Volver a la página
principal de la revista

El “Niño”
turbulento de América Latina

por Claes Amundsen

Los países latinoamericanos están hoy expuestos a una amenaza común. En todo el continente, el fenómeno meteorológico denominado “El Niño” está provocando inundaciones en algunos países y sequías en otros. Los socorristas de la Cruz Roja no dan abasto, ayudando a los miles de damnificados a soportar las consecuencias de un clima que se ha vuelto singularmente hostil. Al mismo tiempo, se despliegan esfuerzos para preparar a las comunidades locales a afrontar peores condiciones en el curso de los próximos meses.

La casa de Luis Horacio Vidal, 51 años, se encuentra a 30 calles del río. Hace unas noches, el agua llegó hasta el saloncito de su modesta vivienda. Todavía quedan restos de agua en el suelo, como marcas de un visitante indeseable. La casa está casi vacía desde que Luis recogió algunas de sus pertenencias y se marchó a casa de su hijo, algunas calles más arriba.

“Esto ya me pasó varias veces; en cada crecida pierdo todo lo que tengo. Lo que no es destruido por el agua o dañado en el depósito municipal, termina en manos de los ladrones. Esta vez se llevaron hasta una parte del tejado”, explica Luis.

En efecto, no han faltado malhechores que organizaron flotillas en las que recorren las zonas inundadas para hacerse con los bienes que la gente deja tras de sí al huir de las crecidas. Ello explica que muchos pobladores no acaten la orden de evacuación y traten de permanecer en sus hogares hasta último momento.

 


Un fenómeno peligroso

El Sr. Vidal vive en la ciudad de Concordia, a unos 440 km al norte de Buenos Aires, situada en una zona de la cuenca de El Plata frecuentemente golpeada por las crecidas. Vidal es uno de las tantos damnificados por “El Niño”, que se considera la causa de la mayor parte de las catástrofes naturales ocu-rridas en todo el planeta en 1997. De Indonesia a Nicaragua, “El Niño” ha desbaratado la agricultura y la pesca, ha vuelto inhabitables extensa zonas y ha obligado a la Cruz Roja y a otras organizaciones humanitarias a establecer centros de acogida para los damnificados.

“El Niño”, calamidad de ámbito mundial provocada por cambios en el comportamiento de las corrientes oceánicas cálidas, fue observado en primer lugar por pescadores peruanos quienes se percataron de que en determinados períodos, corrientes de una temperatura excepcionalmente elevada llegaban hasta el litoral del país. El fenómeno ocurría en las semanas pró-ximas a Navidad- por eso lo bautizaron “El Niño”- y se repetía cada cuatro a siete años. La peor temporada fue la de 1982-1983, que provocó por lo menos 2.000 víctimas y daños por valor de unos 13.000.000 de dólares en todo el mundo. Dado que se teme que “El Niño” de 1998 sea igualmente destructor, la Cruz Roja se prepara para hacer frente a lo peor.

Los primeros indicios de que esta temporada pudiera ser particularmente nefasta aparecieron hace algunos meses. En octubre de 1997, la tempe-ratura del océano en el litoral peruano era 5 grados Celsius superior a la normal. Los pescadores de Ecuador comprendieron que algo andaba mal cuando empezaron a retirar bogavantes de sus redes, ya que las aguas de esta parte del Pacífico son demasiado frías para estos crustáceos. A raíz de las primeras manifestaciones del Niño, en Honduras, Panamá, Ecuador y Perú ya hay unas 80.000 familias cuya subsistencia depende de las raciones distribuidas por organismos humanitarios.

La Federación Internacional lanzó hace poco un llamamiento en favor de estas personas, solicitando unos 14.000.000 de francos suizos, monto que también servirá para constituir reservas de suministros de urgencia en las regiones más expuestas de América Latina. Si los fondos que se recolecten lo permiten, cuando el fenómeno ataque de lleno se dispondrá de 8.000 toneladas de víveres, 120.000 mantas, material de techumbre para 20.000 viviendas y otros artículos de urgencia. Ello permitirá que la Cruz Roja tome medidas inmediatas, en lugar de espe-rar días o semanas la llegada de la asistencia.

Por último, el llamamiento hace hincapié en la necesidad de las comunidades locales en materia de preparación en previsión de desastres. Con fondos aportados por la Oficina Humanitaria de la Comisión Europea, la Cruz Roja ya ha impartido cursos en diez países latinoamericanos.

De norte a sur

Nicaragua es uno de los países más aquejados, ya que la sequía afecta nueve de los 16 departamentos del te-rritorio; en octubre, se formuló un llamamiento de acopio de recursos para evitar una hambruna.

Cruz Roja Mexicana tuvo que intervenir cuando el huracán Paulina de-vastó parte de la ciudad balneario de Acapulco y otras zonas costeras. Murieron cientos de personas y por lo menos 10.000 perdieron sus viviendas. Hoy, la Sociedad Nacional ha iniciado un proyecto de reconstrucción de 2.000 casas, que financia con donaciones de diversos países europeos.

En el otro extremo de América Latina, Chile ha pasado por una mala racha. En junio de 1996, una sequía que ya llevaba tres años fue inte-rrumpida bruscamente por lluvias to-rrenciales, que provocaron crecidas y obligaron a evacuar extensas zonas del país. Poco tiempo después de haber concluido la gigantesca operación de socorro desplegada para paliar esta catástrofe, un terremoto de grado 6,8 en la escala de Richter sacudió el centro de Chile, destruyendo unas 5.000 viviendas y provocando daños por lo menos a otras 10.000. Las lluvias de las semanas precedentes magnificaron la capacidad destructora del terremoto, dado que las casas construidas con ladrillos de tierra secada al sol estaban impregnados de humedad y no pudieron resistir a los temblores. La Cruz Roja distribuyó suministros de urgencia y ahora busca medios para reconstruir Chalinga, una de las aldeas destruidas por el sismo.

En Concordia, la Cruz Roja Argentina se ocupa desde hace dos meses de atender a unos 7.000 damnificados por las crecidas. Los vo-luntarios de la Cruz Roja, en coo-peración con las autoridades locales, han establecido seis centros de eva-cuación en depósitos y otros locales de grandes dimensiones, donde cada familia dispone de un pequeño “apartamento” de un cuarto, separado de los vecinos por paredes movedizas cubiertas con láminas de plástico negro. Muchos han llevado allí todos los enseres que pudieron salvar antes de que el río anegara sus viviendas.

Más de la mitad de la población de los centros son niños, por lo que se han improvisado aulas para aquellos que no pueden ir a la escuela. No se sabe cuánto tiempo habrá que mantener a estas personas en el centro. El nivel del río ha comenzado a remitir, pero El Niño puede seguir activo durante muchos meses y provocar nuevas crecidas. Ante esa posibilidad, más vale no correr el riesgo de tener que organizar una segunda evacuación.

El ejército se encarga de aportar diariamente la comida. La Cruz Roja se ocupa de los servicios sanitarios de los centros, en los que actualmente se lleva a cabo una campaña de vacunación. Por suerte, hasta ahora se han evitado brotes de enfermedades o epidemias (tras las inundaciones de 1982, cientos de personas murieron de paludismo en Perú y México).

Mientras que la situación en los centros parece estar controlada, en otros sectores de la ciudad sigue ha-biendo graves problemas. Eduardo Taubas, presidente de la sección de la Cruz Roja de Concordia, explica: “Muchos vecinos son pobres y subsisten básicamente con lo que sacan del río. Se han negado a ser evacuados y están viviendo en condiciones deplorables, sea en sus propias casas o en refugios improvisados. Algunos se acercan a pedir ayuda a la Cruz Roja, pero a los demás debemos buscarlos por nuestra cuenta, lo que a veces resulta muy difícil”.

A unos kilómetros de allí, una mujer joven con su hijo de pocos días, ocupa una vivienda sumamente precaria: un refugio improvisado con paredes de láminas de plástico, sin las instalaciones higiénicas básicas. Esta “vivienda” forma parte de un pequeño asentamiento que ha organizado un grupo de familias y que es un foco potencial de enfermedades. En caso de necesidad, estas personas pueden acercarse a la oficina de la Cruz Roja y obtener algunas ropas, tal vez algo de comida y una manta. Pero seguirán en peligro mientras El Niño siga acechando. La próxima crecida o la próxima tormenta pueden convertir su refugio en una trampa mortal.

Entretanto, los voluntarios de la Cruz Roja de Concordia y muchas otras localidades confían en que las predicciones meteorológicas más pe-simistas no se confirmen ya que tienen mucho que hacer por los vulnerables; quisieran volver a su labor cotidiana y seguir impartiendo educación para la salud, cursos de primeros auxilios y de preparación en previsión de desastres. Como ellos dicen, “ojalá que El Niño lo permita”.

 

Claes Amundsen
Delegado de información de la Federación en Buenos Aires, Argentina.

 


Arriba | Contáctenos | Créditos | Revista anteriore | Webmaster


© 2003 | Copyright