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Diana, Princesa de Gales
Un homenaje personal a la voluntaria
más famosa de la Cruz Roja

Me encontré por primera vez con Diana, Princesa de Gales, en los años 1980, cuando era Jefe Ejecutivo del Real Instituto Nacional para los Sordos y ella, Patrona de la Sociedad de la Mancomunidad para los Sordos. Ambos nos habíamos propuesto aprender el lenguaje de signos. La Princesa deseaba mostrar a las personas sordas que se preocupaba por ellas, y pensaba que lo más apropiado era aprender a comunicarse en su propio idioma. Le importaba mucho poder comunicarse, y tenía el don de lograrlo prácticamente con todos, fuese su interlocutor un presidente o la víctima de la explosión de una mina.

Cuando me incorporé a la Cruz Roja en enero de 1991, días antes de que estallara la guerra del Golfo, descubrí con mucho agrado que la Princesa de Gales era una de las patronas de la Sociedad Nacional. En esa época ejercía la función de Patrona de la Cruz Roja de la Juventud, pero, aunque muy dedicada a los jóvenes, tenía la voluntad de intensificar y ampliar su acción. Sobre todo, le interesaba colaborar con nuestros programas nacionales e internacionales.

Su primera misión en el extranjero para la Cruz Roja fue un viaje a Hungría, cerca de la frontera con Croacia, donde se entrevistó con refugiados croatas. Recuerdo la impresión que provocó en Pietre, un niño que había sido separado de sus padres. Con su trato cariñoso y atento, la Princesa le dio esperanza para el porvenir. En una segunda visita hablé con Pietre, quien aún recordaba la emoción de haber podido hablar con la Princesa.

Ulteriormente tuve la suerte de acompañar a Diana en varios de sus viajes. Por ejemplo, fuimos a Nepal, vía Nueva Delhi, a Zimbabue, Angola, Washington y Ginebra. En todas esas visitas la intensa labor fue matizada con momentos de grato esparcimiento. Era una verdadera profesional.

Pienso que tanto para ella como para mí la misión más memorable fue la visita a Angola. La Princesa había recibido de la Cruz Roja y otras organizaciones cantidad de información sobre las minas antipersonal, y estaba convencida de que podía hacer un aporte significativo para que se eliminaran. Creo que fue la primera vez que Diana viajó a título privado, en calidad de voluntaria. En Angola combinó su compasión natural con la habilidad necesaria para que los medios de comunicación informaran ampliamente sobre una causa que consideraba de suma importancia. Según tengo entendido, más de 90.000.000 de personas han visto el documental de la BBC titulado “Diario de una princesa”, que relata ese viaje. La película se ha difundido tres veces en el Reino Unido.

Nuestro último viaje juntos fue a Washington, donde inauguramos la campaña de la Cruz Roja Norteamericana por la prohibición de las minas antipersonal. En sólo un día de actividades se recibieron donaciones por valor de 650.000 dólares. ¿Quién más hubiera podido suscitar tal entusiasmo?

La Princesa hubiera seguido obrando por un mundo mejor. Su amor por la gente y el deseo de promover las causas que consideraba importantes la impulsaban a hacer cada vez más. Me cuesta creer que nos haya dejado, y que si la llamo por teléfono no levantará el auricular para explicarme alguna de sus últimas ideas.

Para el mundo y para el Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, que tanto deben a Diana, la desaparición de la Princesa es y será una pérdida enorme, tal como lo es para mí.

Mike Whitlam
Director General de la Cruz Roja Británica



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