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La vida en los campamentos de refugiados tamiles

por Patralekha Chaterjee

A lo largo de los años, unos 200.000 tamiles de Sri Lanka se han trasladado a la zona de Tamil Nadu, en el sur de la India, huyendo de la guerra que sigue asolando su país. sin asistencia de los organismos humanitarios, tanto locales como internacionales, han tenido que ingeniárselas para sobrevivir.

Es una sofocante tarde de verano. En un depósito desafectado, a 10 km de Tiruchirapalli, localidad del sur de la India, una maestra se esfuerza por calmar el llanto de una de sus alumnas de cuatro años. La tarea de Chandraleela Kanagaratnam no es nada fácil: en un aula improvisada, sin sillas, mesas ni pizarrón y con un calor aplastante, tiene que enseñar el alfabeto a 28 niños inquietos, lo que requiere gran tenacidad.

Maestra voluntaria durante cuatro años en el campamento de Irum-poothipatty, esta experiencia le ha enseñado que cuando la vida solo te ofrece limones, hay que aprender a hacer limonada. También ha aprendido a apreciar las pequeñas cosas, como los recuerdos del cumpleaños de uno de sus alumnos. En una foto, el chico le ofrece cariñosamente un dulce. Al fondo, en una mesa de madera prestada para la ocasión, se ven las frutas, caramelos y otras golosinas con que festejaron aquella ocasión.

 

 

Organización autónoma

Los niños son oriundos de las convulsionadas zonas norte y oriental de la isla de Sri Lanka -Jaffna, Mannar y Trincomalee-, miembros de familias desgarradas por la guerra civil. Muchos han conocido varios lugares de asentamiento. Algunos han perdido padre y madre. Los padres de otros viven y trabajan en otra ciudad, donde ganan una mísera paga de obreros ocasionales, lo que les permite aumentar la escasa ayuda financiero del gobierno estatal de Tamil Nadu.

Los huérfanos han sido recogidos por otros refugiados, que los crían como si fueran hijos suyos. Rozariamma, una anciana de gran sabiduría, integra el comité del campamento y se ocupa de cinco niños huérfanos. El subsidio que reciben los refugiados (5 dólares por jefe de familia y una cantidad inferior por cada uno de los demás miembros) no basta para comprar la alimentación mínima, por lo que muchas refugiadas han ideado su propio sistema de seguridad alimentaria. Rozariamma cultiva una pequeña huerta habilitada en el sitio que le corresponde y cría aves.

Irumpoothipatty, uno de los 133 campamentos que acogen a los tamiles, ilustra la capacidad de organización de los refugiados que han constituido grupos de autoayuda. Varios cuentan con “coordinadores de campamentos”, elegidos por los propios refugiados. Estos coordinadores asignan tareas a personas que trabajan a cambio de una pequeña remuneración.

Sathya, de 24 años, vive en el campamento de Periyarnagar, en las afueras de la ciudad de Madurai, y es un “trabajador de la salud”. Los niños de las 600 familias refugiadas allí presentan una deficiencia de peso. El trabajo de Sathya consiste en ocuparse de que los niños de tres a cinco años reciban un complemento alimenticio cotidiano de por lo menos 75 miligramos de Bengal gram, legumbre local de gran consumo.

“Al comienzo, distribuía el Bengal gram por la mañana. Pero eso significó que los chicos dejaran de tomar de-
sayuno y el aumento de peso fue mínimo. Ahora repartimos el complemento al caer la tarde”. Sathya explica que también ha insistido en que se lleve a los niños hasta los “centros de nutrición” ubicados en determinados lugares del campamento, lo que permite asegurar que sean ellos quienes lo consuman, en lugar de que se reparta entre toda la familia.

Indiferencia creciente

Dado que los refugiados procedentes de Sri Lanka residen en un país que no es parte en la Convención de 1951 de las Naciones Unidas sobre el estatuto de los refugiados, prácticamente no tienen ningún derecho social o político. Desde siempre, la India ha sido un país de acogida, pero carece de legislación que reglamente la condición jurídica de los refugiados. Por consiguiente, se observan grandes diferencias en el trato y las prestaciones que reciben los distintos grupos de refugiados. Por ejemplo, los tibetanos y srilankeses tienen cédulas de identidad pero a los refugiados de la tribu chakma no se les otorga.

La primera oleada de refugiados de Sri Lanka que llegó a la región en 1983 fue muy bien acogida. Instalados en ambas riberas del Estrecho de Palk, los habitantes de Tamil Nadu y los tamiles de Sri Lanka tienen lazos culturales y lingüísticos comunes. Pero esta simpatía se esfumó tras el asesinato de Rajiv Gandhi, ex primer ministro de India, en mayo de 1991. Los indicios reunidos indicaron que el atentado fue obra de los Tigres de Liberación Eelam Tamil (LTTE), organización que combate por la creación de un Estado tamil independiente en Sri Lanka. Desde entonces, se sospecha de todos los exiliados srilankeses, independientemente de sus convicciones políticas.

En junio de 1992, por “motivos de seguridad”, el gobierno indio prohibió la actividad de las ONG en el campamento, cuyo acceso está vedado incluso a los funcionarios del ACNUR. Oficiosamente se tolera la presencia de algunas redes de voluntarios cristianos.

En un país pobre con una alta densidad de población y múltiples problemas, cada vez hay menos interés por las dificultades de los “extranjeros”. Hoy en día, los refugiados se disputan con otros grupos vulnerables los escasos terrenos y recursos disponibles.

 
 

Aprender a sobrevivir

Los refugiados han hecho frente a la adversidad con muchísimo ingenio.

Los dinámicos grupos de autoayuda que crearon han sido objeto de muchas críticas, en particular por parte de ONG indias que, al no tener acceso a los campamentos, se resienten del “monopolio” que ejercen dichos grupos. Las negociaciones entabladas con los gobiernos estatal y central para que las ONG puedan volver a los campamentos de Tamil Nadu no son fáciles. No obstante, los tamiles srilankeses han demostrado gran determinación y habilidad a la hora de defender sus intereses, por ejemplo, en lo que se refiere a la educación de sus hijos, que experimentan graves dificultades porque después del asesinato de Rajiv Gandhi, las autoridades prohibieran el acceso de los niños refugiados tamiles al sistema de enseñanza.

Para salvar el futuro de toda una generación, los refugiados encontraron soluciones novedosas. En los campamentos se impartieron cursos especiales, al tiempo que se desplegaron diversas actividades de sensibilización contra la prohibición. Se organizó un coro, que actuó en diversas manifestaciones públicas a las cuales asistían funcionarios de gobierno. Los chicos interpretaban canciones que suscitaban simpatía por los tamiles refugiados. Estos esfuerzos dieron frutos y se logró que se volviera a admitir a los niños en el sistema de educación nacional hasta el nivel secundario. La educación y la música han sido esenciales para la supervivencia de los refugiados.

Patralekha Chaterjee
Periodista, egresada del Programa de Estudios para Refugiados de la Universidad de Oxford, reside en Nueva Delhi.



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