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Cotidianas
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| Primera
semana
Jueves
Uganda es un regalo para los sentidos: el olor
de la lluvia cálida sobre la tierra rojiza, el verdor
resplandenciente de los montes, los colores llamativos de
la indumentaria de las mujeres, los distintos sabores y texturas
del posho, comida a base de maíz, y del mtoke, preparado
con bananas verdes. Incluso el aire es diferente, más
luminoso tal vez.
Tras un vuelo de dos horas en un avión
de seis plazas, aterrizamos en el aeropuerto de Arua, al norte
de Uganda. No es el momento más indicado pues hoy mismo
se ha detectado la llegada de un grupo ugandés rebelde
que viene de Sudán con la intención de desestabilizar
la zona antes de las elecciones.
Mi itinerario tan preciso queda en la nada. Tenía previsto
ir directamente a Ikafe, campamento de refugiados su-
daneses, y quedarme tres semanas. Ahora, me encuentro inmovilizada
en Arua, a dos horas en coche de Ikafe. |
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Domingo
Por fin me dejaron partir. Pasé tres días
esperando que la situación se tranquilizara y que los
soldados desenterraran las minas colocadas en la carretera.
(Mucho me temo que su técnica consista en recorrerla
en uno y otro sentido, esperando que nadie salte por los aires.)
Agradezco al cielo el haber pasado algún tiempo en
el Líbano durante la guerra porque eso me ayuda a soportar
la tensión.
Llegamos finalmente a Ikafe, pero nada permite distinguir
el asentamiento de refugiados de los terrenos vecinos, no
hay modo de saber dónde comienza, ni dónde termina.
Dentro de los recintos bien barridos, las casas redondas
con techo de paja del campamento parecen iguales a los tukuls
de la Uganda rural pero no lo son. No recuerdo qué
había pensado encontrar aquí antes de venir.
¿Un desierto? ¿Rostros famélicos? ¿Tiendas
de campaña? ¿O una valla que separase a los
refugiados sudaneses de la población ugandesa?
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Lunes
Me acabo de “bañar”. El “cuarto
de baño” es una construcción de varas,
donde espera un cubo de agua y el lavabo, una palangana de
plástico. Para indicar que está “ocupado”,
se cuelga la toalla de una de las paredes. Luego, se utiliza
una jarra para echarse agua sobre el cuerpo. No es exactamente
lo que se dice un buen baño. |
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Segunda
semana
Viernes
He hablado con Beatrice, una enfermera ugandesa que trabaja
en Ikafe, sobre las diferencias entre la vida en África
y la vida en Occidente. “Mi hermana fue a Inglaterra
para seguir un curso de tres meses”, me dijo. “Le
gustó mucho y se divirtió bastante, pero cuando
le preguntaron si quería quedarse más tiempo,
por supuesto dijo que no.”
– ¿Por qué? le pregunto intrigada
– “Porque la vida en tu país es demasiado
agitada. Siempre andan corriendo de un lado para otro, y no
les queda tiempo para sentarse y conversar, para compartir
con los demás”.
Me extraña que piense así, puesto que en Occidente
no tenemos que pasarnos horas para procurarnos cosas tan elementales
como el agua o la comida. Me pregunto cómo serían
nuestras vidas si tuviésemos que ir a buscar el agua
a un tanque colectivo o esperar horas para conseguir pan.
Me estoy acostumbrando a bañarme al aire libre, a
la luz de las estrellas.
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Lunes
También me estoy acostumbrando a la comida. Antes
de venir, me preocupaba que fuera a privar de comida a algún
refugiado, o que se comiera poco y siempre lo mismo. Quizás
le ocurra a los refugiados, pero lo que yo como se prepara
en la cocina central que atiende a los trabajadores humanitarios.
Casi todos los días nos sirven lo mismo, pero en abundancia.
Hoy, alguien trajo unos mangos pequeños, dulces y viscosos,
que dejan rastros entre los dientes.
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Miércoles
Aunque no vivo con lo mínimo como los refugiados,
ha sido alentador descubrir que necesito muy poca cosa, no
sólo para sobrevivir, sino para mantener un nivel de
vida razonable. Tenemos tanta cosa superflua en casa. Me parece
obvio que en un mundo ideal la gente de Uganda debería
recibir más, y que nosotros, en el Reino Unido, nos
arreglaríamos perfectamente con menos. Las bolsitas
de plástico que en nuestros países terminan
en la basura, en un campamento tiene un gan valor.
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Tercera
semana
Sábado
Siento gran admiración por las mujeres que he conocido
aquí, y un gran respeto por la dignidad con que hacen
frente a la adversidad. Algunas fueron violadas en el camino
hacia aquí, pero nunca hablan de eso. Han pasado días
o se-manas a campo traviesa, cargando a los hijos más
chiquitos y alentando a los más grandecitos a seguir
caminando a pesar del cansancio.
En Ikafe, tienen que caminar varios kilómetros y hacer
cola durante horas antes de poder llenar sus bidones de agua,
o esperar turno frente al molino para recibir las raciones
de harina de maíz.
Hay tantas cosas en la vida de un refugiado que sólo
se obtienen con paciencia. Esperar por agua, esperar por comida,
esperar en el molino durante horas cuando no días.
Allá en casa espero tan poco, y me impaciento tan rápido,
y pensar que basta abrir el grifo, que en unos minutos tengo
la casa calentita y que, cuando mucho, pierdo algunos minutos
en la cola de la caja del supermercado.
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Martes
Me ha sorprendido la generosidad que he visto aquí.
En primer lugar, la del gobierno de Uganda al acoger a los
refugiados y entregarles tierras. En segundo lugar, la de
los ugandeses del lugar por permitir que esas tierras sean
entregadas a extranjeros y, por último, la generosidad
de los refugiados para conmigo, una perfecta desconocida.
Tantos me han hablado sin reticencias de su vida y sus experiencias.
Me han ofrecido regalos, me han prestado sus valiosas bicicletas.
Han compartido conmigo lo que menos abunda y más necesitan:
la comida.
Pasé una mañana con Lona y Alice, hablando
de la situación de las refugiadas. Nos reímos
mucho, en franca camaradería. Cuando nos preparábamos
a despedirnos, Lona y Alice murmuraron algo entre ellas. Lona
salió un momento y regresó con algo envuelto
en un paño.
Alice me dice: “Nikki, no hemos podido darte comida
porque los víveres no han llegado. Sentimos no poder
ofrecerte más. Si estuviésemos en nuestro país,
hubiéramos1 podido prepararte una cena. Por favor,
acepta estos huevos que te regala Lona para agradecerte por
haberte sentado con nosotras y habernos escuchado”.
A pesar de mi reticencia a aceptar comida de quienes tienen
tan poca, supe que este presente no lo podía rechazar.”
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Nikki van der Gaag es redactora de New Internationalist,
revista que se edita en el Reino Unido. Entre abril y
mayo de este año pasó tres semanas con los refugiados
sudaneses en Uganda y aceptó compartir algunas impresiones
con
Cruz Roja, Media Luna Roja. |
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