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Robert D. Kaplan

por Rolan Schönbauer

Desde hace años, el escritor estadounidense Robert D. Kaplan ha recorrido campos de batalla y regiones damnificadas e informado sobre guerras y catástrofes. En el curso de nuestra entrevista propuso algunas alarmantes conclusiones sobre la humanidad y la acción humanitaria.

Usted ha visitado numerosas zonas en crisis y se mantiene bien informado. ¿Cuál es su percepción de la humanidad?

Tengo una opinión distinta de la de muchos militantes de la causa humanitaria. Considero que es imposible perfeccionar la humanidad. Nunca llegaremos a mejorar el comportamiento de nuestra especie. Seguiremos provocando guerras y catástrofes y matándonos unos a otros, pues llevamos milenios haciéndolo.

La mejor manera de prevenir o de aliviar el sufrimiento consiste en imaginar la peor situación, analizar objetivamente lo que ocurre en el mundo y preguntarse si es posible que las cosas mejoren. La respuesta tal vez sea negativa. El crecimiento demográfico es excesivo, la urbanización intolerable, los mercados financieros extrema-damente complejos, y el medio am-biente está sometido a formidables tensiones. Por lo tanto, la idea según la cual pudiéramos ejercer algún control sobre nuestra situación o mejorarla en forma sustancial carece de sentido. Basta con lograr algunos progresos aquí y allá, y resolver tal o cual problema concreto.

 
 

¿Qué tendencia general y qué problemas son los más importantes?

Considerado como un todo, el mundo está experimentando un desarrollo social y económico de una rapidez sin precedente. Históricamente, toda mu-tación drástica y acelerada ha entrañado violencia y disturbios políticos. La causa de las rebeliones sociales no es la pobreza, sino la aparición de expectativas más ambiciosas.

En su obra The Ends of the Earth, enumera diversos problemas. ¿Cuál debería ser en estos momentos la preocupación fundamental de la humanidad?

La cuestión esencial es lo que he llamado “la pérdida de capacidad del Estado”. Aun cuando en algunos países se hayan reducido los índices de cre-cimiento demográfico, la población del planeta no deja de aumentar en términos absolutos. Además, la población de estos países se aglutina en las grandes ciudades, provocando el colapso de la infraestructura urbana. Si el régimen es democrático, los gobernantes tienen que dar pruebas de gran ingenio. Si se trata de una dictadura, ésta se volverá más implacable. El gran problema para los próximos diez, veinte o treinta años es la creciente incapacidad de funcionamiento del Estado en los países en desarrollo. La transformación se ope-rará en condiciones de violencia o por lo menos de grandes disturbios, con las inevitables dificultades que ello entrañará para la población.

La capacidad de la comunidad humanitaria será muy limitada. ¿Qué pasaría ahora mismo si se produjesen colapsos totales ya no en países pequeños como Ruanda, sino en grandes sociedades urbanizadas como las de Kenya, Nigeria o Pakistán?

 
 

¿No cree que en algunas regiones del mundo la aparición de entidades políticas más pequeñas que los Estados actuales pudiera contribuir a mantener un orden relativo?

No, porque el problema no reside en el tamaño de la estructura social, sino en la existencia o la inexistencia de clases medias. Allí donde las hay, impera la estabilidad, independientemente de la evolución que siga el gobierno.

¿Quiere decir que las clases medias de Yugoslavia no tenían la fuerza suficiente como para mantener la estabilidad?

Yugoslavia tenía otros problemas. La unidad de los grupos étnicos que la formaban se mantuvo por la fuerza de un régimen, que durante 40 años impidió el desarrollo económico del país. Italia, Bélgica y otros países pudieron impulsar la prosperidad de las clases medias al terminar la segunda guerra mundial, pero Yugoslavia fue incapaz de hacerlo. Al cabo de decenios, tenía una vasta población de campesinos urbanizados, y amplios sectores pobres con reivindicaciones contrapuestas basadas en criterios étnicos. Pero en ello no había ningún determinismo. El curso de los acontecimientos dependió de las decisiones
políticas, que contribuyeron a desatar la violencia.

 
 

A su juicio, ¿dispone la comunidad internacional de algunas medidas que valga la pena poner en práctica en tales zonas?

Es absurdo pensar que algunas entidades, como la ONU, el Banco Mundial, o incluso la Cruz Roja, puedan transformar la realidad desde la cúspide. Las verdaderas soluciones surgen de las propias condiciones locales. Por supuesto, la ayuda exterior puede ser útil para encontrar tales soluciones pero para que sean viables, el saber debe surgir de los propios interesados. Según mi experiencia, los programas de asistencia que mejor funcionan son aquellos en que los propios interesados toman en sus manos la solución de sus problemas.

Habida cuenta de la diversidad de las crisis, ¿prevé el surgimiento de nuevos problemas que habrán de afrontar la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias?

Sí, en la medida en que la democratización va a generar más problemas de los que puede resolver, y que muchas catástrofes se producirán precisamente en las sociedades democráticas. La democratización ha llegado a muchos países donde no existen instituciones sólidas ni clases medias consolidadas, y esto dará lugar a situaciones de crisis. Al respecto, Sierra Leona constituye un buen ejemplo porque hasta hace unos meses se consideraba un modelo de democracia. Muchos países van a debatirse por mantener un mínimo de democracia, sencillamente porque no podrían soportar la vuelta a regímenes militares totalitarios, y no porque su desarrollo les permita aspirar a una verdadera estabilidad democrática.

La Cruz Roja debería preocuparse por cuestiones fundamentales como el desarrollo rural, la alfabetización de la mujer, el control de la natalidad y la ayuda de emergencia, en cada lugar donde pueda hacerlo, y esforzarse por evitar todo proyecto demasiado ambicioso o sofisticado. Así, a largo plazo, contribuirá a crear un entorno favo-rable al surgimiento natural de prácticas de gobierno más democráticas.

 

El quehacer del escritor

En su calidad de periodista, ha informado sobre muchas guerras y otros conflictos armados, y presenciado el sufrimiento de multitudes de gente pobre, herida o enferma en Afganistán, África o los Balcanes. Sin embargo, a pesar de sus numerosas visitas a más de 70 países y de pasar tres meses por año en la brecha, Robert D. Kaplan no es un corresponsal ordinario. En efecto, ha abandonado la cámara fotográfica, que considera esencialmente un estorbo, para concentrarse en el examen de la realidad que se le presenta en el momento y no dejarse involucrar emocionalmente, como ocurre a veces con otros reporteros.

Para Kaplan es muy frustrante que, insensibilizadas por la prosperidad, las sociedades occidentales sean incapaces de comprender la realidad del sufrimiento que ha visto en los países en desarrollo o en Europa oriental. Al respecto dice: “Washington es un lugar singularmente artificial, donde todos tienen una solución para cada problema. Yo trato de describir la situación tal como la he visto, por ejemplo, viajando con la gente en los autobuses de los países que visito. A los políticos que leen mis columnas, y que nunca van a acercarse a aquellas realidades lejanas, les digo entonces: ‘Ahora, hagan lo que les parezca mejor. Pero no pretendan después que nadie les advirtió de lo que estaba ocurriendo’”.

Entre uno y otro viaje, Kaplan se refugia en su residencia familiar, donde reflexiona sobre sus experiencias y prepara sus crónicas.

Kaplan ha escrito varios libros, entre los que destacan los premonitores Balkan Ghosts, obra escrita poco antes de que estallara el conflicto en ex Yugoslavia, y The Ends of the Earth, que trata del colapso de los Estados y de las sociedades organizadas. También ha publicado un gran número de artículos en The Washington Post y The New York Times, además de la crónica permanente que escribe en The Atlantic Monthly, donde apareció su controvertido artículo The Coming Anarchy.

Kaplan, de 45 años, es consciente de la repercusión que tienen sus escritos. “Cada día se publican cientos de artículos, de los que nadie se acuerda dos días después. Por lo tanto, cuando alguien me critica por algo que escribí hace tres años me siento muy halagado”, reconoce. “Lo considero elogioso”.

Rolan Schönbauer
Periodista independiente, reside en Viena, Austria; entrevistó al Sr. Kaplan en su casa de Massachussets, Estados Unidos.

 


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