser tratados tan pronto como se detecten, si queremos salvar la vida de estos niños. El cáncer de tiroides es curable en un 95% de los casos, a condición de que se diagnostique a tiempo y se administre un tratamiento adecuado. El enemigo es el tiempo. Sin un diagnóstico precoz, el paciente puede morir. El problema actual reside en la lentitud de la intervención médica, lo que es inaceptable.”

Un cuadro deplorable

Los niños que viven en los 10.000 kilómetros cuadrados de la región contaminada alrededor de Chernóbil no sufren únicamente de afecciones de la tiroides. El equipo móvil de la Cruz Roja de Ucrania que examinó a los aldeanos de Staroye Selo comprobó que el estado de salud de los niños era deplorable.

La Dra. Svetlana Volyanuk informó que sólo en un sector de la aldea los niños estaban sanos. Los desórdenes más frecuentes eran las hemopatías y las enfermedades hepáticas. “Un chico estaba tan anémico, que se hubiera dicho que estábamos analizando agua”, recuerda.

Los expertos de la Federación insisten en que no todo es consecuencia de Chernóbil. La dislocación de la Unión Soviética desencadenó una crisis social y económica. Las condiciones de vida, y en particular la alimentación, se deterioraron y los servicios de salud cesaron sus prestaciones o las restringieron por motivos financieros. Los médicos han desertado las zonas rurales. Un estudio realizado por la Cruz Roja Canadiense a mediados de 1995 concluyó que todo el sistema de salud de Ucrania estaba amenazado por la falta de financiación. Entre los pacientes más vulnerables figuraban las mujeres embarazadas, los recién nacidos y los niños hospitalizados.

Día tras día crece la larga lista de enfermedades que afectan a los niños. En Belarús, entre 1990 y 1994, las enfermedades del sistema nervioso y las afecciones del sistema circulatorio aumentarón un 43%, y los trastornos de los sistemas óseo, muscular y de tejido conjuntivo un 62%.

Cuando el laboratorio móvil se encontraba en Staroye Selo, otro equipo de la Cruz Roja examinaba a los alumnos de una escuela de Gomel, ciudad en la región sudoriental de Belarús. De los 1.000 alumnos, 40 fueron hospitalizados por afecciones de la sangre.

Para la subdirectora de la escuela, hay algo más que Chernóbil. “Tenemos tantos alumnos enfermos y débiles, que se duermen durante las clases. Les cuesta permanecer sentados y concentrarse durante los 45 minutos de una clase. No cabe duda que las dificultades económicas los afectan, y nos inquieta mucho su estado de nutrición.”

La comida gratuita que el niño recibe cada día es de capital importancia. “No siempre tiene la calidad que quisiéramos”, dice la subdirectora, “pero muchos agricultores nos han dicho que lo único que pueden darle de comer a sus hijos es lo que antes le daban a los animales.”

El espíritu pionero

Las unidades de la Cruz Roja — o los laboratorios móviles de diagnóstico (LMD)— forman parte del Programa de Asistencia Humanitaria y Reha-
bilitación de Chernóbil, iniciado por la Federación en 1990, con el fin de mitigar el sufrimiento de los grupos de alto riesgo entre los 4 millones de habitantes de la región de 10.000 kilómetros cuadrados (situada entre Ucrania, Belarús y Rusia) contaminada por el accidente. Dos LMD están a cargo de la Cruz Roja de Belarús, y otros dos, a cargo de la Cruz Roja Rusa.

Ben Hofman, jefe regional de la Federación, piensa que la operación tiene algo del espíritu pionero. “Llegamos a zonas que nadie visita; aldeas y poblados que carecen de servicios sanitarios y cuya población no tiene acceso a los centros médicos. Por asombroso que parezca, todos los días encontramos gente que aún no ha sido examinada.”

Hasta ahora, el Programa de Chernóbil ha permitido examinar a 200.000 personas, y se prevé que en adelante se examinarán 60.000 por año. No se trata sólo de detectar una enfermedad y prescribir un tratamiento.

“Mucha gente tiene miedo y ello le provoca estrés y problemas psicológicos” señala Ben Hofman y añade: “Por ende, decidimos comunicar inmediatamente los resultados de los exámenes. Tratamos de dar ánimo y si corresponde, verificamos si las casas, el suelo, el ambiente o los productos de la huerta están contaminados. Cuando nos despedimos de una comunidad, la gente conoce su verdadera situación y sabe a qué atenerse para seguir viviendo allí en las mejores condiciones posibles.”

 

Chernóbil, 10 años después

Para conmemorar el décimo aniversario del accidente de Chernóbil, la Federación y el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja organizaron una exposición sobre las consecuencias en los planos humano y ambiental de la peor catástrofe nuclear del mundo, cuyas secuelas siguen siendo manifiestas, al cabo de un decenio. Entre el 4 de abril y el 9 de mayo, el Museo, expone una serie de fotos en blanco y negro sobre la situación actual en Chernóbil y las medidas tomadas por la Federación junto con las Sociedades Nacionales de la región para asistir a las víctimas.

“La exposición sirve para recordar que catástrofes de tales proporciones no se subsanan de la noche a la mañana”, dice Marie-Jeanne Macheret, encargada de la organización. “Hasta el día de hoy, la salud física y psicológica de la gente sigue siendo afectada, y muchos de los habitantes de las zonas vecinas al reactor no han podido retornar a sus hogares.”

 

Un porvenir sombrío

La catástrofe de Chernóbil ha entrañado ingentes sufrimientos y trastornos en la región afectada. Unos 400.000 habitantes han debido abandonar sus hogares, y es poco probable que puedan regresar en años venideros. Decenas de miles habitan todavía en comunidades que las autoridades hubieran hecho evacuar, de haber tenido los recursos para hacerlo. Las dificultades económicas magnifican las proporciones del problema, cunde el estrés y la angustia. Algunos científicos mantienen que el gran aumento de la morbilidad en las víctimas de Chernóbil, no obedece tan solo a los efectos biológicos de las radiaciones, sino también a problemas psicológicos y sociales. Hay quienes sugieren que, en realidad, el sufrimiento de carácter psicosocial tal vez represente un problema mucho mayor que el cáncer o el daño genético. Se estima que 3 millones de personas sufren de estrés crónico.

Tras visitar a los atemorizados habitantes de Staroye Selo, el Dr. Revel señaló que el cometido primordial de la Federación es asegurar un diagnóstico precoz del cáncer de tiroides en los niños. “Pero también hay que desplegar mayores esfuerzos por atenuar el sufrimiento psicosocial, mediante un programa de información y educación”, añadió. “Cuando podamos emprender esta tarea, habrá comenzado verdaderamente la rehabilitación de la región. La gente tiene que seguir viviendo.” La madre de Nina Pyshnyak estará seguramente de acuerdo con él.

John Sparrow
Periodista independiente, ha colaborado con la Federación y el CICR.



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