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Una vez en la vida

por Abbas Gullet

Cuando los refugiados ruandeses abandonaron los campamentos de tanzania por temor a una repatriación forzada, abbas guillet, delegado de la federación se encontró en medio del éxodo.

Era un domingo por la tarde, en noviembre de 1996, y la sala de reuniones estaba abarrotada. Sergio de Mello, Alto Comisionado Adjunto del ACNUR, nos anunció que el gobierno de Tanzania, considerando que la situación de seguridad en Ruanda había mejorado lo suficiente, había decidido que todos los refugiados debían regresar a su tierra antes de finalizar el año.

Por entonces, en la región de Ngara había cuatro campamentos de refugiados; los de Benaco, Lumasi y Musuhura para los de Ruanda, y el de Lukole para los de Burundi. La gestión de Benaco y Lukole estaba a cargo de la Federación y la Cruz Roja de Tanzania. A efectos de preparar la evacuación, el ACNUR nos pidió que previéramos la instalación de tres estaciones de tránsito a lo largo del camino, donde se atendería a los enfermos, los ancianos y los niños perdidos o no acompañados; además, habría puestos de primeros auxilios y puntos de distribución de agua. En tres días, estos sitios ya estaban preparados, cada uno de ellos dotado de un equipo de personal de emergencia que se ocupaba de atención médica, saneamiento, distribución de agua, logística y seguridad.

Sin embargo, las cosas no sucedieron como previsto porque los refugiados se enteraron de la decisión del gobierno antes de que se les comunicara oficialmente en los campamentos. Incitados por sus dirigentes y ante el temor de una repatriación por la fuerza, se echaron a andar pero tomaron una dirección inesperada, alejándose de Ruanda.

 

 

Una partida repentina

En la tarde del jueves 10 de diciembre, me encontraba en el campamento de Lukole haciendo una visita periódica de supervisión de actividades cuando se me indicó que acababan de llegar algunos refugiados burundeses procedentes de Lumasi, donde habían sido atacados por los refugiados ruandeses que estaban evacuando dicho campamento. Para verificar lo que estaba pasando, decidí trasladarme a Lumasi por las rutas secundarias. En un momento dado, desde el vehículo vi una larga columna de gente que avanzaba por la selva, adentrándose en territorio de Tanzania. Apenas me vieron, algunos se ocultaron o huyeron corriendo.

Al llegar a Lumasi noté que muchas chozas estaban abandonadas; otras habían sido incendiadas. Mis primeras impresiones se confirmaron tras recorrer el campamento, que en un momento había albergado hasta 110.000 personas, por lo menos 40 por ciento de sus ocupantes habían huido. A algunos refugiados que empacaban sus pertenencias les pregunté a dónde se dirigían. Me respondieron que no sa-
bían muy bien, pero probablemente irían a Kenia o Malaui, países que consideraban partidarios de su causa.

Me comuniqué de inmediato con mi homólogo en el ACNUR para informarle sobre lo que sucedía y proseguí mi recorrido de evaluación hasta Benaco, el campamento más grande. De una agitada “metrópolis” de 200.000 personas, con una densidad de población igual a la de París, sólo quedaba una verdadera “ciudad fantasma”.

Durante las operaciones de registro de los campamentos, que llevaron seis días a un equipo de 30 voluntarios de la Cruz Roja de Tanzania y dos delegados de la Federación, se encontró a algunos niños, enfermos y ancianos demasiado frágiles para emprender la marcha, que los fugitivos, en su pánico, habían dejado atrás. También se encontraron muchos cadáveres.

Una intervención de equipo

Desde las alturas del cruce de caminos de Lumasi, mirando en dirección de los campamentos se podía ver una cadena humana de más de 10 km que avanzaba por la ruta principal. Eran alrededor de las 6h30 y el sol despuntaba. Pronto me encontré en medio de una interminable corriente de miles de hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, a pie, en bicicleta o en carros de tiro, con sus pobres pertenencias sobre la cabeza. Avanzando sin parar, parecían ser cada vez más; en mi vida había visto algo semejante.

Muchos se acercaron a pedirme agua. Por radio, pude comunicarme con la base y pedí que el equipo permanente de urgencia se ocupara del envío de cuatro camiones cisterna, con una capacidad de 10.000 litros cada uno, así como de un generador, pues habíamos convencido a los refugiados de hacer un alto y pasar la noche en las cercanías. A las 19h30 debía de haber unas 200.000 personas en el descampado, preparándose para pasar la noche en el frío. Trabajamos sin parar hasta la mañana siguiente, distribuyendo agua a todos aquellos que la necesitaban.

Entretanto, las autoridades de Tanzania habían ordenado que el ejército detuviera la columna de refugiados y los orientara hacia Ruanda. Esta intervención generó el caos, pues para entonces muchos refugiados se encontraban ya a 60 o 100 km de la frontera, por lo que la policía y los militares tuvieron que escoltarlos de vuelta hacia Ruanda.

En medio del gentío me encontré con un ex colaborador de la Cruz Roja, experto en informática que había trabajado para nosotros. Me pidió que le llevara en el vehículo hasta la frontera. Yo hubiera querido aceptar, pero como había tanta gente a pie, niños, mujeres y ancianos que necesitaban ser transportados, supe que tenía que negarme.

Los equipos de las estaciones de tránsito y los puntos de abastecimiento de agua tuvieron que trabajar las 24 horas durante 14 días seguidos y cubrir un tramo de casi 100 km. En las estaciones se atendió a unas 1.000 personas por día, tratando heridas leves, estados de agotamiento y diversas enfermedades, y asistiendo partos.

También se registraron algunos incidentes entre refugiados. Una noche, mientras circulaba en vehículo con una colega encontramos a un hombre herido, tendido al borde del camino. Al verlo cubierto de sangre, pensé que estaba muerto, pero cuando lo examinamos de cerca comprobamos que aún vivía. Trató de hablar, pero estaba gravemente herido por golpes de machete en la cabeza y el cuerpo. Cerca de allí encontramos a otro herido, también grave. Los instalamos en la camioneta que los llevó al hospital; intervenidos de urgencia, ambos
sobrevivieron. Me alegra saber que contribuimos a salvarles la vida, independientemente de quienes sean y de lo que les haya ocurrido.

Durante esas dos semanas hubo momentos difíciles y utilizamos nuestros recursos y energías hasta el agotamiento, pero para quienes participamos en esa operación fue una experiencia única en la vida, que no hubiéramos podido llevar adelante sin el equipo denodado y solidario que nos apoyaba.

 

Abbas Gullet
Jefe de la subdelegación de la Federación en Ngara en el momento de los hechos relatados.

 


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