Volver a la página
principal de la revista

La labor de una mujer

por Christine Aziz

¿Derechos humanos o ayuda humanitaria? ¿Qué debe primar? No cabe duda que son interdependientes pero para los organismos humanitarios que tuvieron que hacer frente a la pérdida progresiva de los derechos de la mujer conforme los talibanes ganaban terreno en Afganistán, la cuestión exigíá una toma de posición. La neutralidad de la Cruz Roja se encontraba así en el punto de mira.

De la noche a la mañana, las mujeres de Kabul perdieron todos los derechos que habían logrado conquistar bajo el régimen anterior. El 27 de septiembre, cuando la capital cayó en manos de la milicia islámica del movimiento de los talibanes, el rigor de las normas que impusieron conmocionó al mundo. Se prohibió que las mujeres fueran a la universidad y las niñas a la escuela. Se obligó a las trabajadoras a dejar sus empleos y a quedarse en casa, salvo que tuviesen muy buenos motivos para salir. Este trato reabrió un debate que había provocado considerable controversia entre los organismos de socorro humanitario desde 1995, año en que los talibanes capturaron las localidades de Kandahar y Herat, a saber: ¿Se debe seguir prestando ayuda humanitaria bajo un régimen que niega a la mayoría de sus ciudadanos los derechos humanos fundamentales?

La Federación y el CICR optaron por atenerse a los principios de neutralidad e imparcialidad pero otros organismos comenzaron a retirarse de Kabul e instaron a la comunidad internacional a ejercer presión sobre los talibanes para que cambiaran de política.

 

 

Brechas en la solidaridad

Una de las primeras en emprender esta vía fue la sección británica de Save The Children Fund (SCF). Un mes después de la entrada de los talibanes en Kabul, SCF emitió un llamamiento en el que invitaba a todas las instituciones de las Naciones Unidas, a los donantes y a las ONG a “adoptar una posición común de defensa de los derechos humanos básicos de las mujeres y las niñas de Afganistán”.

Otras organizaciones, entre ellas CARE y Oxfam del Reino Unido e Irlanda, secundaron enseguida la acción de SCF. Oxfam suspendió todos los programas de suministro de agua, asistencia sanitaria y educación que tenía en Kabul.

Marcus Thompson, director adjunto de Oxfam para Asia, señalaba: “Esta situación ha abierto brechas en la solidaridad entre las instituciones que trabajan en favor de Afganistán. En la medida en que creemos que trabajar con las mujeres es la única manera efectiva de llegar a los más pobres y vulnerables de Kabul, tuvimos que plantearnos la siguiente pregunta: ¿Debemos mantener nuestros programas habida cuenta de las necesidades de las mujeres o ignorar su condición a raíz de los problemas humanitarios existentes? En términos de nuestra política, no fue difícil tomar una decisión, pero dejar Kabul no ha sido fácil”.

Avis Warmington, Coordinadora médica de la Federación en Afganistán, se quedó y es una de las pocas europeas que continúa trabajando en Herat; en gran medida gracias a su tacto en las negociaciones, ha podido seguir impulsando proyectos de atención primaria de salud (APS) y mantener un programa de formación sobre atención sanitaria básica, destinado a los maestros.

“Dudo que no se pueda seguir trabajando con las mujeres de la comunidad ni comunicar con ellas”, dice la Sra. Warmington. Aun así, reconoce que la supresión de las restricciones que afectaban a las trabajadoras de la salud facilitó su labor.

Avis Warmington ha adecuado sus programas para superar los obstáculos erigidos por los talibanes y, paradójicamente, los cambios han traído mejoras. Antes, la información sobre APS se comunicaba a las madres por intermedio de los niños que asistían a la escuela y, por lo tanto, sólo la recibía una minoría afortunada. Ahora, la Cruz Roja está tratando con mujeres a las que antes no lograba llegar y que vienen personalmente a las clínicas porque es una de las pocas razones legítimas que pueden invocar para salir de su casa.

Un enfoque pragmático

Michel Ducraux, jefe de la delegación del CICR en Afganistán, no ignora lo espinosa que se ha vuelto la “cuestión femenina” en el país. A menudo, su organización ha sido blanco de las críticas de otras ONG, que consideran que acatar las restricciones impuestas por los talibanes va en detrimento de los derechos humanos. “He tenido que defender nuestra posición, aunque es insatisfactoria en la medida en que también se trata de una cuestión de derechos humanos”.

El CICR comprende que, en virtud de su cometido, algunas instituciones especializadas de la ONU y determinadas ONG tengan que pronunciarse sobre esta cuestión. No obstante, tal como dice el señor Ducraux, “nuestro mandato nos obliga a ser imparciales y trabajar con todas las partes. Procuramos adoptar un enfoque pragmático y cumplir nuestro compromiso con la causa humanitaria.” El CICR se ha negado a hacer declaraciones públicas al respecto pero ha lamentado que las autoridades hayan impuesto estas reglas. La Institución ha sufrido las consecuencias del nuevo orden. Según el Sr. Ducraux, entre 10 y 15 empleadas administrativas del CICR pudieron seguir trabajando durante un tiempo, pero el asunto se puso delicado debido a la reacción de otras organizaciones y de los medios de comunicación. Tras un llamado de atención de los talibanes, tuvo que pedirles que permanecieran en sus casas pero no por ello perdieron el empleo.

El Sr. Ducraux no está seguro de que la condición femenina haya cambiado drásticamente a raíz de las medidas aplicadas por los talibanes ya que tradicionalmente, las trabajadoras han sido pocas; además, ni las operaciones de socorro ni las de asistencia que lleva adelante el CICR han sido afectadas, porque nunca se había empleado a mujeres. La entrega periódica de alimentos a más de 15.000 viudas prosigue, a pesar de que los talibanes cambiaron los puntos de distribución. También continúa la labor con las asociaciones de mujeres que fabrican las colchas que deben distribuirse en invierno. “Evidentemente, contratamos a las mujeres para trabajar en sus domicilios, y les entregamos el material”, explica el señor Ducraux. Esta práctica no ha dejado de tener repercusiones en la Cruz Roja. “Nos ha afectado porque pone en entredicho principios que consideramos básicos y da lugar a polémica.”

Tal vez los medios de comunicación hayan encasillado a la ligera este debate, convirtiéndolo en un conflicto entre derechos humanos y ayuda humanitaria, pero como señala la Sra. Warmington, tiene una carga muy emotiva para los trabajadores en el terreno. “A veces dan ganas de dejar la clínica y decir: ‘Basta, esto se acabó’. Pero llega un padre con un hijo moribundo en brazos, y uno sigue allí. No se puede partir sin más...”

 

Christine Aziz
Periodista independiente residente en Amsterdam. Sus trabajos sobre la condición de la mujer han aparecido en varias publicaciones.

 


Arriba | Contáctenos | Créditos | Revista anteriore | Webmaster


© 2003 | Copyright